Categoría: Infidelidad
16 Marzo 2008
Aquel sábado me desperté un tanto inquieta, llevaba una semana sin tener sexo con Juan y eso era muy extraño. Sobre todo porque en las tres últimas veces que me había insinuado él me había rechazado, algo bastante raro en él, ya que hasta aquel momento siempre había sido él el que me había propuesto sexo abiertamente. Así que me desperté con una ganas tremendas de hacer algo. Como hacía calor, ya que era verano, no llevaba ropa, dormía totalmente desnuda con una ligera sábana para taparme si me molestaba el fresco de la mañana. Dirigí mis manos hacía mi sexo y muy suavemente empecé a masajearrme el clítoris, pero enseguida una serie de ruidos empezaron a desconcentrarme. Oí a mamá duchándose y unos fuertes golpes en el piso superior, supuse que sería Carlitos, el hijo de 4 años de mis vecinos. Así que ante aquel panorama decidí levantarme. Me puse mis tejanos y una simple camiseta y me dirigí a la cocina. Mi madre estaba preparando el desayuno, y extrañamente en ella, canturreaba una canción. En realidad en la última semana, mi madre había estado más alegre que de costumbre, supuse que sería a causa de algún hombre y por enésima vez traté de averiguar algo:
- ¡Buenos días, mamá! Qué alegre estás hoy ¿no?.
- ¿Yo? – Me preguntó como si le hubiera hecho la pregunta más rara del mundo – no, estoy como siempre, hija mía.
- No, yo te noto diferente desde hace una semana mamá. Seguro que hay algún hombre por ahí que te causa ese estado de ánimo.
- No hija, no hay ningún hombre, de verdad. Es sólo que me alegro de estar viva – t erminó diciendo por enésima vez mientras me ponía una taza de café.
Preferí no seguir insistiendo en el tema porque sabía que no lograría averiguar nada y además tenía cierta prisa, ya que a las nueve en punto debía estar en la peluquería para hacerme el peinado para la boda de Piluca.
Una vez en la peluquería no pude evitar pensar y recordar que en la última semana tanto mamá como Juan habían estado extrañamente felices y diferentes, o por lo menos a mí me daba esa sensación. Y no sólo eso, también entre ellos la relación era extrañamente fantástica, sobre todo si la comparaba con la relación de casi "odio" que mi madre había tenido con mi anterior novio Pablo. Aunque evidentemente me hacía feliz ver que Juan y ella se llevaban bien.
Tras la sesión de peluquería volví a casa y comí con mi madre, luego me vestí para la boda con el vestido que me había comprado un mes antes. Era un vestido con una falda larga y una blusa de manga tres cuartos de color negro, con un sugerente escote que dejaba entrever el nacimiento de mis senos.
A las cuatro en punto llegó Juan. Como siempre se mostró muy amable con mi madre, le dijo lo guapa que estaba, lo bien que se conservaba; aunque por supuesto también tuvo halagos para mí. Nos fuimos hacía la iglesia, ya que la ceremonia sería a las cinco. Cuando llegamos los novios aún no habían llegado y mucha gente les esperaba fuera. Saludamos a nuestros amigos y entonces le ví. Pablo, mi exnovio, estaba allí. Me sorprendió bastante verle, aunque por otra parte también era lógico que estuviera allí, ya que era el primo de Piluca. Durante unos segundos nuestras miradas se cruzaron pero ninguno de los dos se acercó al otro para saludarnos.
En el interior de la Iglesia y mientras duró la ceremonia estuve bastante ausente, debo confesarlo, pensando en Pablo y en porqué nuestra relación había terminado. Volver a verle había hecho renacer mis sentimientos hacía él, y aunque hacía poco más de un año que lo nuestro había terminado (muy mal, por cierto) sentía que aún quedaba algo de aquel sentimiento de amor que le había profesado. Recordé nuestros tres años juntos, y sobre todo el descubrimiento del sexo, de nuestros cuerpos, del deseo. Con Pablo no sólo descubrí el sexo y el placer que este producía, sino que además disfruté como nunca he vuelto a hacerlo. Con Juan el sexo era tan... mecánico, desapasionado, soso; pero con Pablo era puro fuego quemándome por dentro. No pude evitar sentirme excitada al recordarlo y noté como mis bragas se humedecían por el deseo. Inmersa en aquellos pensamientos oí una voz a mi lado preguntándome:
- ¿Te encuentras bien? – Era Juan.
- Sí, tengo un poco de calor, nada más – me excusé – voy a salir a tomar el aire.
Salí a la calle y respiré profundamente, y entonces escuché su voz:
- Sigues tan preciosa como siempre – me giré hacía él.
- Tú también estás muy bien – le dije – pensé que no vendrías, Piluca me dijo...
- Sí, sé lo que te dijo, yo le dije que lo hiciera así, quería ver tu cara de sorpresa cuando me vieras – justificó Pablo con una perversa sonrisa.
- Sigues siendo tan cabrón como siempre – le recriminé.
- Por supuesto, querida.
En ese momento empezó a salir la gente de la iglesia.
- Bueno, supongo que luego nos veremos, en el restaurante – propuso Pablo – tengo que hablar contigo.
- Claro.
Pablo entró en la iglesia y yo me quedé allí, a los pocos segundos apareció Juan y tras acercarse a mí me preguntó:
- ¿Cómo va ese calor? ¿Se te ha pasado?
- Sí, ya estoy mejor.
Nos hicimos las consabidas fotos con los novios y luego fuimos al restaurante. Mientras comía no podía dejar de mirar a Pablo, que estaba sentado dos mesas más allá. Él tampoco dejaba de mirarme y, además, lo hacía con deseo. Un deseo que despertó en mí el ansia que poseerle y de ser poseída por él y me hizo olvidar que estaba allí con mi novio.
Tras la cena empezó el baile, y entonces Pablo se acercó a mí, yo estaba bailando con Juan.
- ¡Hola! – Me saludó como si nos hubiéramos visto el día anterior.
- ¡Hola! – Le respondí yo y presentándoselo a Juan le dije: - Este es Pablo, mi ex, este es Juan, mi novio.
Muy correctamente ambos se saludaron y entonces Pablo con cierto descaro le preguntó a Juan:
- ¿Me dejas bailar con esta preciosidad para recordar viejos tiempos?
- Por supuesto – aceptó Juan y se alejó de nosotros en dirección a la barra.
Pablo me tomó por la cintura y empezamos a bailar. Noté como pegaba su cuerpo al mío y como se movía para colocar su sexo erguido estratégicamente, para que yo pudiera sentir su erección. Con aquellos movimientos me estaba poniendo a cien, cada vez estaba más excitada y no dejaba de imaginarme en sus brazos mientras me hacía el amor. Para colmo cada vez me estrujaba más contra él, y acercaba sus labios a mi cuello haciéndome sentir su respiración en mi oído, algo que él sabía sobradamente que me ponía a mil. Empecé a sentir calor y entonces oí su voz preguntándome:
- ¿Por qué lo dejamos?
- Porque... – No supe que responderle y justo en aquel momento me dí cuenta de que había empezado a salir con Juan para olvidar a Pablo, pero irónicamente, no lo había logrado.
- ¿Por qué no vamos a un lugar más tranquilo? – Me propuso.
Sin contestarle, busqué a Juan en la barra.
- No te preocupes por tu novio, está bastante ocupado por lo que veo y no creo que sé de cuenta de tu ausencia.
Siempre tan creído y autosuficiente, esa era una de las cosas que más me molestaba de Pablo, pero a la vez me encantaba. Eso y el hecho de que siempre diera por hecho que estaba a su entera disposición.
Nos alejamos del bullicio y salimos del salón. Y con la misma seguridad que había mostrado hasta aquel momento, Pablo me llevó hasta los baños. Me hizo entrar en uno de ellos y tras cerrar la puerta, me besó apasionadamente. Primero intenté apartarle de mí, resistirme, pero a medida que su lengua se adentraba en mi boca y sus manos acariciaban mi cuerpo, me dejé llevar por aquella sensación que tanto había ansiado durante todo aquel año.
- Estas preciosa con este vestido – me susurró al oído, mientras adentraba una mano por mi escote – y te hace muy sexy y deseable.
- Pablo – protesté aunque me moría de ganas por hacer aquello.
- Sé que lo estás deseando, sé que quieres sentir mi verga entre tus piernas, lo veo en tus ojos.
Sí – musité abrazándolo con fuerza y besándolo apasionadamente.
Su cuerpo se pegó al mío y pude sentir su pene erecto, ese magnifico pene que tan buenos momentos me había dado. Seguidamente Pablo me desabrochó la blusa dejando libres mis desnudos senos. Y se dedicó a mimarlos, besarlos, chupetearlos, haciéndome estremecer una y otra vez, haciendo que cada vez le deseara más. Luego me subió la falda hasta la cintura y cogiendo las braguitas por la goma me las quitó con extrema lentitud y sensualidad, mi sexo palpitaba deseando que su boca se posara sobre él. Pero en lugar de eso, puso un dedo sobre mi clítoris y comenzó a masajearlo con mucha suavidad, mientras besaba mi vientre y con la otra mano cogía mis braguitas y se las guardaba en el bolsillo del pantalón. Mi respiración sonada cada vez más acelerada, y en mi cabeza sólo existía una idea, sentirle dentro de mí como antaño.
- ¿Me deseas, verdad, preciosa? – Me preguntó sabiendo de antemano cual sería mi respuesta.
- Sí – murmuré en un suspiro de placer.
- ¿Quieres sentir mi verga dentro de ti, haciéndote morir de placer, como antes, verdad? – Volvió a preguntarme mientras introducía un par de dedos en mi vagina. Mi cuerpo se estremeció por completo y respondí:
- Síiiiii.
Me conocía muy bien, sabía que su modo de tratarme me excitaba más que cualquier otra cosa, y sabía que nadie lograba encenderme como él.
- ¿Tu novio no te excita como yo, verdad?
- No – respondí dándole la razón.
En realidad Juan era muy soso en la cama, se limitaba a colocarse sobre mí y hacérmelo sin más, sin preocuparse de si yo estaba o no excitada.
Pero con Pablo era distinto, él sabía como excitarme hasta el límite para hacerme luego el amor y llevarme a la cumbre del más maravilloso de los placeres.
- Anda, ven aquí – me dijo cogiéndome del brazo y haciéndome apoyar sobre el depósito de agua del wc, dándole la espalda.
Me hizo separar las piernas y sentí su lengua acariciando suavemente todo mi sexo. Con sus manos, abría mis nalgas y lamía también mi ano. Durante unos minutos se entretuvo en lamer mi sexo, introduciendo su lengua unas veces en mi vagina y otras en mi ano. Yo gemía sin cesar, me convulsionaba sintiendo aquel placer, sintiendo como escapaban los jugos del goce, de mi sexo. Se puso en pie y preguntándome:
- ¿Quieres que te la meta ya, putita? – Restregó su glande por mi húmeda vulva.
- Sí, la quiero – balbuceé, mientras empujaba hacía él buscando su verga.
- Esta bien – aceptó acercando su polla a mi agujero y penetrándome muy despacio.
Me sujetó por las caderas y cuando la tuvo totalmente dentro de mí, me dio una palmadita en la nalga y añadió:
- Vamos allá, zorrita.
Comenzó a moverse, haciendo que su gruesa verga entrara y saliera de mí. Los gemidos de ambos se confundían en una música de placer que inundaba el baño y resonaba en sus paredes. Me sujetaba por las caderas y empujaba una y otra vez, y otra, cada vez más rápida y profundamente.
Repentinamente se detuvo. Pegó su cuerpo al mío, acarició mis senos, me besó en el cuello y con su lengua ascendió hasta mi oído. A la vez, llevó una de sus manos hasta mi sexo y hurgó buscando mi clítoris que empezó a masajear, mientras chupeteaba el lóbulo de mi oreja. Empecé a estremecerte. Pablo sabía que aquello me volvía loca y se deleitaba en mi placer.
