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Mis relatos eróticos

Relatos para relajarse y disfrutar.

Categoría: Hetereo

28 Febrero 2008

EL TRIANGULO (CAP. 2: EL NOVIO DE MI HIJA).

Me pasé media noche pensando en aquel chico y la otra media soñando con él. Me había dado el mejor orgasmo de toda mi vida, y eso es algo que una mujer de 45 años difícilmente puede olvidar. No sabía si volvería a verlo y tampoco estaba segura de querer hacerlo, a fin de cuentas, tenía novia, una chica joven y guapa, y mucho más apetecible que yo, seguro. Probablemente para él sólo fui un momento de debilidad.

Inmersa en esos pensamientos me levanté, me duché y empecé a preparar la comida, ya que mi hija había decidido invitar a comer a su novio para que lo conociera.

- ¡Buenos días, mamá! – Me saludó mi hija al entrar en la cocina.

- ¡Bueno días!

- ¿Cómo fue la noche? – Me preguntó.

- Bien, bastante bien – le respondí – nos divertimos mucho.

- ¿Y ligaste? – Me preguntó curiosa.

- No – le contesté escuetamente, mintiéndole.

- Bueno, voy a desayunar y luego me iré a buscar a Juan, porque seguro que aún está durmiendo después de la despedida de anoche.

Ángela desayunó, se vistió y se marchó a buscar a su novio, momento que aproveché para vestirme y arreglarme, quería estar presentable ante mi futuro yerno. Me puse una ligera blusa y una falda de tubo que me llegaba por encima de las rodillas.

Mientras les esperaba puse la mesa, y terminé de preparar la comida. Hacía las dos sonó el timbre.

- ¡Voy! – Dije dando por sentado que serían ellos.

Abrí la puerta y entonces al verle me quedé atónita, mi yerno era el chico con el que me había acostado la noche anterior.

- ¿Pasa algo mamá? – me preguntó mi hija.

- No, nada, es que su cara me resulta conocida – mentí.

- Bueno, este es Juan, esta es mi madre – nos presentó.

Le tendí mi mano temblorosa a Juan y le di un beso en cada mejilla. Seguidamente les hice pasar al salón. Estaba más nerviosa de lo que jamás en mi vida hubiera estado y a la vez estaba feliz por haberle reencontrado cuando pensaba que no volvería a verlo en mi vida.

- ¿Queréis tomar algo? – les pregunté.

- No, gracias – respondió él con amabilidad pero mirándome con deseo. Su mirada me hizo temblar y mi sexo se humedeció recordando lo sucedido la noche anterior.

Tras eso nos sentamos a la mesa y empezamos a comer. Cada vez que mi hija estaba distraída en el plato, Juan me miraba como esperando que le diera una respuesta. Yo trataba de pasar de él, hasta que llegó el postre y me levanté para retirar los platos. Mi hija también hizo ademán de levantarse, pero Juan la detuvo diciéndole:

- Ya lo haré yo.

Así cogió su plato y alguna cosa más y me acompañó hasta la cocina. Dejamos los platos sobre el mármol y sin mediar palabra, Juan me estrechó entre sus brazos y me besó apasionadamente. Al separarnos se disculpó:

- Lo siento. Pero anoche tuve la mejor experiencia sexual de mi vida y no he podido dejar de pensar en ti – me confesó.

- Yo tampoco he podido olvidarte.

- ¡¿Viene ya ese postre?! – Gritó mi hija desde la mesa devolviéndonos a la realidad.

Cogí el postre, un pequeño pastel de chocolate, de la nevera. Le di los platos y las cucharas a Juan y volvimos a la mesa.

Con una enorme tensión entre él y yo que nos obligaba a estar callados, escuchando todo lo que decía mi hija, comimos el pastel. Seguidamente tomamos el café y al terminar tanto mi hija como Juan me ayudaron a quitar la mesa. Tras eso, habían decidido ir al cine y antes de marchar mi hija decidió ir al baño, momento que Juan y yo aprovechamos para hablar.

- Tenemos que hablar – le sugerí.

- Sí. ¿Qué te parece esta noche, cuando Ángela esté en la despedida de soltera?

- Vale. En el bar de abajo. ¿Te parece? – le dije. Prefería que fuera en un lugar público y neutral para no volver a caer en la tentación. Sabía que si nos quedábamos a solas ambos repetiríamos lo sucedido la noche anterior.

- Vale. A las diez, entonces – aceptó.

- A las diez.

Se marcharon y me quedé sola pensando. Me sentía muy mal al haber descubierto que el chico con el que me había enrollado la noche anterior era el novio de mi hija, sobre todo porque lo último que quería hacer en mi vida era hacerle daño a mi hija. Estaba dispuesta a decirle a Juan que no volveríamos a vernos nunca más a solas y que lo mejor era olvidar lo sucedido la noche anterior, aunque para ambos hubiera sido algo especial y diferente.

A las nueve decidí tomarme una ducha antes de vestirme para bajar al bar. Tras la ducha, empecé a vestirme y me había puesto sólo el sujetador y las braguitas cuando sonó el timbre. Me puse la bata y salí a abrir. Antes de hacerlo miré por la mirilla y ví a Juan. Durante unos segundos pensé en no abrirle porque sabía perfectamente lo que iba a pasar, y que precisamente había subido, en lugar de esperarme en el bar, para eso, porque él quería que pasara. Finalmente venciendo mi sentido común y dejándome llevar por mi instinto, abrí la puerta.

- ¿Qué haces aquí? – Le pregunté a mi yerno, nada más abrir.

Él sin mediar palabra, se abalanzó sobre mí, me empujó contra la pared y me besó introduciendo su lengua para buscar la mía. Yo traté de deshacerme de su abrazo, y cuando lo logré salí corriendo hacía el comedor diciéndole:

- No, esto no puede ser... mi hija...

Enseguida me atrapó contra el respaldo del sofá, que quedó frente a mí, y me abrazó con fuerza. Empezó a besarme en el cuello mientras yo seguía suplicándole:

- Por favor, Juan. Mi hija es tu novia y esto no está bien.

- Olvidémonos de Ángela, por favor, ahora sólo estamos tú y yo – me dijo, haciéndome girar hacía él y volviendo a besarme.

Cada vez me resultaba más difícil resistirme a él. Sentí su cuerpo pegado al mío y su sexo creciendo entre sus piernas.

- Juan, esto no puede ser.

Sus manos recorrieron mi cuerpo y cuando me apretó con fuerza contra él y sentí sus labios sobre mi cuello, dejé de resistirme. Sus manos apartaron la bata y acarició mi culo suavemente. Luego ascendió con sus manos hasta mis senos y los masajeó por encima del sujetador.

De nuevo intenté zafarme de él y huir hacía la habitación, pero me cogió de nuevo, empujándome contra la pared, quedando el uno frente al otro. Me besó apasionadamente, quería seguir resistiéndome, pero no podía, sobre todo cuando su mano se adentró entre mis bragas y acarició mi clítoris con suavidad. Me sentía húmeda y ansiosa por volver a sentirle, así que me dejé llevar una vez más por los sentimientos y sensaciones que me producía aquel hombre. Sabía que aquello no estaba bien, pero el deseo y era más fuerte que cualquier otra cosa y saber que él también sentía aquel fuerte deseo me empujaba a seguir a mi corazón más que a mi mente.

Con sus besos descendió hasta mi cuello y lo lamió y mordisqueó haciéndome estremecer, mientras sus dedos seguían hurgando entre mis piernas. Empecé a gemir y respirar excitadamente. Y él cogió una de mis piernas situándola sobre su cadera. Oí como se bajaba la cremallera del pantalón y enseguida sentí como apartaba la tela de mis bragas y ponía su sexo erecto a la entrada de mi húmeda vulva.

