¿Enseñando o aprendiendo?
Era lunes. Pero podría haber sido cualquier otro día de la semana, ya que casi todos transcurren de manera parecida desde que a los ocho meses de embarazo cogí la baja.
Rn., levántate, cariño, que tienes que ir a la escuela. Rn., ponte las zapatillas, que se te enfrían los pies. Rn., siéntate bien. Rn., ¿qué quieres para desayunar, miel o cola-cao?. Si no eliges, elegiré yo por ti y tendrás que tomar lo que yo haya elegido. Rn., tómate toda la leche, así no, Rn., a cucharadas te la echas por encima, hazlo a traguitos. Rn., cómete el bizcocho, se está haciendo tarde, y no vas a estar en la fila cuando toque la txirrina. Rn., colabora un poco para vestirte, si no te pones de pie, no puedo subirte los pantalones. Rn., lleva la ropa sucia al cesto, no, yo no, es tu ropa y debes recogerla tú. Rn., debes llevar chaqueta, hace frío. Rn., sé prudente y mira si salen coches del garaje antes de pasar por delante. Rn., no cruces el paso de cebra tú sólo, ni siquiera aunque hayas visto que no vienen coches. Rn., no te quites la chaqueta antes de entrar en la gela, en el patio hace frío. Rn., dame un beso, luego vengo a buscarte ¿vale?.
Cuando sale de la escuela, la cosa no varía mucho:
Rn. ¿quieres el bocata ya?. No, todos los días no puedes comer nocilla. El de hoy es de queso, y también te encanta. Rn., es mejor que lo comas ahora, antes de ir a los columpios. Rn., ten cuidado, no os empujéis en el tobogán, Rn., ten cuidado, no te subas a ese muro que te puedes caer y hacerte una herida muy grande. Rn., ahora ya no podemos ir al campo de fútbol, se ha hecho muy tarde y tenemos que ir a casa, que va a venir aita. No, Rn., hoy no puedes comer chuches. Rn., quítate los zapatos en la entrada, como hace amatxu. Rn., sabes subirte el calzoncillo y el pantalón tú sólo. Sí, si sabes, en la escuela y en la calle lo haces tú solito. Rn., lávate las manos. Rn., apoya bien los dos pies en el banquito, si no puedes caerte y darte un golpe con el lavabo.
Y a la hora de la cena, seguimos con la cantinela:
Rn., recoge todos los juguetes antes de venir a cenar. Rn., ponte el babero. Rn., siéntate bien. Rn., límpiate con la servilleta antes de beber agua. Rn., no metas el tenedor en el vaso. Rn., tienes que acabártelo todo.
Ese lunes, Rn. se había portado bastante bien, quiero decir, dentro del concepto que tenemos los padres sobre portarse bien. Osea, que había sido bastante dócil y nos había hecho el día bastante cómodo. Estaba cenando croquetas. No recuerdo cuantas se había comido, pero sí que le quedaba media en el plato. Ro. y yo habíamos acabado hacía rato, y Ro. ya estaba fregando. Rn. estaba sentado en un extremo de la mesa, bajo mi atenta mirada, que le observaba desde el otro.
Rn., cómete lo que te queda. Rn., vuelve a sentarte. Rn., venga que solo te queda media. Rn., no puedes levantarte hasta que hayas comido todo.
El bombardeo de órdenes le llegaba tanto de mí como de Ro.:
Rn., acaba la cena. Rn., no, no has acabado, aún te queda media croqueta. Rn. venga, cariño, si ya estás a punto de acabar. Rn. Rn. Rn. Rn. Rn. Rn. Rn…..
Y de repente, Rn., mirándome fijamente, gritó:
¡¡¡ Hay que dejar a los niños mas tranquilos !!!
Ro. y yo nos quedamos clavados en el sitio. Yo me quedé mirando fijamente a Rn., intentando contener la risa, y él me miraba también fijamente a mí, pero su cara mostraba un tremendo enfado. Entonces vi por el rabillo del ojo que el cuerpo de Ro., de espaldas a nosotros, temblaba. Se estaba riendo silenciosamente. Le envidié insanamente. Yo no podía hacerlo. En ese momento, Rn., aún con cara de enfado, se comió la media croqueta, se levantó, y llevó su plato y su tenedor al fregadero, entregándoselos a su padre. Después Rn. se lavó los dientes, hizo pis, “leyó” un par de cuentos con Ro., y se quedó dormido enseguida. Desde que en la escuela les quitaron la siesta después de comer, se duerme muy pronto.
Pensé entonces que éramos un poco estúpidos, y que efectivamente Rn. tenía razón. Hay que dejar a los niños más tranquilos. Ro. y yo estábamos haciendo un mundo por media croqueta, y no tenía absolutamente ninguna importancia que se la comiese o no. Probablemente estaba muy cansado, y ya no tenía más hambre. Y nuestra perorata no contribuía precisamente a que le apeteciese terminar la cena, sino seguramente a acrecentar su cansancio, y a la vista estaba, a ponerle de mal humor.
