Que sí que no que me deje el chaparrón
Llueve hoy sobre el Trópico. Los habitantes pasan corriendo delante mía. Nadie se da cuenta que estoy allí y pasan a mi lado con un ritmo incesante.
La playa huele a arena mojada, a mar revuelto, hace un frío tenue y en un rato no queda nadie cerca y nada que hacer.
Estoy en la calle y el suelo esta mojado, plomizoy gris y me aferro a mi paraguas porquela lluviame aplasta contra el suelo.Pasa un rato y vuelvo a palacio pero el agua me sigue ahogando dentro de mi guarida.Estoy sola, sola y en el Trópico todoparece cementovacio, pero no tengo donde ir ytodo estadesolado.
El cielo negro acompaña mi tristeza, mi pequeño Imperio ha caido en manos del peor enemigo que se puede tener: un devorador de tiempo. Pero parece ser que el poder que antaño se me fue otorgadopara ser Emperatriz aún sigue latente en mí ycontinuo influyendo en el estado de los elementos. El cielo llora como yo lo hago ahora tormentosamente y las nubes que ahora rondan mi mente sobrevuelan amenazantesla isla.
No puedo más con esta carga, con este lastre que apenas me deja avanzar, con esta pena negra y espesa como la brea,estas bofetadas de realidad, este engrudo que me pega los pies al suelo y me atrapa irremediablemente dentro de la jaula formada por un sistema de cosas lógicas y ordenadas.
Me duele la cabeza, apago la luz yme desesperopor ahora, mañana estaré igualy si esto sigue así la resignación vendrá de nuevo a mí como otras veces.