- Seguro que tu novio no sabe ponerte a cien como yo – me susurró al oído.
- No – confirmé.
- Y seguro que con él nunca te has sentido tan excitada y satisfecha ¿verdad?
- No – repetí.
Y era cierto, con Juan jamás me había sentido tan excitada, en realidad el sexo con Juan no tenía ni punto de comparación con lo que Pablo me estaba haciendo sentir, y ese momento me dí cuenta de cual era la razón. Seguía enamorada de Pablo y Juan había sido sólo una excusa para tratar de olvidarle, pero era obvio que no lo había conseguido.
Pablo seguía follándome, empujando suavemente hacía mí, mientras acariciaba mi clítoris con movimientos circulares. Comenzó a acelerar sus movimientos, empujando cada vez con más fuerza, lo que hizo que mi placer fuera aumentando gradualmente, hasta que a punto de alcanzar el orgasmo Pablo se detuvo.
- Anda, putita, vamos a cambiar – me ordenó. A Pablo le gustaba mucho cambiar de posición cuando lo hacíamos, alargar el momento de cualquier manera para lograr que cada vez estuviera más excitada y deseara más.
Y sin despegarse de mí, abrazándome con fuerza contra él, nos dimos media vuelta y él se sentó sobre la taza del wc, quedando yo sentada sobre él. Eso hizo que su polla me penetrara más profundamente. Nos acomodamos, yo me apoyé en la pared y empecé a subir y bajar sobre aquel erecto instrumento que me estaba dando tanto placer. Pablo movía sus manos, unas veces acariciando mis senos, pellizcando los pezones, otras sujetándome por las caderas para impulsarme al ritmo que él deseaba o acariciando mi clítoris para que mi placer aumentara y así logró que me corriera por fin, en un maravilloso orgasmo. Cuando dejé de convulsionarme me ordenó:
- Ahora chúpamela como tú sabes, zorrita – su tono de voz era perverso y persuasivo, así que me arrodillé entre sus piernas.
Obedientemente cogí la verga entre mis manos, la sujeté por la base, acerqué mi lengua y lamí el glande, luego el tronco con mucha suavidad de arriba abajo. Sabía perfectamente como le gustaba que lo hiciera. Volví a ascender por el tronco hasta el glande y finalmente me lo introduje en la boca y miré a Pablo. Su cara era el perfecto dibujo del placer; tenía la boca abierta, gemía y sus ojos estaban medio cerrados tratando de mirarme, mientras yo hacía de su pene resbalara por el interior de mi boca una y otra vez, rodeaba el glande con mi lengua, lo saboreaba y volvía a hacer que resbalara hacía dentro y hacia fuera. Sentí como poco a poco el miembro se hinchaba anunciando la llegada del máximo placer y oí que Pablo me suplicaba:
- Tómate toda mi leche, no desperdicies ni una sola gota.
Y así lo hice, tragué el caliente líquido tratando de que no se me escapara nada. Me sentía feliz, feliz por proporcionarle aquel placer a mi amado, feliz por haberle sentido dentro de mí, feliz por todo y porque en mi corazón la esperanza de recuperarle estaba ahora más cerca que unas horas antes. Cuando se quedó quieto, me limpié los labios y me puse en pie. Él se acercó a mí y me abrazó, reposando su cabeza sobre mi vientre.
- Deberíamos volver – musitó.
- No sé si sería buena idea, Pablo. ¿Recuerdas por qué lo dejamos? Estuviste a punto de entregarme a otro hombre. No estoy dispuesta a ser tu pelele.
- Ángela, yo te amo y sé que tú también a mí, y prometo que no haremos nada que tú no quieras.
- Pablo, nuestra relación no es un juego, si quieres que volvamos tendrás que entender eso y aceptar las condiciones que yo imponga.
- Haré lo que quieras, pero no te vayas otra vez, por favor – me suplicó mirándome a los ojos
Sus palabras me parecieron sinceras y sus ojos también.
- Esta bien, lo intentaremos. Ahora deberíamos regresar a la fiesta, seguro que nos están buscando.
- Vale – aceptó – pero prométeme que mañana nos veremos.
- De acuerdo.
Nos arreglamos la ropa y salimos de aquel baño tratando de disimular, como si nada hubiera sucedido.
Cuando entré en el salón, Juan al verme vino corriendo hacía mí.
- ¿Dónde te has metido? Llevo un cuarto de hora buscándote.
- Perdona, es que salí a tomar el aire me encontré a Luisa y nos hemos entretenido hablando – le mentí - ¿Nos vamos a casa?
- Sí, será lo mejor. Estoy muy cansado.
Entramos en el coche y al sentarme y sentir la fría tela de la falda sobre mi sexo recordé que Pablo se había quedado mis braguitas y me excité recordando aquel momento. Durante el trayecto hacía casa, tanto Juan como yo permanecimos callados. Yo no hacía más que pensar en como iba plantearle a Juan que debíamos dejar lo nuestro porque había decidido volver con Pablo.
Al llegar a casa, y con el mismo silencio que había habido entre nosotros durante el trayecto, subimos en el ascensor, entramos en mi casa sin hacer ruido y cada uno se fue a su habitación. Me desnudé y me metí en la cama. Traté de dormir, pero no pude. El recuerdo de lo sucedido con Pablo no me dejaba, no hacía más que darle vueltas a la idea y preguntarme si hacía bien o no volviendo con él. Inmersa en esos pensamientos oí ruido en la habitación de mi madre. Me pareció que hablaba con alguien, así que me levanté para averiguar si estaba acompañada. Me acerqué a la puerta de su habitación, oí gemidos y risas, la puerta estaba un poco entreabierta, así que me acerqué un poco más a ella. Observé y lo que ví me dejó estupefacta, no podía creerlo. Como imaginaba mamá no estaba sola, estaba con Juan, sentada sobre su sexo de espaldas a él, cabalgándole. En un segundo comprendí muchas cosas. Sentí una especie de pinchazo en el corazón al ver aquello y a la vez cierta excitación por ver como disfrutaba mi madre. Vi como Juan abrazaba a mi madre con fuerza y le decía:
- Te quiero.
Mi madre le respondió:
- Yo también te quiero.
Un par de lágrimas nacieron de mis ojos y empezaron a rodar por mis mejillas al sentir lo sinceras que sonaban aquellas palabras entre ellos. Me sentía herida, pero también liberada, ahora se me haría menos duro decirle a Juan que quería dejarle para volver con Pablo. Volví a mi habitación y me acosté en mi cama, traté de volver a dormir...
Por la mañana fui la primera en levantarme. Había dormido fatal, despertándome cada dos por tres. Preparé el desayuno y cuando salieron Juan y mi madre le dije a Juan:
- Tengo algo que decirte: He decidido que voy a volver con Pablo.
- ¿Qué? – Preguntó mi madre sumamente sorprendida – ¿Estás dejando a Juan?
- Sí, mamá, creo que es lo mejor para todos. Yo aún sigo enamorada de Pablo y sé que Juan está enamorado de otra – le respondí y levantándome de la mesa volví a mi habitación. Tenía que llamar a Pablo y quedar con él...
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29 Enero 2008

Jamás creí que aquella loca noche de despedida acabaría como acabó y que al amanecer me encontraría en mi coche, con una mujer que podría ser mi madre, tras el mejor polvo de mi vida y lamentándome por haberle puesto los cuernos a mi novia. Pero así fue y no sólo eso, aquella noche trajo consecuencias en mi vida y la cambió casi por completo.
La noche había empezado a las doce, tras quedar todo el grupo de amigos en casa de Antonio para celebrar su despedida de soltero. Cuando estuvimos todos reunidos, salimos hacía el restaurante donde teníamos contratada la cena. Después de la cena fuimos a un local de streaptease y finalmente hacía las tres de la madrugada fuimos a la discoteca.
Allí algunos de mis amigos se pusieron a bailar para ver si podían ligar con alguna chica. Yo me quedé en el borde de la pista observando. Había un grupo de maduritas, unas cinco o seis, serían, bailando, entre las cuales había una muy guapa, con una figura envidiable a pesar de la edad (yo le eché, unos 45). Era rubia (aunque teñida), de ojos azules y con unas curvas que le daban veinte patadas a más de una jovencita de 20 de las que bailaban en aquella pista, se notaba que se cuidaba. La observé durante un rato, y un par de veces me pilló mirándola, pero traté de disimular; hasta que abandonó la pista y ví que se iba hacía la barra. Al cabo de uno minuto la tenía a mi lado preguntándome:
- ¿No bailas?.
- No, es que no me gusta. – Le respondí, mirándola de arriba abajo.
- Vaya, ¿Ni siquiera las lentas?
- Bueno, si es con una mujer guapa y elegante como tú, podría hacer una excepción.
- Me alegra oír eso. ¿Cómo te llamas? – Me preguntó.
- Juan ¿y tú?
- Estefanía.
En aquel momento pusieron una canción lenta y mirándome directamente a los ojos me preguntó:
- ¿Quieres bailar?
- Por supuesto, ya te he dicho que haría una excepción.
Salimos a la pista y me rodeó con sus brazos pegando su cuerpo al mío, lo que hizo que mi sexo empezara a crecer excitado, ya que aquella mujer me atraía mucho.
- ¿Y qué hacéis tantos chicos solos? – Me preguntó mirándome a los ojos.
- Celebrar una despedida de soltero.
- ¡Uhm, vaya! ¿No será la tuya?
- No, no, tengo novia, pero todavía no hemos pensado en eso.
- ¡Vaya! – Se lamentó pegando más su cuerpo al mío. - ¡Qué pena que un chico tan atractivo como tú esté comprometido!
No supe que decir, me sentía halagado por aquellas palabras, pero a la vez me frenaban para ir más allá. Aunque poco a poco el roce de su cuerpo contra el mío hacía que me excitara cada vez más. Y de repente me miró a los ojos, y volvió a preguntarme:
- ¿De verdad tienes novia?
Y sin dejar que respondiera pegó sus labios a los míos y me besó, haciendo que su lengua penetrara en mi boca. Pasó su lengua por mis dientes y luego buscó la mía y ambas se unieron en una lucha sin tregua. Aquel beso hizo que mi sexo aún se pusiera más duro, cuando nos separamos traté de apartar mis pensamientos de aquella situación para no caer en la tentación, así que le pregunté:
- ¿Y qué hace una mujer como tú en un sitio como este?
- Disfrutar de la vida, es mi noche de salir, los viernes por la noche me toca a mí y los sábados a mi hija.
- ¿Tienes una hija?
- Sí, de 19 años.
- ¿Y su padre? – Le pregunté.
- Murió hace un par de años. Pero la vida sigue y hay que vivirla ¿No crees?
- Por supuesto. – Apostillé, sintiendo como restregaba su sexo contra el mío tratando de provocarme.
Y entonces volvió a besarme otra vez, con la misma intensidad y apasionamiento que la primera vez. Esta vez la abracé contra mí, acaricié su espalda por encima de la ropa, y apreté sus nalgas con mis manos. Cuando nos separamos el deseo bailaba entre nosotros, así que mirándome a los ojos me dijo:
- Vamos fuera a tomar el aire.
Estefania empezó a caminar delante de mí llevándome de la mano. Yo me dejé llevar, pensé que por una vez no pasaba nada, que me apetecía cometer una locura, que sería un polvo de una noche y nada más, que Ángela no tenía porque enterarse, me di a mí mismo un montón de excusas para justificar aquello y me dejé llevar por el deseo. Una vez en la calle me preguntó:
- ¿Tienes el coche por aquí?
- Sí, en la explanada. – Le indiqué.
Sin perder tiempo nos dirigimos hacía allí y al llegar junto al coche, fui yo esta vez quien la estrechó en mis brazos y la besé apasionadamente. La deseaba, deseaba desnudarla, acariciar todo su cuerpo y poseerla allí mismo. Lo deseaba desde la primera vez que la había visto y no quería dejar pasar aquella oportunidad.
