Era la única puerta de la escalera que carecía de adornos navideños y el alcohol que se derrochaba esa noche vieja, del anhelado y expectante año 2000, además de volver pegajosos los peldaños, no conseguía apagar el hedor del último rellano.
La policía forzó la entrada de la casa y el agente más joven entró tapándose los orificios nasales con algodón y un pañuelo. Cuando pasó junto al cadáver descompuesto de la solitaria vieja, se fijó en un portarretratos de alpaca que aferraba entre sus manos.
Se puso unos guantes de látex y tras violentar los dedos, uno a uno, como si fueran barrotes carcelarios, logró arrebatárselo; a continuación miró con curiosidad la foto en sepia. Y al voltearlo con la intención de examinar el reverso, se encontró con un texto: “Foto de Fulgencio, mi primer amor. La conservo porque no me gustan los marcos sin fotos y todavía no he encontrado al sustituto, 31/12/1930”.
La primera vez se casó por la Iglesia y compartió la cama con su amor, sufriendo las estrecheces, agobiado; en la segunda ocasión, lo hizo únicamente por lo civil pero decidió compartir las noches en camas individuales, holgado y optimista; la tercera, descubierto su espacio vital mínimo, puso en práctica las habitaciones separadas; la cuarta, decidió vivir en casas distanciadas y sólo consiguió simplificar la separación matrimonial; la quinta, convino hacerlo en pueblos diferentes; hasta que, coincidiendo con la subida desorbitada de la gasolina, descubrió que lo suyo no era comprometerse.
La joven científica consiguió, mediante subvención, reciclar un cayuco varado. Lo remodeló con fibra de vidrio y de carbono, equipando en su interior un sofisticado micro laboratorio autónomo de última generación, repleto de todas las células posibles. Y, visionando su reproductor multimedia, esperó el diluvio.
Había escuchado tantos lamentos que tenía miedo a nacer por si no encontraba a nadie. ¿Quién le iba a dar amparo y avivar, entonces? Y aterrorizada, decidió dejarlo para otra ocasión, seguir en la nada. Pero mientras la noche se cernía fresca, la presión de la naturaleza manifestó tanto su ímpetu que le fue imposible aferrarse a su tierna guarida.
Lloró expuesta a las impávidas estrellas y cuando los rayos de la alborada le proporcionaron calor y secaron sus lágrimas, las moscas le dieron la bienvenida, y enseguida supo que serían su única compañía.
Como era habitual, una vez más, la mujer yacía en el suelo malherida después de recibir una paliza. El motivo, en esta
ocasión: irse de compras.
Su pequeña hija, asustada, sin desprenderse de su pepona, la reemplazó corriendo para servir a su padre un café bien
caliente.
Después de consumir la bebida, el hombre empezó a agonizar hasta que se desplomó en el suelo sin vida.
La niña se sentó junto a su madre rota y, mientras abría los paquetes esparcidos, dirigiéndose a su muñeca, le dijo: "Tati,
Mi mujer y mi pequeña hija están aterrorizadas con el asalto nocturno a las viviendas, sobre todo desde que se han enterado de que no es preciso ser millonario ni tener un piso de lujo para que te quiten el rostro y todo lo demás. Poco a poco me han convertido en su protector, por lo que hoy he decidido comprar armamento para defender a mi familia de estos locos y violentos asaltantes.
Estuve delante del escaparate de la mejor armería de la ciudad viendo infinidad de modelos de armas cortas y largas capaces de lanzar calibres mortales. Y cuando llevaba un rato pensando qué pistola o escopeta debía de adquirir, me di cuenta que era incapaz de disparar contra nadie y que no tenía sentido mi presencia en aquella tienda.
Reflexionando sobre el tema y preocupado ante lo que se me venía encima, decidí que si bien no tenía el coraje para utilizar armas de fuego, si que podría comprar un machete para poder defenderme personalmente. Cuando el vendedor de la tienda me enseñó los diversos modelos, me sentí desfallecer con aquellas descomunales hojas afiladas en mis inexpertas manos. A la salida del comercio miraba con resignación unas pequeñas tijeritas para uñas que compré, sin saber muy bien por qué.
Entonces, me propuse pedir un préstamo e instalar la alarma más sofisticada. Pude conseguir una reducción del precio gracias a realizar la compra conjuntamente con la de un vecino de la comunidad que, por una de esas casualidades, me encontré en la cola del establecimiento especializado.
Al poco tiempo, mi vecino fue víctima de un ataque violento y además de borrarle la cara y despojarle de todos sus enseres, se llevaron el "Kit" completo de la alarma.
Ahora utilizo el ingenio que Dios me ha dado. He puesto un cartel en la casa que dice: "se alquila sin muebles" y dormimos los tres juntos debajo de la cama de matrimonio para, si aún así entraran, no ser localizados. Enrique Masip Segarra (2006). Todos los derechos reservados.
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Fotograma de la película 'Hasta el viento tiene miedo' (1967). Carlos Enrique Taboada Walker, 1929-1996 (México). Vía "EQM.
El paisaje es monótono, plagado de arbustos incapaces de generar sombra servible en un día ahornado por un sol excesivo; estático y terrible, sin piedad alguna.
La soledad que me abate se refleja en este campo vacío e insonoro. Ni un mísero pájaro con que animar mi espíritu, ningún escondrijo libre; se diría que los animales temen marchitarse en segundos.
Me yergo sudoroso, me subo el pantalón que yacía abierto sobre los tobillos y, afianzándolo con el cinturón, recuesto mi agotado cuerpo sobre un guijarro de rodeno tórrido, observando el cielo.
Ahora ya tengo esperanzas de que aparezca alguien, por el aire, que me haga compañía, que me distraiga el ánimo para inadvertir mi ahogo.
En pocos segundos las barrunto. Ya están aquí: menudas, medianas, crecidas; negras, grises, con sus brillos de colores metálicos; paseando sobre lo que fue mío. Y yo, ahora, entretenido.
- Enrique Masip Segarra (2006). Todos los derechos reservados.
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Frag. de fot. de 'California: Yermo Next Right'. Mats Stafseng Einarsen (Noruega). Vía "EQM.
Se marchó, dejé de disfrutarla, me pareció perderlo todo, hasta quedarme desierto. Mis gritos impresionaron a las noches vacías en que suplicaba su vuelta.
Fueron tiempos ásperos donde las tisanas más variadas no pudieron suavizarme el alma.
Cuando volvió no lograba creérmelo.
Saqué de su rincón del armario la última manzanilla que dejó: una bolsita sucia y abandonada, roída por el parásito del desencanto, incapaz ya de ofrecer un mínimo sabor a nuestras vidas.
Mientras preparaba las tazas me contempló con arrepentimiento y, colocando sobre la mesa una selecta botella de whisky, me sonrió lascivamente.
- Enrique Masip Segarra (2006). Todos los derechos reservados.
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Tazas de cerámica de Maria Margarita Casas (Colombia). Vía "EQM.
Enrique Masip Segarra (Castellón - España). Trabaja la narrativa.
Colabora en algunos 'blogs' bajo el pseudónimo de "El xiquet de Columbretes".
Para contactar con el autor: enmasecs@hotmail.com