EN SILENCIO

Ella yacía desnuda, desarticulada como una muñeca rota, con la mirada perdida y las manos cerradas sobre el auricular del teléfono.
Apenas podía moverse y sólo el leve sonido de su respiración entrecortada la relacionaba con el mundo de los vivos.
Retiró parcialmente la sábana, manchada de sangre, que la cubría y pudo contemplar, con sus propios ojos, las marcas oscuras e indelebles en sus costillas, las cicatrices abiertas, los labios rotos, las quemaduras -visibles e invisibles- en su piel...
Los restos -en suma- de una pesadilla.
Con lágrimas en los ojos acarició su rostro. Cubrió la hinchazón de sus pómulos y de su párpado derecho con sus finos labios.
Restañó la sangre que resbalaba en su cuello y espalda con la lengua.
Delineó su silueta con las yemas temblorosas de sus dedos.
Se abrazó lentamente a ella acoplándose a cada pliegue de su epidermis.
Pudo escucharla emitir un leve gemido que brotaba del fondo de la garganta al tiempo que su dureza hacía mella en la castigada carne de aquellos glúteos.
Con gran cuidado giró su cuerpo hasta poder observarla de frente. Se levanto con parsimonia y se deshizo de la ropa. Luego tapó, con su espalda, la luz que hería aquellos ojos hinchados.
Descendió a la altura de la clavícula y saboreó la sal de la tierra, hasta llegar a sus senos. Dedicó su lengua a uno de los pezones mientras su mano izquierda jugaba con el otro.
Una gota de sudor recorrió la cintura de ella y le marcó el camino a seguir. La miró una vez más a los ojos, antes de internarse entre sus muslos con vehemencia.
Un nuevo gemido escapó, en dirección indefinida, uniéndose al aire cargado de la habitación.
Adhirió su boca al clítoris de tal manera que se le antojó ser un tatuaje en su sexo.
Aquel sabor le resultaba maravillosamente familiar.
Aquel olor era el sentido de su existencia.
Levantó sus nalgas con las palmas de las manos y accionó sus caderas como las de un juguete dulce y esponjoso.
Doblemente erguido la traspasó mientras susurraba en sus oidos y acompasaba sus movimientos con los de ella.
- Demasiado pronto -pensó antes de vaciarse por completo en su cálido y confortable interior.
Su último grito de éxtasis coincidió con el sonido del timbre de la puerta.
-¿Quién cojones...? -murmuró mientras se anudaba una toalla a la cintura.
Apenas le dio tiempo a reaccionar. Entraron en tromba.
La buscaban.
Lo retuvieron por la fuerza mientras se dirigían al dormitorio. Se sentía impotente ante la evidencia. La rabia mordía sus visceras con violencia. Pero no era suficiente para cambiar la situación.
Iba a fracasar de nuevo.
Como en tantas otras ocasiones.
Como en tantos otros lugares.
Temía que podía ser su último fracaso.
Apenas conteniendo la ira, musitó una plegaria a Dios para que terminara con este mal sueño de una vez.
Rezó con fervor.
Rezó con miedo.
Rezó con desesperación.
La identificación fue positiva.
El mundo se colapsó a su alrededor. La buscó una última vez con la mirada mientras se agitaba con furia.
Sabía que se la habían arrebatado para siempre.
Que su vida ya no valdría la pena.
Que estaría muerto el resto de sus días.
Intentó recordar su hermoso rostro cuando lo introdujeron en el furgón policial.
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Cuando ella regresó del hospital, cerró la puerta y apoyó la cabeza en la mirilla dando un suspiro de alivio.
Sin aspavientos, como de costumbre.
Podía sentir la garra de la soledad atenazándola.
La angustia liberándose de su guarida en la boca del estómago.
La incertidumbre de empezar desde cero una vez más.
Pronto llegaría la noche y, con ella, el fantasma de su ausencia.
Sabía que volvería a sentirse hueca.
Que volvería a abrazar el vacío.
Que volvería a llorar.
Pero nunca...
...nunca más...
...lo haría en silencio.

LoveSick dijo
Hola Neumo:
Muchas gracias por pasearte por mi blog, he mirado el tuyo y me ha parecido desbordantemente interesante, caóticamente divertido y triste a la vez, si no te importa, te enlazo
Saludos
LoveSick
5 Abril 2006 | 01:40 PM