Abrí el coche y entramos en la parte trasera. Empezamos a besarnos mientras nuestras manos acariciaban el cuerpo del otro, ella me desabrochó la camisa, mientras yo besaba su cuello y le subía la falda hasta la cintura para acariciar sus piernas. Masejeé sus muslos por la cara interna de estos y poco a poco me fui acercando a su sexo, que acaricié por encima de las bragas. Entretanto ella, había conseguido desabrochar el pantalón y metiendo su mano por entre la ropa sacó mi sexo erecto y excitado. Yo seguía acariciando su sexo por encima de las braguitas, mientras besaba su cuello. Decidí quitarle la blusa, sus pechos medianos aparecieron adornados por un hermoso sujetador de encaje color carne. Se lo desabroché y se lo quité y empecé a masajear y besar aquellos dos senos perfectos.
Estefania se entretenía en acariciar mi sexo. Mientras nuestros labios se profesaban salvajes besos denotando el deseo que había entre nosotros. Le quité las braguitas con cuidado, luego busqué su clítoris y empecé a acariciarlo suavemente. Estefania gemía excitada y deseosa. Descendí por su vientre sobrepasé su falda hasta llegar a su sexo y empecé a lamer aquel delicioso sexo. Enredé mi lengua en su clítoris y me dediqué a chupetearlo y torturarlo, dándole golpecitos con la punta de mi húmedo apéndice. Ella se estremecía y suspiraba, mientras enredaba sus manos en mi pelo y apretaba mi cabeza contra su sexo. Moví mi lengua sinuosamente, lamí su vulva y la penetré varias veces. Volví a chupetear su clítoris y lo mordisqueé provocándole un fuerte estremecimiento y entonces me suplicó:
- Ven aquí. – Tiró de mi pelo y me hizo sentar a su lado.
Mi sexo estaba más hinchado que nunca, erecto y deseoso que ser venerado por aquella experta mujer, que no se hizo esperar. Cogió el miembro con su mano y empezó a masajearlo suavemente, luego acercó su boca a él y lamió el glande, se lo introdujo en la boca y empezó a chuparlo como si fuera un helado. Sentir su boca caliente y húmeda alrededor de mi sexo me transportó a alta cotas de placer y deseo. Estefania era una experta en aquellas lides, lengüeteaba el tronco de arriba abajo, chupaba mis huevos introduciéndoselos en la boca, los mordisqueaba y volvía a lamer el tronco hasta llegar de nuevo al glande para metérselo en la boca logrando tragarse mi verga hasta la mitad. Empecé a estremecerme placenteramente y a punto de correrme la hice parar y le dije que quería follarla.
-¿Tienes un condón? – Me preguntó. Saqué uno de la guantera y se lo dí. Ella lo colocó cuidadosamente sobre mi erecto falo.
Se puso de rodillas sobre el asiento, dándome la espalda, con la falda arremangada en su cintura y mostrándome su delicioso culito me suplicó:
- Métemela.
Acerqué mi cuerpo al de ella, rocé su húmedo sexo con la punta del mío, deleitándome con aquella caricia. Ella gemía y empujaba hacía mí tratando de introducirse mi instrumento en su sexo. Lo cogió con su mano y lo llevó hasta la entrada húmeda de su vagina y muy despacio sentí como mi pene se introducía en ella. Comencé a moverme despacio, también ella se movía empujando hacía mí, en pocos segundos nuestros movimientos se había acompasado. Posé mis manos sobre sus caderas, para ayudarme al empujar suavemente contra ella, pero enseguida me pidió más y me dijo:
- Más fuerte, dame más fuerte.
Obedecí acelerando mis movimientos, sintiendo como mi sexo resbalaba por aquella húmeda cueva, como se hinchaba enardecido por el deseo que aquella mujer me causaba. Llevé mi mano derecha hacía su pecho y lo masajeé suavemente, mientras acercaba mi boca a su cuello y lo mordía. Ella empujaba hacía mí con fuerza, parecía querer sentir como todo mi fierro la llenaba, gemía y se estremecía, haciéndome notar como su vagina estrujaba mi verga.
- ¡Ah, sí, fóllame así, cabrón! – Comenzó a gemir, mientras mi mano descendía hacía su clítoris, que manoseé con delicadeza.
Nuestros movimientos eran cada vez más bruscos, más salvajes, parecía que ambos queríamos llegar a la meta de aquella carrera hacía el placer, pero a la vez los dos queríamos seguir sintiéndolo. Suspiré junto a su oído y ella se estremeció. Sus gritos evidenciaban que no tardaría mucho en correrse. Comenzó a empujar cada vez más fuerte contra mí, mientras yo hacía lo mismo arremetiendo contra ella. Los gemidos se convertían en gritos, los cristales del coche se habían empañado por el calor que se respiraba en el habitáculo, calor ardiente de deseo, fuego que quemaba nuestras pieles, hasta que la chispa del placer estalló entre nosotros. Primero fue ella la que alcanzó el éxtasis, convulsionándose sin remedio, y finalmente fui yo quien lo hizo, vaciándome dentro del condón.
Me separé de ella, sacando mi pene de su caliente sexo y me senté sobre el asiento. En aquel momento empecé a arrepentirme de lo que acababa de suceder:
- Lo siento, es la primera vez que le pongo los cuernos a mi novia.
- Para mí es la primera vez que lo hago con alguien tan joven. – Adujo ella. – Será mejor que nos vistamos y volvamos a la discoteca, seguro que tanto tus amigos como mis amigas nos buscan.- Repuso ella como si quisiera quitarle hierro al asunto o prefiriera no hablar de mi infidelidad, como si le molestara saber que era la otra.
- Tienes razón.
Nos vestimos deprisa y antes de salir del coche, cogí su cara con mis manos, acerqué mis labios a los suyos y la besé, luego le dije:
- Ha sido el mejor polvo de mi vida.
- También para mí lo ha sido, nunca había disfrutado tanto, pero... – Musitó bajando la mirada hacía el suelo.
Salimos del coche y volvimos a la discoteca. Ví que iba decidida hacía donde estaban sus amigas y antes de que me abandonara definitivamente le pregunté:
- ¿Volveremos a vernos?
- No lo sé, quizás... – Respondió ella y se alejó hacía la pista de baile.
Enseguida apareció Carlos, uno de mis amigos, junto a mí y me dijo:
- ¿Qué tal si nos vamos a casa? Es muy tarde y Antonio está borracho como una cuba.
- Sí, será mejor que nos larguemos. – Musité, pensando que quizás nunca volvería a ver a aquella preciosa mujer que me había hecho pasar el mejor momento de mi vida sexual.
Así salimos del local y volvimos a casa.
Aquella noche casi no pude dormir pensando en ella y en aquel sublime momento de éxtasis, cuando su cuerpo se apretó al mío y su sexo estrujó el mío, haciéndome sentir un placer demoledor como nunca antes había sentido.
Tras la salida del sol me levanté, ya no podía estar más tiempo en la cama. Me duché y mientras el agua resbalaba por mi piel y me enjabonaba con la esponja por todo el cuerpo, volví a pensar en ella y a recordar su aroma. No podía quitármela de la cabeza. Y cuanto más trataba de no pensar en ella, más la recordaba. Así que inevitablemente empecé a masajearme el sexo imaginando su boca alrededor de él, como había sucedido la noche anterior. Imaginé que le llenaba la boca con mi semen y que ella se lo tragaba todo.
No podía creer que estuviera pensando en otra mujer, en lugar de pensar en Ángela, que deseara a otra mujer que podría ser incluso mi madre.
Estaba desayunando cuando sonó el timbre. Miré el reloj, eran las once y probablemente sería Ángela, mi novia, que venía a buscarme para ir a comer a su casa. Habíamos decidido que después de un año de noviazgo era hora de conocer a su madre y aquel era el día indicado. Por primera vez, maldije aquel día y a mi suegra. Abrí la puerta y al ver a Ángela tan hermosa y alegre aún me sentí más culpable de haberle puesto los cuernos. Traté de mostrarme amable y cariñoso con ella, tratando de que no notara nada. Salimos a pasear y tras el paseo nos dirigimos hacía su casa. Subimos en el ascensor y al llegar al piso Ángela llamó a la puerta.
- ¡Voy! – Dijo una voz que me pareció familiar.
La puerta se abrió y tras ella la vi..., era Estefania, la mujer que la noche anterior me había regalado el mejor polvo de mi vida...
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3 Agosto 2007

La avenida estaba a rebosar de gente caminando de un lado a otro y parándose frente a las tiendas para observar los escaparates, se notaba que era tarde de sábado. Elisa, Sonia y Alba caminaban entre la gente observando a su alrededor. De repente las tres se pararon ante un escaparate en el que había varios trajes de fiesta; Alba tenía que ir a una boda y estaban buscando un vestido adecuado.
- ¿Qué te parece ese rojo? – le indicó Elisa a Alba
- No está mal.
De repente una gitana pasó frente a ellas y se quedó mirando a Alba de un modo extraño.
- ¿Queréis que os lea la buenaventura? – Preguntó la gitana.
- No, gracias - respondió amablemente Sonia.
Pero cogiendo la mano de Alba y dejando la palma de esta abierta le dijo:
- Veo que antes de que acabe el día, le serás infiel a tu marido por primera vez.
- ¡Venga ya! – Dijo Alba incrédula.
Sonia y Elisa se rieron de la afirmación de la gitana, a lo que esta respondió:
- No os riáis, porque mañana por la mañana antes de la hora de comer os lo habrá contado con pelos y señales.
La gitana siguió su camino, mientras las tres amigas entraban en la tienda olvidando lo que la gitana acababa de decir. Alba se probó un par de vestidos y tras elegir uno y pagarlo, las tres amigas salieron de la tienda.
- Bueno yo tengo que irme a casa – dijo Sonia – Alfredo me está esperando para cenar e ir al teatro.
- Yo también tengo que irme – apostilló Elisa – Toni lleva demasiadas horas sólo con los niños y seguro que se la habrán armado gorda.
- ¿Ya me dejáis sola? ¡Ay, que ver! Con lo poco que me apetece pasar la noche sola en casa – a pesar de tener ya treinta y cinco años Alba aún no tenía hijos y probablemente nunca los tendría porque para Isidro, estos sólo: "Eran un estorbo que era mejor evitar".
- ¿Ya está otra vez de viaje, tu querido maridito? – Pareció burlarse Sonia.
- Sí, ya ves, otro fin de semana sola en casa.
- Qué te digo yo que este te pone los cuernos con su secretaria – añadió Elisa.
- Venga ya, no lo creo, está en un congreso de cirugía vascular en París – aclaró Alba.
- Con su secretaría, seguro – repitió Elisa.
- Bueno, la cuestión es que me dejáis sola – dijo Alba tratando de evitar el tema de la posible infidelidad de su marido.
Las tres amigas se despidieron y Alba tomó un taxi para volver a su casa, ya que iba bastante cargada con el vestido, los zapatos y el bolso que había comprado para la boda. En el taxi, mientras observaba como las calles iban pasando, volvió a recordar a la gitana y su sentencia sobre que le iba a ser infiel a su marido. Alba jamás había creído en esas tonterías del destino y de que este estaba escrito en las líneas de la mano, pero... observó su palma y aquellas líneas marcadas. ¿Estaría marcado allí su destino? ¿Sería cierto que iba a serle infiel a su marido? Bueno, si en realidad lo era, sería porque ella quisiera, pensó, no porque estuviera escrito en la palma de su mano. Inmediatamente alejó aquella estúpida idea de su cabeza. Y entonces se puso a pensar en Isidro, su marido. ¿Qué estaría haciendo? Seguramente escuchando la aburrida charla de un eminente Cirujano Vascular. Isidro no le contaba mucho de aquellos congresos, sólo lo referente a las charlas, coloquios, etc. No sabía si después de aquellas charlas salía a tomar algo con sus compañeros de carrera o si se retiraba a su habitación ó.. Y entonces las palabras de Elisa volvieron a su mente ¿Y sí Elisa tuviera razón e Isidro aprovechara aquellos congresos para serle infiel con su secretaria o con alguna enfermera? No, no podía ser, Isidro era un hombre cabal y fiel, estaba totalmente segura.
