1 Mayo 2007

Sé que lo nuestro es algo más. Algo más que amor, algo más que deseo, algo más que pasión.
Irene se desliza por la mesa sensualmente, mientras yo la observo, sentado en la silla que hay al final de esta. Su cuerpo menudo, pero bien formado me excita. Su pelo rubio y largo, cae refinadamente sobre sus hombros y baila al ritmo que ella lo hace. Me mira a los ojos con esos ojos verdes que tanto me gustan. Me besa desde la distancia mostrándome sus rojos y carnosos labios. Me vuelve loco Irene.
La música suena en la cadena de música y se extiende por toda la estancia. Sus manos recorren su cuerpo por encima del corto y vaporoso vestido que lleva. Veo sus muslos, firmes y bien torneados, al contraluz de la ventana que hay tras ella. Es preciosa y besaría el suelo que pisa. La amo a pesar de todo.
Ahora acaba de tenderse boca abajo sobre la mesa, con su cara frente a mí, mirándome. Sus brazos extendidos hacía mí. Los cojo y tiro de ellos para acercarla. Su cara queda a unos centímetros de la mía, la beso en los labios. Luego la hago girar, para que sus piernas queden colgando de la mesa frente a mí. Ella se tumba. Abro sus piernas, le subo la falda hasta la cintura y empiezo a besar sus rodillas.
Me encanta su piel sedosa, voy subiendo beso a beso por sus muslos, suaves y tiernos, hasta llegar a su ingle. Ella gime, se retuerce. Sé que está excitada, que me desea. Meto mis dedos por la goma de sus braguitas, blancas e inmaculadas, y las deslizo por sus piernas hasta quitárselas. Me mira expectante, sabe perfectamente lo que voy a hacer pero espera pacientemente, mientras me observa con esa carita traviesa que tanto me gusta.
- ¡Vamos! – Ronronea impaciente.
Acerco mi boca a su sexo y sacando mi lengua, le doy un suave y rápido lametón a su abultado clítoris. Siento su sabor dulce y salado a la vez, en mi boca. Ella suspira, se estremece y enseguida cierro mi boca sobre su clítoris, empiezo a lamerlo y chuparlo suavemente. Mi sexo se hincha entre mis piernas. La deseo más que nunca y más que nunca será mía. Muevo mi lengua por su sexo, lamo sus labios vaginales, introduzco la lengua en su oscuro agujero y ella gime. Sé que desea tenerme dentro, pero sigo con las caricias bucales. Vuelvo a su clítoris, lo chupo, lo mordisqueo con suavidad y lo rodeo con la lengua, su respiración se acelera ante el evidente síntoma de que va a correrse, por eso acelero mis caricias sobre esa mágica zona. Empieza a gritar y estremecerse presa del orgasmo, mientras yo saboreo sus jugos que salen abundantemente de su sexo. Cuando ha dejado de estremecerse, la hago bajar de la mesa, nos abrazamos y nos besamos. Su mano se pierde entre nuestros cuerpos y acaricia mi sexo por encima del pantalón.
Deslizo mi mano entre su cuerpo y el mío, acaricio su sexo erecto. Aaron suspira excitado. Le miro a los ojos y estos me dicen lo que desea, así que me agacho frente a su entrepierna. Le desabrocho la cremallera, luego el cinturón y por último el botón. Dejo caer los pantalones al suelo y acerco mi boca a su pene. Lo mordisqueo levemente por encima de la tela del slip. Me encanta ese olor que tiene. Con la boca, muerdo la goma del slip y ayudada de una mano lo deslizo hacía abajo tratando de quitárselo y liberar el magnifico instrumento, que se alza altivo y deseoso. Restriego la punta por mi cara, atrapo la verga con una mano y abro la boca. Mientras acerco mi boca al dulce instrumento observo a Aaron que me mira excitado, mordiéndose el labio inferior. Me encanta cuando hace eso, y hace que me excite más. Cierro mis labios sobre el capullo y empiezo a lamer, sin dejar de observar a Aaron que sigue mirándome. Muevo la lengua trazando círculos y chupo la punta. Hago que la polla entre y salga de mi boca. Aaron gime y yo sigo con mi labor. Lamo el tronco y desciendo hacía los huevos. Los chupeteo y me recreo saboreándolos. Estoy tan húmeda que no puedo evitar llevar una de mis manos a mi entrepierna y acariciarme el clítoris suavemente. Suspiro, gimo, Aaron me observa. Sus ojos me piden más. Y yo me pongo en pie frente a él suplicándole: .
- Hazme tuya como sólo tú sabes que me gusta.
Aaron no se hace derogar.
La hago inclinar de espalda a mí sobre la mesa. Su culito queda expuesto ante mí y ella sabe que eso me encanta y me excita, por eso lo mueve. Esta chica sabe como volverme loco y por eso, no puedo evitar caer rendido a sus pies día tras día. Acerco mi verga erecta a su húmedo sexo y la rozo suavemente contra sus labios vaginales. Irene se retuerce, gime. Sé que me desea, pero quiero alargar este momento. Quiero que me desee aún más. Me inclinó sobre ella y beso su hombro desnudo, lo lamo ascendiendo hacía su oreja, mientras dejo mi sexo alojado entre sus piernas. Llego a su oído y lamo el lóbulo, lo mordisqueo e introduzco la lengua en el pabellón auditivo. Irene se eriza y gime:
- ¡Aaaaaahhhhh!
