Envidiadas palomas.
El día, como un tobogán de inusitada pendiente me ha lanzado contra la realidad más cruel de mi vida. Y conmocionado, resuelvo patear las calles en busca de la calma perdida. Antes de salir de casa, desde el balcón de las afueras, mientras transcurren los últimos minutos de la jornada, veo una pareja de grandes palomas torcaces, con sus inconfundibles manchas blancas en el cuello. Pasan orgullosas, ejecutando profundos y potentes aletazos en dirección a su dormidero. ¡Quien pudiera elevarse!
Siempre me han gustado estas aves, y en el centro de la ciudad se las puede observar mientras suena el reloj del campanario, marcando con mecánica precisión las horas. Es tarde pero las palomas domesticas, acostumbradas a trasnochar invitadas por las múltiples farolas que iluminan las calles, aún no han decidido retirarse.
Poco a poco, las sombras van reduciendo la actividad. La presión de la oscuridad hace enmudecer a la urbe. Un silencio aceptable para la mayoría, establece el preludio del necesario descanso. El volumen excesivo e inoportuno de un televisor y el ruido desbocado de una motocicleta quebrantan, durante unos segundos, el pacto que, no obstante, acaba imponiéndose una vez más.
Cientos de palomas de diversos colores se desperdigan por los diferentes barrios, tomando posesión de esos minúsculos dominios donde velar la quietud de la noche. Sus plumas, convenientemente ahuecadas, las preservan del frío volviéndolas rechonchas como pelotas olvidadas de algún juego de niños.
Pelotas rojizas en las azoteas de las casas humildes; azuladas en las residencias de los ilustres; cobrizas en las de los nuevos ricos; abigarradas en los balcones del Ayuntamiento; negras en los edificios abandonados; blancas en los tejados rojos del viejo hospital; pero casi seguro que la más blanca de todas estará milagrosamente quieta en algún resalto de la fachada de la Iglesia Mayor.
Estoy cansado de vagar el desvelo por las estrechas aceras y sentándome en un viejo bordillo de una placeta, abro los ojos al despertar de un nuevo día. Los pájaros son los primeros en vivir la madrugada y mis queridas palomas revolotean sin cesar. ¿Qué iglesia o monumento que se precie no tiene estas invitadas de honor?
A lo largo de la noche, parece que una de tantas ha estado incubando un par de huevos en su rústico nido, construido a modo de capitel en una pilastra. Está tan al límite que, cuando se ve liberada por el cambio de turno de su pareja, asoma las timoneras y deja caer una mala estrella: la inmundicia; alivio de la vida que ensucia la imagen y me ahuyenta.
Sigo deambulando fijándome en ellas y recuerdo que en todos los momentos importantes de mi vida han estado acompañándome con sus inigualables vuelos: proezas vertiginosas de júbilo en los nacimientos; revoloteos espantados en nuestras fiestas de pólvora; trayectorias a ritmo de badajo en las conmemoraciones… Y hoy estarán conmigo de nuevo, esta vez, planeando bajas y silenciosas, porque tengo una dolorosa despedida.
Enrique Masip Segarra [2008]. Todos los derechos reservados.
Paloma Torcaz (Columba palumbus). Escúchala en su ambiente. El lenguaje y las palomas. Vía EQM.
Miguel Angel dijo
Me gusta como lo haces.
23 Abril 2008 | 05:32 PM