- ¿Quieres que te folle, verdad? Lo estás deseando tanto como yo, confiésalo. Sé que me deseas – me dijo.

- Sí, lo deseo – acepté. Y de un solo empujón me penetró hasta lo más profundo.

Juan empujó con fuerza varias veces, haciéndome estremecer y sentir como su sexo surcaba el mio. Sus labios mordisqueaban ahora el lóbulo de mi oreja y sus manos apretaban mi culo con esmero. Yo estaba a mil, deseando más y más.

Ambos gemíamos excitados, hasta que Juan sacó su miembro de mí, me cogió en brazos y me llevó hasta la habitación. Me tumbó sobre la cama y en un arranque de cordura le dije nuevamente:

- No, Juan, no puede ser.

- Déjate llevar – me suplicó, quitándome la bata.

Resistirme a sus besos y caricias me era casi imposible, y como él me había aconsejado, me dejé llevar olvidando todo lo que nos rodeaba. Aquel momento era sólo para nosotros, nadie más existía, sólo él y yo y aquel amor que veía dibujado en el fondo de sus oscuros ojos. Así que dejé que me desabrochara el sujetador y me quitara las bragas dejando mi cuerpo desnudo. Él también se desnudó y seguimos besándonos sobre la cama. Acarició todo mi cuerpo, mientras yo también acariciaba el suyo. Mi mano rozó su sexo e instintivamente empecé a masajearlo. Lo deseaba con toda mi alma y él se dio cuenta enseguida, al mirarme a los ojos. Se puso de rodillas a la altura de mi cara y me apuntó con su sexo en la boca. Cogí el miembro con una mano y acerqué mis labios empezando a lamer el glande. Luego seguí introduciéndomelo en la boca y chupeteándolo. Traté de tragármelo hasta la mitad, saboreándolo como el más rico manjar. Juan gemía mientras me observaba. Cada vez estaba más excitado y su sexo se hinchaba más y más, hasta que me pidió que lo dejara.

Se acostó junto a mí entonces y me hizo girar de espaldas a él. Besó mi hombro y acarició mi culo con sutileza, pasó su dedo índice por entre mis nalgas y me susurró al oído:

- Me encanta tu culo, es tan hermoso ¿Te lo han follado alguna vez alguien?

- Mi marido lo hizo varias veces, pero después de él nadie ha vuelto a hacerlo - le confesé.

- Quiero follártelo – declaró él.

La verdad era que a mi también me apetecía que lo hiciera, porque las pocas veces que había practicado el sexo anal habían sido muy placenteras y deseaba mucho repetir aquel placer y compartirlo con él. Me parecía la culminación perfecta del amor y la confianza entre dos personas.

- Vale. Pero ponte un condón – le aconsejé – y ten cuidado.

Me besó en el hombre y añadió:

- Te quiero.

Era la primera vez que me lo decía y eso me emocionó, sobre todo porque noté que su tono era sincero.

Juan se puso un condón, luego empezó a masajear mi ano muy suavemente con un dedo, pasándolo por toda la raja de arriba abajo. De vez en cuando intentaba penetrarme con él, hasta que tras un buen masaje lo consiguió. Empezó a moverlo dentro y fuera de mí y excitándome como hacía mucho tiempo que no me excitaba. Tras un rato introdujo otro dedo, al que mi ano enseguida se acostumbró. Empecé a moverme excitada, jadeando y deseando más. Así que Juan me hizo poner en cuatro y con su verga erecta siguió sobando mi agujero trasero. Estuvo un rato manipulándolo para que me relajara, hasta que le pareció que ya era el momento y empezó a penetrarme despacio. Poco a poco fue introduciendo su instrumento en mi ano y cuando por fin me sentí llena, comenzó a moverse, primero despacio y luego acelerando sus movimientos. En pocos minutos su sexo martilleaba contra mí una y otra vez y sus huevos chocaban contra mis labios vaginales. El placer que me hacía sentir fue aumentando gradualmente hasta que empecé a correrme contrayendo los músculos de mi ano y apretando su verga. Gracias a él sentí un éxtasis que hacía tiempo no sentía. Juan siguió arremetiendo con fuerza, sujetándome por las caderas hasta que finalmente también se corrió, cayendo sobre mi espalda y abrazándome con fuerza. Tras eso nos quedamos tumbados, abrazados. Descansamos unos segundos, tras lo cual le dije a Juan.

- Tenemos que tomar una decisión. No pienso seguir engañando a mi hija.

- Tienes razón, pero no sé... – Me dijo indeciso – no será fácil decírselo a Ángela.

- Mira lo mejor será que dejemos de vernos por un tiempo, por lo menos a solas, y te tomas ese tiempo para decidir como se lo dirás y cuando. ¿Te parece?

- Sí, será lo mejor – aceptó finalmente.

Tras esa pequeña conversación decidí levantarme y le dije:

- Pues entonces es mejor que te vayas ya.

Él me miró entre incrédulo y sorprendido, a lo que yo añadí:

- Venga, quiero que te vayas ya, es lo mejor. Mi hija podría volver en cualquier momento.

Sin decir nada más se levantó y empezó a vestirse. Luego le acompañé hasta la puerta y sin ni siquiera darle un beso, ni dejar que él me lo diera, me despedí de él.

Durante toda la semana no nos vimos ni una vez. Pero el viernes por la tarde mi hija me preguntó si dejaba que Juan se quedara a dormir la noche del sábado, después de la boda de sus amigos. Evidentemente, acepté. Más por el ansia de ver a Juan que por sentido común y durante aquella noche estuve muy nerviosa esperando que llegarán. Cuando le oí pensé que ya podía dormir tranquila.

Empezaba a conciliar el sueño cuando sentí que alguien se metía en mi cama. Al principio, puesto que estaba un poco desorientada por el sueño, me asusté, pero luego oí su voz preguntándome:

- ¿Estás despierta?

- Sí – respondí- pero... no deberías estar aquí – le dije girándome hacía él. Accidentalmente mi mano fue a parar sobre su sexo desnudo – mi hija puede oírnos.

- Ya debe estar dormida, estaba muy cansada. Además, trataremos de no hacer ruido – apostilló – Tengo algo que decirte...

- ¿Qué? – Le pregunté.

- Mañana le diré a Ángela que lo dejamos y que me he enamorado de ti – me dijo. Al oír aquello me alegré, pero a la vez recobré la cordura por unos segundos y le aconsejé:

- Es mejor que de momento mantengamos nuestra relación en secreto. Mi hija no puede saber nada, la iré preparando poco a poco, ya que no será agradable para ella saber que su novio tiene una relación con su madre.

- Tienes razón.

Tras eso me rodeó con sus brazos y me besó apasionadamente. Nuevamente no pude resistirme, llevaba días deseando aquello, así que, me dejé llevar y correspondí a sus besos y caricias, aún sabiendo que mi hija estaba en la habitación del al lado y podía oírnos. O quizás era esa situación de peligro lo que me excitaba y me llevaba a seguir adelante en lugar de rechazarle, como me pedía mi mente que hiciera. Poco a poco fuimos excitándonos. Sus manos recorrieron mi cuerpo y me despojaron del sujetador y las bragas con las que dormía (ya que hacía bastante calor), mientras las mías también le acariciaban.

Empezó a besarme en el cuello y fue descendiendo poco a poco hasta mis senos. Los sobó y acarició suavemente y seguidamente se dedicó a mordisquearlos, besarlos y chupetearlos, logrando que me pusiera a cien, y haciéndome sentir como mi sexo se convertía en una charca de jugos. Siguió descendiendo, lamiendo la piel de mi vientre y llegando a mi sexo. Me abrió de piernas y sentí su lengua rebuscando entre los pliegues de mi vulva. Empecé a retorcerme de gusto y a gemir, aunque trataba de no hacerlo muy alto. Juan movía su lengua muy hábilmente de mi clítoris a mis labios vaginales, introduciéndose entre ellos de vez en cuando. Estaba a punto de correrme cuando se detuvo. Se puso a mi lado y me besó.