Llegó a su casa y como pudo, cargada con las bolsas, abrió la puerta. Subió y una vez frente a la puerta de su piso, introdujo la llave, la giró para abrir pero la cerradura parecía encallada. Probó algunas veces más pero la cerradura no funcionaba, y empezaba a estar desesperada cuando se acordó de su vecino. Era un joven de unos 25 años, muy atractivo, moreno y de intensos ojos verdes. Y, además, tenía un culito redondito muy apetecible, recordó Alba. Llamó al timbre y nerviosa esperó a que el chico le abriera, deseando que este no hubiera salido de marcha con sus amigos.
A los pocos segundos la puerta se abrió. Y el chico con cara de aburrimiento le preguntó:
- ¿Sí?
- Perdona que te moleste – empezó a explicarle Alba – pero es que vengo de hacer unas compras y la llave no me abre, parece que la cerradura esté encallada ¿Podrías ayudarme?
- Por supuesto – aceptó inmediatamente el muchacho.
Empezó a mover la llave, y estuvo un buen rato dándole vueltas, hasta que por fin, la cerradura cedió y la puerta se abrió.
- Muchas gracias, ¿por qué no pasas y te invito a tomar algo para agradecértelo? – Le propuso Alba al joven muchacho.
- Vale – aceptó este sin pensárselo demasiado.
Emilio, que así se llamaba el muchacho, cogió la llave de su piso, cerró la puerta de un golpe y siguió a Alba hasta el interior de su piso.
- ¿Estás sola? – Preguntó al ver que no había nadie en la casa.
- Sí, mi marido está en una de sus convenciones. ¿Qué quieres tomar? ¿Una cerveza? – Le ofreció Alba al muchacho, señalándole el sofá para que se sentara.
- Vale – aceptó este sentándose.
Alba dejó las bolsas sobre la mesa y se dirigió a la cocina.
Se sentía algo excitada al pensar que sentado en su sofá estaba ese joven al que de vez en cuando, si se lo encontraban en la escalera, le miraba el culo. Por un segundo, imaginó que el chico la hacía suya en aquel sofá, pero enseguida apartó aquellos pensamientos de su mente. Era una mujer felizmente casada y no podía permitirse tener aquel tipo de pensamientos.
Volvió al salón, con una cerveza, una coca-cola y un par de vasos, que dejó sobre la mesilla. Se sentó junto a Emilio y le llenó el vaso con la cerveza y se lo ofreció. Luego llenó el suyo de Coca-cola y se sentó en el sofá junto al chico.
- ¿No entiendo como puede dejarte sola tu marido todo un fin de semana? – Preguntó el muchacho, colocando su mano sobre la rodilla de Alba.
Al ver que Alba no decía nada ante ese gesto, el joven se tomó la libertad de acariciar la rodilla con suavidad.
- Mi marido sabe que le quiero y que puede confiar en mí – apostilló Alba.
Emilio siguió acariciando aquella fina rodilla y se aventuró a subir la mano hasta medio muslo. Muy educadamente Alba sacó la mano del chico de su muslo y se apartó un poco. El muchacho se acercó a ella y dijo:
- Yo no te dejaría nunca sola.
Alba sonrió y sin saber como sintió unos labios húmedos y calientes sobre los suyos y unos brazos que la apretaban con fuerza. Tras aquel robado beso, Alba musitó:
- No.
Pero aquella negación pareció animar al chico, que volvió a besarla y empezó a acariciar su cuerpo por encima de la ropa.
- No – repitió la mujer. Pero aquel no significaba sí, porque deseaba que aquellos labios se aventuraran a ir más abajo, que aquellas manos vencieran la barrera de su ropa y se adentraran en su piel.
Emilio hizo caso a los deseos de la mujer y empezó a desabrocharle la blusa musitándole al oído:
- Yo te amaría hasta dejarte totalmente satisfecha, hasta que no quedara en tu cuerpo espacio para más caricias.
Y mientras decía esto le quitaba la blusa a Alba muy despacio. Ella se dejaba, aunque algo en su interior le decía que no debería hacerlo.
- No, mi marido... – musitó tratando de zafarse de los brazos del muchacho.
- Tú marido te pone los cuernos con la guarra de su secretaria – dijo el muchacho.
- No, no puede ser.
- Sí, lo he visto con ella muchas veces – agregó Emilio.
Alba se dejó besar, dejó que Emilio lamiera su cuello y que le quitara el sujetador dejando libres sus senos. Aceptó que aquella transgresora boca de hombre lamiera y mamara sus senos y que las abusadoras manos le quitaran la falda que llevaba. El muchacho se situó de rodillas entre las piernas de la mujer. Metió los dedos por la goma de las braguitas y las deslizó despacio por las piernas hermosas de Alba. Alba aún seguía luchando por vencer las barreras de aquella infidelidad, no quería ser infiel a su marido, pero sentir los besos y caricias de aquel muchacho al que tantas veces había deseado... Emilio, tomó a Alba por el anverso de las rodillas y la deslizó por el sofá hacía afuera, haciendo que su culo quedara justo en el borde, y sin más preámbulos hundió sus labios en la húmeda vulva de la mujer. Aquella esencia le supo a la más dulce de las mieles y comenzó a saborearla, haciendo que Alba se estremeciera y gimiera, mientras apretaba entre sus manos el suave pelo de su amante. A punto de llegar al orgasmo, Alba logró apartar al muchacho y se levantó intentando huir de aquella locura.
- Por favor, Emilio, déjame.
Alba intentó escapar hacía su habitación, pero al llegar a la puerta que comunicaba el comedor con el pasillo, Emilio la alcanzó, y la abrazó pegando su cuerpo al de ella, y entonces le musitó al oído:
- Estás deseando que te haga mía, lo sé, llevas mucho tiempo deseándolo. Lo he visto en tus ojos cada vez que me miras.
Alba no pudo deshacerse de aquel abrazo, porque en realidad deseaba que siguiera; el muchacho tenía razón, deseaba que él la poseyera. Por eso dejó que Emilio acariciara de nuevo su cuerpo desnudo, que sus manos se perdieran sobre la suave piel de sus senos y luego descendieran hasta su empapada vagina, buscando el erecto clítoris, que muy dócilmente acarició. Alba gemía y se contorsionaba sintiéndose excitada como nunca antes lo había estado. Oyó como el muchacho, aún vestido, se bajaba la cremallera del pantalón, e inmediatamente, sintió aquel sexo caliente y erecto rozar los labios de su vulva. Quería sentirlo dentro, y el muchacho no tardó mucho en dirigirlo a la entrada de su vagina y muy despacio la penetró. Alba apoyó sus manos en el marco de la puerta para soportar mejor las embestidas que el muchacho empezó a darle. En pocos segundos, ambos cuerpos vibraban de placer y gemían de deseo. Emilio dio un par de empujones y luego se detuvo. Abrazó a la mujer y le susurró al oído:
- Vamos a la habitación.
Alba empezó a caminar, con su amante pegado a ella. Caminó despacio para que el sexo del muchacho no saliera del suyo y cuando llegaron a la habitación este le ordenó:
- Ponte de rodillas sobre la cama.
Alba obedeció y muy cuidadosamente se colocó sobre la cama de rodillas. Emilio se quedó de pie pegado a ella, con su verga dura y tiesa dentro del cálido agujero. Y así, tomó a Alba por las caderas y empezó a arremeter de nuevo, primero muy despacio y luego más rápidamente, lo que hizo que Alba empezara a gemir excitada.
Hacía mucho tiempo que Alba no se sentía tan deseaba y excitada y eso le gustaba. Emilio se tendió sobre la espalda de la mujer y acarició sus senos con suavidad. Poco a poco y con cada embestida Alba empezó a sentir como el cosquilleo previo al orgasmo se iba extendiendo por todo su cuerpo. Emilio empujaba cada vez con más fuerza y su sexo se hinchaba cada vez más dentro de la húmeda vagina femenina. Hasta que finalmente ambos se corrieron entre espasmos y gemidos de placer y cayeron rendidos sobre la cama.
Entonces Alba miró hacía la mesilla de noche, donde estaba la foto de su marido. ¿Cómo había podido serle infiel? Y, además, con el vecino. Luego recordó lo que le había dicho la gitana, y cayó en la cuenta de que se había cumplido. ¿De verdad el destino estaría marcado en las líneas de la mano? Miró su palma como si quisiera adivinar en cual de ellas estaba marcada aquella infidelidad.
- ¿Qué miras? – Le preguntó el muchacho con curiosidad.
- Nada. Oye, ¿es cierto lo que has dicho de mi marido, que me pone los cuernos con su secretaría?
- Sí – respondió el muchacho.
- ¿Y cómo lo sabes?
- Porqué les he visto más de una vez entrando en el hotel donde yo trabajo, muy acaramelados.
- ¿Acaramelados? – preguntó ella como sin aún no acabara de creerse lo que su amante le estaba contando.
- Sí, besándose, metiéndose mano.... ya sabes.
Alba se quedó pensativa sin saber que hacer o que decir. No podía creer lo que Emilio le acaba de contar, aunque si lo pensaba detenidamente, todo encajaba: El hecho de que llevara más de un mes sin tocarla, el que sus convenciones fueran cada vez más frecuentes, el que cuando estaban juntos pareciera que no tenían nada que contarse... Todo.
Se sintió engañada y por eso abrazó con fuerza a su amante y le susurró al oído:
- Hazme el amor salvajemente hasta que nos quedemos agotados de hacerlo.
Emilio no se lo pensó dos veces ya que Alba había sido un sueño para él desde el momento en que la conoció, una diosa a la que adorar. Besó a Alba con furia, la tumbó sobre la cama, abrió sus piernas y se encajó entre ellas. Apuntó con su erecta verga el húmedo agujero femenino y de una sola estocada la penetró.
Durante unos minutos ambos cuerpos cabalgaron en una carrera hacía el orgasmo, sintiendo el roce de sus pieles, comiéndose a besos, arañándose mutuamente, hasta que ambos alcanzaron el segundo orgasmo de la noche.
La noche fue larga para ambos y ambos disfrutaron hasta límites insospechados del placer más absoluto y por la mañana cuando despertaron Alba sólo deseaba llamar a sus amigas y contárselo. Por eso se levantó mientras Emilio aún dormía, se puso una ligera bata y cogió su móvil. Llamó a Elisa y le contó su aventura con su joven vecino y la maravillosa noche que acababa de pasar con él. Luego llamó a Sonia. Cuando colgó el teléfono, miró la hora, eran las doce del mediodía y en ese momento volvió a pensar en la gitana y aquella pregunta volvió a rondar por su cabeza. ¿De verdad, tenemos el destino marcado de ante mano o lo marcamos nosotros mismos a través de las decisiones que tomamos?
Erotikakarenc (Autora TR de TR)
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1 Mayo 2007

Sé que lo nuestro es algo más. Algo más que amor, algo más que deseo, algo más que pasión.
Irene se desliza por la mesa sensualmente, mientras yo la observo, sentado en la silla que hay al final de esta. Su cuerpo menudo, pero bien formado me excita. Su pelo rubio y largo, cae refinadamente sobre sus hombros y baila al ritmo que ella lo hace. Me mira a los ojos con esos ojos verdes que tanto me gustan. Me besa desde la distancia mostrándome sus rojos y carnosos labios. Me vuelve loco Irene.
