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Vivir a Codazos

Vivir rodeado de trepas... la mediocridad al poder

30 Julio 2008

Posdata

Posdata - Aquello que se añade a una carta ya concluida y firmada.

No hablo de esto en voz alta. Soy tan iluso que pienso que si no lo menciono no existe. Pero ha vuelto a pasar. He soñado con ella. Me he despertado angustiado y no he podido dormir más.

Aunque escribiré la historia con detalle, una vez conocí a una chica, me enamoré, la quise con locura y la perdí. He dicho que la quise, pero no es cierto. La quiero, en presente. Estoy tan enamorado como se pueda estar, pero está tan lejos de mi alcance como pueda soñar. No sé donde vive, qué hace ni cómo es. Incluso puede que haya muerto y no lo sepa. Pero no cambia las cosas. Me desangro por ella.

He soñado que dentro de un periódico encontraba una carta de suya. No era para mí, pero la leía. Me perdió la curiosidad. Contaba que no le iba bien, que ganaba poco dinero, pero en cada palabra estaba impregnado su espíritu, su alegría, su inmenso ser, todo lo que me hizo enamorarme. Y mentalmente sumaba su sueldo al mío para saber si sería suficiente…

Leía y volvía a caer en el abismo del amor no correspondido. Durante años he llorado hasta quedarme sin lágrimas. He preferido dormir a vivir porque allí estaba con ella. Y pensé que lo había superado, pero todo sigue igual. Sigo soñando despierto que algún día la volveré a ver y me seguirá queriendo. Que todo será como antes.

Hace algún tiempo me enteré de una historia triste. Mi abuelo enviudó con ochenta años cumplidos. Al día siguiente envió a uno de sus hijos al pueblo donde nació a buscar a una mujer. A la mujer que siempre quiso. Durante sesenta años vivió con una persona y quiso a otra. ¿Qué pasó? Que la mujer había muerto, y con ella las esperanzas de mi abuelo.

No quiero que la historia se repeta conmigo. Pero no sé qué hacer. De momento sólo puedo decir te quiero a alguien que no puede oírlo. Pero, ¿y si quisiese oírlo?

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22 Julio 2008

Las dos orillas

Hace mucho que no escribo. Ya no necesito usar el teclado como arma arrojadiza. Y es que todo ha cambiado. Un buen amigo intervino en la situación, que se había tornado insostenible, y consiguió que mi jefa tomase cartas en el asunto.

Críspulo nunca será mi amigo. Me ratifico en todo lo malo que he dicho de él. Pero afortunadamente ahora él permanece en su orilla y yo en la mía. Reina la paz.

Tan mal lo he pasado que me ha dado por pensar en el porqué de estas cosas. En el fondo todos tenemos algo de Críspulo (espero que sólo un poco) y a veces el entorno competitivo en que nos movemos nos lleva a ser un poco más cafres de lo debido en nuestras relaciones.

Total, que acabé leyendo algunas informaciones sobre el comportamiento. Y ví cosas interesantes.

Recuerdo que cuando estaba pasándolo mal, muchas veces pensaba que era yo el que interpretaba erróneamente lo que sucedía. Llegué a tener un Word en el que apuntaba las cosas que iban sucediendo para evaluarlas después. Era como pensaba. Había juego sucio aunque me costase creerlo.

Mi duda era saber si hay alguna forma objetiva de valorar el estado de una persona. Quizá todo depende de cómo y quién valore la situación. Puede que los mismos hechos y circunstancias se valoren de forma distinta en función de mínimas variaciones del entorno. Un tal David Rosenhan se preguntó lo mismo. Alguien se había ocupado de mirarlo.

David quería saber si valoramos las personas por sus circunstancias. Y tuvo una idea genial. Envió pacientes sanos que simulaban oír voces a diferentes hospitales psiquiátricos. No penséis que fingían nada del más allá, tan sólo indicaban oír tres palabras/sonidos distintos (“vacío", "agujero" y ruidos sordos). No había ningún otro síntoma simulado. Y sin embargo no fue detectado ni uno solo de los impostores. Ninguno.