Entonces fui yo quien desapareció bajo las sábanas, cogí su verga erecta entre mis manos y empecé a lamerla, chupeteé su glande y masajeé sus huevos, mientras seguía chupeteando su verga y me la introducía en la boca casi hasta la mitad. Me la saqué de la boca y volví al lamer el tronco hasta llegar a los huevos. Lamí uno y me lo introduje en la boca, lo chupeteé y repetí la operación con el otro. Volví a ascender por el tronco y a introducirme la verga que saboreé y chupeteé un poco más. Juan gemía excitado y acariciaba mi pelo. Cuando noté que estaba a punto de correrse, salí de debajo de las sábanas y me puse sobre él, guié su pene hasta la húmeda entrada de mi sexo y me la clavé hasta el fondo. Ambos suspiramos al sentirnos unidos el uno al otro.

En ese momento me pareció oír un ruido en el pasillo junto a la puerta de la habitación, pero no le hicimos mucho caso, ambos estabamos muy ocupados sintiendo aquel deseo quemando nuestra piel...

Cabalgué a mi amante una y otra vez, sin cesar, mientras él acariciaba mis senos y los pellizcaba. Yo subía y bajaba sobre él sintiendo como me llenaba con su verga. De vez en cuando nuestros labios se encontrabas y nos besábamos. Juan se incorporó un poco y me abrazó y me susurró al oído:

- Te quiero.

- Yo también te quiero – le respondí.

Aquellas palabras me sonaron a música celestial.

Nos miramos con ternura, pero en sus ojos había algo más, había deseo y picardía, por eso con una sonrisa canalla me suplicó:

- Anda, ponte de espaldas a mí, quiero verte el culito mientras te follo.

- Esta bien – acepté obedeciéndole.

Me puse de espaldas a él, volví a clavarme su erecta verga y seguí cabalgándole ligeramente inclinada hacía adelante para que él pudiera disfrutar del panorama. Así mientras yo subía y bajaba sobre aquel instrumento de placer, él acariciaba mis nalgas e intentaba introducir un dedo entre ellas, lo que me puso a mil.

- Me voy a correr – le anuncié.

- Pues hazlo, córrete mi vida.

Y así, sin poder detenerme en mi camino hacía el placer seguí moviéndome, sintiendo como su pene resbalaba por las paredes de mi húmeda cueva, hasta que llegué al éxtasis. Entonces él se incorporó abrazándome, dio algunos fuertes empujones y se corrió llenándome con su espesa leche. Tras el orgasmo, ambos nos dejamos vencer sobre la cama. Nos besamos apasionadamente y tras eso le dije:

- Deberías volver a tu cama y dormir. Mañana tienes algo importante que hacer y no será fácil.

Se levantó, me dio un tierno beso en los labios y se fue a su habitación. Yo me sentía feliz de haberle sentido entre mis piernas y de saber que aquel joven muchacho estaba enamorado de mí.

Erotikakarenc (Autora TR de TR).

Esta obra está bajo una licencia Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 2.5 Spain de Creative Commons. Para ver una copia de esta licencia, visite http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/ o envíe una carta a Creative Commons, 559 Nathan Abbott Way, Stanford, California 94305, USA.

Tags: hija, novio, sexo

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7 Julio 2007

A TI

(Para mi amado y querido prometido. Podría decir que este texto es el inicio de esa relación tan especial que me une a mi querido Rinaldo. Espero que os guste.)

A ti, que lees todos y cada uno de mis relatos, a ti que en ellos te ves reflejados, a ti que me dedicas las más hermosas palabras, a ti que siempre me ves con buenos ojos. A ti, que nada puedo negarte, a ti quiero dedicarte tan solo por un minuto todas mis palabras.

A ti que con cada una de mis letras te transportas a ese mundo donde sólo estamos tú y yo. Y entonces poco a poco me desnudas, besando cada poro de mi piel, la habitación se llena de mis suspiros y sabes entonces, que me gustan esos besos que me das. Y mi aprobación te hace ir más allá, me tumbas sobre la cama, me desprendes del sujetador y acaricias mis senos. Tus ojos me miran, los míos te devuelven la mirada y un nuevo suspiro escapa de mi garganta. Besas mis labios, introduces tu lengua en mi boca, la mía se enreda con ella. Abandonas mi boca y lames el lóbulo de mi oreja, mi cuerpo se estremece y gimo. Desciendes despacio por mi cuello, beso a beso hasta llegar a mis senos. Los besas, los chupas, los lames y te entusiasmas con ellos. Siento como mi piel se eriza, y mis pezones se endurecen. Deseo más, y tú lo sabes, por eso sigues tu camino descendente por mi vientre, hasta llegar a la frontera de mis braguitas, muy despacio las deslizas por mis piernas y me las quitas. Abro las piernas dispuesta a recibirte. Mi sexo se humedece sólo con pensar lo que harás. Y enseguida siento tus labios rozando los míos. Una corriente eléctrica recorre mi cuerpo. Tu boca se cierra sobre mi clítoris y empiezas a lamerlo, lo chupas, lo mordisqueas levemente; yo me convulsiono, siento el placer recorriendo mi sexo, tu lengua se mueve sabiamente, recorre el camino hacía mi vagina y se introduce en ella, otro gemido escapa de mi boca, no puedo evitarlo, mis piernas se mueven, todo el bello de mi cuerpo se eriza. Enredo mis manos en tu pelo y empujo tu cabeza hacía mi sexo, sientes como mis jugos llenan tu boca y entonces te suplico: - Rinaldo.

Sabes perfectamente lo que deseo, te pones sobre mí, tu sexo erecto se acerca al mío. Suspiro y fijo mi mirada en la tuya, no nos hacen falta las palabras, ambos sabemos lo que sentimos con tan sólo mirarnos a los ojos. Entras en mí despacio y despacio tu sexo se desliza por el mío, te atrapo con mis piernas, te recuestas sobre mí y de nuevo tus labios besan los míos, nuestras manos se entrelazan y despacio sin dejar de mirarnos a los ojos empieza el baile de pasión, la batalla del amor entre mi cuerpo y el tuyo. Y juntos cabalgamos hacía la cumbre.

Y a ti, sólo a ti, puedo darte esta pasión y a mí, sólo a mí, puedes darme esa parte de tu corazón. No se lo digas a nadie, pero algún día (y sé que tú lo sabes) la promesa que te hice, se cumplirá.

Erotikakarenc

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18 Marzo 2007

A 300 POR HORA, DETRÁS DE TI.

El semáforo está rojo. A mi lado el formula uno de mi contrincante. Es la tercera carrera de la temporada en la que ambos salimos desde la primera línea. Los motores suenan fuerte y mientras espero que el semáforo se ponga verde, no puedo evitar pensar en ella. Ella y la noche que hemos compartido juntos. La mejor noche de mi vida.

El semáforo se pone naranja. Miró el coche rojo de mi rival y el semáforo se pone verde por fin. Aprieto el acelerador y ambos salimos a toda velocidad. Detrás, el resto de coches nos siguen. En cinco segundos llegamos a la primera curva y el coche rojo se pone delante de mí.

Sigo pensando en ella. Sus ojos verdes, su pelo moreno, largo, su cuerpo perfecto. ¡Qué mujer!. Para mí es la mujer perfecta, aunque muchos dicen que es sólo una más del montón. La primera vez que la vi me quedé prendado y desde entonces no puedo dejar de pensar en ella. Por eso anoche fue una noche especial, única.

- McDonalds está a 5 segundos, tienes que acelerar – la voz de mi jefe de equipo me despierta del sueño.

