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Enrique Masip Segarra

Archivo de relatos y reflexiones

9 Marzo 2008

El abrazo de las alas desnudas.

Relato breve.

I. Pescador.

El pequeño pesquero surcaba las aguas, enamorado de las grandes olas de fondo, suaves, romas, sin violencia ni peligro. Ahora le hacían babear espuma deslizándolo sobre sus senos, arropándolo delicadamente, ahora lo elevaban saliendo a flote desde las honduras. El pescador vivía un gran sosiego mientras avanzaba hacia el distante islote.

La tarde se marchaba ceñida a una pequeña brisa que se exhibía, de cuando en cuando, dibujando pequeños rizos en la lámina de agua. Y el cielo estaba ausente de nubes, limpio, azul diáfano, infinito. La mirada de aquel hombre de la mar, rompiendo su hábito, se dejaba llevar por el relajante entorno hasta obtener el abandono, reposada, quieta, sin ánimo para moverse, igual que el cuerpo recostado.

Pasaba el tiempo, y mientras se unía a la costa lentamente, el dócil silencio se fraccionaba con el crujir del sencillo aparejo y el rumor del casco al derivar. Cuando los párpados llegaron a eclipsarle la escasa luz del Sol puesto, de pronto, sintió el contacto frío de unas gotas impropias que sacudieron su letargo.

Se le acababa de avecinar un enorme tiburón blanco que, con su oscura y amenazadora aleta, levantó el agua y trazó de inmediato un gran círculo cercando a la embarcación. Y lo dejó inquieto, quedándose a la espera. No era la primera vez que se encontraba con un animal semejante.

El escualo empequeñeció la barca y el radio de sus círculos concéntricos hasta rozar la proa y popa en cada una de sus rotaciones, queriéndola frenar para controlarla. Tan pronto desaparecía, eligiendo el interior oscuro y profundo o dejando ver un instante el lóbulo superior de su larga cola, como resurgía pletórico con todo su enorme cuerpo rebosante de fuerza. No era una agresividad de impulso; mas bien parecía reflexionada, surgida de una mente inteligente.

El preocupado navegante creyó reconocer aquellos movimientos violentos y a la vez gráciles y elegantes. ¿Era el mismo que, años atrás, le descompuso el alma arrebatándole a su primogénita en plena noche o el que, hacía pocos meses, engulléndose las redes, estuvo apunto de cercenarle la vida? En esa última ocasión pudo persuadirle de que se retirara blandiendo un viejo arpón. Pero éste no lucía la herida que le infirió en un costado, junto a la abertura branquial.

Decidió, de inmediato, cambiar el rumbo en busca de una mayor velocidad y sustentación, pero la brisa seguía siendo tan débil que no pudo ayudarle. Entonces, el pez asesino dio un topetazo en el casco que estuvo a punto de hacerle caer a la mar. Tuvo que soltar la escota de la vela para lograr asirse con fuerza a la caña del timón y gobernarlo al límite.

La lucha estaba de nuevo en marcha y cada vez que pasaba junto a un costado, el solitario marino se defendía clavándole un largo machete, evadiendo sus múltiples dientes. Fueron tantos los encuentros que el animal de cuerpo fusiforme decidió abandonar la lucha no sin antes provocar un último bandazo que hizo zozobrar al bote.

Aquella aventurada situación le llevó a reflexionar sobre el “comedor de hombres”, un depredador temible que percibe al ser humano como a un intruso, siendo legendaria la misteriosa facultad que tiene para intuir olores a largas distancias. Hasta llega a reconocer a las víctimas que salen ilesas de ataques anteriores de su misma especie. Dicen que "la muerte blanca" tiene predilección por estos casos y que insisten en buscarlos a través de los sonidos y perturbaciones del agua.

Se observó las manos y brazos, no dando crédito a su integridad física y quedándose callado, como esperando algo que no sabía muy bien qué era. Por un momento supuso que la renuncia podía no ser definitiva. Trascurrieron unos segundos y, cuando navegaba en la depresión de una de las apacibles olas, surgió de la misma una boca abrumadora con la rotundidad que le confería la aceleración de un cuerpo descomunal. Tan abierta y profunda que su aspecto era imponente y amenazador; parecía un artefacto repleto de triangulares sierras dispuestas a desintegrar y engullir todo lo que cayese en él.

La cabeza, con redonda mirada diabólica, se estampó sobre la cubierta, rompiendo parte de la misma y haciendo escorar peligrosamente al velero. Aquel valiente sólo tuvo tiempo para reducirse contra el costado opuesto, empujado por una piel repleta de dentículos, auténtico papel de lija, que le arrebató la sangre a través del rostro. Quieto, paralizado por el miedo, se quedó en el último rincón, pegado al espejo de popa.

Únicamente la suerte evitó que naufragara. Sabía que los tiburones son más viejos que las propias montañas y su agudeza la han desarrollado a través de millones de años. Eso les permite recoger datos de su entorno y utilizarlos para su supervivencia: la muerte ajena. Y no se fiaba. Tuvo que pasar una larga hora para que, por fin, desde que perdió de vista a aquella espantosa aleta, su mal presentimiento se desvaneciera.

