La maldita tecnología punta.
La quería por pura reciprocidad. Me atendía sin descanso, siempre a mi disposición, sumisa y tierna; dispuesta al sacrificio diario con tal de verme feliz. Era como estar perennemente sobre un colchón de labios. Sólo me pedía, a cambio, que le fuera fiel.
El trabajo me obligaba a viajar con frecuencia por el mundo y jamás rompí mi compromiso. Me tentaron una y mil veces las entidades repletas de muslos y hechizos y siempre entorné los ojos para evitar verlas brillar en todo su esplendor. Así conseguía cuartear la peligrosa infidelidad.
Una avanzada tarde de otoño, mientras andaba mirando como revolvía a puntapiés las hojas haciéndolas gemir, choqué contra lo más impactante de mi existencia: la pura carne hecha excitación, cuerpo contra cuerpo. ¡Y qué cuerpo! No pude evitarlo y la miré y admiré sus formas, dilatando al máximo mis pupilas. Había caído en las garras de la peligrosa seducción.
Por primera vez en mi vida ya no era yo. Ahora mi mente soñaba sin descanso poder compartir con aquella mujer desconocida mis intimidades y, sin darle tiempo, desplegué todas las armas de la experiencia para conseguir que llegara ese momento glorioso.
Inventé un urgente viaje de negocios a Túnez que satisfizo todas mis apetencias y cuando regresé de la supuesta obligación, mi mujer, tan atenta como siempre, se interesó en exceso sobre esos días de trabajo. Parecía como si entreviera algo extraño en mi semblante -quizá los residuos de un aura- y cuando preguntó si le había traído algo, por un segundo me sentí descubierto.
No podía permitirme el lujo de perderla y, con reflejos de oro, le comuniqué que acordándome de ella había comprado unos maravillosos dátiles a granel en una pequeña tienda de productos típicos, cercana a mi hotel. Y dándole a entender que los había olvidado en el coche, bajé corriendo a traérselos de inmediato.
Acelerando como un poseído, entré en un cercano comercio de prestigio y adquirí cuatro envases de lujo con los mejores frutos del oasis y, a continuación, los abrí volcándolos en una bolsa virgen de plástico blanco, sin ningún nombre revelador. Debía deshacerme de todas las marcas y signos españoles que rodeaban el producto.
Cuando minutos después se la entregué en la mano, le di un beso y nos dispusimos a probar tan dulces frutos. Yo estaba tranquilo, había conseguido un clima de confianza y la conversación era fluida y serena. Pruébalos, le dije. Abriendo la bolsa cogió uno y me miró complacida mientras saboreaba la exquisitez.
Sentía la satisfacción de haber salido airoso de la prueba y me dispuse a acompañarla en la cata. Ella, sin dejar de observarme, escupió la semilla larga y ranurada que, al chocar contra el cristal, se quedó pegada en el centro del pequeño plato, dejándome petrificado. Allí estaba, inmóvil, mostrando su cuerpo grabado con el poder de la alta tecnología, en el que se podía leer: “Elaborado en Elche”.
Enrique Masip Segarra [2008]. Todos los derechos reservados.
Dibujo del momento en el que Blancanieves duda morder la manzana. De la película 'Blancanieves y los siete enanitos' [1937], de Walt Disney [EEUU, 1901-1966]. Vía EQM.

Enrique Masip Segarra (Castellón - España). Trabaja la narrativa.
Colabora en algunos 'blogs' bajo el pseudónimo de "El xiquet de Columbretes".
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Rossy dijo
Me gustó el fantasioso final de la relación.
6 Abril 2008 | 10:54 PM