Miro al frente. Es verdad, se ha alejado de mí, así que acelero. En pocos segundos le tengo justo delante, a escasos metros. Mantengo la velocidad y me relajo de nuevo.

Ayer, cuando apareció por la puerta del bar en el que habíamos quedado con el resto de compañeros, estaba preciosa. Llevaba un vestido negro, anudado al cuello, con un amplio escote que dejaba su espalda completamente desnuda. Su pelo recogido marcaba los angulosos rasgos de su rostro. Y sonreía de oreja a oreja, mientras se acercaba a mí.

McDonalds se aleja de mí y vuelvo acelerar, miró por el retrovisor de mi derecha y veo el coche que va detrás de mí, es negro, deben ser Michaels o Federer.

Vuelvo a sumergirme entre sus brazos. Bailábamos tranquilos en la pista de aquella discoteca, cuando me susurró al oído:

- Vamos a un lugar más tranquilo.

La miré a los ojos, sorprendido. Una chispa saltó entre nosotros e irremediablemente nuestras bocas se unieron en un cálido beso.

- ¡Alberto, acelera de una puñetera vez! – me grita por el auricular la potente voz de Octavio.

Miro al frente. McDonalds se ha alejado nuevamente de mí. Así que aprieto el acelerador, corro hasta alcanzarle y tenerle a sólo unas milésimas de segundo. La rueda de su coche, casi roza la mía. Paso por la recta de meta y veo el letrero que me indica que aún me quedan cincuenta y tres vueltas.

Después de ese beso nos despedimos de nuestros compañeros y abandonamos la discoteca, rumbo al hotel. Al llegar allí la pasión fue imparable, justo desde el momento en que entramos en el ascensor nuestras manos buscaron el cuerpo del otro.

Acelero de nuevo al ver que McDonalds se aleja de mí. Aprieto fuertemente el acelerador, mientras recuerdo las manos de Mary recorriendo mi cuerpo, apretándome las nalgas con fuerza. El ascensor llega al último piso. Salimos al pasillo, tratando de mantener la compostura. Suelto el acelerador y freno, al llegar a la curva más peligrosa del circuito. Michaels se acerca a mí. Calculo que debe estar a unos dos segundos, por lo que al salir de la curva vuelvo a acelerar.

Llegamos a la habitación. Tras entrar, de nuevo nuestras manos recorren nuestros cuerpos. Me vuelve loco esta mujer y la velocidad también, por eso corro tratando de alejarme de Michaels y de acercarme a McDonalds, mientras los labios rojos de Mary se dibujan en mi mente, recordando como se cerraban sobre mi sexo desnudo, como engullían mi pene hinchado, como resbalaban hacía abajo. Mis manos sobre su cabeza, empujando, ayudando a sus movimientos y mi garganta gimiendo de placer.

Tengo que concentrarme en la carrera, no puedo seguir pensando en ella, la erección es monumental bajo mi mono. Sí, tengo que concentrarme en McDonalds y Michaels, tengo que acelerar y adelantar a ese coche rojo antes de que acabe esta carrera, y no darle ninguna oportunidad al coche negro que me sigue. Sí, será lo mejor.

¡Pero Dios, no puedo!. Su sonrisa pícara vuelve a surgir de la nada, sus manos sobre mis huevos, masajeándolos, y su mirada de tigresa pidiéndome que enterrara mi boca entre sus piernas. Y no lo dudé dos veces, lo hice y su cuerpo se convulsionó al sentir mi lengua sobre su clítoris. Será mejor que siga corriendo y deje de pensar en eso o tendré un accidente, además Michaels se acerca peligrosamente.

Bien, en esta recta será mejor que acelere y quizás en la próxima curva pueda adelantar a McDonalds.

- Chico, es hora de repostar – me avisa Octavio.

Bien, eso me irá bien para despejarme, para olvidar a la preciosa Mary. Llego a la recta de meta y entro en boxes. Mis mecánicos están esperándome. Freno y me sitúo en mi lugar. El chico mete la manguera e inevitablemente el recuerdo de mi lengua penetrando el húmedo sexo de Mary me envuelve.

- Bien, chico, adelante – me dice el jefe de mecánicos.

Aprieto el embrague, pongo la primera y cuando el letrerito de "no brake" se levanta, salgo disparado hacía el final de la recta. Voy acelerando poco a poco y me incorporo justo detrás de Michaels, que aún no ha repostado.

El sabor de Mary sigue en mi boca. Su sexo húmedo y palpitante, se derramaba en mis labios, mientras sus gemidos se extendían por la habitación. Había alcanzado su primer orgasmo. Acaricié las curvas de su cuerpo.

Giro el volante hacia la derecha, Michaels está delante de mí y McDonalds delante de él. Ahora no puedo relajarme, seguramente en la próxima vuelta pararán a repostar, así que debo estar en la carrera con los cinco sentidos. Aunque me resulte difícil dejar de pensar en esas suaves manos de mujer, acariciando mi piel. ¡Qué manos más suaves!. Y sus labios, rojos, perfectos, ni muy gruesos, ni muy delgados.

Llegamos a la recta de meta, veo como Michaels y McDonalds entran en boxes, debo acelerar y tratar de pasar delante de ellos, de los dos. Acelero, corro, y la imagen de Mary vuelve a dibujarse en mi mente. Su cuerpo desnudo entre mis manos, su piel suave, su pelo largo y negro. Con mi mano reseguí sus caderas, acaricié su sexo, busqué su clítoris y lo masajeé.

McDonalds sale de boxes justo detrás de mí, y a poco segundos, Michaels le sigue. Soy primero, si mantengo el ritmo podré terminar la carrera en esta posición.

Seguro que Mary estará orgullosa de mí.

Sus labios besaban los míos, mientras mi mano exploraba su humedad. Se estremecía, gemía y se retorcía sobre la cama. Y yo me sentía afortunado por estar en brazos de una diosa. Introduje un dedo dentro de su vagina, luego otro, y ella seguía arqueándose sobre la cama. Mi sexo estaba erguido y duro, como nunca antes había estado. Deseoso de poseer a aquella bella mujer.

Vuelvo a pasar por la recta de meta. Un cartel me avisa que McDonalds y Michaels están a 5 y 7 segundos respectivamente. Acelero un poco, para poder relajarme después.

Y lo hice. Me situé entre sus piernas, guié mi erecto falo hacía su húmedo sexo y con mucha suavidad, la penetré. La miré, sus ojos brillaban de deseo y pasión, de amor. La besé y empecé a moverme despacio, dentro y fuera de ella. Sentía el calor de su piel pegada a la mía, sus manos acariciando mi espalda.

Miro por el retrovisor. McDonalds me pisa los talones. Tengo que acelerar. Aprieto el acelerador, corro. Tengo calor, veo a la gente gritando, sacudiendo sus banderas. Me encanta sentirme el vencedor, el primero, el número uno, aunque sólo sea por unos segundos. Me concentro en la carrera. Cada vez falta menos para la última vuelta.

Mi cuerpo seguía penetrando a mi dulce amor, la mujer de mis sueños. Poco a poco mis movimientos se iban acelerando y ella gemía, se estremecía, se convulsionaba. Me mordía, y me arañaba. La pasión bailaba entre nosotros.

Paso por la recta de meta, y un letrero me avisa que sólo me queda una vuelta, la última vuelta, y McDonalds y Michaels siguen detrás de mí. Acelero, llego a la curva, giro el volante, freno un poco, salgo de la curva, vuelvo a acelerar.

Y su cuerpo se deshacía debajo del mío, sus besos intensos, devoraban mi boca. Mi sexo se hinchaba dentro de su vagina, que se contraía alrededor de él. Nuestros cuerpos perfectamente unidos, sobre la cama, dibujando corazones de pasión en el techo de la habitación. Su cuerpo explotó entre mis brazos, el mío le siguió uno segundos más tarde. Ambos gemimos, estremeciéndonos, y cuando por fin, dejamos de hacerlo, nos miramos a los ojos.