Al retorcerse mi sexo choca contra el suyo, que está tan caliente como una tea. Me incorporo y trazo una línea recta con mi dedo índice desde la base de su cuello, siguiendo toda la columna vertebral hasta llegar a la raja de su culo. Ese culo que me vuelve loco y que deseo tanto poseer. Hundo mi dedo en esa raja, la acaricio con suavidad y poco a poco busco el agujero trasero. Lo acaricio suavemente con el dedo, lo introduzco y lo muevo dentro y fuera, mientras Irene se retuerce de placer.
Siento su dedo entrando y saliendo de mi ano. Me encanta que Aaron me haga eso. Nunca, ningún otro hombre me ha hecho sentir tanto placer como él, ninguno conoce tan bien mi cuerpo como él. Sin sacar su dedo de mi ano, siento como acerca la punta de su sexo al mío y como la hace resbalar hacía mi interior. Suspiro, y empujo hacía él para que su verga me entre por completo. Quiero tenerla dentro de mí, quiero sentir ese placer que tanto me gusta sentir. Quiero que me haga morir de placer. Mi cuerpo es suyo y sólo suyo, ahora. Empieza a moverse, primero despacio. Saca su dedo de mi ano y me sujeta por las caderas, poco a poco va acelerando el ritmo como a mí me gusta y empuja cada vez con más fuerza, mientras yo gimo y le grito que quiero más, que la quiero sentir aún más adentro. Ambos gemimos y gritamos. Suspiramos. Nuestros cuerpos se aman en una unión perfecta que sólo podemos lograr el uno con el otro.
Empujo con fuerza, como sé que a Irene le gusta que lo haga. Dejo que mi sexo entre y salga del suyo con rapidez, sin compasión, empujando con fuerza. Siento las húmedas paredes de su sexo apresando el mío y enloquezco al verla moverse como un animal. Me encanta follarla así, mientras observo sus nalgas chocando contra mi pelvis. Me encanta que grite, que disfrute, que tenga todo lo que otros no han sabido darle. Sus jugos se mezclan con los míos, mientras mi mano acaricia su clítoris y ella se retuerce y me grita:
- Sí, sigue así cariño, dámela toda.
Y siento que su excitada voz aún me provoca más, por eso empujo con más fuerza hacía ella y siento como las paredes de su sexo se contraen alrededor de mi erecto pene. Sé que va a correrse y yo también, por eso empujo y empujo con más fuerza cada vez.
Empiezo a sentir como mi cuerpo se convulsiona, grito, gimo, exploto en un maravilloso orgasmo, mientras sigo empujando hacía Aaron que también está a punto de correrse. Lo sé porque él también gime y empuja cada vez con más fuerza, volviéndome loca de placer. El roce de su pelvis contra mi culo me enerva y emite un agradable sonido, un golpeteo entre ambos cuerpos. Siento como su semen me llena y nuestros cuerpos se convulsionan a la vez, es el mágico momento, la cúspide de nuestro amor. Poco a poco nos vamos serenando, recobramos la compostura y Aaron se separa de mí.
Ambos nos vestimos, arreglamos nuestras ropas y miró el reloj.
- ¡Ostras que tarde! ¡Vamos ayúdame a poner la mesa antes de que tu querida mujercita y Toni lleguen!.
- Esta bien – Me dice Aaron.
Y entonces empiezo a sentirme culpable, porque Irene, es mi mejor amiga y yo le estoy traicionando, acostándome con su marido...
Sé que no debería hacer esto, que Irene es la mejor amiga de Ana y que entre los dos la estamos traicionando. Además está Aaron, que tampoco se merece esto, pero es que Ana me vuelve loco y no lo puedo evitar. Además, mi matrimonio se ha vuelto tan monótono.....
Erotikakarenc (del grupo de autores de TR y autora TR de TR)
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18 Marzo 2007
El semáforo está rojo. A mi lado el formula uno de mi contrincante. Es la tercera carrera de la temporada en la que ambos salimos desde la primera línea. Los motores suenan fuerte y mientras espero que el semáforo se ponga verde, no puedo evitar pensar en ella. Ella y la noche que hemos compartido juntos. La mejor noche de mi vida.
El semáforo se pone naranja. Miró el coche rojo de mi rival y el semáforo se pone verde por fin. Aprieto el acelerador y ambos salimos a toda velocidad. Detrás, el resto de coches nos siguen. En cinco segundos llegamos a la primera curva y el coche rojo se pone delante de mí.
Sigo pensando en ella. Sus ojos verdes, su pelo moreno, largo, su cuerpo perfecto. ¡Qué mujer!. Para mí es la mujer perfecta, aunque muchos dicen que es sólo una más del montón. La primera vez que la vi me quedé prendado y desde entonces no puedo dejar de pensar en ella. Por eso anoche fue una noche especial, única.
- McDonalds está a 5 segundos, tienes que acelerar – la voz de mi jefe de equipo me despierta del sueño.
Miro al frente. Es verdad, se ha alejado de mí, así que acelero. En pocos segundos le tengo justo delante, a escasos metros. Mantengo la velocidad y me relajo de nuevo.
Ayer, cuando apareció por la puerta del bar en el que habíamos quedado con el resto de compañeros, estaba preciosa. Llevaba un vestido negro, anudado al cuello, con un amplio escote que dejaba su espalda completamente desnuda. Su pelo recogido marcaba los angulosos rasgos de su rostro. Y sonreía de oreja a oreja, mientras se acercaba a mí.
McDonalds se aleja de mí y vuelvo acelerar, miró por el retrovisor de mi derecha y veo el coche que va detrás de mí, es negro, deben ser Michaels o Federer.
Vuelvo a sumergirme entre sus brazos. Bailábamos tranquilos en la pista de aquella discoteca, cuando me susurró al oído:
- Vamos a un lugar más tranquilo.