La música suena en la cadena de música y se extiende por toda la estancia. Sus manos recorren su cuerpo por encima del corto y vaporoso vestido que lleva. Veo sus muslos, firmes y bien torneados, al contraluz de la ventana que hay tras ella. Es preciosa y besaría el suelo que pisa. La amo a pesar de todo.
Ahora acaba de tenderse boca abajo sobre la mesa, con su cara frente a mí, mirándome. Sus brazos extendidos hacía mí. Los cojo y tiro de ellos para acercarla. Su cara queda a unos centímetros de la mía, la beso en los labios. Luego la hago girar, para que sus piernas queden colgando de la mesa frente a mí. Ella se tumba. Abro sus piernas, le subo la falda hasta la cintura y empiezo a besar sus rodillas.
Me encanta su piel sedosa, voy subiendo beso a beso por sus muslos, suaves y tiernos, hasta llegar a su ingle. Ella gime, se retuerce. Sé que está excitada, que me desea. Meto mis dedos por la goma de sus braguitas, blancas e inmaculadas, y las deslizo por sus piernas hasta quitárselas. Me mira expectante, sabe perfectamente lo que voy a hacer pero espera pacientemente, mientras me observa con esa carita traviesa que tanto me gusta.
- ¡Vamos! – Ronronea impaciente.
Acerco mi boca a su sexo y sacando mi lengua, le doy un suave y rápido lametón a su abultado clítoris. Siento su sabor dulce y salado a la vez, en mi boca. Ella suspira, se estremece y enseguida cierro mi boca sobre su clítoris, empiezo a lamerlo y chuparlo suavemente. Mi sexo se hincha entre mis piernas. La deseo más que nunca y más que nunca será mía. Muevo mi lengua por su sexo, lamo sus labios vaginales, introduzco la lengua en su oscuro agujero y ella gime. Sé que desea tenerme dentro, pero sigo con las caricias bucales. Vuelvo a su clítoris, lo chupo, lo mordisqueo con suavidad y lo rodeo con la lengua, su respiración se acelera ante el evidente síntoma de que va a correrse, por eso acelero mis caricias sobre esa mágica zona. Empieza a gritar y estremecerse presa del orgasmo, mientras yo saboreo sus jugos que salen abundantemente de su sexo. Cuando ha dejado de estremecerse, la hago bajar de la mesa, nos abrazamos y nos besamos. Su mano se pierde entre nuestros cuerpos y acaricia mi sexo por encima del pantalón.
Deslizo mi mano entre su cuerpo y el mío, acaricio su sexo erecto. Aaron suspira excitado. Le miro a los ojos y estos me dicen lo que desea, así que me agacho frente a su entrepierna. Le desabrocho la cremallera, luego el cinturón y por último el botón. Dejo caer los pantalones al suelo y acerco mi boca a su pene. Lo mordisqueo levemente por encima de la tela del slip. Me encanta ese olor que tiene. Con la boca, muerdo la goma del slip y ayudada de una mano lo deslizo hacía abajo tratando de quitárselo y liberar el magnifico instrumento, que se alza altivo y deseoso. Restriego la punta por mi cara, atrapo la verga con una mano y abro la boca. Mientras acerco mi boca al dulce instrumento observo a Aaron que me mira excitado, mordiéndose el labio inferior. Me encanta cuando hace eso, y hace que me excite más. Cierro mis labios sobre el capullo y empiezo a lamer, sin dejar de observar a Aaron que sigue mirándome. Muevo la lengua trazando círculos y chupo la punta. Hago que la polla entre y salga de mi boca. Aaron gime y yo sigo con mi labor. Lamo el tronco y desciendo hacía los huevos. Los chupeteo y me recreo saboreándolos. Estoy tan húmeda que no puedo evitar llevar una de mis manos a mi entrepierna y acariciarme el clítoris suavemente. Suspiro, gimo, Aaron me observa. Sus ojos me piden más. Y yo me pongo en pie frente a él suplicándole: .
- Hazme tuya como sólo tú sabes que me gusta.
Aaron no se hace derogar.
La hago inclinar de espalda a mí sobre la mesa. Su culito queda expuesto ante mí y ella sabe que eso me encanta y me excita, por eso lo mueve. Esta chica sabe como volverme loco y por eso, no puedo evitar caer rendido a sus pies día tras día. Acerco mi verga erecta a su húmedo sexo y la rozo suavemente contra sus labios vaginales. Irene se retuerce, gime. Sé que me desea, pero quiero alargar este momento. Quiero que me desee aún más. Me inclinó sobre ella y beso su hombro desnudo, lo lamo ascendiendo hacía su oreja, mientras dejo mi sexo alojado entre sus piernas. Llego a su oído y lamo el lóbulo, lo mordisqueo e introduzco la lengua en el pabellón auditivo. Irene se eriza y gime:
- ¡Aaaaaahhhhh!
Al retorcerse mi sexo choca contra el suyo, que está tan caliente como una tea. Me incorporo y trazo una línea recta con mi dedo índice desde la base de su cuello, siguiendo toda la columna vertebral hasta llegar a la raja de su culo. Ese culo que me vuelve loco y que deseo tanto poseer. Hundo mi dedo en esa raja, la acaricio con suavidad y poco a poco busco el agujero trasero. Lo acaricio suavemente con el dedo, lo introduzco y lo muevo dentro y fuera, mientras Irene se retuerce de placer.
Siento su dedo entrando y saliendo de mi ano. Me encanta que Aaron me haga eso. Nunca, ningún otro hombre me ha hecho sentir tanto placer como él, ninguno conoce tan bien mi cuerpo como él. Sin sacar su dedo de mi ano, siento como acerca la punta de su sexo al mío y como la hace resbalar hacía mi interior. Suspiro, y empujo hacía él para que su verga me entre por completo. Quiero tenerla dentro de mí, quiero sentir ese placer que tanto me gusta sentir. Quiero que me haga morir de placer. Mi cuerpo es suyo y sólo suyo, ahora. Empieza a moverse, primero despacio. Saca su dedo de mi ano y me sujeta por las caderas, poco a poco va acelerando el ritmo como a mí me gusta y empuja cada vez con más fuerza, mientras yo gimo y le grito que quiero más, que la quiero sentir aún más adentro. Ambos gemimos y gritamos. Suspiramos. Nuestros cuerpos se aman en una unión perfecta que sólo podemos lograr el uno con el otro.
Empujo con fuerza, como sé que a Irene le gusta que lo haga. Dejo que mi sexo entre y salga del suyo con rapidez, sin compasión, empujando con fuerza. Siento las húmedas paredes de su sexo apresando el mío y enloquezco al verla moverse como un animal. Me encanta follarla así, mientras observo sus nalgas chocando contra mi pelvis. Me encanta que grite, que disfrute, que tenga todo lo que otros no han sabido darle. Sus jugos se mezclan con los míos, mientras mi mano acaricia su clítoris y ella se retuerce y me grita:
- Sí, sigue así cariño, dámela toda.
Y siento que su excitada voz aún me provoca más, por eso empujo con más fuerza hacía ella y siento como las paredes de su sexo se contraen alrededor de mi erecto pene. Sé que va a correrse y yo también, por eso empujo y empujo con más fuerza cada vez.
Empiezo a sentir como mi cuerpo se convulsiona, grito, gimo, exploto en un maravilloso orgasmo, mientras sigo empujando hacía Aaron que también está a punto de correrse. Lo sé porque él también gime y empuja cada vez con más fuerza, volviéndome loca de placer. El roce de su pelvis contra mi culo me enerva y emite un agradable sonido, un golpeteo entre ambos cuerpos. Siento como su semen me llena y nuestros cuerpos se convulsionan a la vez, es el mágico momento, la cúspide de nuestro amor. Poco a poco nos vamos serenando, recobramos la compostura y Aaron se separa de mí.
Ambos nos vestimos, arreglamos nuestras ropas y miró el reloj.
- ¡Ostras que tarde! ¡Vamos ayúdame a poner la mesa antes de que tu querida mujercita y Toni lleguen!.
- Esta bien – Me dice Aaron.
Y entonces empiezo a sentirme culpable, porque Irene, es mi mejor amiga y yo le estoy traicionando, acostándome con su marido...
Sé que no debería hacer esto, que Irene es la mejor amiga de Ana y que entre los dos la estamos traicionando. Además está Aaron, que tampoco se merece esto, pero es que Ana me vuelve loco y no lo puedo evitar. Además, mi matrimonio se ha vuelto tan monótono.....
Erotikakarenc (del grupo de autores de TR y autora TR de TR)
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4 Octubre 2006
Cuando entré a trabajar en aquella multinacional, jamás imaginé lo que me iba a pasar a partir de aquel momento y sobre todo, desde el momento en que me enamoré de mi jefe, el Presidente de la multinacional. Quizá ese fue mi error. Enamorarme de quien no debía, de quien quizás no me amaba como debía, y quien me ha llevado a un estado del que sólo he podido salir gracias a la ayuda de mi psiquiatra y extrañamente, de la de uno de los clientes de mi jefe. Él ha sido el que me ha aconsejado que lo cuente.
Mi jefe era un hombre muy guapo y bastante joven, tenía unos 35 años cuando entré a trabajar para él. Era moreno, de intensos ojos negros, una maravillosa sonrisa, en fin, que lo tenía todo para enamorar a cualquier mujer. Así que caí rendida a sus pies. Sobretodo, cuando él empezó a ser galante conmigo, diciéndome lo guapa que estaba o regalándome algún ramo de flores sin razón aparente. Yo sabía que era un hombre casado y quizá por eso al principio tuve cierta reticencia a enrollarme con él, pero esa reticencia la supo vencer muy bien una noche en que me invitó a cenar.
Dijo que teníamos que celebrar los beneficios de la compañía y que con quien mejor que su secretaria para celebrarlo, le pregunté por su mujer, pero me dijo que estaría unos días fuera, por lo que no había problema. Así que por primera vez acepté, supongo que empujada por aquel sentimiento de amor que había en mi corazón.
Entonces pasaré a recogerte a las ocho. – Me dijo – Ponte guapa.
De acuerdo.
A las siete empecé a prepararme. Llené la bañera con agua y espuma y tras desnudarme despacio, me introduje en ella. El agua caliente me reconfortó después de un duro día de trabajo. Así que me recosté en la bañera, cerré los ojos y dejé que la sensación del agua caliente me llenara. En pocos segundos mi mente estaba en otro lugar, imaginando lo que podría suceder aquella noche después de la cena. Empecé a acariciarme los senos, mientras imaginaba, como muchas otras veces había hecho, que eran las manos de Rodrigo, mi jefe, las que me acariciaban. Los sobé y pellizqué mis pezones, empezando a excitarme, a sentir como mi entrepierna se humedecía. Deslicé una de mis manos hasta mi sexo muy despacio y empecé a acariciarme el clítoris, mientras con la otra mano seguía acariciándome los senos. Estaba a mil, tratando de imaginar a Rodrigo a mi lado, o sobre mí, haciéndome el amor. Mis dedos se movían diestramente por mi sexo y estaba a punto de introducirlos en mi vagina, cuando sonó el teléfono.
Salí de la ducha, me puse el albornoz y con cierto fastidio me dirigí hacía el salón donde estaba el teléfono. Era mi madre que empezó a contarme sus problemas y cosas. A media conversación tuve que cortarla y decirle que no podía seguir escuchándola ya que tenía una cita.
Vaya, ¿Con un hombre? – Me preguntó.
Sí, mamá, con un hombre- Afirmé.
¿Es alguien a quien yo conozca? – Me preguntó con curiosidad.
No, mamá.
¿Alguien de tu trabajo?.
No, mamá. – Le mentí - Venga, que tengo que vestirme aún, ya te contaré.
Nos despedimos y colgué, prometiéndole que la llamaría al día siguiente para contarle lo sucedido aquella noche.
