OCULTO EN TU CULTO

Sólo podía entrever los ojos de la muchacha que me la ofrecía. Pero bastaba con eso para soliviantar mi entrepierna de modo notable. Dificilmente podía adivinar sus curvas bajo el uniforme. No obstante, mi mente se empecinaba en dotarla de atributos harto sugerentes. Desde que arribara a puerto, la única alegría que le había proporcionado al cuerpo había sido el aire acondicionado del hotel.
Antes de qué pudiera preguntar por el precio de metro y medio de aquella prodigiosa mercancía, Saud me tomó el brazo con inusitada fuerza y me sacó del bazar a trompicones.
- ¿Qué crees que estás haciendo? -le increpé sorprendido.
- No. ¿Qué crees que estás haciendo tú? -replicó con sorna- ¿Has venido a derrochar riales alegremente, como un turista? ¿O piensas pagar en especie, Lawrence de patio?
Su mirada era como un signo de interrogación insondable. Por algún motivo, que no alcancé nunca a comprender, me hacía sentir vergüenza y respeto a la vez.
Souk al-Hareem no es el lugar más apropiado para pasar desapercibido -añadió- Estás aquí para trabajar ¿no?.
De súbito, bajó el volumen de su voz de tal modo que tuve que aproximarme a menos de cinco centímetros de su rostro.
- Se ha confirmado la reunión. Vendrán los dos, tal y cómo estaba previsto.
- ¿En serio? -acerté a decir- No hay noticias en la prensa. Ni siquiera una pequeña reseña.
- Es una visita privada, Pierre. Irán a la sede central de ARAMCO para un oficio religioso.
- ¿Ambos?
- Sí, Abdullah y George, juntitos -dijo mostrando la más cínica de sus sonrisas.
- ¿Qué oficio religioso pueden compartir esos dos? En mitad de la mayor crisis energética de la historia. Esta noticia va a ser un bombazo...
Saud me miró sumamente alarmado.
- Si cuentas lo que vas a ver esta noche no saldrás vivo de Dammam. Serías un fugitivo.
- Ya lo soy, Saud, ya lo soy...
Su cara cambió de color a ojos vistas.
- ¡No te equivoques! Esta vez sería la inteligencia saudí quien te persiguiera. No tendrías la menor oportunidad. Antes de Al-Juma serías un cadáver anónimo más. Y ninguna dependienta te sacaría de la fosa.
- Cierta parte de mi anatomía agradecería el rigor mortis -afirmé impertinente- ¿de qué me sirve estar allí si no lo puedo contar?
- Con el tiempo, puede que esa información llegue a ser publicable. Labor de investigación, ya sabes... Lleva años hacer un artículo decente.
- Me gustaría investigar lo que hay tras esos ojos de los que tan amablemente me has apartado.
- No intentes tomarme el pelo, Defoto. No te pega esa pose sofisticada. Ahora atiende bien. Te haré pasar por un oscuro agregado secundario de la embajada británica. Un insignificante funcionario. ¿Qué tal tu acento? No te vayas a exceder con la afectación, como otras veces.
- Luego, ellos también estan al corriente.
- ¿Los británicos? Por supuesto. Pareces un colegial haciendo esas preguntas.
Se mojó la comisura de los labios con la lengua mientras inspiraba profundamente.
- Esta noche, necesito que pienses con la cabeza que tienes entre los hombros y no con la que te cuelga. No sé cómo puedes ir por ahí, proclamando a los cuatro vientos que eres "el insigne reportero estrella de la prestigiosa publicación <
- ¿Bastardo pomposo? ¿Quién está sonando demasiado británico ahora? Menuda afectación más cursi.
Por toda respuesta, Saud me recordó la hora y el lugar de la cita y se esfumó entre la multitud.
Para ganar seguridad en mí mismo, dirigí mis pasos de nuevo hacia Souk al-Hareem. ¡Al diablo con todo! Aquí nadie me reconocería.
La chica que me había atendido seguía allí. Su destello hería mis ojos como una pequeña gema, oculta entre la arena del desierto.
Seguro que al hablarle de "Hogar Y Cactus" le parecería un cliente mucho más interesante...
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La ceremonia comenzó al anochecer.
Ni siquiera llegaron a presentarme a los invitados de excepción. Aumentaba, por momentos, mi sensación de ser un "testigo incómodo".
Fuera lo que fuera lo que esos dos se traían entre manos, no podía ser nada bueno.
Y yo aquí -pensé- desarmado, presa del sudor frío y tan acojonado que hasta la erección que traía desde que dejé el bazar, ha fenecido sin pena ni gloria.
No había nada ni remotamente excitante en aquella lujosa y sobria estancia sin ventanas. Los dos elegidos por la divinidad rezaban en silencio, con la mirada fijada en una vasija diminuta y profusamente decorada que una especie de sacerdote, inexpresivo y levemente cojo, sostenía sobre sus cabezas.
Mi mente estaba tan adormecida que optó por salirse por la tangente biblíca. Pensé, en ese mismo instante, que, de estar en el lugar de Salomé, yo hubiera pedido esas dos bolas de serrín en una bandeja. No la de un iluminado, tan harto de sustancias psicotrópicas, que era incapaz de mantener la moral suficientemente alta como para resultarle útil a la bailarina más lujuriosa de ese cuento de cuentos.