La miré a los ojos, sorprendido. Una chispa saltó entre nosotros e irremediablemente nuestras bocas se unieron en un cálido beso.
- ¡Alberto, acelera de una puñetera vez! – me grita por el auricular la potente voz de Octavio.
Miro al frente. McDonalds se ha alejado nuevamente de mí. Así que aprieto el acelerador, corro hasta alcanzarle y tenerle a sólo unas milésimas de segundo. La rueda de su coche, casi roza la mía. Paso por la recta de meta y veo el letrero que me indica que aún me quedan cincuenta y tres vueltas.
Después de ese beso nos despedimos de nuestros compañeros y abandonamos la discoteca, rumbo al hotel. Al llegar allí la pasión fue imparable, justo desde el momento en que entramos en el ascensor nuestras manos buscaron el cuerpo del otro.
Acelero de nuevo al ver que McDonalds se aleja de mí. Aprieto fuertemente el acelerador, mientras recuerdo las manos de Mary recorriendo mi cuerpo, apretándome las nalgas con fuerza. El ascensor llega al último piso. Salimos al pasillo, tratando de mantener la compostura. Suelto el acelerador y freno, al llegar a la curva más peligrosa del circuito. Michaels se acerca a mí. Calculo que debe estar a unos dos segundos, por lo que al salir de la curva vuelvo a acelerar.
Llegamos a la habitación. Tras entrar, de nuevo nuestras manos recorren nuestros cuerpos. Me vuelve loco esta mujer y la velocidad también, por eso corro tratando de alejarme de Michaels y de acercarme a McDonalds, mientras los labios rojos de Mary se dibujan en mi mente, recordando como se cerraban sobre mi sexo desnudo, como engullían mi pene hinchado, como resbalaban hacía abajo. Mis manos sobre su cabeza, empujando, ayudando a sus movimientos y mi garganta gimiendo de placer.
Tengo que concentrarme en la carrera, no puedo seguir pensando en ella, la erección es monumental bajo mi mono. Sí, tengo que concentrarme en McDonalds y Michaels, tengo que acelerar y adelantar a ese coche rojo antes de que acabe esta carrera, y no darle ninguna oportunidad al coche negro que me sigue. Sí, será lo mejor.
¡Pero Dios, no puedo!. Su sonrisa pícara vuelve a surgir de la nada, sus manos sobre mis huevos, masajeándolos, y su mirada de tigresa pidiéndome que enterrara mi boca entre sus piernas. Y no lo dudé dos veces, lo hice y su cuerpo se convulsionó al sentir mi lengua sobre su clítoris. Será mejor que siga corriendo y deje de pensar en eso o tendré un accidente, además Michaels se acerca peligrosamente.
Bien, en esta recta será mejor que acelere y quizás en la próxima curva pueda adelantar a McDonalds.
- Chico, es hora de repostar – me avisa Octavio.
Bien, eso me irá bien para despejarme, para olvidar a la preciosa Mary. Llego a la recta de meta y entro en boxes. Mis mecánicos están esperándome. Freno y me sitúo en mi lugar. El chico mete la manguera e inevitablemente el recuerdo de mi lengua penetrando el húmedo sexo de Mary me envuelve.
- Bien, chico, adelante – me dice el jefe de mecánicos.
Aprieto el embrague, pongo la primera y cuando el letrerito de "no brake" se levanta, salgo disparado hacía el final de la recta. Voy acelerando poco a poco y me incorporo justo detrás de Michaels, que aún no ha repostado.
El sabor de Mary sigue en mi boca. Su sexo húmedo y palpitante, se derramaba en mis labios, mientras sus gemidos se extendían por la habitación. Había alcanzado su primer orgasmo. Acaricié las curvas de su cuerpo.
Giro el volante hacia la derecha, Michaels está delante de mí y McDonalds delante de él. Ahora no puedo relajarme, seguramente en la próxima vuelta pararán a repostar, así que debo estar en la carrera con los cinco sentidos. Aunque me resulte difícil dejar de pensar en esas suaves manos de mujer, acariciando mi piel. ¡Qué manos más suaves!. Y sus labios, rojos, perfectos, ni muy gruesos, ni muy delgados.
Llegamos a la recta de meta, veo como Michaels y McDonalds entran en boxes, debo acelerar y tratar de pasar delante de ellos, de los dos. Acelero, corro, y la imagen de Mary vuelve a dibujarse en mi mente. Su cuerpo desnudo entre mis manos, su piel suave, su pelo largo y negro. Con mi mano reseguí sus caderas, acaricié su sexo, busqué su clítoris y lo masajeé.
McDonalds sale de boxes justo detrás de mí, y a poco segundos, Michaels le sigue. Soy primero, si mantengo el ritmo podré terminar la carrera en esta posición.
Seguro que Mary estará orgullosa de mí.
Sus labios besaban los míos, mientras mi mano exploraba su humedad. Se estremecía, gemía y se retorcía sobre la cama. Y yo me sentía afortunado por estar en brazos de una diosa. Introduje un dedo dentro de su vagina, luego otro, y ella seguía arqueándose sobre la cama. Mi sexo estaba erguido y duro, como nunca antes había estado. Deseoso de poseer a aquella bella mujer.
Vuelvo a pasar por la recta de meta. Un cartel me avisa que McDonalds y Michaels están a 5 y 7 segundos respectivamente. Acelero un poco, para poder relajarme después.
Y lo hice. Me situé entre sus piernas, guié mi erecto falo hacía su húmedo sexo y con mucha suavidad, la penetré. La miré, sus ojos brillaban de deseo y pasión, de amor. La besé y empecé a moverme despacio, dentro y fuera de ella. Sentía el calor de su piel pegada a la mía, sus manos acariciando mi espalda.
