FABULA DE JAMES Y SILVESTRE


FÁBULA DE JAMES Y SILVESTRE
A Boris Vian
James y yo recogimos nuestras escasas pertenencias y abandonamos a aquellos miserables, que después de cinco años, habían llegado al extremo de no cambiarnos ni la tierra… Abandonamos la casa sin despedirnos, después de haber robado de la bodega una botella de armagnac, de reserva por supuesto… Deambulamos por el barrio al menos una semana, alimentándonos con los restos de las basuras amontonadas por las esquinas, quitándonos el frío mediante buenos lingotazos de alcohol bebidos a morro… En nuestra búsqueda puertas y ventanas siempre cerradas, afeminados colegas con sus peinados de peluquería que nos miraban con desconfianza, algunos escobazos que nos echaban de soportales en los que intentábamos cobijarnos de la gélida noche… Una mañana, James, me mostró el camino de un refugio que había descubierto en su última noche de insomnio… Parecía un inmueble abandonado, con restos de un pasado notable, lejano en el tiempo, por el polvo acumulado sobre el mobiliario. De una oscuridad aterradora, de unas dimensiones casi imposibles para albergar unos enseres que parecían haberse consumido para adaptarse al espacio… Sin restos de vida humana, al menos recientemente… Sobre el suelo de la cocina, los restos de un roedor moribundo, a cuyo lado dos diminutas muletas, con las que probablemente se desplazaría sin dificultad por aquel cuchitril… Entre prepararnos una suculenta cena o buscar compañía, James y yo decidimos reanimarlo de alguna forma: a base de un asexuado boca a boca, continuando con unos buenos tragos de nuestra botella… Lo conseguimos sin duda,.. Desde entonces nos acompaña, mientras nos relata un pasado de lujos, de abundancia, de veladas literarias, de espuma de los días… Sin olvidarse de procurarnos la comida como agradecimiento… Ahora la casa incluso parece más amplia… La luz del sol vuelve a entrar por sus amplios ventanales…