El deterioro de la embarcación, producto de las acometidas, le obligó a achicar el agua con insistencia mientras ponía rumbo a la costa inmediata. El retorno a la orilla de sotavento fue más fácil de lo previsto al poder llegar con la velocidad muy moderada a una zona de pocas olas y escasa profundidad. Una vez varada, con la ayuda de su familia, consiguió dejarla en lugar seguro donde descargar las capturas de esa dura e inusual jornada.

La noche no le arropó con el sueño y las pesadillas eran capaces, en un instante, de convertir las más suaves ondulaciones del viejo somier en torbellino de espuma creada por mil fauces codiciosas.

II. Tsunami.

Pasaron días y meses de humilde y monótono trabajo hasta que, una mañana de primavera, vio extrañado desde el sombrajo de su casa, cómo la mar calmosa huía replegando su falda húmeda; desnudando las arenas limpias y blancas que pronto quedarían secas, repletas de reflejos turquesa. A causa de la misteriosa insistencia en alejarse, la costa empezó a mostrar cada vez con más descaro, millones de granos que brillaban por primera vez expuestos directamente al Sol. Y la playa empezó a crecer sin pausa, hasta mostrar lo que nunca antes había hecho: toda su inmensa intimidad.

Extrañamente, los animales parecieron no sentirse atraídos por aquella imagen de insólita belleza y eligieron el interior de la isla y, en pocas horas, desaparecieron sin dejar rastro alguno. Las aves que solían descansar en los troncos de los cocoteros alegrando con sus vivos colores y cantos las mañanas del litoral habían desaparecido y los cientos de cangrejos rojizos escarbaban más profundamente sus escondrijos.

Algo excepcional parecía cernirse sobre aquel arenal. El marinero recelaba de todo. Con los ojos atentos escudriñando la perspectiva más lejana, sin saber lo que se le venía encima y sentado en su cobertizo, dejaba pasar los minutos desalentado y sin respuestas.

En el horizonte empezaron a perfilarse alargadas nubes grises, delgadas como finas hebras de luz, que se hacían gruesas y blancas hasta vestirse de espuma rompedora, creando ficticios relámpagos. De ese lugar lejano emergió un oleaje tan colosal que en una sola sacudida, cubrió lo que siempre había sido tierra.

Transitó, veloz, de la duda a la sorpresa, de la calma tensa a la vorágine del mar. Su casa desapareció entre las burbujas violentas del primer choque y cuando quiso desprenderse del apuro ya tenía otro embate y otros, encadenados, que borraban de golpe el techo, las paredes... Eran golpes terroríficos del mar que se sucedían sin tregua dañando en dos direcciones opuestas: arrasando y asfixiando su mundo y afanando lo vapuleado e inmóvil, arrastrándolo hacia la lejanía acuosa, donde no alcanza la vista.

Durante la locura de las gigantescas rompientes, mientras intentaba sin éxito socorrer a su familia, se dio de bruces con varios tiburones que se atrevieron a profanar su casa. Poco después, cayendo lo que quedaba de sus paredes, vio horrorizado como engullían los cuerpos asfixiados de los suyos. No podía creer tanta fatalidad.

El destino quiso abandonarlo, al borde de la extenuación, en un repecho lejano, tranquilo, formando parte de los restos dejados por la malicia. Y la quietud cogió el testigo creando un silencio que contuvo a la pequeña isla, que ahora era minúscula, impidiéndole extraer una mínima exclamación de dolor. Rodeada de agua turbia por todas las partes e inundada casi en su totalidad, era más cristal sucio que herbaje, más agonizar que seguir la vida.

La muerte se había cubierto de espantosa catarata y el único superviviente estuvo sacudiéndose la catástrofe hasta quedar claro. Después, vacío y solo, se creyó el fantasma de aquel paraje sumergido. Su extrema delgadez acentuaba las manchas lívidas de los párpados marcando profundamente su tristeza, hasta convertirlo en una imagen lastimosa. Se sentía culpable por la fragilidad que había demostrado su casa, aplastado por el peso de la responsabilidad, pues solo él y nadie más que él la construyó.

Nunca se imaginó tanto dolor; pasar de la libertad del sueño de la vida a la opresión del océano que te golpea y te ahoga. Estar con los tuyos y, en un minuto, encontrarse revestido de fango y sin ellos, lejos de sus miradas; pues los muertos ya no observan. El mar, su mar, lo puso de revés violentamente. Le dio la vuelta de manera tan implacable que le cayó el orden de sus prioridades, perdiendo su medio de subsistencia física y espiritual.

Días después, recién desaparecida su familia, juró al cielo que volvería a levantar su casa. Se esforzó en rehacerla y dejarla igual de bella que como estaba antes de sucumbir a la fuerza destructiva de la naturaleza. Aunque, esta vez, mucho más fuerte. Su orgullo le hizo trabajar un año entero, tiempo robado, hora a hora, a su lícito y necesario descanso. Pero cuando la hubo terminado, no sintió la paz que esperaba encontrar.