Miro por el retrovisor. McDonalds me pisa los talones. Tengo que acelerar. Aprieto el acelerador, corro. Tengo calor, veo a la gente gritando, sacudiendo sus banderas. Me encanta sentirme el vencedor, el primero, el número uno, aunque sólo sea por unos segundos. Me concentro en la carrera. Cada vez falta menos para la última vuelta.
Mi cuerpo seguía penetrando a mi dulce amor, la mujer de mis sueños. Poco a poco mis movimientos se iban acelerando y ella gemía, se estremecía, se convulsionaba. Me mordía, y me arañaba. La pasión bailaba entre nosotros.
Paso por la recta de meta, y un letrero me avisa que sólo me queda una vuelta, la última vuelta, y McDonalds y Michaels siguen detrás de mí. Acelero, llego a la curva, giro el volante, freno un poco, salgo de la curva, vuelvo a acelerar.
Y su cuerpo se deshacía debajo del mío, sus besos intensos, devoraban mi boca. Mi sexo se hinchaba dentro de su vagina, que se contraía alrededor de él. Nuestros cuerpos perfectamente unidos, sobre la cama, dibujando corazones de pasión en el techo de la habitación. Su cuerpo explotó entre mis brazos, el mío le siguió uno segundos más tarde. Ambos gemimos, estremeciéndonos, y cuando por fin, dejamos de hacerlo, nos miramos a los ojos.
- Te amo – le dije.
- Te amo – repitió ella.
Y nos abrazamos.
Alcanzo a la recta de meta, acelero y llego al fin, la bandera de cuadros hondea con fuerza. La gente grita ensordecedoramente. He ganado. Voy frenando y saludo a un lado y a otro. La gente se levanta, aplaude, grita. Estoy eufórico y el premio no puede ser mejor. Entro en boxes, McDonalds entra detrás de mí. Aparco el coche, me bajo, me quitó el casco, mientras McDonalds baja de su coche, se quita el casco y aunque su largo pelo está mojado por el sudor, está preciosa, mucho más que ayer por la noche. Me acerco a ella, la abrazo, la beso.
- Felicidades, cariño – me susurra al oído mientras los fotógrafos se acercan a nosotros.
Ya puedo ver los titulares de mañana: "Beso de campeones".
He ganado esta carrera, pero el mejor premio es haber ganado su corazón.
servido por Erotikakarenc
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6 Marzo 2007
(No puedo pedirle lo eterno a un simple mortal.
Canción: la tortura. Shakira y Alejandro Sanz)
Gina, sabes perfectamente lo que debes hacer, no dejes que todo ese odio te queme el alma, porque sabes que no puedes seguir así toda la eternidad.
Mathew tenía razón, no podía seguir como un alma en pena por todos los rincones, sólo porque aquel mortal me había abandonado por su Julieta. Yo sabía perfectamente cual era la venganza que debía ejecutar.
-No debes ser compasiva con los mortales y menos con los que te hacen daño, lo sabes.
-Lo sé – le dije, me acerqué a él y le abracé.
Mi dulce Mathew, siempre había estado conmigo, desde el principio. Aunque ahora sólo fuéramos amigos, no podíamos vivir el uno sin el otro. Él me convirtió en lo que ahora soy, y creó este lazo indestructible que nos une eternamente. Pase lo que pase, Mathew siempre estará aquí conmigo, a mi lado. Y sé que él tiene razón cuando me dice que, o olvido a ese simple mortal o le sirvo la venganza en un plato muy frío.
- Pero tendrás que ayudarme – le dije.
- Lo sé, y sabes que lo haré, mi dulce Princesa.
Me encantaba que me llamara así, cuando esa palabra salía de su boca, sentía que nada podía separarme de él.
- Entonces lo haremos esta noche. – le anuncié.
- ¿Estás segura?.
- Completamente. Quiero que este fuego deje de quemarme el alma, quiero dejar de sentirme triste y desolada, quiero recuperar mis fuerzas, por eso tiene que ser esta noche, no quiero demorarlo más.
- Entonces será esta noche – sentenció mi amado Mathew.
Le conté cual era mi plan y tras eso salimos a buscarle.
El mortal estaba cenando con su Julieta en un romántico restaurante del centro de la ciudad. Reían felices y ajenos a lo que les esperaba. Mathew y yo entramos en el restaurante. El mortal me reconoció nada más verme. Como no iba a hacerlo, hasta hacía un par de semanas habíamos compartido la misma cama varias noches. Me había susurrado al oído que me amaba, que yo era única y especial. Pero ahora estaba en aquella mesa, acariciando la mano de aquella Julieta, diciéndole que la amaba más que a nada en el mundo. Y mi corazón se quemaba oyendo aquello.
- Tranquila. – me susurró Mathew al oído, al ver que aquellas palabras me corroían.
Nos sentamos en una mesa, cercana a la de ellos. Mathew se puso dándoles la espalda, frente a mí. Yo podía verles perfectamente desde mi sitio. Un camarero se acercó a nosotros y nos dio la carta.
- ¿Desean tomar algo?
- Dos cafés, muy calientes – pidió Mathew. Evidentemente no nos los tomaríamos, pero debíamos tratar de aparentar la máxima normalidad posible.
Mathew abrió la carta y empezó a leerla (en realidad no la leía, trataba de escuchar y sentir los pensamientos del mortal y su Julieta), yo hice lo mismo.
Cuando nos trajeron los cafés, el mortal pidió la cuenta. El camarero nos preguntó que íbamos a cenar.
- Todavía no lo tenemos decidido – dijo Mathew - ¿verdad, querida?