En vista del curioso resultado dio otra vuelta de tuerca. Rosenhan se puso a trabajar en un centro que ya conocía los resultados de su estudio. De hecho, estaban convencidos de que en ese centro no cometerían errores similares. Rosenhan les avisó de que durante tres meses, uno o más pacientes sanos intentarían ser admitidos. Debían estar alerta para detectar el engaño. De 193 pacientes, 41 fueron considerados impostores y 42 se consideraron sospechosos. En realidad, nunca se enviaron pacientes sanos. Todos los “impostores” eran pacientes genuinos.

Este experimento es, como todos, una muestra que no puede extrapolarse a todas las situaciones. Pero me lleva a pensar que debemos reflexionar sobre cómo juzgamos a los demás. Damos por hecho aspectos que son circunstanciales y “etiquetamos” a las personas por lo que les rodea o lo que suponemos que “deben ser”. Pensemos dos veces en cómo juzgamos a los demás. Pero mantengámoslos en la orilla de enfrente, por si acaso…

* - El experimento de Rosenhan fue llevado a cabo David Rosenhan en 1972. Fue publicado en la revista Science bajo el título "On being sane in insane places".

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26 Enero 2008

Críspulo contra el Doctor X

¿A que no sabéis lo que hice al día siguiente? Pues sí, volví al parque. Y me encontré a Críspulo hablando con Genaro. Gesticulaban, pero no llegaba a escuchar lo que decían. Me acerqué un poco más cuidando que no me viesen. Genaro contaba algo acerca de su tío…

- Pues eso, que menudo cabronazo. Lo que hizo no tiene perdón. Mi tío sufría unos ataques de caspa horrorosos y ya no sabía qué hacer. Todo el día de baja. No podía ni mantener un trabajo fijo. Y al final ve un anuncio en el Metro, acude al Doctor ese que dice curarlo todo y sí, le quitó la caspa, pero también todos sus ahorros –contaba Genaro.

- ¿Que le quitó la pasta???!!! ¿Cuánto?!!! ¿Cómo?!!! –preguntó Críspulo

- Todo. Hasta el último céntimo! Le saqueó la cuenta bancaria. Debió robarle las tarjetas y vació las sus cuentas.

- ¿Y no fue a buscarle?, ¿no intentó recuperar el dinero?

- Sí, pero no le encontró. Ya sabes como va esto, esa gente aparece y desaparece. Cambian de nombre constantemente y vuelven a empezar el trapicheo. Y la justicia, por supuesto, es inoperante.

- Desde luego, si está en nuestra mano, deberíamos hacer algo para evitarlo. La justicia no funciona y los ciudadanos responsables debemos tomar medidas… -decía Críspulo con la mirada perdida.

Un rato después la conversación termina y se despiden. Cada uno va en una dirección pero sigo a Críspulo a ver qué hace. Y tuve suerte: le seguí hasta una estación de Metro donde el destino le volvió a sonreír. Parece ser que las cosas son así con los superhéroes.

Cuando se dispone a bajar las escaleras una mano se extiende ante él y le ofrece un panfleto publicitario. Una fotocopia de mala calidad, arrugada. Está a punto de no cogerla, pero nuestro héroe tiene un palpito y la recoge. Comienza a leerla. Se pone blanco y... casi pierde el aliento!!

- Joder, qué casualidad… “Sanación. Nuevo en la ciudad. Cura todos los males, incluida la caspa." Y se llama Doctor X. Eso no es ni nombre ni ná. Ahora que me acuerdo, el tío de Genaro también llegó al Doctor por medio de un panfleto del Metro…-. Su mente funcionaba a toda velocidad. Si hubiese sido una locomotora le estaría saliendo humo por las orejas. Se detuvo en mitad de la escalera. Su mirada había cambiado.

- Es nuestro hombre –pensaba-. El destino lo ha traído hasta mí. Tenemos que ir a verle para recuperar el dinero robado…

Subió corriendo las escaleras bajadas hacia unos instantes y con un par de llamadas convocó a su clan: Genaro el flatulento, Hermenegildo con su braguero y Porfirio el vizconde.

Me oculté hasta que llegaron y escuché parte de la conversación.

