Al principio sólo fue un flirteo sin importancia. Ella no era especialmente guapa, pero halagaba su vanidad. Ya no era ningún crío. Le sentaba bien saberse deseado por una compañera que aún no había alcanzado la cuarentena.
El juego comenzó a interesarle al segundo mes. Pasaba la mayor parte del día fuera de casa. Una canita al aire no perjudicaría a nadie.
En la fiesta de Navidad ocurrió lo inevitable.
90 km/hora
El resto de sus compañeros guardó silencio. Era una de las normas no escritas de la casa. No entrometerse en los asuntos personales de los demás. En cualquier caso, él procuró mantener todo aquello en secreto.
Un secreto a voces.
¡Maldita sea!
Apretó un poco más el acelerador.
100 km/hora
Continuó haciendo un tortuoso repaso mental a sus errores.
Le embelesaba su manera pícara de mirarlo.
Sentir de nuevo ese hormigueo entre las piernas.
Su pelo mojado contra su pecho.
Su lengua entretenida en devorarle los lóbulos de las orejas.
Su cálido aliento en la nuca...
110 km/hora
¿En qué momento había perdido el control de la situación?
Sus manos temblaban, asiendo el volante con inseguridad.
Nunca había tenido control sobre la situación.
Era un poco tarde para darse cuenta.
120 km/hora
Primero fueron un par de quejas cariñosas. Un "trabajas demasiado", acompañado de caricias intencionadas, que él ni siquiera fue capaz de percibir.
Luego llegaron las miradas esquivas, los sollozos sin sentido, los reproches mudos, el dolor de la certeza que se resiste a serlo, la distancia insalvable...
Él vivió su mentira. apurándola hasta el fondo, hasta que se convirtió en un acto reflejo, en un deber diario, en una carga asumida.
En otra rutina más.
130 km/hora
Hasta sus amigos empezaron a advertirle. Intentaron que abriera los ojos. Que viera lo lejos que todo aquello estaba yendo.
Él recibió sus consejos con una mezcla de incredulidad y orgullo. Insistían en que no les quedaba otra opción.
Habían esperado que él mismo se diera cuenta.
Habían esperado a que él tomara una decisión.
Hasta que alguien la tomó por él.
140 km/hora
Era el momento de más trabajo de la mañana. Ella lo sabía. Podría haber esperado hasta la hora del descanso.
Ciertas cosas no admiten demora.
La llamada fue breve pero intensa. Directa a la yugular.
Lo sabía todo.
Había llegado al punto en que no le importaba lo que él hiciera. Pero aún le importaba su vida.
Las palabras "me voy" sonaron como una sentencia. No estaba dispuesto a subir al cadalso sin luchar. Hizo caso omiso a las amenazas de su supervisor. Cogió las llaves de la furgoneta de reparto más rápida.
Se aferró a la esperanza de los que ya no tienen nada que perder.
150 km/hora
Sus manos dejaron de temblar.
Llegaría a tiempo. Ninguna guagua salía de Agaete antes de media hora.
Aceptaría su culpa. Reconocería su error. Haría valer su verdad. Imploraría, pero manteniéndose sereno y firme.
Su única seguridad era que aún la amaba.
La carretera estaba despejada a esa hora.
Su futuro también.
Había tomado las riendas y no las pensaba soltar. Estaba ya muy cerca.
Pisó a fondo.
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80 pulsaciones/minuto
Sabía que la valla de seguridad estaba rota por aquella altura. Corrió a buen ritmo. Encontró el hueco sin dificultad.
Se encaramó de un salto al borde. Estaba decidido.
Había jurado que no desfallecería
Llevaría a cabo el plan con precisión quirúrgica.
Era importante no mirar antes. Ya tendría tiempo de sobra para verlo todo mientras caía.
Sin embargo, el viento parecía obligarlo a desviar su determinación.
La tentación era demasiado fuerte.
Miró hacia abajo.
90 pulsaciones/minuto
Sintió las fuerzas de atracción y de repulsión a un tiempo.
El vértigo.
Sacó el móvil de su bolsillo derecho. Intentó concentrarse en el pequeño artilugio que de tanto le serviría en su venganza.
A sus pies, el vacío le seguía esperando.
100 pulsaciones/minuto
Miró a su alrededor para confirmar que no había nadie alrededor del puente. Se repitió a sí mismo los motivos que le llevaban a estar allí, al borde de la muerte.
Con apenas dieciséis años, sentía como si hubiera experimentado cuatro vidas. Estaba de vuelta del amor, de la traición, de la vida...
Había dejado de ser un niño como los demás.
Un hombre es el único dueño de su futuro.
110 pulsaciones/minuto
Buscó su número en la agenda del teléfono.
Le temblaba el pulso.