- Te amo – le dije.

- Te amo – repitió ella.

Y nos abrazamos.

Alcanzo a la recta de meta, acelero y llego al fin, la bandera de cuadros hondea con fuerza. La gente grita ensordecedoramente. He ganado. Voy frenando y saludo a un lado y a otro. La gente se levanta, aplaude, grita. Estoy eufórico y el premio no puede ser mejor. Entro en boxes, McDonalds entra detrás de mí. Aparco el coche, me bajo, me quitó el casco, mientras McDonalds baja de su coche, se quita el casco y aunque su largo pelo está mojado por el sudor, está preciosa, mucho más que ayer por la noche. Me acerco a ella, la abrazo, la beso.

- Felicidades, cariño – me susurra al oído mientras los fotógrafos se acercan a nosotros.

Ya puedo ver los titulares de mañana: "Beso de campeones".

He ganado esta carrera, pero el mejor premio es haber ganado su corazón.

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6 Marzo 2007

UN SIMPLE MORTAL

(No puedo pedirle lo eterno a un simple mortal.

Canción: la tortura. Shakira y Alejandro Sanz)

Gina, sabes perfectamente lo que debes hacer, no dejes que todo ese odio te queme el alma, porque sabes que no puedes seguir así toda la eternidad.

Mathew tenía razón, no podía seguir como un alma en pena por todos los rincones, sólo porque aquel mortal me había abandonado por su Julieta. Yo sabía perfectamente cual era la venganza que debía ejecutar.

-No debes ser compasiva con los mortales y menos con los que te hacen daño, lo sabes.

-Lo sé – le dije, me acerqué a él y le abracé.

Mi dulce Mathew, siempre había estado conmigo, desde el principio. Aunque ahora sólo fuéramos amigos, no podíamos vivir el uno sin el otro. Él me convirtió en lo que ahora soy, y creó este lazo indestructible que nos une eternamente. Pase lo que pase, Mathew siempre estará aquí conmigo, a mi lado. Y sé que él tiene razón cuando me dice que, o olvido a ese simple mortal o le sirvo la venganza en un plato muy frío.

- Pero tendrás que ayudarme – le dije.

- Lo sé, y sabes que lo haré, mi dulce Princesa.

Me encantaba que me llamara así, cuando esa palabra salía de su boca, sentía que nada podía separarme de él.

- Entonces lo haremos esta noche. – le anuncié.

- ¿Estás segura?.

- Completamente. Quiero que este fuego deje de quemarme el alma, quiero dejar de sentirme triste y desolada, quiero recuperar mis fuerzas, por eso tiene que ser esta noche, no quiero demorarlo más.

- Entonces será esta noche – sentenció mi amado Mathew.

Le conté cual era mi plan y tras eso salimos a buscarle.

El mortal estaba cenando con su Julieta en un romántico restaurante del centro de la ciudad. Reían felices y ajenos a lo que les esperaba. Mathew y yo entramos en el restaurante. El mortal me reconoció nada más verme. Como no iba a hacerlo, hasta hacía un par de semanas habíamos compartido la misma cama varias noches. Me había susurrado al oído que me amaba, que yo era única y especial. Pero ahora estaba en aquella mesa, acariciando la mano de aquella Julieta, diciéndole que la amaba más que a nada en el mundo. Y mi corazón se quemaba oyendo aquello.

- Tranquila. – me susurró Mathew al oído, al ver que aquellas palabras me corroían.

Nos sentamos en una mesa, cercana a la de ellos. Mathew se puso dándoles la espalda, frente a mí. Yo podía verles perfectamente desde mi sitio. Un camarero se acercó a nosotros y nos dio la carta.

- ¿Desean tomar algo?

- Dos cafés, muy calientes – pidió Mathew. Evidentemente no nos los tomaríamos, pero debíamos tratar de aparentar la máxima normalidad posible.

Mathew abrió la carta y empezó a leerla (en realidad no la leía, trataba de escuchar y sentir los pensamientos del mortal y su Julieta), yo hice lo mismo.

Cuando nos trajeron los cafés, el mortal pidió la cuenta. El camarero nos preguntó que íbamos a cenar.

- Todavía no lo tenemos decidido – dijo Mathew - ¿verdad, querida?

Afirmé con la cabeza, y el camarero abandonó nuestra mesa.

El mortal dejó el dinero en la bandejita que el camarero le había traído la cuenta, y él y la chica se levantaron de la mesa. Mathew y yo esperamos a que salieran del local, entonces también nosotros abandonamos el local.

Les seguimos, hasta que al llegar a una oscura y solitaria calle le dije a Mathew:

- Ahora.

Ambos empezamos a volar a gran velocidad, en cinco segundos los atrapamos. Yo cogí a la chica, rodeándola con mis brazos por la cintura. Mathew cogió a Othello (mi dulce mortal), aunque este intentó zafarse de sus brazos, pero sin éxito. Mathew se situó frente a mí, con Othello delante de él, sujetándolo fuertemente por el cuello.

Yo, sin soltar a Julieta, incliné su cabeza hacía la derecha, y con furia clavé mis dientes en su cuello.

- ¡Noooooooooo! – gritó Othello en un aullido ensordecedor.

Empecé a succionar con fuerza. Y la vi a ella en la cama, con mi dulce Othello entre sus piernas, desnudos ambos, él bombeando contra ella, sudorosos los dos. Les vi jurándose amor eterno.

Miré a Othello, sus ojos vidriosos parecían mirarme con odio, mientras un par de lágrimas rodaban por sus mejillas. Sentí su dolor y el mío, y no puede evitar sentirme triste. Seguí succionando, quitándole la vida a Julieta, para llenarme con esa vida. Sentí las calientes lágrimas de sangre saliendo de mis ojos. Aquello era una locura, pero era mi locura, estaba loca de amor por aquel mortal.

Sentí el último suspiro de vida de Julieta, pasando a través de mis venas y la solté, dejándola caer al suelo, ya moribunda. Me abalancé sobre mi amado Othello y clavé mis dientes en su cuello. Mathew le soltó. Othello trató de apartarme sin conseguirlo, mientras gritaba:

- ¡Noooo! ¡Noooo! ¡Déjame!.

Pero no le hice caso, succioné su sangre igual que había hecho con la de Julieta, y de nuevo la vi a ella, pero también me vi a mí, y a él. Los dos en la misma cama, amándonos, su sexo dentro del mío, sus manos acariciando mis senos, sus labios besando los míos y su voz susurrándome al oído: "Te amo". Le solté en ese instante, me mordí la muñeca y la acerqué a sus labios:

- ¡Bebe! – le ordené.

- ¡No, Gina, no me hagas esto! – suplicó él, mirándome con compasión.

- ¡Bebe, condenado mortal! – grité enfurecida, poniéndole mi muñeca sobre sus labios para obligarle a succionar.

Bebió hasta que aparté la muñeca de sus labios. Tras eso, Othello cayó al suelo retorciéndose, sintiendo como su cuerpo moría para volver a renacer como un inmortal. Mathew se acercó a mí y me susurró al oído:

- Muy bien Princesa, muy bien. – Su mano acarició una de mis nalgas. Sus labios besaron mi cuello desnudo y una corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo.

El deseo empezó a surgir en mi, así que arrastré a Mathew hacía la pared, él se dejó arrastrar por mí, sabía perfectamente lo que quería de él. Sabía que necesitaba aquello y se dejó hacer. Cuando mi cuerpo se pegó al suyo, su sexo ya estaba totalmente erecto. Así que con suma rapidez ambos nos desnudamos.

- ¡Gina! – gritó Othello.