¡A la mierda la erótica del poder! Yo nunca hubiera tenido ese problema. Tendría las cabezas de estos malnacidos colgadas de la pared y la de Salomé fundiéndose en mi sexo, devorando las pocas creencias que me quedan a lametazos. Aferrándose a mi única certeza. Saciando su saludable gula. Extrayendo mi más eximio tesoro del fondo de la tierra baldía y reseca que cubre todos mis sueños de húmedos oasis.
¿De que vale la diplomacia -esa hipocresía oficial e ilustrada- ante la evidencia de dos cuerpos que se desean, que se aproximan al único cielo verdadero: el de ver la urgencia del placer en las facciones del otro? ¡Chúpate esa, Condolezza!
Una imprudente risita se me escapó cuando mi flujo de pensamientos dio con esa patética rima, tan infantil como política. Saud tensó todo su cuerpo como accionado por un secreto resorte. Pero la cosa no fue a mayores. Estaban todos demasiado absortos en la contemplación de su dios, encerrado en una vasija, como un vulgar efrit pluriempleado que tiene demasiados amos como para complacer a ninguno.
Somos los hombres los que hacemos a los dioses a partir del barro, les insuflamos vida con nuestra verborrea y nuestro fanatismo y luego nos hundimos en las tinieblas de una pataleta existencial cuando se quiebran. Y yo creyendo que mi rima era pueril...
Era el momento más solemne de aquella mascarada triste. Todas las farsas que se toman en serio resultan amargas y esta no podía ser menos, con tan ilustres actores. La vasija fue pasando de mano en mano con reverencial parsimonia.
El oficiante de tan anodina representación pidió que le trajeran telas preciosas con las que cubrir -al término del ritual- el caliz de la desvergüenza, que era lo único que podría unir a los presentes.
Un espigado funcionario árabe me precedió en la lista de premiados. Cuando tuve a dios entre mis manos, intenté echar un vistazo de reojo a lo que contenía aquel idolatrado recipiente.
Entonces la ví. Llevaba las más hermosas telas en sus brazos. Seguía cubierta de arriba a abajo pero sus ojos se cruzaron con los míos y el efecto en mi alma, mortal y pecadora, fue como el de un choque de trenes expreso.
Me reconoció de inmediato y no pudo evitar soltar un breve gemido de alarma. Mi maldita lengua me había perdido una vez más. Que razón tenía Groucho: La lengua es ese órgano sexual que algunos degenerados usan para hablar. Y yo había sido el degenerado más inconsciente que Arabia conociera.
Juro que no lo hice a propósito, ni para distraer la atención de la muchacha.
Se me cayó la vasija de forma totalmente accidental, impregnando el aire de un rancio olor a gasolinera de interiores. Sentí como el odio de los aistentes me taladraba, emponzoñado con el veneno de la intolerancia. Oriente y occidente, juntos y en mi contra.
Sólo se me ocurrió decir:
- ¿Han... considerado ustedes las ven... tajas del politeísmo?
Lo peor es que no pude disimular mi erección.
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La comida no es tan mala como dicen y Saud ha prometido que se armará un escándalo en Occidente en cuanto consiga pasar la información a sus contactos.
Pero lo cierto es que no tengo tiempo para disfrutar de más escándalos a mi costa.
En dos días seré ajusticiado, en mitad de ninguna parte. Lo hará un verdugo cualquiera, que me reducirá a la condición de número por última vez
Y todo por fijarme en una chica en una ceremonia de genocidas, adoradores de un dios que resultó ser una vasija llena de petróleo sin refinar. Me está bien empleada esta muerte tan vulgar. Es condenadamente pertinente.
Las palizas han sido soportables y me han asegurado que se respetará mi último deseo.
He pedido que me desaten las manos media hora antes del final y que me permitan unos minutos de intimidad y onanismo.
Necesito hacerle un último homenaje a mi Salomé de bazar.

"La Niña-Mujer mariposa con alas de mariposa" dijo
Hola señor Neumococo:
Acabo regresar de una fiesta un tanto achispadita y se me ha ocurrido la brillante idea de pasearme por su blog (dioooos mi libido no falla je,je).
He tenido que frotarme los ojos (y otras cositas tambien), para no vacilar y llegar hasta el final de sus palabras.
Como siempre lo he dicho "este chacho es un cabrón"...me traslada con cada una de sus historias por un mar de sensaciones que explotan en: locura, ira, melancolía, amor, impotencia, reflexión, pasión, desenfreno, picardía,ansiedad y un sin fín de energías que se acumulan y me llevan a decirle "gracias por sus relatos una vez más".
Aaahh!!! una cosita...como autor yo sé que ya le tiene un destino asignado al señor Pierre Defoto, pero si me permite podría asegurarle a usted un camino en el cual no sólo respetaría su último deseo, sino que le rendiría un homenaje a todo su ser...
Espero su respuesta deseosa e impaciente.
P.D: ojoo!! que conste que su último relato ha disparado mi líbido, por lo tanto la concentración de alcohol en la sangre se ha condensado un epicentro de placer.
24 Abril 2006 | 05:51 AM