Afirmé con la cabeza, y el camarero abandonó nuestra mesa.
El mortal dejó el dinero en la bandejita que el camarero le había traído la cuenta, y él y la chica se levantaron de la mesa. Mathew y yo esperamos a que salieran del local, entonces también nosotros abandonamos el local.
Les seguimos, hasta que al llegar a una oscura y solitaria calle le dije a Mathew:
- Ahora.
Ambos empezamos a volar a gran velocidad, en cinco segundos los atrapamos. Yo cogí a la chica, rodeándola con mis brazos por la cintura. Mathew cogió a Othello (mi dulce mortal), aunque este intentó zafarse de sus brazos, pero sin éxito. Mathew se situó frente a mí, con Othello delante de él, sujetándolo fuertemente por el cuello.
Yo, sin soltar a Julieta, incliné su cabeza hacía la derecha, y con furia clavé mis dientes en su cuello.
- ¡Noooooooooo! – gritó Othello en un aullido ensordecedor.
Empecé a succionar con fuerza. Y la vi a ella en la cama, con mi dulce Othello entre sus piernas, desnudos ambos, él bombeando contra ella, sudorosos los dos. Les vi jurándose amor eterno.
Miré a Othello, sus ojos vidriosos parecían mirarme con odio, mientras un par de lágrimas rodaban por sus mejillas. Sentí su dolor y el mío, y no puede evitar sentirme triste. Seguí succionando, quitándole la vida a Julieta, para llenarme con esa vida. Sentí las calientes lágrimas de sangre saliendo de mis ojos. Aquello era una locura, pero era mi locura, estaba loca de amor por aquel mortal.
Sentí el último suspiro de vida de Julieta, pasando a través de mis venas y la solté, dejándola caer al suelo, ya moribunda. Me abalancé sobre mi amado Othello y clavé mis dientes en su cuello. Mathew le soltó. Othello trató de apartarme sin conseguirlo, mientras gritaba:
- ¡Noooo! ¡Noooo! ¡Déjame!.
Pero no le hice caso, succioné su sangre igual que había hecho con la de Julieta, y de nuevo la vi a ella, pero también me vi a mí, y a él. Los dos en la misma cama, amándonos, su sexo dentro del mío, sus manos acariciando mis senos, sus labios besando los míos y su voz susurrándome al oído: "Te amo". Le solté en ese instante, me mordí la muñeca y la acerqué a sus labios:
- ¡Bebe! – le ordené.
- ¡No, Gina, no me hagas esto! – suplicó él, mirándome con compasión.
- ¡Bebe, condenado mortal! – grité enfurecida, poniéndole mi muñeca sobre sus labios para obligarle a succionar.
Bebió hasta que aparté la muñeca de sus labios. Tras eso, Othello cayó al suelo retorciéndose, sintiendo como su cuerpo moría para volver a renacer como un inmortal. Mathew se acercó a mí y me susurró al oído:
- Muy bien Princesa, muy bien. – Su mano acarició una de mis nalgas. Sus labios besaron mi cuello desnudo y una corriente eléctrica recorrió todo mi cuerpo.
El deseo empezó a surgir en mi, así que arrastré a Mathew hacía la pared, él se dejó arrastrar por mí, sabía perfectamente lo que quería de él. Sabía que necesitaba aquello y se dejó hacer. Cuando mi cuerpo se pegó al suyo, su sexo ya estaba totalmente erecto. Así que con suma rapidez ambos nos desnudamos.
- ¡Gina! – gritó Othello.
Pero no le escuché, ya no podía escucharle. Mi corazón ya no le pertenecía, ahora era de Mathew, mi dulce Mathew, mi oscuro príncipe. Su sexo erecto, expuesto ante mi, parecía pedirme que lo devorara, así que acerqué mi boca a él. Mathew puso sus manos sobre mi cabeza, mientras su mirada se perdía sobre Othello.
- ¡La has perdido, condenado imbécil! ¡Las has perdido a ambas! ¡Te advertí que no le hicieras daño a mi princesa o lo pagarías caro! ¡Ja, ja, ja, ja! – su risa sonó como un estruendo en mis oídos, mientras mi boca se cerraba sobre su erecto pene y empezaba a succionar.
Mis colmillos se deslizaron suavemente sobre la caliente carne, y Mathew se estremeció. Seguía riendo, mientras yo podía comprobar que dejaba de sentir los pensamientos de Othello; ya era un vampiro casi por completo, y sus pensamientos se cerraban para mí, su creadora.
Me concentré en darle placer a Mathew, acaricié sus huevos, mamé su polla y la saboreé.
- ¡Ven Princesa! – me pidió Mathew, haciéndome poner en pie.
Me cogió por la cintura, me elevó frente a él, aupándome, y me dejó caer sobre su pene erecto, altivo, llenándome por completo. No abrazamos. Sus labios se posaron sobre mi cuello y los míos sobre el suyo. Comencé a moverme sobre su falo erguido, mientras él me sujetaba por las nalgas, ayudándome a subir y bajar. Yo me apretaba contra él una y otra vez, sintiéndole, llenándome de él. Mi cuerpo estaba ansioso de sentirle, de amarle como hacía mucho tiempo que no le amaba. Nos miramos a los ojos. Y él me dijo:
- Te amo, Princesa, te amo.
- Te amo, mi oscuro Príncipe - le correspondí.
Ambos nos habíamos olvidado ya de Othello, que estaba sentado en un banco, dándonos la espalda, a unos metros de nosotros.
Me sentía llena, y amada, mientras ambos gemíamos y nos estremecíamos de placer, sintiendo la pasión que destilaban nuestros cuerpos. Una pasión única, que sólo podíamos sentir con alguien de nuestra especie.