Pero no le escuché, ya no podía escucharle. Mi corazón ya no le pertenecía, ahora era de Mathew, mi dulce Mathew, mi oscuro príncipe. Su sexo erecto, expuesto ante mi, parecía pedirme que lo devorara, así que acerqué mi boca a él. Mathew puso sus manos sobre mi cabeza, mientras su mirada se perdía sobre Othello.

- ¡La has perdido, condenado imbécil! ¡Las has perdido a ambas! ¡Te advertí que no le hicieras daño a mi princesa o lo pagarías caro! ¡Ja, ja, ja, ja! – su risa sonó como un estruendo en mis oídos, mientras mi boca se cerraba sobre su erecto pene y empezaba a succionar.

Mis colmillos se deslizaron suavemente sobre la caliente carne, y Mathew se estremeció. Seguía riendo, mientras yo podía comprobar que dejaba de sentir los pensamientos de Othello; ya era un vampiro casi por completo, y sus pensamientos se cerraban para mí, su creadora.

Me concentré en darle placer a Mathew, acaricié sus huevos, mamé su polla y la saboreé.

- ¡Ven Princesa! – me pidió Mathew, haciéndome poner en pie.

Me cogió por la cintura, me elevó frente a él, aupándome, y me dejó caer sobre su pene erecto, altivo, llenándome por completo. No abrazamos. Sus labios se posaron sobre mi cuello y los míos sobre el suyo. Comencé a moverme sobre su falo erguido, mientras él me sujetaba por las nalgas, ayudándome a subir y bajar. Yo me apretaba contra él una y otra vez, sintiéndole, llenándome de él. Mi cuerpo estaba ansioso de sentirle, de amarle como hacía mucho tiempo que no le amaba. Nos miramos a los ojos. Y él me dijo:

- Te amo, Princesa, te amo.

- Te amo, mi oscuro Príncipe - le correspondí.

Ambos nos habíamos olvidado ya de Othello, que estaba sentado en un banco, dándonos la espalda, a unos metros de nosotros.

Me sentía llena, y amada, mientras ambos gemíamos y nos estremecíamos de placer, sintiendo la pasión que destilaban nuestros cuerpos. Una pasión única, que sólo podíamos sentir con alguien de nuestra especie.

- ¡Noooooo! – gritó Othello desde el banco, probablemente estaba sintiendo la pasión que había entre Mathew y yo en ese momento, descubriendo que mi amor por él estaba muriendo dentro de mí y quemándole su corazón.

Yo seguía cabalgando sobre el erecto falo de mi amado Mathew, el fuego de la pasión recorría nuestros cuerpos y nos quemaba dentro. Sentí como su pene se hinchaba dentro de mí, mientras mi vagina le estrujaba. Nuestros movimientos se hicieron vertiginosos y en pocos segundos su esencia se derramó en mi, a la vez que mi cuerpo estallaba en un demoledor orgasmo. Cuando dejamos de convulsionarnos, él me posó sobre el suelo, nos abrazamos y mirándonos a los ojos nos dijimos al unísono:

- Te amo.

No vestimos, y entonces, Othello, sentado y abatido sobre el banco, me preguntó:

- ¿Por qué? ¿Por qué me has hecho esto?

- Porque quitarle la vida a ella y condenarte a ti a la vida eterna era el mejor castigo para reparar el daño que me has hecho.

- Sabes que no lo hice queriendo.- se justificó.

- Si, pero te advertí que amar a un vampiro es duro. Que debía ser para siempre o no podría ser.

- Lo sé, pero no podía amarte eternamente. Lo sabes.

- Lo sé, en el fondo la culpa es mía. No puedo pedirle lo eterno a un simple mortal.

Ambos nos echamos a llorar. Mathew que estaba junto a mí, me cogió de la mano y me dijo:

- Vamos, vámonos de aquí.

- ¿Y él? – le pregunté – Sabes que sin nosotros no podrá sobrevivir.

Mathew se acercó a Othello y le tendió la mano.

- Anda, vamos, tienes muchas cosas que aprender y seguro que pronto encuentras alguna mortal que te ame eternamente.

Othello se levantó, Mathew volvió junto a mí, pasó su brazo por detrás de mis hombros y empezamos a caminar, unos pasos más atrás Othello nos seguía, abatido, mirando el cuerpo inerte de Julieta. Mathew me miró, adivinando lo que estaba pensando (él no podía leer mis pensamientos por ser mi creador) y el cuerpo empezó a arder, desvaneciéndose en pocos segundos. Y juntos los tres nos perdimos en la oscura noche.

Erotika, (Karenc)

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1 Marzo 2007

ENTREVISTA DE TRABAJO

La oficina parecía completamente vacía. Me dirigí hacía el despacho que me había indicado la recepcionista y al acercarme a la puerta ví que había luz. Me dirigí hacía ella y enseguida ví a aquel hombre alto, rubio y de intensos ojos azules.

Llamé a la puerta con los nudillos a pesar de que esta estaba abierta y el hombre me miró.

- Pase ¿Srta...?

- Martínez.

- ¿Sí se quiere sentar? – Me indicó la silla que había frente a su mesa.

- Gracias.

- Bien, Srta. Martínez, he estado estudiando su curriculum y veo que tiene muy buenas referencias.- Indicó el Sr. Canales, jefe de personal, como rezaba el letrero que tenía sobre la mesa, y la persona que me había citado por teléfono aquella misma mañana.

Me había puesto una falda corta que me llegaba por encima de la rodilla y una blusa de algodón blanca. Como hacía calor llevaba un par de botones abiertos, por lo que dejaba entrever el nacimiento de mis senos. El Sr. Canales levantó la vista del papel y vi como sus ojos se quedaban ensimismados en mi escote. Carraspeé para llamar su atención y entonces me miró a los ojos y me sonrió, yo también sonreí. Cuando concerté la entrevista y hablé a través del teléfono con él, por la voz me pareció un hombre de más edad, pero ante mí, tenía a un atractivo hombre de unos 35 años.

- Bueno, creo que da el perfil. ¿Qué tal si le hago una prueba? – Me preguntó.

- Como quiera. – Respondí.

- Entonces levántese. – Me ordenó levantándose y dirigiéndose a la puerta que cerró con llave diciendo: - Así estaremos más tranquilos.

Yo me puse en pie, apartando la silla y me quedé quieta. El jefe de personal se acercó a mí, dio una vuelta a mi alrededor y me estudió mirándome de arriba abajo.

- Tienes un buen cuerpo. – Dijo situándose detrás de mí. – Tienes unas buenas caderas.

Posó sus manos sobre ellas y las acarició suavemente. Sentí su aliento en mi cuello y luego como apartaba mi largo y liso pelo negro y me daba un beso en la nuca que hizo que todo mi cuerpo se estremeciera.

Ascendió con sus manos hasta mis senos y los acarició suavemente por encima de la blusa. Seguidamente me desabrochó un botón e introdujo la mano, masajeando con suavidad mi seno desnudo.

- ¡Vaya, vaya, estás hecha una buena putita, no llevas sujetador! – Susurró en mi oído - ¿Y braguitas? – Me preguntó, descendiendo con la otra mano hasta mi cadera, y subiendo la corta falda hasta ella.

- A todo esto yo me dejaba hacer, principalmente porque aquel atractivo hombre me excitaba con su mirada, sus manos, su voz, desde el momento en que sus ojos se habían detenido en mis senos deseaba aquello. Por eso le dejé hacer.

Movió su mano por mi pubis y suspiró:

- ¡Uhmm, ya lo he dicho, una buena putita!

