se ahogó la inocencia
El agua tibia caía sobre su cuerpo mientras las lágrimas martilleaban el alma.
Recordaba... No podía separar de la mente el dolor ni la vergüenza.
Se enjabonó, rabiosa, el cuerpo entre temblores y sacudidas. Pero no le llegaba... aquello no le llegaba. Utilizó un estropajo. Necesitaba borrar el recuerdo de aquellas manos que inspeccionaban, sin rubor, sus rincones; de aquellas impúdicas manos que mancillaban sus ilusiones y frustraban sus esperanzas.
Restregró sus pechos hasta hacerse sangre, pretendiendo con ello eliminar aquella apestosa baba que los inundara apenas unas horas antes. El sucio recuerdo de aquellos obscenos labios aferrados a sus pezones la hizo perder la consciencia del instante, y no sintió el dolor de la piel que ahora se arrancaba en cada fricción, ni sintió el calor de la sangre que manaba de ellos.
No perdonó de aquella fiebre por limpiar su cuerpo, tampoco, a la piel del vientre, queriendo borrar la huella de aquellas terribles manos que lo amasaron...
Y creyó morir cuando el estropajo se acercó a su sexo dolorido. No podría nunca arrancar de su interior aquel dolor que la apresaba al desconsuelo. Pudo refregar con auténtica desesperación el vello púbico, lastimando sus labios... pero no podía restregar en su interior y eliminar aquel repulsivo humor que la llenaba de inmundicia...
Caía por su cuerpo el agua, por su alma las lágrimas... ¡cristales rotos!
...
No podría desprenderse nunca de aquel "¡NO!" que gritó suplicante. Resonaban en sus oídos aquellas otras palabras que le helaron el alma y paralizaron su cuerpo: "has venido conmigo, ¿no?, a esto veníamos... pues ahora no podrás rechazarme. ¡Abréte!, ¡Abréte!... o lo haces, o seré yo el que te abra."
Y ya sólo un "no, por favor no... ", No sirvió para nada. Aquellas manos, en las que quiso creer antes, ahora la ultrajaban.
Sus súplicas se ahogaron en el frenético empuje de la lujuría que sobre su cuerpo se abalanzaba... y se ahogó, con ellas, su inocencia, entre las embestidas y gemidos de aquel que ya no reconocía y que un día le juró que la amaba...












geografias dijo
Un texto verdaderamente duro. Se lee y se rompe el alma sangrante ante tanto dolor, tanta impudicia, tanta impotencia. Cuantas mujeres son engañadas por esos hombres que se creen serlo solo por el hecho de intentar poseer lo que nunca será suyo.
Es muy duro, pero se goza de su lectura porque tú escribes como los Ángeles.
Un beso fuerte y admirado de tu capacidad.
7 Abril 2008 | 02:22 PM