Benejam, trabajo, humor, entretenimiento y algo más.
No podía faltar en ‘El kiosco de Dolan’ Marino Benejam Ferrer (Ciutadella, 1890), que tan buenos ratos me hizo pasar en mi infancia. Leer el TBO, que puntualmente me compraba mi padre cada domingo junto con Pulgarcito, era un auténtico placer. Y el ritual de su propia lectura algo mágico. Yo ansiaba las historias de ‘La familia Ulises’ del dibujante menorquín que, salvo en algunos Melitón Pérez era el personaje al que le sucedían las cosas más triviales, que él transformaba en auténticos acontecimientos. La imagen que conserva mi memoria lo dibuja en un día de viento, sujetándose el sombrero para que no se le vuele, claro, o también en otro día de viento, envuelto en una nube de hojas, corriendo detrás de su sombrero, cuyo destino final nunca terminó de estar claro.
Eustaquio Morcillón, y su fiel Babali, claro también, era el explorador de lo imposible, capaz de cobrar las piezas más arriesgadas y de descubrir el olvido de su carabina, mientras una manada de leones, babeantes y famélicos, comenzaba a relamerse
porque había llegado la hora de comer. Afortunadamente, Morcillón y Babali, el fiel (y huidizo) Babali, siempre resultaban indemnes de aquellos trances. Sin duda los milagros no terminaron con Jesús de Nazaret. Benejam se había reservado unos cuantos para el obeso explorador. La familia Ulises era la gran estrella del TBO. Como ya dije antes cerraba la revista y Benejam se las ingeniaba para organizar las historietas de acuerdo con la época del año que transcurría: Navidad, invierno, Pascua, verano (inolvidables las peripecias, con coche nuevo, con coche viejo, en San Agapito del Rabanal) y otoño. Benejam las dibujó desde 1945 hasta 1975, cuando fue sustituido por José María Blanco, mientras que los guionistas fueron tres: Joaquín Buigas, Antonio Viña y Carlos Bech. Y, discúlpenme, Blanco lo hizo muy bien, pero no era Benejam, ni mucho menos. Ulises Higueruelo (posiblemente hoy se hubiera llamado Ulises Figueroles) era una extraña mezcla de ejecutivo de entonces y jefe de negociado. Nunca tuve claro su empleo, salvo que estaba bien considerado en su empresa y que él sentía un profundo respeto por su jefe, a cuyo hijo incluso dejaba regalos en Reyes para "quedar bien". En torno a la familia, pululaban un par de personajes, causa y origen de numerosos conflictos: Fernandino, el eterno sableador o sablista (ambos términos los admite el DRAE), y don Paco, solterón también eterno, aspirante a novio de la hija mayor de don Ulises y doña Sinforosa, la rubia Lolín – tampoco estuvo nunca claro si teñida o no – , cuyas ansias desposorias fueron origen de importantes chascos en la serie. Mención aparte merece doña Filomena, con sus dislexias y sus "infalibres" remedios "de la abuela". Este era el universo de Marino Benejam, el reflejo de la época de los años cincuenta y sesenta, un esfuerzo por pintarnos una realidad entretenida y cuajada de alegrías, chascos y decepciones, como la vida misma, obviando referencias políticas. Como se ha visto, al contrario que Coll o Urda, Benejam era dibujante de series fijas, pero también, de vez en cuando, se sacaba de la manga reportajes efectuados por imaginarios periodistas, auténticos "ecos de sociedad", en página completa, sobre clases de automóviles, propietarios de pisos, buscadores de setas o momentos cinegéticos de enorme viveza, que siempre conseguían aflorar la sonrisa en nuestros labios. No se olvidó tampoco de las diferencias entre ricos y pobres y dejó constancia de la pretendida exquisitez de los millonarios y de la vida abiertamente paleta de las gentes del campo, a las que retrataba en sus desplazamientos a la ciudad, portadores de cestas repletas de embutidos, gallinas o patos. También dibujó al profesor Franz de Copenhague y sus "Inventos del TBO", pero este es un mundo aparte, insólito, del que hablaremos en otro momento. Fue tan grande su actividad que, en algunas épocas del TBO, Marino Benejam llegó a dibujar el ochenta por ciento de la revista por sí mismo, lo que le obligó a utilizar seudónimos tales como Rino o Ferrer.
En 1991, dentro de la serie ‘Los archivos del TBO’, se editó el álbum titulado ‘Benejam, sus mejores historias’. De él, y con ello acabo, entresaco la descripción que Javi Benejam, efectuó del dibujante menorquín: "Marino Benejam fue un hombre bueno, afable y humano. Recuerdo su simpatía y sus constantes bromas. Amigo de todos, artista irrepetible e inolvidable, maestro creador de dibujos que reflejan su propio carácter sencillo, llano y cariñoso. Aficionado a la acuarela y enamorado de la escultura, amante nostálgico de su ciudad natal, Ciutadella, a la que siempre recordaba con gran emociónalmanaques navideños, siempre iba en la última página, cerrando el número. Recuerdo que, nada más recibir el TBO, automáticamente le daba la vuelta para ver si estaban allí doña Sinforosa, Filomena, Treski, Lolín, Policarpito y Merceditas, precedidos del título del episodio, escrito sobre un alargado y amarillo lienzo. Pero no leía la historieta, la reservaba para el final. En eso estábamos de acuerdo el editor del TBO y yo: ‘La familia Ulises’ era el mejor colofón de cada domingo. Antes venía todo lo demás: las historietas de Coll, los inventos del profesor Franz, los chistes de Urda, los pasatiempos, las ‘Historias de Hollywood’ y los aperitivos del propio Benejam: Melitón Pérez y Eustaquio Morcillón y su fiel (es el adjetivo con el que casi todos lo han definido siempre) Babali.



Ad maiorem tebeorum gloriam
ana dijo
Gracias por tu esfuerzo dia a dia para lograr que esbocemos una sonrisa con sabor a nostalgia,leyendo tus articulos. Impagable el recuerdo del pueblo San Agapito del Rabanal y de Lolin y su novio.
22 Enero 2008 | 03:54 PM