III. Manantial.

Continuaba echando de menos a su vieja madre, a su hermosa mujer y a todas las hijas que tuvo con ella, seis pequeñas luces que iluminaron y calentaron siempre su sombra. Cuando se le desplomaba la energía, en vez de dirigirse al litoral a sentir de cerca lo perdido, se allegaba al cerro del manantial, una pequeña colina plagada de hierba, que no bañó jamás el mar. Hasta que un día, en el que el cielo era pura tormenta, le vino una imagen: un sepulcro en aquel altozano.

Pronto empezó a erigirlo. Si la reconstrucción de la casa le había dejado en su momento sin tiempo libre, esta vez robaba las horas al mismo sueño. Día tras día iba cogiendo forma aquella edificación firme y fuerte, donde jamás llegaría el agua salada con sus sombríos ladrones.

Pasaron los años y el ímpetu del primer día se mantenía persistente. El monumento fue ganando en volumen, hasta llegar incluso a resaltar en la distancia. Acabó por construir dos sarcófagos de piedra, inundando el mayor de ellos justo en la fuente del agua dulce y cercando la zona, una estancia de grandes ventanales, para que lo iluminaran los rayos del Sol. No estaba dispuesto a que los recuerdos perdieran su luz natural, la que provenía de sus espíritus de fluorescencia.

El funesto tránsito siempre le había sido cotidiano y en sus estados de desvelo tenía visiones de sus seres queridos, dividiéndose en multitud de cuerpos que al final se consumían dejando emerger una única y gran alma, la que rondaba sus pasos.

Toda expiración deja una oquedad que no se puede volver a llenar y él se encontró con una sima profunda y sempiterna. Construyó aquella sala tan espaciosa porque así de grandes eran las virtudes de sus seres queridos. Tan cómodo se encontró en aquel lugar que no tardó en mudarse, decidiendo permanecer definitivamente con ellos.

Al principio, todo el esfuerzo de aquel proyecto le sirvió como ritual para acabar aceptando lo perdido, olvidar lo que no fue perfecto y mostrar a sus muertos el afecto. Pero el tiempo, en vez de traerle la ayuda, el consuelo y el apoyo, le escupió la culpa arrastrándolo a un sufrimiento obsesivo.

Acabó creyendo que la única razón de su suerte era velar a los suyos, pero ¿donde estaban, si habían sido devorados por los tiburones? ¿Quizás en sus espíritus? Y a partir de ese convencimiento su desaparecida familia vivió en él con tal fuerza que le hizo separarse de los vivos, entrando en la locura.

Con frecuencia se decía a sí mismo que necesitaba la eternidad para recuperar los cuerpos perdidos y continuar con el cuidado del mausoleo. Tantas invocaciones de venganza gritó en las noches de luna muerta que, en una de ellas, las ramas de los árboles empezaron a balancearse hasta lograr vibrar a una frecuencia insoportable para sus oídos. Fue incapaz de superarlo y acabó aturdido, perturbado, hasta caer al suelo inconsciente por el hálito de las tinieblas. En ese mismo intervalo, sintió el cruento abrazo del murciélago enviado, señor de las alas desnudas.

Desde entonces el Sol le fue hostil, obligándole a cegar las ventanas, y la noche se convirtió en la base de su existencia. No tardó en sobrevolar todas las olas del océano, por los reflejos del astro de la oscuridad, en busca de los tiburones blancos; y cuando advertía la presencia de alguno, se abalanzaba en picado sobre su aleta dorsal aferrándose con sus poderosos colmillos hasta que lo desangraba del todo. Antes del alba, volvía siempre repleto de sangre al sepulcro, donde la regurgitaba creyendo que era la de los suyos, llegando a enrojecer todo el camino del agua.

Comentan los habitantes del resto del archipiélago que se le puede ver errante, al acecho obsesivo del temible animal. Y que nadie ha tenido el valor para instalarse de nuevo en su isla porque, en las noches de luna llena, se ven bajando la ladera del sepulcro por el arroyo teñido de sangre, en dirección a la playa, misteriosas sirenas de grandes colmillos y larga cola de escualo.

Enrique Masip Segarra [2008]. Todos los derechos reservados.


Imágenes: Pinasse de Arcachon [1904]. Tsunami en Hilo, Hawaii, [abril de 1946]. Manantial [frag. de original en color]. Vía EQM.

servido por enriquemasipsegarra 3 comentarios compártelo favorito

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Veli

Veli dijo

Hola, Enrique. ¡Magnífico! Esta vez te has superado a tí mismo. Cuanto más lo leo más me gusta. Enhorabuena.
Un abrazo.

10 Marzo 2008 | 09:30 AM

Amausterra

Amausterra dijo

perfecto titulo,, saludos, x cierto lo tomare en cuenta,,gracias x visitarme,,, =D

11 Marzo 2008 | 03:19 AM

Guillellmo

Guillellmo dijo

Precioso cuento donde se mezclan realidad y fantasía.

11 Marzo 2008 | 10:49 AM

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Sobre mí

Enrique Masip Segarra (Castellón - España). Trabaja la narrativa. Colabora en algunos 'blogs' bajo el pseudónimo de "El xiquet de Columbretes". Para contactar con el autor: enmasecs@hotmail.com

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