-Señores, al fin tenemos una misión a nuestra altura. Vamos a desenmascarar y llevar ante la justicia a un estafador; Un timador que se aprovecha de la buena voluntad de la gente –decía Críspulo-. Tengo la seguridad de que se trata del mismo individuo que robó al tío de Genaro, por lo que nuestra intervención es necesaria. Recuperaremos su dinero y lo llevaremos ante la justicia.
Mientras lo decía agitaba el panfleto ante sus amigos, que lo seguían con la mirada tratando de leer el texto.

No sé qué pasó por sus mentes, pero todavía estoy impresionado con la ovación que recibió. Sus compañeros le daban palmaditas en la espalda mientras le felicitaban por su ingenio y valor. Sólo hubiese faltado que lo cogieran a hombros y corearan su nombre.

Un minuto después ya estaban de camino a la consulta. Me costaba seguirles por el ritmo que llevaban y por el hecho de ir ocultándome de árbol en árbol para que no me viesen.

Cuando llegaron a la puerta del edificio hicieron un corro y se pusieron a cuchichear algo que no pude llegar a entender. Sin duda su plan magistral para vencer al Doctor X.

Cuando entraron en el portal me colé en el último segundo sin que me viesen. Ellos subieron en ascensor y yo aproveché la escalera. Era en la primera planta y llegamos casi a la vez.

Desde el descansillo ví como llamaban a la puerta y abrió alguien que se identificó como el Doctor X. Mide poco más de metro y medio; tiene el pelo canoso y peinado hacia atrás con gomina. Luce gafas de pasta marrón con unos cristales que hacen que al verle de frente los ojos le aumenten hasta ocupar media cara. Tiene mirada de búho. No sé lo que verá este hombre sin gafas, pero seguro que poca cosa. Viste una especie de toga oscura con capucha que me recuerda a las usadas en rituales satánicos y anda con pasitos cortos, como si el suelo fuese inestable.

Críspulo, que tiene mucha labia, puso su acento andaluz y se presentó –Doctor, es que desde hace unos días nos pican mucho los genitales y no sabemos qué hacer. Nos da vergüenza acudir a un médico normal y necesitamos de sus sabios conocimientos y dilatada experiencia.

- Pasad, hijos míos, pasad. Tengo un remedio para vuestro sufrimiento –indicó el Doctor X mientras los observaba desde detrás de sus gafas.

Mierda. No podía entrar con ellos sin que se diesen cuenta. Me tenía que quedar fuera pero afortunadamente el ojo de la cerradura era lo bastante grande como para espiar el interior. Corrí a observar…

En cuanto se cerró la puerta, los 4 rodearon al Doctor X. Críspulo se situó frente a él. Giraba una mano sobre la otra mientras de su garganta surgían extraños gruñidos. Daba saltitos y giraba sobre sí mismo. Su rollo karateka, ya sabéis.

El Doctor mantenía una extraña calma. Se limitó a mirar a nuestros amigos y preguntarles

–¿Qué queréis, pringaos?-dijo el doctor-.

-Sabemos quien eres. Vamos a desenmascararte y llevarte ante la justicia. Somos los nuevos justicieros. Sabemos que eres malvado y tendrás que expiar tus pecados. ¡¡¡Vas a pagar por todo el mal realizado!!! –gritaba Críspulo mientras seguía haciendo sus ridículos movimientos de artes marciales.

El Doctor X miraba con indiferencia. Introdujo la mano derecha en el bolsillo de la toga y sacó algo que lanzó contra el suelo. Un seco “bang” sonó en la habitación y apareció una densa nube de humo gris en la que se introdujo el Doctor. Críspulo le buscaba tanteando el humo con las manos. Se escuchó un portazo y la nube desapareció segundos después. El Doctor X ya no estaba allí. Se había esfumado como por arte de magia.

Joder, este humo pica –pensaba Críspulo-. Me pican las manos, los antebrazos, el cuello… Y qué raro, me salen como granitos. ¡¡¡Hostia, si me andan cosas por los brazos!!!

-¡¡¡¡Pulgas!!!!! -chillaba Porfirio. ¡¡¡¡La habitación está llena de pulgas!!!!

El picor era horroroso. Se rascaban como mandriles sin poder hacer nada.