Dije que era lunes. Y lo sé con seguridad porque al día siguiente, martes, yo asistí por primera vez a unas charlas semanales impartidas por un psicólogo infantil sobre como solucionar conflictos con los hijos. Comenzó con una pregunta: ¿Cuántas órdenes dais a vuestros hijos al cabo del día? Todos nos miramos con cara de bobos. No lo sé. Son incontables. ¿Y cual es la orden que más veces repetís a vuestros hijos al cabo del día? Aquí ya hubo varias respuestas de todo tipo, pero las que ganaban por goleada eran “cuidado” y “estate quieto”. ¿Y cuantas veces al cabo del día apreciáis una buena conducta de vuestro hijo, y se lo hacéis saber? Exacto. Casi nunca. Damos por hecho que un niño no necesita saber cuando ha hecho algo bien. Es más, damos por hecho que es su obligación hacer las cosas bien, incluso sin que sepa exactamente “cómo” se hacen las cosas bien. Pensé entonces en mí misma. En mi trabajo, mi obligación es hacer las cosas bien, y procuro hacerlas. Aún así, a veces las cosas salen mal, hay retrasos, no da tiempo a tener absolutamente todo al día, hay descuidos, o simplemente siempre se pide más porque se piensa que siempre se puede hacer mejor. Cuando el trabajo sale bien, no hay felicitaciones, porque se da por hecho que debe ser así. Cuando algo sale mal, sí hay reproches. Y vino a mi mente un hecho de hace varios años, no por ser especialmente significativo, sino por llegar en un momento en que no lo esperaba. Aquel día recibí la llamada de un cliente con el que hacía mucho tiempo que no hablaba. Le transmití mi alegría y mi sorpresa, y él me comentó que había estado bastante tiempo de baja por una operación cuya recuperación se había complicado bastante (de hecho, hace ya varios años que tuvo que retirarse definitivamente debido a aquel problema). Estuvimos hablando bastante rato, sobre los detalles de su enfermedad, sobre qué tal me iba a mí, y cuando le pregunté por el motivo específico de su llamada me dijo: No, maja, si yo no quería nada. Únicamente hablar contigo y saludarte. Eres la persona más amable del gremio, y contigo da gusto hablar siempre, nunca estás de mal humor Y después de tanto tiempo sin venir a trabajar, lo primero que me ha apetecido es saludarte, que sepas que ya he vuelto y charlar un rato. Pero no, no quiero hacer ningún pedido. Antes me tengo que poner al día, que acabo de aterrizar… En todos mis años de trabajo, y tras algún aumento de sueldo y algún que otro aumento de categoría, pocas veces en mi vida he acabado mi jornada de trabajo tan satisfecha como aquel día. A veces, un gracias, un lo has hecho bien, un me siento orgulloso de ti, tienen un valor más alto que lo puramente material. ¿Por qué pensamos que con los niños es diferente? Probablemente también valoren más un lo has hecho muy bien, que un juguete nuevo, aunque a priori no nos lo parezca.
Otro asunto que nos hizo notar el psicólogo está relacionado con el ambiente en el que se cría el segundo hijo (o sucesivos). El primer hijo pasa sus primeros meses sobre una especie de balsa de agua. Todo a su alrededor es tranquilidad, paz, susurros, carantoñas. En cambio, el segundo hijo comienza sus primeros días rodeado de reproches, riñas, gritos, órdenes. No van dirigidos a él, sino a su hermano mayor, pero no deja de ser el ambiente que le envuelve, y que asimila. Nunca me había parado a pensarlo. Siempre dije que educaría de igual manera a todos mis hijos, fuesen niños o niñas, y para que pueda demostrarlo la naturaleza me ha dado un hijo de cada sexo. Pero cuando he defendido tal postura, me refería a los valores a inculcar. Pero no se me ocurrió pensar que la educación impartida a cada hijo no puede ser la misma. Es imposible. Por la sencilla razón de que llegan a la familia en un momento diferente, y no siendo igual la estructura de la misma. Cuando Rn. llegó sólo éramos dos, y cuando Ir. llegue seremos tres. Y ni siquiera los dos que estábamos en un principio seremos los mismos.
Me alegro de que mi baja me dé la oportunidad de estar asistiendo a estas charlas. Me alegro de que Rn. de vez en cuando explote y muestre su enfado. Y me alegro de haber sido capaz de superar todos mis miedos y decidirme un buen día a ser madre. No sólo por todos esos tópicos que se le suponen al hecho de serlo, sino porque nunca en mi vida me había conocido tan bien, ni me había esforzado tanto por comprender mi manera de relacionarme con los demás, ni había apreciado ciertos valores por darlos por hechos. He oído varias veces que a ser madre se aprende. Sí, lo corroboro, pero desde mi propia experiencia, de los hijos se puede aprender mucho, mucho más que eso. Creemos que se lo enseñamos todo, y valoramos muy poco todo lo que ellos nos pueden enseñar. Así que voy a echar la matrícula, porque creo que el curso que me toca empezar dentro de unos días promete ser muy instructivo. Supongo que un poco mas duro que el anterior (dos maestros pondrán mas “deberes” que uno), pero seguro que compensa.




mixcelaneas dijo
Ser padres, un trabajo de tiempo completo pero seguro que compensa, como lo has dicho.
Besosss, me alegra que andes bien.
5 Mayo 2008 | 01:31