Tras la conversación telefónica miré el reloj eran las siete y medía, no me quedaba mucho tiempo. Seguía excitada y necesitaba desahogar aquella excitación, pero no tenía tiempo.
Me duché rápidamente, me lavé el pelo, me peiné, me maquillé y finalmente, me vestí. Elegí un vestido que me había comprado hacía sólo un par de semanas, era negro, de tirantes y bastante ajustado, corto por encima de la rodilla. Eran casi las ocho cuando terminé de vestirme, y no habían pasado ni dos minutos, cuando sonó el timbre. Fui a abrir y nada más verme Rodrigo exclamó:
¡Estas guapísima! – Llevaba un ramo de rosas rojas que me ofreció diciendo: - Para la mujer más hermosa del universo.
Gracias.
Le hice pasar hasta el salón. Y una vez allí le dije:
Siéntate, voy a poner esto en agua, estaré enseguida.
Busqué un jarrón en el mueble y me dirigí a la cocina. Llené el jarrón con agua, quité el papel del ramo de rosas y empecé a ponerlas una por una en el jarrón.
Estaba ensimismada colocando las rosas, cuando sentí las manos de Rodrigo acariciando mi cintura.
¿Qué haces? – Le pregunté un poco sorprendida pero excitada.
Me vuelves loco Carla, y te deseo tanto. – Me susurró al oído.
Pero Rodrigo, tú estás casado.
Sus manos se movían acariciando mi cuerpo desde mi vientre hasta mis senos que masajeó por encima de la ropa.
Olvídate de mi mujer y déjate llevar. – Me aconsejó, tras besar suavemente mi hombro desnudo.
Y me dejé llevar. Cerré los ojos y dejé que sus manos recorrieran mi cuerpo, que se detuvieron en mis caderas. Suavemente me fue subiendo la falda del vestido, acarició mi vientre y deslizó su mano por dentro de mis braguitas, alcanzó mi sexo y empezó a masajearlo. En unos segundos, yo estaba a mil, gimiendo y deseando más, sintiendo como mi sexo se humedecía sin remedio. Sus dedos se hundían en mi sexo, acariciando mi clítoris y produciéndome agradables espasmos de placer. Mi cuerpo temblaba. Pero repentinamente sacó su mano de mi sexo. Me sentí un poco decepcionada, pero al oír que estaba bajando la cremallera de mi vestido y lo dejaba caer al suelo, volví a recuperar la ilusión. Tras eso, sentí como se agachaba detrás de mí, y tras tirar mis braguitas hacía abajo, sentí como mordía mi cachete. A continuación sentí su lengua introduciéndose por la raja de mi culo y descendiendo por esta hasta mi sexo. Gemí y noté como lamía y chupeteaba mi vulva.
No podía creer mi suerte, el sueño que tantas veces había soñado de ser poseída por mi jefe se estaba cumpliendo. Sus labios se cerraron sobre mi clítoris mientras esos pensamientos cruzaban mi mente y mi cuerpo volvió a estremecerse. Sentí que se levantaba y se bajaba la cremallera del pantalón, y seguidamente, su sexo rozando el mío.
Estaba ansiosa por tenerle dentro y no tardo mucho en penetrarme. Su sexo entró por completo en mí, y permanecimos un segundo inmóviles. Poco a poco, mi amante empezó a moverse, despacio, haciendo que su verga entrara y saliera de mí, mientras deslizaba sus manos hasta mis senos, apartaba la tela del sujetador y los masajeaba suavemente.
Rodrigo empujaba cada vez más deprisa haciéndome sentir su pelvis chocando contra mi culo y su hinchado sexo rozando las húmedas paredes de mi vagina. Llevó una de sus manos hasta mí clítoris y empezó a masajearlo suavemente, lo que aumentó el placer en mí y comencé a convulsionarme y sentir como mi sexo ardía por el goce que estaba sintiendo. Hasta que en pocos segundos alcancé el primer orgasmo entre espasmos y gritos de placer. Cuando dejé de convulsionarme, Rodrigo sacó su pene de mí y me dio la vuelta. Nos abrazamos. Su sexo seguía erecto y sediento de placer.
Ven – Me ordenó, aupándome para que me sentara sobre el frío mármol de la encimera. – Siempre he deseado hacer esto.
Y acercando su erguido mástil a mi húmeda vagina me penetró nuevamente. Entonces le abracé con mis piernas por la cintura. Abrió la boca y sentí como empezaba a chupar uno de mis pezones, mientras empujaba de nuevo, entrando y saliendo de mí. Le rodeé por el cuello con mis brazos. Eramos dos cuerpos unidos, pegados por el deseo y el placer.
Deseaba no despertar de aquel sueño, por eso le empujaba hacía mí con mis piernas, estrujándolo con fuerza, haciendo que me penetrara cada vez más profundamente. Sus arremetidas eran cada vez más rápidas, más salvajes, hasta que sentí como su pene se tensaba e hinchaba dentro de mí y explotaba justo en el mismo instante que el segundo orgasmo me hacía vibrar.
Cuando ambos dejamos de estremecernos. Rodrigo me besó y me dijo:
Te quiero.
Aquellas palabras me hicieron la mujer más feliz del mundo y me sentí como si estuviera en una nube.
Rodrigo me ayudó a bajar del mármol y dándome una pequeña palmadita en la nalga me dijo:
Anda, vístete, zorrita, que tenemos que ir a cenar.
En aquel momento y con la felicidad que sentía, aquel calificativo no me molestó, pero ahora me doy cuenta que no presagiaba nada bueno.
Recogí mi ropa y me vestí, mientras él también se arreglaba. Tras eso salimos a cenar.
Me llevó a un restaurante muy coquetón, elegante y romántico. Estaba un poco apartado de la ciudad, pero al entrar el maitre pareció reconocerle enseguida.
Buenas noches señor González. ¿La misma mesa de siempre?
Ya sabes que sí, Paco.
El maitre nos acompañó hasta una mesa que estaba en un rincón bastante apartado e intimo, junto a una ventana. Nos sentamos y nos dejó las cartas. Los precios eran desorbitados, por lo menos para una simple secretaria como yo, pero para mi jefe, evidentemente, no. Mientras miraba la carta intentando decidir lo que quería le pregunté:
¿Vienes mucho por aquí con tu mujer?
Bueno... – Pareció dudar – Sí. Pero no hablemos de ella ¿quieres? Ahora estamos tú y yo aquí, y los demás no importan.
Vale. – Acepté pensando que con el tiempo ya me contaría sus problemas con su mujer.
Cenamos tranquilamente. Hablamos de nuestros sueños y deseos, de nuestro pasado (siempre evitando el tema de su mujer) y finalmente, tras el café decidimos que era el momento de volver a casa. Aunque ninguno de los dos quería continuarla sólo, eso era evidente. Ambos deseábamos pasar la noche con el otro. Durante el trayecto de regreso a casa ambos permanecimos en silencio. Yo esperaba alguna señal que me indicara que deseaba que pasáramos la noche juntos, así que tras aparcar frente a la puerta de mi bloque, me acerqué a él, busqué sus labios y le besé tiernamente, luego le pregunté:
¿Quieres subir?
Volvimos a besarnos y respondió:
Sí tu quieres.
Claro que quiero y me encantaría que te quedaras a pasar la noche. – Le propuse.
De acuerdo.
Bajamos del coche y entramos en el portal. Subimos al ascensor y después de que yo apretara el botón, Rodrigo me abrazó y empezó a sobarme por encima de la ropa. Era evidente que volvía a desearme como un par de horas antes y eso me halagaba enormemente. El ascensor se detuvo y salimos de él. Saqué las llaves de mi bolso, abrí la puerta y entramos. Rodrigo cerró la puerta tras él y cuando ambos llegamos al comedor, volvió a abrazarme y acariciar todo mi cuerpo por encima de la ropa, mientras nos besábamos apasionadamente. Empezó a tirar de la falda del vestido para acariciar mis piernas, pero me aparté de él y le dije:
No, vamos a la habitación, estaremos más cómodos.
Lo cogí de la mano y lo llevé hasta mi habitación, allí de nuevo intentó abrazarme y besarme, pero yo me zafé y le dije:
Ahora voy a ser yo quien te dé placer y lo haremos como yo deseo ¿vale?.
Vale – Aceptó él.
Le hice sentarse en el borde de la cama y dándole un pequeño empujón en el hombro, que se acostara sobre ésta. Me arrodillé frente a él, entre sus piernas, de modo que su paquete que estaba ya bastante abultado, quedaba frente a mí. Lo acaricié por encima del pantalón. Le bajé despacio la cremallera. Desabroché el cinturón y luego el botón y volví a acariciar el sexo por encima del slip. Luego introduje la mano y lo extraje. Estaba erecto, crecido y deseable. Así que acerqué mi lengua a él y empecé a lamer la punta suavemente. Marqué círculos sobre el glande y me lo introduje en la boca. Lo chupé durante unos segundos. Luego lamí el tronco hasta la base y volví a la punta para volver a introducirme el glande. Lo chupeteé y paladeé unos segundos más y de nuevo volví a lamer el tronco hasta la base. Dirigí mi lengua hasta uno de los huevos y lo lamí y succioné. Repetí la operación con el otro y finalmente volví a lamer el tronco hasta el glande. Rodrigo gemía de excitación a la vez que me miraba con deseo. Noté como su pene se hinchaba en mi boca, y él se estremecía, así que decidí dejar de lamerle. Me levanté, me subí la falda y me senté sobre su sexo dejando que rozara el mío a través de la tela de las braguitas. Me moví sobre él, restregándolo por mi sexo. Rodrigo dirigió sus manos a mis caderas, intentando bajarme las braguitas, pero yo se las aparté diciendo:
¡No, no, no! Ahora soy yo la que mando, la que lleva las riendas de esta situación y me quitaré las braguitas cuando yo quiera.
Seguí frotando mi sexo contra el suyo. Él me miraba con deseo y empujaba su pelvis hacía mí. Me encantaba tener el poder.
Decidí ponerme en pie para quitarme las braguitas y le dije:
No te muevas.
Le tiré las bragas sobre la cara y él las olió mientras yo volvía a subirme la falda hasta la cintura y me sentaba de nuevo sobre su erecto falo. Nuevamente rocé el pene contra mi sexo húmedo y deseoso de sentirle dentro de mí. Sabía que él también deseaba estar dentro, pero prefería hacerle esperar, hacerle desear más. Su cara era un poema.
Quieres poseerme, ¿verdad? – Le pregunté sujetando la verga y restregando el glande con mis labios.
Sí – Gimoteó él.
Seguí rozando la punta con mis labios vaginales, hasta que decidí que ya era el momento de dejar de jugar. Llevé el pene hasta la entrada de mi vagina y descendí sobre él, hasta que lo tuve totalmente dentro. Empecé a moverme despacio. Me tumbé sobre él y traté de concentrarme en las sensaciones. Acerqué mis labios a los de Rodrigo y nos besamos con furia. Sus manos recorrieron mi espalda y descendieron hasta mi culo. Apretó con fuerza mis nalgas y luego sentí como con su dedo buscaba mi ano. Intentó introducirlo un poco y me preguntó:
¿Nunca te han follado por el culo, verdad?.
No. – Le respondí, sintiendo como aumentaba el placer al sentir aquel dedo en aquella parte inexplorada de mi cuerpo.
¡Uhmmm! – Gimoteó.
Me incorporé quedándome erguida sobre aquella verga y empecé a cabalgar sobre ella. También él se incorporó para abrazarme y besar mis senos erectos. Ambos nos movíamos saltando sobre la cama, sintiéndonos. Aquello era mejor que cualquiera de los sueños que había tenido tantas y tantas veces y deseaba que no acabara nunca.
Volvimos a acostarnos en la cama, sus manos de nuevo apretaron mi culo, nuestros labios otra vez pegados, se fundieron en un intenso beso y mi sexo empezó a exprimir aquella caliente vara que tenía dentro. En unos segundos el orgasmo explotaba en mí y un poco más tarde también lo hacía en él.