Desesperado, Porfirio giraba los ojos en direcciones opuestas barriendo la habitación con la mirada. Y encontró un bote. Tenía escrito en la etiqueta “antipicores”.En esos momentos le parecía magia.

- Colegas ¡¡¡¡Tengo la solución!!!! Alargó la mano y lo cogió. Bebió un trago inmenso y pasó el bote a sus compañeros y bebieron uno tras otro con ansiedad. Los picores seguían, pero pensaban que era algo temporal. El antídoto, que seguro que tardaba un poco en hacer efecto.

Críspulo empezó a notar algo raro en los intestinos. Un burbujeo como de gas o algo así. Y ciertas ganas de ir al baño.

-¿Sabéis? Me estoy cagando…–decía Críspulo-. Me pica todo el cuerpo y además me cago.

-Y yo –confirmó Porfirio mientras se oía un desagradable ruido de pedorreta.

Genaro y Hermenegildo permanecían en silencio mientras se llevaban las manos al culo. Un olor pestilente invadía la sala.

Mientras tanto se escuchó un ruido de estática y unos golpecitos, un “toc-toc-toc”. Después la voz amplificada del Doctor X resonaba en la sala.

- A ver, pringaos, los de los cagarros. Acabáis de luchar contra mi ejército de pulgas. Que sepáis que también tengo un par de dobermans hambrientos y están deseando haceros una visita. Tenéis 30 segundos para salir de aquí o los suelto. ¡Ah! Casi se me olvida: os habéis puesto hasta las trancas de laxante… vais a estar cagando un mes.

De nuevo, la humillación. Tuvieron que salir a la calle y volver a casa andando de lado, con el culo pegado a la pared mientras se rascaban como posesos. La gente se apartaba de ellos a su paso por el pestuzo, y de vez en cuando, se podía escuchar una pedorreta con un desagradable sonido a burbujeo líquido.

Y allí les dejé. Continuaron calle adelante con el culo pegado a las paredes.

Creo que su segunda aventura llegó a su fin en esos momentos...

Menudo exitazo, ¿eh?

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26 Enero 2008

La pandilla de Críspulo

¡Joder qué hostia! Parecía un aterrizaje forzoso, y el tío ha hecho un surco en el suelo con la nariz.

Perdón. Me he anticipado. Estoy en un parque, espiando desde unos arbustos lo que hacen Críspulo y los suyos.
Mejor retrocedo un poco más y os cuento de qué va todo esto. Desde hace unos días tengo la sensación de que Críspulo trama algo. Creo que tiene intención de crear una banda junto a sus amigos. Siempre han sido los pringaos del parque y creo que está buscando una solución al problema... suena bien, ¿verdad?
Por mi parte, y a modo de doctor Watson, intentaré ser cronista de sus andanzas.
Empezaré por explicaros quienes son. Os cuento:

- Hermenegildo y su braguero de acero. Usa su braguero como arma oculta. Se lo quita en una décima de segundo y golpea a sus enemigos con la velocidad del rayo.

- Porfirio el vizconde. Es bizco y utiliza su visión panorámica para vigilar enemigos y estar alerta ante posibles ataques.

- Genaro el flatulento. Armado con apestosas flatulencias, es capaz de paralizar a cualquier enemigo, especialmente en lugares cerrados.

- Y por supuesto, Críspulo, alias “Kunfu” porque va a clases de karate al gimnasio del barrio. Es el líder e ideólogo.

Pero, ¿cómo se llegó a esto? Sencillo. Harto de ser el blanco de todas las collejas, a Críspulo se le iluminó la mente y concibió un plan. Crear un Supergrupo, al estilo de los comics americanos. Utilizarían las virtudes y talentos de cada uno para complementarse y hacerse invulnerables. Y para empezar, crearían su propio Club de la Lucha. Así podrían darse de hostias con todo el mundo y talento en la lucha.
Dicho y hecho. Se reunió con Hermenegildo, Porfirio y Genaro, les contó las directrices de su plan y no tardaron en aceptarlo.

