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Enrique Masip Segarra

Archivo de relatos y reflexiones

11 Mayo 2008

El algarrobo cenizo.

Relato breve.

I. Maldición.

A pesar de la temprana hora, el calor protagonizaba el comienzo de un día de primavera. Hacía pocos minutos que el Sol se apreciaba en toda su grandiosidad, mientras la brisa dormía profundamente sin enterarse de su presencia.

Un hombre de cuarenta años hechizado por la muerte, sentado a horcajadas sobre la gruesa rama del árbol más grande del llano y sosteniendo una soga alrededor de su garganta como si estuviese hipnotizado por una serpiente, estuvo esperando el final de la noche para dejarse caer. Su cuerpo acabó colgando por el cuello, convertido en un péndulo macabro que marcaba el tiempo de una tragedia esperada, refrescando, intermitentemente, su alargada sombra en un charco próximo.

Pronto partió la vida, y quizás también su amargura. Fue un hombre diferente; desde que nació estuvo marcado por un maldito destino que le fue creando la voluntad de destruirse. Sus predecesores, varones también, acabaron ahorcándose en el mismo majestuoso algarrobo que siempre estuvo allí, en la vieja boca espesa del tragadero. Dicen que lo plantó un alma negra para que el marqués y todos los descendientes primogénitos de su linaje acabaran como vainas tétricas en sus ramas.

Su joven hijo, conociendo la historia de la maldición de la familia y viendo el comportamiento extraño de su progenitor, decidió acercarse al lugar temiéndose lo peor. Cuando llegó, los sollozos no le dejaron aproximarse a su difunto padre. Cayó de bruces, aplastando la alfombra de florecientes tréboles blancos. Sus lamentos se los tragaron las raíces recónditas de aquel maldito árbol leguminoso. Siempre verde, menos en ese instante en el que sus pequeñas hojas, como había acaecido en los anteriores sucesos, se tiñeron de ceniza, misteriosamente.

Sin dejar los gemidos, retornó al pueblo para refugiarse en su casa. Pronto toda la familia empezó a plañir y a temblar de dolor y desconsuelo.

La ceremonia religiosa se ofició con la iglesia vacía. Sólo estaban presentes sus familiares más próximos. Las gentes del pueblo, a pesar de sentir la pérdida, no se atrevían a participar por el miedo a enojar a la culpable: la del espíritu diabólico.

Todo empezó hace muchos años. Al abrigo de una pasión descontrolada, el entonces marqués, casado y con un hijo, sostuvo una relación íntima con una joven y aparente sirvienta cuya madre decían que estaba perturbada.

El rostro dulce de la chica enloqueció de amor al marqués de tal manera, que éste llegó a olvidarse de su familia y de su mujer, que arrebatada por un ataque de celos, mandó matarla, enterada de su embarazo.

La venganza de la madre loca se consolidó cuando, pactando con el diablo, pudo lograr hechos sobrenaturales que condenaron al suicidio a todos los descendientes primogénitos de su futuro linaje. El señor, conociendo los hechos e intentando librar a sus beneficiarios de tal conspiración, ordenó quemar a la bruja públicamente, coincidiendo con su cuarenta aniversario.

II. Huida.

Como era de temer, las noches empezaron a abrumar al nuevo y adolescente titular del marquesado. La Luna le portaba imágenes de las múltiples derrotas por deshacerse del temible conjuro y continuas desesperanzas por el fracaso sostenido en segarle la vida al embrujado algarrobo. Todo caía sobre su mente, como una fina lluvia de alfileres. En ese momento, el hijo sabía que la maldición estaba próxima pues él sería el siguiente. Su actitud fue la de abandonarlo todo y huir del territorio.

El viaje desesperado duró largo tiempo hasta que encontró, en otro feudo, el sitio idóneo para instalarse y poder pensar en un buen porvenir. El sueño de una familia nueva estaba más cerca que nunca.

Una llanura desierta con esporádicos y débiles matorrales que rompían la reiteración, era todo lo que le circundaba. Ningún árbol a más de siete jornadas a caballo y el cielo despejado, lleno de luz, cubriendo como un cristal traslúcido aquel pequeño paraíso. Lejos del temible y hechizado tragadero se sentía vivo y con futuro. Su empeño en seguir con el linaje le hizo casarse muy pronto y empezar allí una vida sin miedos.

Pasados unos años, el noble ya tenía dos hijos y una inmensa felicidad, pero el equilibrio empezó a tambalearse, pues, no muy lejos de la vivienda, en una pequeña hondonada, empezó a brotar, incomprensiblemente, un pequeño tallo de algarrobo que le llamó poderosamente la atención. No llegó a inquietarse del todo, aunque acabó extirpándolo de su tierra.