Tras eso, ambos terminamos de desvestirnos y nos acostamos en la cama bajo las sabanas, quedándonos dormidos en pocos segundos.
Cuando desperté, ya por la mañana, estaba sola en la cama, con los brazos y piernas atados a los barrotes de la cama y Rodrigo sentado en una silla frente a mí...
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2 Octubre 2006
Otra vez juntos, otra noche de placer y deseo en sus brazos, con él. Le observo, desnudo frente a la ventana. Me encanta su culito redondito, y con sólo mirarlo me entran ganas de morderlo.
Hoy es nuestra última cita antes de empezar las vacaciones, lo que significa que estaremos varios días sin vernos, probablemente semanas. Por eso ambos hemos reservado este fin de semana para nosotros. No ha sido fácil pero lo hemos logrado.
A veces me sorprende el hecho de que él nunca me haga preguntas, nunca me pida nada, deja que sea yo la que decida, la que diga como y cuando vernos y disfrutar el uno del otro. Quizás por eso le quiero tanto, él me da la libertad que necesito. Él aguanta mis desvelos, mis dolores, mis penas. Él cura mis heridas de las envidias y celos de otros .Él me susurra al oído que soy su princesita. Él es mi sol, mi amigo, mi amante.
Me acerco sigilosa a él abandonando la cama. Poso mi barbilla sobre su hombro y aprieto su nalga desnuda con mi mano.
Buenos días, Princesa. – Y ese saludo me recuerda a mi película preferida: " La vida es bella", realmente es bella si él está ahí.
Buenos días, ¿qué haces?
Observar la ciudad. – Me responde.
Observo junto a él. El sol despunta por el horizonte y la ciudad empieza a despertarse. Todo se tiñe de naranja y froto mis senos desnudos contra su espalda y su brazo. Sé que me desea como yo a él. Su mano, que queda a la altura de mi sexo, juguetea con mi vello púbico. Y mi cuerpo se enciende y el fuego arde de nuevo dentro de mí, como anoche, como siempre que pienso en él.
Beso su hombro y luego él se gira hacía mí. Me estrecha entre sus brazos y mi cuerpo queda pegado al suyo, piel contra piel, sexo contra sexo y el deseo creciendo en medio. Sus labios se unen a los míos y un beso recorre nuestras bocas mientras la pasión crece a pasos agigantados. Sus dedos hurgan ahora más profundamente en mi sexo, buscan mi clítoris y empiezan a acariciarlo, mientras seguimos besándonos. Succiono su labio inferior y él pellizca mi pezón con una mano.
Cierro los ojos y siento que no hay nadie allá afuera, sólo estamos él y yo, y el fuego que arde dentro de nosotros. El mundo podría hundirse bajo mis pies y no me importaría porque él esta conmigo y yo estoy con él. Una de mis manos se desliza hasta su miembro erecto. Lo acaricio suavemente, pero enseguida debo abandonarlo, porque él se agacha. Besa mis senos, los chupetea y sigue hacía bajo por mi vientre hasta llegar a mi sexo. Abro las piernas y siento su dedos moviéndose diestramente, acariciando, y haciendo que la excitación suba y mi respiración se vuelva jadeante. Noto su lengua sobre mi clítoris moviéndose sinuosamente. Suspiro profundamente, mientras con mis manos empujo su cabeza hacía mi sexo. Su lengua baila de mi vagina a mi clítoris alternativamente y las piernas empiezan a flaquearme. Por eso, él se pone en pie y me lleva hasta la cama. Me siento en el borde y abro mis piernas, mientras él se arrodilla entre ellas. Hurga de nuevo entre mi pelo púbico, introduce un dedo en mi vagina y mi cuerpo se tensa. Luego acerca su boca a mi sexo y empieza a lamerlo. Gimo y me estremezco al sentir su boca y me acuesto sobre la cama, mientras él sigue lamiendo e introduciendo un par de dedos en mí de vez en cuando.
De repente siento como frota su sexo erecto contra el mío, lo guía hasta mi agujero vaginal y muy despacio me penetra. Me incorporo y lo abrazo con mis piernas y mis brazos, mientras siento como pega su cuerpo al mío. Empezamos a movernos ambos, acoplando nuestros cuerpos, sintiéndonos el uno al otro, el uno dentro del otro.
Siento su sexo entrando y saliendo de mí, gimo, y me convulsiono igual que él. Siento su respiración entrecortada en mi oído. Su abrazo cubriéndome por completo y el fuego del deseo creciendo entre ambos. Dos cuerpos pegados que nada ni nadie, ahora mismo, podrían separar. La carrera hacía el éxtasis se va alargando. Siento su verga hinchándose dentro de mí y vuelvo a acostarme sobre la cama. Estoy apunto de llegar a la cima y él lo sabe, por eso se detiene. Saca su sexo de mí. Y me hace poner boca abajo. Siento uno de sus dedos acariciando mi nalga y descendiendo hasta mi entrepierna, acaricia la humedad de mi sexo y luego se tiende sobre mí, siento su verga entre mis piernas y el glande chocando con mi vulva. Abro las piernas y espero para recibirle otra vez.
Dirige sabiamente su pene hacía mi vagina y vuelve a penetrarme. Yo me incorporo un poco apoyándome sobre los codos y él coloca sus manos sobre mis senos y empieza a acariciármelos a la vez que comienza a moverse suavemente. Poco a poco va acelerando el ritmo. Gimoteo cada vez más fuerte, me vuelve loca sentir sus huevos repicando contra mi clítoris y su respiración en mi oído a medida que él precipita sus movimientos.
De repente siento sus dientes mordiendo mi cuello y su lengua acariciándolo suavemente, justo debajo de mi oído y eso hace que mi piel se erice más, que las sensaciones se multipliquen y que el orgasmo se acelere. Él empuja con fuerza una y otra vez y en unos segundos mi cuerpo empieza a convulsionarse presa del orgasmo. Cuando termino, y sólo unos segundos después se corre él llenándome con su leche caliente. Me abraza con fuerza y yo me siento feliz.
Él se aparta y se acuesta a mi lado. Le miro, él me mira y me susurra suavemente:
Te quiero, princesita.
Yo también te quiero.
Descansamos un rato tras el cual nos vestimos para ir a desayunar.
Después del desayuno salimos a pasear. Damos una vuelta por el centro y después de una buena caminata decidimos descansar en una plaza llena de arboles donde hay unos cuantos bancos. Yo me siento sobre sus piernas y empezamos a besarnos. Sus manos recorren mi espalda, mientras mis brazos le rodean. Siento su sexo creciendo bajo mi cuerpo y me restriego contra él.
¡No seas mala! – Protesta.
Sabes que no puedo evitarlo. – Le susurro en el oído.
Lo sé, pero estamos en un lugar público.
Miro a mi alrededor, y veo una tienda de ropa. Se me ocurre una idea. Me levanto y cogiéndolo de la mano le digo:
Ven.
Me sigue sorprendido, preguntándose que estaré tramando. Entramos en la tienda y al pasar junto a un colgador de ropa cojo una prenda y sin vacilar me encamino hacía el vestuario seguida de él. Le miro, me sonríe, sé que sabe lo que estoy planeando. Nos metemos en el vestidor, dejó la prenda que he cogido colgada y él se sienta en el único taburete que hay en el pequeño cubículo. Me siento sobre él y empezamos a besarnos.
De nuevo muevo mi sexo sobre el suyo, que en pocos minutos vuelve a estar erecto, noto como crece entre su cuerpo y el mío. Sus manos recorren mi espalda y me subo la falda hasta la pelvis para estar más cómoda. Siento como sus manos aprietan mi culo. Y entonces el deseo crece más en mí. Hacerlo en un lugar público me pone a mil y sé que a él también. Deslizo mis manos hacía su entrepierna y le bajo la cremallera del pantalón. Busco bajo el slip su aparato, mientras sus dedos se han adentrado ya entre mis braguitas y buscan mi sexo. Me estremezco al sentir como acaricia mis labios vaginales y como resigue el camino hacía mi clítoris. Entretanto he logrado sacar su pene del refugio y lo masajeo suavemente arriba y abajo sin dejar de besar su boca.
Cada vez le deseo más y sé que él a mi también. Mi sexo está cada vez más húmedo y el suyo cada vez más hinchado, por eso le miro a los ojos y le suplico con la mirada que me haga suya. No sé hace esperar, dirige su pene hacía mi vagina y desciendo sobre él. Le abrazo, pego mi cuerpo al suyo y empiezo a moverme. Poco a poco nuestros movimientos se van acompasando. Sus manos acarician mis nalgas mientras subo y bajo sintiendo como su sexo me llena. Suspiro, gimo de placer. Mi boca busca la suya y nos besamos profundamente. Dejo que el placer recorra todos los rincones de mi cuerpo, mientras el fuego de la pasión arde entre nosotros. Desearía estar siempre así, sentirle siempre dentro de mí, pero no puedo. Debo acelerar mis movimientos, dejar que el placer nos venza o en unos minutos alguna de las dependientas vendrá a sacarnos de aquí. Cabalgo cada vez más rápidamente y también él empuja hacía mí. Siento como su verga se hincha dentro de mí, sé que de un momento a otro se va a correr. Acelero más mi movimientos y siento el placer explotando entre mis piernas. Sigo empujando, haciendo que mi vagina estruje su sexo y en pocos segundos también él se corre.
Eres increíble, princesita. – Me dice abrazándome con fuerza. Y es en ese momento cuando más deseo no despegarme de él.
Nos arreglamos la ropa y salimos de allí, sonriendo y felices.
Es casi la hora de comer así que buscamos un restaurante. Comemos y tras la comida decidimos volver al hotel ya que hace mucho calor para seguir paseando por la calle. Todavía nos quedan unas 24 horas por delante de este segundo encuentro...
Erotikakarenc.
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30 Septiembre 2006

Su cuerpo desnudo pegado al mío, mis senos erectos rozando su pecho y su excitación creciendo entre mis piernas a un ritmo vertiginoso. Cuando lo recuerdo no puedo evitar esbozar una sonrisa. Ha sido la mejor noche. En realidad, nuestra primera noche juntos.
Nos costó decidirnos y encontrar un día y un momento para estar juntos, lejos de todo y de todos. Solos, él y yo. Pero por fin pudimos fijar una fecha, un lugar, un momento para nosotros dos. Y hacer realidad aquel deseo.
¿Sabéis? Me encanta seducirle y sé que a él le encanta que le seduzca, pero es que no lo puedo evitar, es tan dulce, tan bello por dentro, tan tierno, que despierta mis más hermoso instintos primarios y mi poder de seducción. No puedo evitar desplegarlo ante él.
Todo empezó como un juego, pero poco a poco fue convirtiéndose en un fuego que nos quemaba a ambos y teníamos que apagar. Y aquella noche sería el momento de tratar de apagarlo o hacer que ardiera aún más.
Quedamos en un hotel a medio camino entre su casa y la mía. Recuerdo que me puse un vestido negro, de tirantes, que me había comprado un par de semanas antes. Era muy elegante y con un buen escote, tanto por delante como por detrás. Quería causarle buena impresión e indudablemente, seducirle. Cuando entré en el vestíbulo del hotel, él me estaba esperando sentado en uno de los sillones del hall. Al verme me sonrió, su cara se iluminó con un brillo especial. Estaba guapísimo. Llevaba un traje color beig con una camisa blanca. Me acerqué a él.
¡Hola! Estás guapísima. – Dijo. Me rodeó con sus brazos y nos besamos.
Me sentí tan segura y a gusto que desee que no me soltara nunca más.
Cuando nos separamos me preguntó:
¿Subimos?.
Claro – Respondí. – Vaya pregunta.
Lo decía por si preferías cenar algo.
No, cielo, ahora sólo tengo ganas de ti. – Le dije restregando mi cuerpo contra el suyo en un movimiento casi imperceptible a simple vista.