Ya en el lado práctico su primera dificultad era conseguir contrincantes. A Críspulo, que no olvidemos es el líder, se le ocurrió citar a los más salvajes del barrio. A saber: el Cogollos, el Rubín y el Murillo, gente curtida en mil batallas que mataba el tiempo tomando cañas en un bar cercano.
No hubo tiempo para más. Críspulo se plantó a la puerta del bar en el que tomaban unas cañas y empezó a chillar como un energúmeno.

-¡Cobardes, gallinas, que no os atrevéis con nosotros!, ¡mariquitas, medio hombres!- chillaba Críspulo.

Rubín y compañía casi se ahogan con la cerveza. Dejaron todo en la barra y salieron tras ellos como alma que lleva el diablo.

Siguiendo un plan, Críspulo y lo otros se dirigieron hasta su parque. Mejor pelear en terreno conocido. Al llegar se detuvieron formando dos líneas enfrentadas: a un lado Críspulo y sus colegas, y al otro Rubín y los suyos.

-Enano de mierda, te voy a soltar una yoya que te van a estorbar las nubes –le soltó Cogollos a Críspulo-.

-Uno contra uno, que si no es de cobardes -dijo Críspulo-, y yo seré el primero para que veáis que esto va en serio. ¿Hay alguien que sea lo bastante hombre para luchar conmigo? –agregó-.

Los otros se miraban alucinados. El Rubín, grande como un toro, dio un paso adelante con los ojos desorbitados por la mala leche. Apretaba los puños con tanta fuerza que se podían oír los crujidos de los nudillos.

Críspulo, en lugar de apartarse, se acercó. Giraba una mano sobre la otra y miraba de medio lado a Rubín. De su garganta surgían gruñidos y aullidos mientras daba saltitos y giraba sobre sí mismo. Todo con un aire muy oriental, de Bruce Lee baratito.

Qué ruidos más raros hace… ¿se estará ahogando el enano? –pensaba Rubín mientras lo miraba extrañado-. A lo mejor si le doy una hostia con la mano abierta se le pasa la tos esa…

Y vaya pedazo de hostia le dió… La tos se la quitó para el resto de su vida. Y de paso casi le saca del parque.
Según volaba todavía movía los pies como dando saltitos. Aterrizó
dejando una estela de humo y se detuvo justo a los pies de Genaro el flatulento. Genaro miró al suelo, vio a Críspulo cubierto de arena como una croqueta y se lanzó a por Rubín hecho un basilisco. De la rabia se le escapaban cuescos mientras corría.

Cogollos, que había seguido con la mirada el vuelo sin motor, despertó súbitamente y agarró por los cojones a Genaro. –Donde vas saco de mierda… -le dijo-. A Genaro se le salían los ojos de las órbitas mientras emitía un gemido sordo.

-Vamos a hacer una cosa –continuó Cogollos-. Ya que eres
un cerdo y te mola tirarte pedos, te voy a apretar los cojones hasta que sueltes la última gota de gas-. Dicho y hecho. Fue como si pasase un avión, un zumbido que empezó siendo lejano y terminó sonando como un Jumbo al despegar. Y qué olor. Hasta los pájaros que pasaban por allí caían al suelo como manzanas maduras.
Genaro, en mitad de su dolor de cojones, no lo podía creer, su superpoder no afectaba a Cogollos. Había un porqué.
Todos estaban acatarrados y los mocos actuaban como la kryptonita, anulando los poderes intestinales de Genaro.

-¿Tienes ya suficiente, tío cerdo? -le preguntó Cogollos-. El otro, entre el dolor de huevos y el esfuerzo no se tenía en pie. Cuando Cogollos le soltó se derramó por el suelo como un globo desinflado.
Ya sólo quedaban dos.

Porfirio, el vizconde, había seguido la disputa desde cierta distancia. Aun así estaba un poco mareado por la guerra química de Genaro. Decidió aliarse con Hermenegildo para lanzar un ataque conjunto. Porfirio vigilaría todos los ángulos mientras Hermenegildo usaba su braguero letal. Se lo comentó al oído y el plan fue aceptado sin dilación.
Hermenegildo sacó su arma con la velocidad del rayo y comenzó a girarla sobre la cabeza a modo de honda.