- ¡Noooooo! – gritó Othello desde el banco, probablemente estaba sintiendo la pasión que había entre Mathew y yo en ese momento, descubriendo que mi amor por él estaba muriendo dentro de mí y quemándole su corazón.
Yo seguía cabalgando sobre el erecto falo de mi amado Mathew, el fuego de la pasión recorría nuestros cuerpos y nos quemaba dentro. Sentí como su pene se hinchaba dentro de mí, mientras mi vagina le estrujaba. Nuestros movimientos se hicieron vertiginosos y en pocos segundos su esencia se derramó en mi, a la vez que mi cuerpo estallaba en un demoledor orgasmo. Cuando dejamos de convulsionarnos, él me posó sobre el suelo, nos abrazamos y mirándonos a los ojos nos dijimos al unísono:
- Te amo.
No vestimos, y entonces, Othello, sentado y abatido sobre el banco, me preguntó:
- ¿Por qué? ¿Por qué me has hecho esto?
- Porque quitarle la vida a ella y condenarte a ti a la vida eterna era el mejor castigo para reparar el daño que me has hecho.
- Sabes que no lo hice queriendo.- se justificó.
- Si, pero te advertí que amar a un vampiro es duro. Que debía ser para siempre o no podría ser.
- Lo sé, pero no podía amarte eternamente. Lo sabes.
- Lo sé, en el fondo la culpa es mía. No puedo pedirle lo eterno a un simple mortal.
Ambos nos echamos a llorar. Mathew que estaba junto a mí, me cogió de la mano y me dijo:
- Vamos, vámonos de aquí.
- ¿Y él? – le pregunté – Sabes que sin nosotros no podrá sobrevivir.
Mathew se acercó a Othello y le tendió la mano.
- Anda, vamos, tienes muchas cosas que aprender y seguro que pronto encuentras alguna mortal que te ame eternamente.
Othello se levantó, Mathew volvió junto a mí, pasó su brazo por detrás de mis hombros y empezamos a caminar, unos pasos más atrás Othello nos seguía, abatido, mirando el cuerpo inerte de Julieta. Mathew me miró, adivinando lo que estaba pensando (él no podía leer mis pensamientos por ser mi creador) y el cuerpo empezó a arder, desvaneciéndose en pocos segundos. Y juntos los tres nos perdimos en la oscura noche.
Erotika, (Karenc)
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1 Marzo 2007

La oficina parecía completamente vacía. Me dirigí hacía el despacho que me había indicado la recepcionista y al acercarme a la puerta ví que había luz. Me dirigí hacía ella y enseguida ví a aquel hombre alto, rubio y de intensos ojos azules.
Llamé a la puerta con los nudillos a pesar de que esta estaba abierta y el hombre me miró.
- Pase ¿Srta...?
- Martínez.
- ¿Sí se quiere sentar? – Me indicó la silla que había frente a su mesa.
- Gracias.
- Bien, Srta. Martínez, he estado estudiando su curriculum y veo que tiene muy buenas referencias.- Indicó el Sr. Canales, jefe de personal, como rezaba el letrero que tenía sobre la mesa, y la persona que me había citado por teléfono aquella misma mañana.
Me había puesto una falda corta que me llegaba por encima de la rodilla y una blusa de algodón blanca. Como hacía calor llevaba un par de botones abiertos, por lo que dejaba entrever el nacimiento de mis senos. El Sr. Canales levantó la vista del papel y vi como sus ojos se quedaban ensimismados en mi escote. Carraspeé para llamar su atención y entonces me miró a los ojos y me sonrió, yo también sonreí. Cuando concerté la entrevista y hablé a través del teléfono con él, por la voz me pareció un hombre de más edad, pero ante mí, tenía a un atractivo hombre de unos 35 años.
- Bueno, creo que da el perfil. ¿Qué tal si le hago una prueba? – Me preguntó.
- Como quiera. – Respondí.
- Entonces levántese. – Me ordenó levantándose y dirigiéndose a la puerta que cerró con llave diciendo: - Así estaremos más tranquilos.
Yo me puse en pie, apartando la silla y me quedé quieta. El jefe de personal se acercó a mí, dio una vuelta a mi alrededor y me estudió mirándome de arriba abajo.
- Tienes un buen cuerpo. – Dijo situándose detrás de mí. – Tienes unas buenas caderas.
Posó sus manos sobre ellas y las acarició suavemente. Sentí su aliento en mi cuello y luego como apartaba mi largo y liso pelo negro y me daba un beso en la nuca que hizo que todo mi cuerpo se estremeciera.
Ascendió con sus manos hasta mis senos y los acarició suavemente por encima de la blusa. Seguidamente me desabrochó un botón e introdujo la mano, masajeando con suavidad mi seno desnudo.
- ¡Vaya, vaya, estás hecha una buena putita, no llevas sujetador! – Susurró en mi oído - ¿Y braguitas? – Me preguntó, descendiendo con la otra mano hasta mi cadera, y subiendo la corta falda hasta ella.
- A todo esto yo me dejaba hacer, principalmente porque aquel atractivo hombre me excitaba con su mirada, sus manos, su voz, desde el momento en que sus ojos se habían detenido en mis senos deseaba aquello. Por eso le dejé hacer.
Movió su mano por mi pubis y suspiró:
- ¡Uhmm, ya lo he dicho, una buena putita!