Empezó a hurgar entre los pliegues de mi sexo y en pocos minutos me tenía totalmente húmeda y excitada. Sus dedos se adentraban entre mis labios vaginales, primero en busca de mi clítoris, que sobó a su antojo con mucha delicadeza, mientras con la otra mano me desabrochaba la blusa y acariciaba mis senos desnudos. Empecé a gemir excitada y entonces sentí como apartaba su mano de mis senos y se bajaba la cremallera del pantalón, mientras con la otra mano seguía hurgando en mi sexo, introduciendo sus dedos en mi vagina, haciendo que me convulsionara sin remedio.

Cuando creyó que ya estaba lo suficientemente excitada, se puso delante de mí, me besó en la boca con pasión y luego descendió por mi cuello hasta alcanzar mis senos erguidos y excitados. Los masajeó y chupeteó a su antojo volviéndome loca de placer y haciendo que cada vez le deseara más. Yo entretanto trataba de alcanzar su sexo, pero no podía, hasta que se apoyó sobre la mesa y me indicó:

- ¡Anda, putita, ya sabes lo que tienes que hacer!

Me arrodillé ante él, cogí el miembro con ambas manos y acerqué mi lengua cuidadosamente. Lamí el glande trazando círculos alrededor y seguidamente me lo introduje en la boca, empezando a saborearlo.

- ¡Mírame, putita, quiero ver tu cara de vicio! – Me suplicó mi improvisado amante.

Obedecí y alcé mi vista hacía él mirándole directamente a los ojos. En su cara se dibujaba la excitación que mis caricias bucales le proporcionaban. Seguí lamiendo su sexo, chupeteándolo de arriba abajo, metiéndome uno de sus huevos en la boca y saboreándolo para hacer luego lo mismo con el otro. Ascendí de nuevo hasta el glande y lo mamé y chupeteé volviendo a paladear su sabor.

El Sr. Canales gemía excitado y me miraba con cara de deseo. Me hizo levantar y me ordenó:

- Ven aquí, quiero comerte.

Me hizo sentar sobre la silla y abrirme de piernas situándome con el culo en el borde de la silla. Sentí su lengua rozar suavemente mi sexo y me estremecí. Poco a poco, el Sr. Canales, fue dirigiendo su lengua muy diestramente por mi sexo, lamió mi clítoris, lo chupeteó y mordisqueó, luego lamió mis labios vaginales con suma delicadeza y finalmente sentí como se introducía en mi vagina haciéndome gemir de excitación. Estaba a mil y necesitaba algo más que aquella pequeña lengua, dentro de mí.

Entretanto mi improvisado amante seguía lamiendo mi sexo, con ambas manos masajeaba también mis senos erectos, aumentando las placenteras sensaciones que poco a poco me iban llevando al borde del orgasmo. Gracias a Dios que no había nadie en el edificio, porque mis gritos cada vez eran más fuertes. Pero justo en el momento en que estaba apunto de llegar al orgasmo, mi amante se detuvo y poniéndose en pie me ordenó:

- Ponte de rodillas sobre la silla, dándome la espalda, putita.

Hice lo que me ordenaba poniendo mi culo en pompa. Ví como se colocaba un condón y luego, sentí como se acercaba a mí. Pegó su cuerpo al mío y noté su sexo erecto chocando contra mis nalgas. Luego deslizó su mano hasta mi clítoris y lo masajeó unos segundos. Pero no se hizo de rogar mucho, ambos ardíamos de deseo y necesitábamos apagar aquel fuego.

Sentí como dirigía su erecta verga hacía mi húmedo agujero y muy lentamente me penetraba. Los dos suspiramos al sentirnos por fin unidos. El Sr. Canales me cogió por la cintura y empezó a moverse. Primero lentamente, haciendo que su sexo entrara y saliera de mí casi por completo, y luego fue aumentando el ritmo hasta que empecé a sentir como sus huevos chocaban con mis labios vaginales. Cada vez empujaba con más fuerza, mientras yo trataba de mantener el equilibrio sobre la silla. De vez en cuando disminuía el ritmo, torturándome con aquella erecta vara, para volver de nuevo a embestirme con rapidez. Ese juego hizo que poco a poco el placer se fuera extendiendo por mi sexo. Empujé hacía mi amante y entonces ya no se detuvo, también él estaba excitado y arremetía cada vez más fuerte contra mí, mientras gemía excitado y me decía:

- ¡Te gusta, ¿eh, putita?!

- Síii. – Gemí yo, llegando ya al orgasmo.

También él lo alcanzó sólo unos pocos segundos después. Nos separamos y nos vestimos. Y entonces el Sr. Canales se sentó en su mesa, sacó un talonario de uno de los cajones y mirándome a los ojos me dijo: -

- ¿Trescientos fue lo acordado, verdad?

- Exactamente. – Respondí.

Firmó el talón y me lo dio. Lo cogí, observé que todo estuviera correcto y le dije:

- Ya sabes donde estoy si necesitas algún otro servicio como este, ha sido un placer.

Me dirigí hacía la puerta y él me acompañó para abrirla diciendo: -

- El placer ha sido mío, llevaba mucho tiempo querido hacer "realidad" esta fantasía. Gracias por todo, Adela.

- De nada.

Salí del despacho y guardé el talón en mi bolso. Daba gusto realizar trabajos como aquel, supongo que es una de las ventajas de ser una puta de lujo, no tienes que buscar clientes en la calle y sólo hay que saber actuar un poquito.

Erotikakarenc. (Del grupo de autores de TR y autora TR de TR)

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20 Enero 2007

SECRETARIA Y AMANTE: (10 y último: Libre)


- ¿Quieres que te lleve a tu casa? – Me preguntó Pedro cuando entrábamos ya por la avenida principal de la ciudad.

- No, no quiero volver a mi casa. Cuando Rodrigo sepa que me he ido irá a buscarme allí.

- Entonces te llevaré a mi casa.

- Bueno, sólo espero que allí no me busque. – Aduje.

- Bueno, si llama preguntando le diré que no sé nada de ti y ya te llevaré a otro lugar mucho más seguro.

Llegamos a su casa y lo primero que hice fue ducharme. Necesitaba quitarme aquella suciedad. Mientras lo hacía oí que llamaban al teléfono y luego oí que Pedro hablaba con alguien diciéndole que necesitaba ayuda y que su casa era el único lugar seguro donde Rodrigo no me buscaría jamás.

Cuando salí de la ducha, Pedro me informó de que Rodrigo había llamado preguntado por mí.

Pero creo que cuando le he dicho que no sabía nada de ti, no me ha creído mucho. Así que tendré que llevarte a otro sitio, pero no te preocupes, he encontrado a la persona y el lugar adecuados para esconderte durante unos días.

- Gracias, Pedro, eres un sol. – Le dije acercándome a él y acariciando su mejilla, y en aquel instante la chispa volvió a saltar entre nosotros.

Creo que ninguno de los dos podía, ni quería evitarlo. Nos besamos y la toalla que me tapaba cayó al suelo dejándome completamente desnuda. Pedro acarició mi piel de arriba abajo, haciendo que mi vello se erizara. Suspiré excitada, sintiendo como mi sexo se humedecía, deseando que siguiera, que me hiciera suya. Y Pedro no se hizo esperar, me hizo dar medía vuelta, llevó mis manos hasta la pared para que me apoyara. Oí como se baja la cremallera del pantalón y sentí como acercaba su polla a mi húmedo sexo. Se disponía a follarme de pie y eso me excitó aún más. Posó un beso sobre mi cuello, acarició mis senos pegando su cuerpo al mío y me estremecí irremediablemente. Deslizó una de sus manos hasta mi pubis y empezó a acariciar mi sexo buscando mi clítoris. Sus dedos se hundieron buscándolo y cuando lo encontró empezó a rozarlo en círculos. Su sexo estaba alojado entre mis piernas y con el movimiento, lo meneaba levemente haciendo que mi excitación aumentara. Le deseaba cada vez más, y deseaba liberarme, sentir la pasión que sólo él me hacía sentir, pero a la vez, la imagen de Rodrigo follándome aparecía en mi mente. Estaba confusa y desorientada. De repente, Pedro guió su verga hasta mi húmedo agujero y muy despacio me penetró. Suspiré al sentirle completamente dentro de mí y tras eso, él me sujetó por las caderas y empezó a moverse, cada vez a un ritmo más rápido y vertiginoso, haciendo que mi piel se excitara y calentara. Sentía como las paredes de mi vagina apresaban su sexo una y otra vez, como su verga entraba y salía de mí casi completamente. Nuestras respiraciones y jadeos resonaban en toda la casa y el fuego de la pasión quemada el aire que nos envolvía. Yo empujaba hacía él, necesitaba sentir su pasión, su beso, sentirle a él y olvidar lo sucedido en los últimos días, olvidar a Rodrigo.