Murillo mientras tanto contemplaba el espectáculo con indiferencia.
Porfirio dictaba instrucciones con tono aeronáutico. –A las tres Rubín, a las cinco Cogollos, a las nueve Murillo… -gritaba- mientras movía sus ojos en ángulos imposibles. Hermenegildo, que no tiene muchas luces, miraba de reojo el reloj para saber qué decía.

Hermenegildo se giró hacia Murillo, quien con las manos a la espalda, miraba con tranquilidad. El braguero giraba sobre su cabeza con rapidez generando un zumbido que inundaba el ambiente. Con movimientos felinos se aproximaba a Murillo.
Éste, sin inmutarse, retiró una mano de la espalda y lanzó una pedrada a los pies de Hermenegildo. Al verlo, pegó un traspié y soltó el braguero, que fue volando directo a la cabeza de Porfirio, quien con tanta visión panorámica tenía un ángulo muerto entre los ojos. Justo en el punto en el que le atizó el braguero. Y claro, con un golpe así cayó lateralmente, como un bolo.

Ya estaban por el suelo Críspulo, Genaro y Porfirio. Demasiado para
Hermenegildo, quien decidió tomar las de Villadiego. Giró
sobre su cintura y salió corriendo parque a través, sin braguero ni
nada.

Mientras tanto Rubín y compañía observaban en silencio. Se miraron y sin decir palabra volvieron al bar, donde todavía les esperaban las cañas, un poquito más calientes.

Mientras tanto Crispulín, Genaro y Porfirio se acercaron gateando. Críspulo mientras se quitaba el polvo a manotadas comentaba –vaya hostias, eh? Nos vamos a endurecer en tres días.

-Sí, pero por favor que el endurecimiento no sea tan intensivo –respondió Genaro-, que las hostias duelen mogollón.

Críspulo en un esfuerzo final, se puso en pie, hizo una llave de kárate con las manitas y dijo con voz profunda –ehm, uhm, ejem, los héroes no se quejan del dolor, nacen para prevenir el mal, cueste lo que cueste...
No sé si en ese momento sonaba música peliculera, pero debería haber sonado.

Y ese fue su primer día. Una sesión de hostias culminada con una frase grandilocuente. Tengo la seguridad de que esa frase es la que realmente dio entidad al grupo tal y como lo conocemos hoy.
Os seguiré contando sus hazañas, porque mientras termino esta narración ya se estaba fraguando su siguiente aventura en una boca de metro cercana...

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16 Diciembre 2007

El cristal

El otro día tuvimos la cena anual del trabajo. Alcohol, palmaditas en la espalda, carcajadas y… Críspulo. Los mortales quedamos un rato antes a tomar algo en un bar cercano. Críspulo no vino al previo porque no tiene ni amigos ni amiguetes. Estamos hablando de trabajo y para él la palabra más adecuada es “conocidos”. Sabe el nombre de casi todos, pero no intima con ellos. Así no se progresa en la escala laboral.

Tomamos unas cuantas, o para ser sinceros, muchas cervezas y a regañadientes fuimos al restaurante. Nos distribuimos entre las mesas en base a nuestras afinidades: chicos, chicas, compañeros.
Y llegó Críspulo y buscó su afinidad con la mirada. Y la encontró. Junto al jefe. Como bien dijo un amigo mío, también allí estaba trabajando.

Si habéis visto el título de esta entrada, veréis que se llama El cristal. Se me ocurrió que Críspulo y los de su calaña son transparentes, puedes ver su interior con claridad. Están tan vacíos que sus intenciones se ven con nitidez. Pero ¿las veo sólo yo o las vemos todos? Porque creo que los jefes sufren ceguera con estas cosas. Respetan, toleran y a veces fomentan la figura del trepa. Si notas el aliento de alguien en la nuca y además a ese alguien le hacen gracia todos tus chistes (incluidos los malos), quizá tengas que plantearte que algo pasa, pero si eres jefe has encontrado algo de tu agrado.

Pero volvamos al restaurante. La cena bien, salvo las intervenciones fuera de lugar del enano. Cuando la gente aplaudía algo o celebraba alguna intervención simpática, siempre terminaba Críspulo con alguna alusión al protagonista. Como demostrando que son coleguitas y que él tiene algo que ver. Patético.