Empezó a hurgar entre los pliegues de mi sexo y en pocos minutos me tenía totalmente húmeda y excitada. Sus dedos se adentraban entre mis labios vaginales, primero en busca de mi clítoris, que sobó a su antojo con mucha delicadeza, mientras con la otra mano me desabrochaba la blusa y acariciaba mis senos desnudos. Empecé a gemir excitada y entonces sentí como apartaba su mano de mis senos y se bajaba la cremallera del pantalón, mientras con la otra mano seguía hurgando en mi sexo, introduciendo sus dedos en mi vagina, haciendo que me convulsionara sin remedio.
Cuando creyó que ya estaba lo suficientemente excitada, se puso delante de mí, me besó en la boca con pasión y luego descendió por mi cuello hasta alcanzar mis senos erguidos y excitados. Los masajeó y chupeteó a su antojo volviéndome loca de placer y haciendo que cada vez le deseara más. Yo entretanto trataba de alcanzar su sexo, pero no podía, hasta que se apoyó sobre la mesa y me indicó:
- ¡Anda, putita, ya sabes lo que tienes que hacer!
Me arrodillé ante él, cogí el miembro con ambas manos y acerqué mi lengua cuidadosamente. Lamí el glande trazando círculos alrededor y seguidamente me lo introduje en la boca, empezando a saborearlo.
- ¡Mírame, putita, quiero ver tu cara de vicio! – Me suplicó mi improvisado amante.
Obedecí y alcé mi vista hacía él mirándole directamente a los ojos. En su cara se dibujaba la excitación que mis caricias bucales le proporcionaban. Seguí lamiendo su sexo, chupeteándolo de arriba abajo, metiéndome uno de sus huevos en la boca y saboreándolo para hacer luego lo mismo con el otro. Ascendí de nuevo hasta el glande y lo mamé y chupeteé volviendo a paladear su sabor.
El Sr. Canales gemía excitado y me miraba con cara de deseo. Me hizo levantar y me ordenó:
- Ven aquí, quiero comerte.
Me hizo sentar sobre la silla y abrirme de piernas situándome con el culo en el borde de la silla. Sentí su lengua rozar suavemente mi sexo y me estremecí. Poco a poco, el Sr. Canales, fue dirigiendo su lengua muy diestramente por mi sexo, lamió mi clítoris, lo chupeteó y mordisqueó, luego lamió mis labios vaginales con suma delicadeza y finalmente sentí como se introducía en mi vagina haciéndome gemir de excitación. Estaba a mil y necesitaba algo más que aquella pequeña lengua, dentro de mí.
Entretanto mi improvisado amante seguía lamiendo mi sexo, con ambas manos masajeaba también mis senos erectos, aumentando las placenteras sensaciones que poco a poco me iban llevando al borde del orgasmo. Gracias a Dios que no había nadie en el edificio, porque mis gritos cada vez eran más fuertes. Pero justo en el momento en que estaba apunto de llegar al orgasmo, mi amante se detuvo y poniéndose en pie me ordenó:
- Ponte de rodillas sobre la silla, dándome la espalda, putita.
Hice lo que me ordenaba poniendo mi culo en pompa. Ví como se colocaba un condón y luego, sentí como se acercaba a mí. Pegó su cuerpo al mío y noté su sexo erecto chocando contra mis nalgas. Luego deslizó su mano hasta mi clítoris y lo masajeó unos segundos. Pero no se hizo de rogar mucho, ambos ardíamos de deseo y necesitábamos apagar aquel fuego.
Sentí como dirigía su erecta verga hacía mi húmedo agujero y muy lentamente me penetraba. Los dos suspiramos al sentirnos por fin unidos. El Sr. Canales me cogió por la cintura y empezó a moverse. Primero lentamente, haciendo que su sexo entrara y saliera de mí casi por completo, y luego fue aumentando el ritmo hasta que empecé a sentir como sus huevos chocaban con mis labios vaginales. Cada vez empujaba con más fuerza, mientras yo trataba de mantener el equilibrio sobre la silla. De vez en cuando disminuía el ritmo, torturándome con aquella erecta vara, para volver de nuevo a embestirme con rapidez. Ese juego hizo que poco a poco el placer se fuera extendiendo por mi sexo. Empujé hacía mi amante y entonces ya no se detuvo, también él estaba excitado y arremetía cada vez más fuerte contra mí, mientras gemía excitado y me decía:
- ¡Te gusta, ¿eh, putita?!
- Síii. – Gemí yo, llegando ya al orgasmo.
También él lo alcanzó sólo unos pocos segundos después. Nos separamos y nos vestimos. Y entonces el Sr. Canales se sentó en su mesa, sacó un talonario de uno de los cajones y mirándome a los ojos me dijo: -
- ¿Trescientos fue lo acordado, verdad?
- Exactamente. – Respondí.
Firmó el talón y me lo dio. Lo cogí, observé que todo estuviera correcto y le dije:
- Ya sabes donde estoy si necesitas algún otro servicio como este, ha sido un placer.
Me dirigí hacía la puerta y él me acompañó para abrirla diciendo: -
- El placer ha sido mío, llevaba mucho tiempo querido hacer "realidad" esta fantasía. Gracias por todo, Adela.
- De nada.
Salí del despacho y guardé el talón en mi bolso. Daba gusto realizar trabajos como aquel, supongo que es una de las ventajas de ser una puta de lujo, no tienes que buscar clientes en la calle y sólo hay que saber actuar un poquito.
Erotikakarenc. (Del grupo de autores de TR y autora TR de TR)
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1 Marzo 2007
Quiero dar las gracias a los que me hábeis leido. Siento haberos dejado un poco abandonados, pero es que últimamente he estado ocupada, pero ya estoy por aquí y vuelvo a subir más historias. Gracias a todos.
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20 Enero 2007

- ¿Quieres que te lleve a tu casa? – Me preguntó Pedro cuando entrábamos ya por la avenida principal de la ciudad.