Me giré hacía él y le observé. Acercó sus labios a los míos y nos besamos, su boca me supo dulce como la miel y más cuando sus brazos me rodearon y me apretó contra él, haciendo que su verga se hundiera más en mí. Gemí extasiada, y empujé hacía él, que enseguida comprendió lo que deseaba y siguió empujando con fuerza hasta que mi cuerpo se liberó explotando en un maravilloso orgasmo, convulsionándome de placer. Pocos segundos después también él se corrió. Nos quedamos unos segundos abrazados sintiéndonos piel contra piel. Luego se separó de mí. Cogí la toalla del suelo y dije:

- Será mejor que nos marchemos.

Me dirigí a su habitación, donde él había dejado mi maleta y me vestí.

Minutos después ambos salíamos de su piso. Subimos en su coche y mientras nos alejábamos de allí ví el coche de Rodrigo llegando.

Pedro condujo hasta las afueras de la ciudad, hasta una de las urbanizaciones más caras del extrarradio. Allí se detuvo frente a una casa, pequeña pero majestuosa. El jardín estaba envidiablemente bien cuidado. La puerta por la que entramos se abrió automáticamente después de que Pedro pitara un par de veces. Entramos hasta la puerta principal y antes de que bajáramos del coche, la que supuse era la inquilina bajó por las escaleras para saludarnos. Era una mujer menuda, delgada, de hermosos ojos verdes y lacio cabello rubio.

Pedro y ella se abrazaron muy amigablemente. Luego este me la presentó:

- Esta es Maribel González. – Al oír el apellido la sangre se me heló y me quedé parada, sin saber que decir ni que hacer.

Pero ella se acercó a mí y dándome un beso en cada mejilla dijo:

- Sí, yo soy la mujer de Rodrigo, y no temas, aquí estarás segura de ese pervertido. Lamento que tengamos que conocernos en estas circunstancias.

Correspondí sus dos besos, tras los cuales le dije:

- No entiendo nada.

- No te preocupes, ahora te lo contamos todo. ¿Vamos adentro? – Preguntó Pedro.

Y Maribel nos llevó hasta el interior de la casa. Era una casa pequeña, pero decorada con un gusto exquisito. Entramos en el salón y nos sentamos en el sofá. Maribel nos ofreció algo para beber, pero yo no quería beber nada, quería saber porque estaba allí, y porque se suponía que aquel era un lugar seguro para mí, libre del acoso al que sin duda Rodrigo querría someterme para que regresara con él.

Maribel empezó a contarme:

Siento que nos hayamos conocido en estas circunstancias, y espero que de ahora en adelante podamos ser buenas amigas. Verás, cuando Pedro vino a verme hace unos días, justo después de que os conocierais y de que me contara lo de la violación a la que te sometió mi marido, pensé que si tú no salías de aquel infierno, te sacaría yo, como fuera.

- Se detuvo unos segundos para tomar aire y pregunté:

- ¿Y por qué? ¿Qué sacas tú de todo esto?.

Nada, sólo salvarte de las garras de ese pervertido y no dejar que termines como tu antecesora, tanto en ese puesto de secretaria como en el papel de amante. Ella murió ¿sabes? Se suicidó después de que mi marido la usara para todos sus pervertidos juegos. Y antes su tumba juré que no permitiría que mi marido le hiciera lo mismo a ninguna otra mujer.

Me quedé sorprendida al oír y conocer aquella historia, no sabía que decir, sólo pensé que de buena me había librado, porque muy terribles tenían que haber sido aquellas perversiones para que la pobre chica decidiera suicidarse. Empecé a llorar y Pedro se acercó a mí. Me abrazo y dijo:

- No te preocupes, ya todo ha terminado.

- No entiendo como pude enamorarme de él.

- De eso se vale mi marido, del amor que sentís por él, a través del cual es capaz de someteros a las más terribles perversiones. Lo sé, porque en otro tiempo también yo fui una de sus víctimas, y gracias a Dios, pude liberarme de eso. Y soy feliz al poder ayudar a otras.

Se quedó callada mirando al horizonte y entonces le pregunté:

- ¿Y por qué sigues casada con él?

- Bueno, esa es una cuestión larga de explicar, pero digamos que principalmente es por una cuestión de conveniencia, tras liberarme de él pude llegar a un acuerdo y por eso seguimos casados pero sin mantener ningún tipo de relación sexual.

- Entiendo. Gracias, Maribel. Pero ¿de verdad estaré segura aquí?

- Sí, no te preocupes, él no conoce está casa, la compré hace poco precisamente para usarla con el fin de cedérselas a las posibles amantes engañadas de mi marido. Puedes quedarte tanto como desees.

Me acerqué a ella y la abracé, me sentí libre entre sus brazos, libre, respetada y querida incluso. Luego me dirigí a Pedro y también le abracé, dándoles las gracias, tras lo cual Maribel dijo:

- Creo que es mejor que os deje solos, tortolitos. Aquí tenéis las llaves. –Dijo ofreciéndoselas a Pedro que las cogió.

- Gracias, Maribel. – Le dijo.

- Gracias a ti. Espero que seáis felices.

Tras eso, Maribel salió de la casa. Pedro volvió a abrazarme, me besó apasionadamente y me dijo por primera vez.

- Te quiero.

Yo no osé responderle, me limité a recibir sus besos. La experiencia pasada era demasiado reciente como para empezar a entregarme por entero a Pedro, aunque sabía que en el fondo de mi corazón y desde el día en que le había conocido, algo había surgido entre ambos.

Pedro me colmó de besos, me llevó a una de las habitaciones, me tumbó sobre la cama y empezó a desnudarme despacio diciéndome:

- Deja que yo lo haga todo.

Con besos y caricias fue despojándome de la ropa y una vez desnuda, hundió su cabeza entre mis piernas, me lamió el sexo ávidamente, me penetró con su lengua y me sentí en la gloria. Cuando creyó que ya estaba preparada y suficientemente húmeda, se puso sobre mí y me penetró. Nos quedamos un rato inmóviles, mirándonos a los ojos y ví en ellos un brillo especial que nunca antes había visto en los ojos de ningún otro hombre y entonces se lo dije:

- Te quiero.

Hicimos el amor hasta quedar rendidos y finalmente nos dormidos.

Días más tarde tuvimos que abandonar la ciudad y buscarnos la vida en otro lugar con la ayuda de Maribel, lejos de Rodrigo y de todo aquel infierno en el que había vivido por enamorarme de quien no merecía mi amor.

Ahora ya han pasado algunos meses, en los que Pedro y yo nos hemos casado y estamos apunto de tener nuestro primer hijo, bueno hija, probablemente se llame Maribel. Ahora sí he encontrado al verdadero hombre de mi vida.

¡Ah! Y hace unos días supimos por Maribel que Rodrigo estaba en la cárcel acusado de proxenetismo, ha sido una de las mejores noticias que podrían habernos dado.

Erotikakarenc
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