Y llegamos a las copas y todo siguió igual. Crispulín revoloteando de grupo en grupo. Pero ni caso. Mucho oler pero poca aceptación. El jefe se fue y el enano detrás. La jornada laboral había terminado.

Ser un trepa tiene esas cosas. También pasa con el cristal. El que lo jode, al final lo paga. Ya sé que soy malo, pero también sincero.

QUE SE JODA.

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10 Diciembre 2007

El reptil

Hoy ha vuelto mi jefa, que ha estado de viaje. Y claro, tenemos nuevos efectos colaterales en el enano. Nada más abrir la puerta mi jefa el tono de voz le ha subido 20 decibelios y ha empezado a reptar arriba y abajo por el departamento como si hiciese algo importante. El muñeco de Duracell en feo y en voceras.

Qué asssssco. Es increíble a donde puede llegar la bajeza humana (en el caso de Críspulo la frase tiene dos sentidos). En cuando ha llegado mi jefa se ha puesto a babear instrucciones a los demás. Coge el teléfono y habla en alto para que podamos oír todo lo que se esfuerza y todo lo que manda. Además ahora se ríe como Papá Noel. Una especie de Jo-Jo-Jo en mitad de las conversaciones. Así también vemos que es energético y que tiene rollito positivo.
Para mí es como una mierda reseca, que aunque intente disimular lo que es y no huela, mierda es.

Además le aparecen otros hábitos molestos, como el interrumpir conversaciones ajenas. Si mi jefa pregunta algo, él se mete en medio a opinar y decir tontadas. Y pone cara de listo y todo. Se parece a esa gente que aparece en la tele por detrás de los locutores. Siempre asomando por encima del hombro para que se le vea…

Pedazo de mierda reseca. Enano. Trepa. Asqueroso. Lameculos. Se me acaban los sinónimos. O Críspulo es el trepa del milenio, o tiene serios problemas mentales. De doble personalidad, digo. No es posible que cambie tanto cuando tiene un jefe delante.

Cuando le veo arrastrarse de esa manera estoy seguro de que Críspulo es un reptil. Tiene sangre fría y una lengua bífida insaciable de ojetes que lamer.

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7 Diciembre 2007

Críspulo, mi jefa y el tamaño.

Crispulín mide poco más de un metro. Y pesará 32 kilos. Un cagarro de mosca al lado de la jefa. Porque mi jefa es grande, muy grande. Para que os hagáis una idea, es una mezcla entre Madonna y el muñeco de Michelín, una vikinga suelta por la oficina. Así a ojo mide 3 metros de alto y pesa 190 kilos.

Cuando pienso en el fichaje de Críspulo, creo que a mi jefa la perdió el instinto maternal. En la entrevista seguro que dejó volar la imaginación y tuvo la visión de lo que sería sentarlo en sus rodillas, ponerle un babero y darle de comer. Fijo que se enterneció y le dio el puesto.

Los pensamientos de mi jefa son como las vírgenes de las iglesias, todo muy puro y maternal. Se imagina a sí misma dándole teta a Críspulo mientras lo tumba en su regazo. Yo, que soy más cruel, lo veo más cercano a Mari Carmen y sus muñecos. El enano del Críspulo enterrado entre las tetazas de mi jefa, pataleando para que le suelte.

Lo cierto es que esto del tamaño tiene sus pros y sus contras. Críspulo es tan diminuto que se puede poner la ropa de un Madelman. Menudo ahorro, y qué variedad: el explorador, el astronauta, el policía... Todo conjuntado, chaquetita y pantalón.
Los viernes, que nos dejan venir a currar de paisano, le observo y me doy cuenta de que su ropa está como acartonada. Normal, los Madelman hace ya 20 años que no se fabrican. Por mucho que laves y planches, la ropita no da más de sí.
Con el tiempo tendrá que pasarse a moda más actual como los Power Rangers o los Teletubbies, aunque quizá sea demasiado informal para ir a trabajar. No sé, mi jefa dirá.
De todas formas tiene que se la leche ir a una discoteca vestido de Teletubbie.