Nos dirigimos a la recepción, y tras pedir una habitación y dar los datos, nos dirigimos al ascensor. Una vez dentro, volví a pegar mi cuerpo al suyo, nos abrazamos y seguimos besándonos mientras nuestras manos recorrían nuestros cuerpos. El ansia nos devoraba.
El ascensor paró y salimos de él. Nos dirigimos hacía la habitación. Estabamos felices y rebosantes de alegría. Nuestro deseo más escondido se haría realidad esa misma noche en aquella habitación. Él metió la llave en la cerradura y la puerta se abrió. Cerramos y entonces me abrazó con fuerza, volvimos a besarnos. Por fin estabamos solos, a resguardo de todo y de todos, solo él y yo.
Cogiéndome de la mano me arrastró hasta el interior de la habitación. Y sin preocuparnos por nada más, continuamos besándonos, acariciando nuestros cuerpos. Él me bajó la cremallera del vestido mientras yo le quitaba la americana y le desabrochaba la camisa. Me quitó los tirantes del vestido y lo dejó caer al suelo, en tanto que yo hacía lo mismo con su camisa. Su pecho perfecto y casi sin bello se mostró ante mí. Deseaba pegarme a él, sentir su piel junto a la mía, y sabía que él también lo deseaba. Nos conocíamos muy bien, después de tanto tiempo juntos, ambos sabíamos lo que el otro deseaba cada segundo. Por eso, él se situó a mi espalda, poniéndome frente al espejo que había a los pies de la cama, sobre el escritorio. Me desabrochó el sujetador mientras yo observaba nuestra imagen en el espejo y sentía como mi sexo se humedecía. Cuando me hubo quitado el sostén, pegó su cuerpo al mío y posó sus manos sobre mis senos empezando a masajearlos suavemente, mientras me besaba en el cuello, en esa zona donde sabe que si la roza con su boca me derrito. Mi respiración cada vez era más fuerte, más rápida, más entrecortada, porque cada vez le deseaba más. Ví una de sus manos deslizándose por mi vientre, la metió por entre mis braguitas y la llevó hasta mi sexo. Entreabrí las piernas para que pudiera acceder más fácilmente. La imagen que veía en el espejo me excitó aún más. Si hubiera tenido una cámara no me hubiera importado inmortalizar aquel momento.
¡Uhmmm, qué húmeda estas! – Me susurró al oído.
Ya sabes que contigo es algo inevitable, cielo.
Mordió el lóbulo de mi oreja y mi cuerpo se estremeció por completo. Su sexo pegado a mi culo crecía por segundos a un ritmo vertiginoso. Siguió acariciando mi clítoris y uno de mis senos. Cerré los ojos para concentrarme en aquella maravillosa sensación y recosté mi cabeza sobre su hombro. Me besó suavemente la mejilla y entonces giré mi cabeza hacía su boca y volvimos a besarnos, mientras uno de sus dedos se introducía entre mis húmedos labios vaginales. Gemí al sentir aquel placer tan sublime.
Repentinamente, él sacó su dedo de mi sexo y se apartó levemente de mí. Me bajó las bragas suavemente hasta dejarlas a mis pies. Me mordió una nalga y pegué un pequeño respingo. Volvió a ponerse en pie y me hizo sentar sobre la cama. Me cogió los pies, y quitó el vestido y las bragas de debajo apartándolos a un lado. A continuación, y sujetándome el pie derecho, me quitó el zapato. Deslizó sus manos por mi muslo, hasta alcanzar la goma de la media y la hizo bajar suavemente por mi pierna hasta quitármela. Besó los dedos de mis pies y ascendió beso a beso por mi pierna hasta la rodilla. Repitió la operación con la otra pierna. Se puso en pie frente a mí. Le bajé la cremallera, desabroché el cinturón, el botón y el bulto entre sus piernas se hizo más evidente. Bajé la goma del slip y su pene surgió erecto frente a mí. Lo sujeté con la mano por la base, acerqué mi boca y besé la punta suavemente. Luego saqué la lengua y empecé a lamerlo dulcemente. Él me observaba mientras se mordía el labio inferior. Le miré, nuestros ojos se cruzaron. Chupé el masculino sexo con avidez. Me encantaba aquel sabor, su sabor. Lamí el tronco y descendí hasta la base, luego ascendí de nuevo hasta el glande y me lo introduje de nuevo en la boca para seguir chupeteándolo. Él gemía mientras el fuego de la pasión ardía en aquella habitación.
¡Para! – Me ordenó con evidente excitación.
Obedecí y me hizo acostar sobre la cama con las piernas abiertas. Se puso entre ellas de rodillas y sentí su lengua rozando mi clítoris. Gemí y mi cuerpo se estremeció al sentir aquella caricia. Luego sentí su boca cerrarse sobre mi clítoris y succionarlo. Un nuevo estremecimiento sacudió mi cuerpo. Mi sexo estaba cada vez más húmedo, más excitado y me hacía desearle cada vez más. Su lengua se movía sabiamente por mi sexo, yendo de mi clítoris a mi vagina e introduciéndose en ella. Empezó a martillear mi clítoris con la lengua, mientras introducía un par de dedos en mi vagina. Aquello me excitó aún más, haciendo que mi sexo pareciera un mar inundado de jugos, lo que hacía que él lamiera con más avidez. Y a punto de llegar al orgasmo, él se detuvo en sus caricias, se puso sobre mí, me besó en los labios y dirigiendo su sexo hacía el mío me penetró. Mientras lo hacía, sus ojos miraban fijamente a los míos, nuestras miradas se cruzaron por enésima vez y pude sentir todo aquel fuego que desprendía su mirada. "Mi sol", pensé, "estaría así contigo eternamente".
Luego empezó a moverse despacio, mientras con sus manos buscaba las mías. Y así, cogidos por las manos, mirándonos fijamente a los ojos y sintiendo nuestros cuerpos pegados el uno al otro, comenzamos a bailar la bella danza de la pasión y el deseo. Él se movía lentamente sobre mí haciéndome sentir su verga entrando y saliendo muy despacio. Mis senos rozaban su pecho y eso hacía que él se excitara más, con lo cual su pene se tensaba dentro de mí.
Repentinamente se detuvo. Y abrazándome me instó a rodar sobre la cama, pegados, para que yo quedara sobre él. Volvimos a entrelazar nuestras manos y entonces fui yo quien empezó a cabalgar sobre él, a moverme para sentir como su pene resbalaba por mi vagina hasta llegar a lo más hondo de mí, llenándome por completo. El ritmo de nuestros cuerpos fue acompasándose poco a poco, sintiéndonos el uno al otro. Notando el calor inconfundible de nuestros cuerpos amándose. Por fin juntos, unidos en una danza perfecta de amor, deseo y placer. Yo me movía lentamente y sentía como su cuerpo se templaba debajo de mí. Su boca pegada a mi oído me indicaba que estaba disfrutando, pues gemía y suspiraba sin cesar. Yo también gemía sintiéndole dentro de mí, sintiendo como su verga se hinchaba en mi interior. Y en aquel lento camino hacía el placer empecé a sentir como el éxtasis se concentraba en mi sexo y explotaba estrujando el viril miembro masculino, que no tardó mucho en tensarse y explotar también. Nuestros cuerpos se convulsionaron a la vez durante unos segundos, hasta que el orgasmo terminó para ambos. Nos quedamos unos segundos inmóviles, abrazados, hasta que decidí acostarme a su lado.
Recosté mi cabeza sobre su pecho mientras él pasaba su brazo por detrás de mi espalda y me abrazaba contra él. No dijimos nada. No nos hacían falta las palabras. Con cada mirada de aquella noche, de aquel momento, sabíamos lo que el otro sentía.
Desperté un par de horas más tarde. La luz del amanecer empezaba a iluminar levemente la habitación y pude verle acostado a mi lado, dormido. En su rostro había una expresión de tranquilidad y felicidad que me puso a cien con sólo mirarle.
Sabía que sólo nos quedaban unas pocas horas de aquella noche y no quería desperdiciarlas. Así que me pegué a él, que estaba boca arriba, y besé suavemente su mejilla. Él ni se movió, por lo que decidí acariciar su sexo por debajo de las sabanas, y este enseguida reaccionó. Aquello me animó a seguir, y decidí meterme bajo las sábanas. Llegué hasta su sexo que aún estaba un poco fláccido y sujetándolo con una mano, empecé a lamerlo. Enseguida empezó a reaccionar, al igual que mi amante, que empezó a despertarse y gemir. Sentí sus manos sobre mi cabeza, empujando para que siguiera con el trabajo, mientras yo lamía el glande. Ambos volvíamos a estar a mil, deseosos de repetir el combate de unas horas antes. Lamí con vehemencia, engullí aquel glande y lo chupé como si fuera un chupa-chups. Lengüeteé el tronco y me detuve en los huevos, lamiendo primero uno y luego el otro. Volví a ascender por el tronco hasta el glande y volví a chuparlo. Él gemía y se retorcía excitado hasta que tiró de mi pelo y me suplicó que me detuviera. Lo hice y me recosté a su lado.
Frente a frente, ambos de lado, nos miramos a los ojos. Él pegó su cuerpo al mío. Subí mi pierna hasta apoyarla en su cadera y noté como su sexo erecto rozaba mi húmeda vulva. El fuego del deseo había vuelto a encenderse en nuestras entrepiernas. Deseaba que dejara de juguetear con nuestros sexos y me penetrara de nuevo, por eso empujé hacía él. Sin hacerse esperar más, guió su verga hasta mi sexo y muy despacio la introdujo en mí. Ambos empujamos hasta que nos sentimos el uno dentro del otro. Y entonces, él empezó a moverse despacio, haciendo que su pene entrara y saliera de mí. Yo también empujaba hacía él. Entretanto nuestras miradas estaban fijas en la del otro.
Empecé a gemir sintiendo el placer que me proporcionaba. Poco a poco fuimos aumentando el ritmo. Ambos gemíamos, sintiendo nuestros cuerpos pegados. Nuestros labios se unieron en un beso de lenguas luchando por encontrarse y sentirse. Pasé mis brazos por detrás de su cuello y le abracé, momento que él aprovechó, para acostarme boca arriba sobre la cama y quedar sobre mí. Entonces, le abracé con mis piernas también y sentí como su sexo se endurecía cada vez más dentro de mí.
Sabía que le encantaba sentir mi cuerpo pegado al suyo, mis senos rozando su pecho y mi respiración excitada en su oído. A mí también me encantaba. Aquello hacia que ambos nos excitáramos cada vez más. Hasta que mi vagina empezó a contraerse presa del orgasmo, estrujando su verga entre sus paredes y haciendo que todo mi cuerpo se estremeciera. Pocos segundos después también él alcanzaba el éxtasis. Su sexo se hinchaba dentro de mí y su blanco y caliente semen me llenaba. La unión completa se había consumado. Y él cayó rendido sobre mí. Nos abrazamos fuertemente y luego se acostó a mi lado. Nos quedamos un rato descansando hasta que ambos decidimos levantarnos. Teníamos que marcharnos, volver cada uno a su vida y dejar aquel sueño aparcado en aquella habitación hasta la próxima vez que pudiéramos tener ocasión para repetirlo.
Nos vestimos y abandonamos la habitación. Una vez en recepción, él pagó y me acompañó hasta mi coche que tenía aparcado a unos metros del hotel. Me abrió la puerta caballerosamente y antes de que yo entrara nos besamos y me preguntó:
¿Cuándo podremos repetirlo?
No lo sé. Espero que pronto. Te quiero. – Le respondí acariciando su suave mejilla y mirándolo a los ojos.
Yo también te quiero mi princesita.
Me subí al coche y él cerró la puerta. Se quedó en la acera observando como mi coche se alejaba y deseé volver con él, pero no podía, mi vida me esperaba.
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