Inspiró profundamente. Probó a cerrar los ojos.
No fue capaz.
Una sensación nueva le recorría la medula espinal.
Reptaba por su espalda, enroscándose en su cuello, adhiriéndose a cada poro de su piel, erizando cada vello, impregnándole de sudor frío e inundándole por dentro.
Era miedo.
120 pulsaciones/minuto
Imaginó su rostro una vez más.
Sus facciones se le antojaban más aniñadas que nunca en este instante. Sin embargo era muy mujer. Era la mujer de su vida.
Lo supo desde el primer segundo en que sus miradas se cruzaron en aquel desvencijado patio de instituto.
Había vencido su timidez. Había dejado de tartamudear delante de las chicas. Estaba preparado cuando ella se le acercó aquella tarde.
Cierto. Ella había tomado la iniciativa. Ella inició los escarceos. Ella lo manejó un poco a su antojo. Al principio, se reía de él.
Pronto dejaría de reir.
130 pulsaciones/minuto
Le costaba recordar los acontecimientos en orden cronológico. La memoria le estaba jugando una mala pasada. Los flashes de momentos felices, eternos, interminables, cruzaban su mente colisionando con la conversación de la noche anterior.
Hasta entonces ella le había enseñado casi todo.
Le había enseñado a besar, a amar, a sonreir...
Le había destrozado el corazón.
Él le enseñaría lo que era un corazón roto.
140 pulsaciones/minuto
En casa nadie podía entenderlo. Ella, en cambio, sabía lo que pensaba sin esfuerzo aparente.
Supo cuando había llegado el momento adecuado. Sus padres habían salido esa mañana. Nadie se enteraría de que habían hecho novillos.
Él estaba realmente nervioso, pero ella lo condujo sabiamente. Lo tranquilizó, le dirigió con dulces palabras, lo arropó con su cuerpo de diosa. Le dejó hacer.
La hizo suya con la pasión del primerizo, pero con la seguridad del experto.
Al menos eso había creído él.
150 pulsaciones/minuto
¿Cómo era posible que encontrara a otra persona?
No existía nadie más. No para él.
No había sobre la faz de la Tierra una traición comparable.
Le haría pagar con creces. Escucharía el sonido de su muerte como si fuera una sentencia.
Volvió a mirar al vacío, con desdén.
Sus manos dejaron de temblar.
Su única seguridad era que aún la amaba.
Allá abajo, el barranco estaba despejado a esa hora.
Su futuro también.
Había tomado las riendas y no las pensaba soltar. Estaba ya muy cerca.
Se dispuso a marcar el número.
Dio un paso hacia adelante.
160 pulsaciones/minuto
El teléfono comenzó a vibrar. Pudo sentirlo en la palma, quemándole como el fuego.
Trastabilló. Perdió pie.
El abismo reclamaba lo que le pertenecía. Su sacrificio no admitía demora.
Era ella, seguro que era ella. Todo había sido una estupidez. Todo se iba a arreglar. Iba a pedirle perdón...
Sintió la fuerza de la gravedad absorviéndole.
No.
¡AHORA NOOOO!
En milésimas de segundo lo vio todo claro, cristalino.
Se había comportado como un bebé. La vida era más importante que una traición. Esa traición podría olvidarse. Ella haría cualquier cosa para que la disculpase.
No estaba dispuesto a caer del cadalso sin luchar.
Se aferró a la esperanza de los que ya no tienen nada que perder.
Tensó sus músculos como los de un atleta.
Arqueó todo su cuerpo hacia atrás en una filigrana casi imposible.
Le arrancó a la suerte una oportunidad. Pataleó en las fauces del abismo y consiguió caer hacia el interior.
Rompió lo poco que quedaba de valla y rodó por la calzada, seguro de sí mismo, sabiéndose a salvo.
Eufórico, levantó la vista.
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160 km/hora
A mitad del Puente de Silva se encontró con el jovencito que rodaba por la carretera.
¿De dónde había salido?
Le miró a los ojos un segundo antes de la colisión.
Dio un volantazo a la derecha con todas sus fuerzas. Clavó el pie en el pedal de freno.
Sintió como la furgoneta, encabritada, pasaba por encima de aquel chico. Casi pudo escuchar como le quebraba las vertebras del cuello.
Antes de poder asimilarlo, se golpeó la cabeza contra el techo mientras el vehículo se despeñaba.
Dicen que, en esos momentos, toda tu vida pasa ante tus ojos.
Comprobó que esa afirmación es gratuita.
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A unos treinta metros del cuerpo inerte del infortunado adolescente, la pantalla de un teléfono móvil parpadeaba anunciando la llegada de un mensaje.
Era una promoción del operador telefónico.
Le regalaban 160 euros gratis en llamadas.