Por otro lado, el tamaño reducido tiene en su contra aspectos como la seguridad vial. Cuando Críspulo va en coche tiene que levantar las pezuñas para alcanzar el volante. Los ojos le llegan justo al nivel del salpicadero. Y claro, así ni distingue los pasos de peatones ni ná. Todo un peligro. Y en el transporte público también hay problemas. Le tienen que aupar para llegar a la barra. Y claro, si se agarra no le llegan los pies al suelo y parece más un trapecista que otra cosa.

Pero vamos, que esto del tamaño de Críspulo tiene también sus alicientes. Un día de estos voy a construir el campo de concentración de los Clicks y me lo voy a llevar al curro. Cuando mi jefa no me vea voy a meter dentro al enano y lo tendré unos días a base de agua y migas de pan.
El próximo puente lo pasará en mi nuevo juguete. Sólo espero que mi jefa no me pille…

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7 Diciembre 2007

Las artes marciales

A veces me apetece darle una hostia. Así, con todas las letras. Una hostia en mayúsculas. Sé que suena soez, pero se sienta a mi derecha y si estiro la mano creo que llego sin moverme del sitio. Se la daría con la mano abierta, para dejarle en la quijada la silueta de mi mano en color pimiento. Molaría ya de paso tirarle de la silla.

Entiendo que suena un poco salvaje, pero mi instinto antropoide me lo pide. A veces actuar de forma primitiva es la línea más corta entre un deseo y su satisfacción. Pero las cosas no son tan sencillas, debo ser cauto. Un gran peligro se cierne sobre mí.

Hace tiempo observé que cuando íbamos a tomar café Crispulín hacía movimientos extraños. Daba pataditas al mostrador y hacía movimientos similares a puñetazos. El chaval es un poco bobo, pero que pierda el control de los músculos me parecía exagerado.
Y al final se hizo la luz. Un día le escuché decir una frase mítica “mi senshei en el dojo me ha dicho…”
¿Qué es eso? ¿Una nueva frase en trepinés? ¿una revelación de alguien de otro planeta? Tranquilos, que no hay nada que no se pueda resolver con Google. Lo busqué y me enteré de que hablaba de su profesor del gimnasio, un profesor de artes marciales.
La verdad es que las cosas han cambiado. Alguien que tiene un senshei a su servicio debe ser un tío peligroso. Los demás alumnos tienen profesores, y gozar de tal privilegio sólo debe estar al alcance de unos pocos elegidos.

Me tiemblan las piernas sólo de pensar en Críspulo vestido con trapos negros y una catana a la espalda. Seguro que es uno de esos individuos que cuando mueve las manos se oyen bufidos como si fuese una vara de mimbre y se descuelgan de los tejados a toda leche. Y si se pone un traje de tortuga ninja también será capaz de saltar de espaldas hasta un tercer piso mientras hace saltos mortales. Entre sus facultades debe de estar esquivar balas, tragar fuego y correr a supervelocidad.

Y yo pensando en darle una hostia. Mira que soy lerdo... Seguro que si lo intento me hace la llave esa de sacarme el corazón mientras todavía late. Y además se lo comería mientras miro.

Desde entonces cada vez que me mira paso un miedo horrible. Es pequeño, pero reconcentrado. Como si fuese de mercurio, ocupa poco pero pesa mogollón. Todo musculitos y mala leche metidos en un chasis diminuto. A lo mejor cualquier día el senshei le enseña a leer la mente y me toca salir corriendo de la oficina.

Aun así no se me pasan las ganas. Las fuerzas del mal me siguen acechando. Lo veo como una pelea entre Batman y Dios. Lo terrenal contra fuerzas desconocidas. ¿Qué podrá más, una hostia de las de toda la vida o los superpoderes de Críspulo?
Lo mismo un día de estos voy a buscar la respuesta.

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Sobre mí

Soy como todos. Tengo novia, hipoteca, y una vida tranquila. He pasado de las juergas brutales a la dieta, el deporte y el uso de minoxidil. Lo normal, el tic-tac que no se detiene.

Pero mi plácida vida ha sufrido una alteración. El trabajo me amarga por un trepa que circula por mi departamento... os iré contando.

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