El tiempo siempre hizo surgir de nuevo a aquel tallo tantas veces como las que lo arrancó. Al final decidió podarlo con asiduidad condenándolo a ser siempre un inofensivo y reducido arbusto. No quería dar facilidades al temido destino.

III. Desafío.

Una noche de frío invierno, en el que la luz de la vieja Luna se disipaba tras unas nubes cargadas de furia contenida, el marqués festejaba con los suyos su cuarenta aniversario. Sabía que era una fecha donde empezaba la verdadera cuenta atrás y que la confianza que le daba su nuevo asentamiento y la lejanía del peligro no eran suficientes.

Los comensales, alegres, entonaban canciones llenas de nostalgia y el dueño de la casa subía el tono de sus estrofas desbordado por el alcohol de la mesa. Más tarde, cuando la lluvia empezó a limpiar el aire del eterno polvo, su ficticia alegría expandió el desespero, haciéndole mirar al cielo exclamando:

— ¡Loca! ¡Loca! ¿Dónde estás? ¿Dónde estás, espíritu cobarde? ¡Te creías que yo era fácil! ¡Púdrete en tu sucia guarida!

El excedido arrebato le hizo salir de la casa haciendo caso omiso a los suyos. Una vez en el exterior, su tambaleante figura trazaba círculos sin sentido a la vez que se adhería a la botella mirando a la Luna.

— ¿Estás allí? ¡Sal, si tienes valor!— le increpaba.

El paso de los minutos incrementaba su delirio. Acercándose a las cuadras, cogió una cuerda gruesa y haciendo un nudo corredizo se lo pasó por el cuello gritando con desafío:

-¡Bruja de mierda! ¡Te estoy esperando! ¿En que árbol me vas a colgar, hija de puta?

La lluvia seguía cayendo, y su cuerpo era una esponja desbordante de agua y fuego, que parecía atrapar fantasmas de la noche. Su ardiente mirada presagiaba una larga provocación en aquella oscuridad repleta de lágrimas. La tensión del momento le hizo dirigirse al arbusto y, atando la cuerda alrededor de su diminuto tronco, se tendió cuan largo era sobre el encharcado suelo.

—Bueno... ¿Qué esperas? Ya estoy donde querías, ¿no? ¿Ahora me vas a obligar a ahorcarme? Ja, ja, ja... ¿Qué te falta? ¿El árbol? ¡Si ya lo tienes! ¿Es que no lo ves? Si esperas un poco, a lo mejor..., con estas lluvias... Ja, ja, ja....— No paraba de reírse mientras retozaba por el barro ingiriendo alcohol.

Por momentos, el viento suave fue arreciando conduciendo a la tormenta y el agua parecía duplicar su presencia llenando la hondonada en la que se encontraba tendido. Todo era un enloquecimiento que rayaba en el límite. Borracha osadía de un ser que estaba explotando de furia largamente contenida.

A la vez que el vendaval rugía con fuerza, las carcajadas se iban oyendo con menor intensidad. Extenuado por la situación se quedó abierto de brazos y piernas, relajado el cuerpo, cubierto por el agua. Y mientras la botella flotaba libremente, se escuchó un estruendo ensordecedor.

No le dio tiempo a nada, en un segundo, la tierra se desgarró bajo su cuerpo creando una sima eterna que engulló el envase de vino y lo dejó colgando por el cuello, del diminuto algarrobo que ahora ya era cenizo de un nuevo tragadero.

Enrique Masip Segarra [2008]. Todos los derechos reservados.


Imágenes y fuentes [las fotografías originales son -y se pueden ver- en color] :

1.- Viejo algarrobo [Ceratonia siliqua], que crece a más de 1000 metros s.n.m. en la Sierra de Tramuntana de Mallorca; vía Infojardin-Jardín Botánico Mundani.

2.- Acodo enraizado de algarrobo [Prosopis chilensis]; vía Instituto Nacional
de Tecnología Agropecuaria de Argentina
.

3.- Entrada del Tragadero Puyo [entre Cañete y Huancayo, en los Andes peruanos]; vía Expedición Pumacocha 2004.

Vía EQM.

servido por enriquemasipsegarra 1 comentario compártelo favorito

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Miguel Angel

Miguel Angel dijo

Muy fuerte.

11 Mayo 2008 | 11:56 PM

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Sobre mí

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Enrique Masip Segarra (Castellón - España). Trabaja la narrativa. Colabora en algunos 'blogs' bajo el pseudónimo de "El xiquet de Columbretes". Para contactar con el autor: enmasecs@hotmail.com

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