- No, no quiero volver a mi casa. Cuando Rodrigo sepa que me he ido irá a buscarme allí.
- Entonces te llevaré a mi casa.
- Bueno, sólo espero que allí no me busque. – Aduje.
- Bueno, si llama preguntando le diré que no sé nada de ti y ya te llevaré a otro lugar mucho más seguro.
Llegamos a su casa y lo primero que hice fue ducharme. Necesitaba quitarme aquella suciedad. Mientras lo hacía oí que llamaban al teléfono y luego oí que Pedro hablaba con alguien diciéndole que necesitaba ayuda y que su casa era el único lugar seguro donde Rodrigo no me buscaría jamás.
Cuando salí de la ducha, Pedro me informó de que Rodrigo había llamado preguntado por mí.
Pero creo que cuando le he dicho que no sabía nada de ti, no me ha creído mucho. Así que tendré que llevarte a otro sitio, pero no te preocupes, he encontrado a la persona y el lugar adecuados para esconderte durante unos días.
- Gracias, Pedro, eres un sol. – Le dije acercándome a él y acariciando su mejilla, y en aquel instante la chispa volvió a saltar entre nosotros.
Creo que ninguno de los dos podía, ni quería evitarlo. Nos besamos y la toalla que me tapaba cayó al suelo dejándome completamente desnuda. Pedro acarició mi piel de arriba abajo, haciendo que mi vello se erizara. Suspiré excitada, sintiendo como mi sexo se humedecía, deseando que siguiera, que me hiciera suya. Y Pedro no se hizo esperar, me hizo dar medía vuelta, llevó mis manos hasta la pared para que me apoyara. Oí como se baja la cremallera del pantalón y sentí como acercaba su polla a mi húmedo sexo. Se disponía a follarme de pie y eso me excitó aún más. Posó un beso sobre mi cuello, acarició mis senos pegando su cuerpo al mío y me estremecí irremediablemente. Deslizó una de sus manos hasta mi pubis y empezó a acariciar mi sexo buscando mi clítoris. Sus dedos se hundieron buscándolo y cuando lo encontró empezó a rozarlo en círculos. Su sexo estaba alojado entre mis piernas y con el movimiento, lo meneaba levemente haciendo que mi excitación aumentara. Le deseaba cada vez más, y deseaba liberarme, sentir la pasión que sólo él me hacía sentir, pero a la vez, la imagen de Rodrigo follándome aparecía en mi mente. Estaba confusa y desorientada. De repente, Pedro guió su verga hasta mi húmedo agujero y muy despacio me penetró. Suspiré al sentirle completamente dentro de mí y tras eso, él me sujetó por las caderas y empezó a moverse, cada vez a un ritmo más rápido y vertiginoso, haciendo que mi piel se excitara y calentara. Sentía como las paredes de mi vagina apresaban su sexo una y otra vez, como su verga entraba y salía de mí casi completamente. Nuestras respiraciones y jadeos resonaban en toda la casa y el fuego de la pasión quemada el aire que nos envolvía. Yo empujaba hacía él, necesitaba sentir su pasión, su beso, sentirle a él y olvidar lo sucedido en los últimos días, olvidar a Rodrigo.
Me giré hacía él y le observé. Acercó sus labios a los míos y nos besamos, su boca me supo dulce como la miel y más cuando sus brazos me rodearon y me apretó contra él, haciendo que su verga se hundiera más en mí. Gemí extasiada, y empujé hacía él, que enseguida comprendió lo que deseaba y siguió empujando con fuerza hasta que mi cuerpo se liberó explotando en un maravilloso orgasmo, convulsionándome de placer. Pocos segundos después también él se corrió. Nos quedamos unos segundos abrazados sintiéndonos piel contra piel. Luego se separó de mí. Cogí la toalla del suelo y dije:
- Será mejor que nos marchemos.
Me dirigí a su habitación, donde él había dejado mi maleta y me vestí.
Minutos después ambos salíamos de su piso. Subimos en su coche y mientras nos alejábamos de allí ví el coche de Rodrigo llegando.
Pedro condujo hasta las afueras de la ciudad, hasta una de las urbanizaciones más caras del extrarradio. Allí se detuvo frente a una casa, pequeña pero majestuosa. El jardín estaba envidiablemente bien cuidado. La puerta por la que entramos se abrió automáticamente después de que Pedro pitara un par de veces. Entramos hasta la puerta principal y antes de que bajáramos del coche, la que supuse era la inquilina bajó por las escaleras para saludarnos. Era una mujer menuda, delgada, de hermosos ojos verdes y lacio cabello rubio.
Pedro y ella se abrazaron muy amigablemente. Luego este me la presentó:
- Esta es Maribel González. – Al oír el apellido la sangre se me heló y me quedé parada, sin saber que decir ni que hacer.
Pero ella se acercó a mí y dándome un beso en cada mejilla dijo:
- Sí, yo soy la mujer de Rodrigo, y no temas, aquí estarás segura de ese pervertido. Lamento que tengamos que conocernos en estas circunstancias.
Correspondí sus dos besos, tras los cuales le dije:
- No entiendo nada.
- No te preocupes, ahora te lo contamos todo. ¿Vamos adentro? – Preguntó Pedro.
Y Maribel nos llevó hasta el interior de la casa. Era una casa pequeña, pero decorada con un gusto exquisito. Entramos en el salón y nos sentamos en el sofá. Maribel nos ofreció algo para beber, pero yo no quería beber nada, quería saber porque estaba allí, y porque se suponía que aquel era un lugar seguro para mí, libre del acoso al que sin duda Rodrigo querría someterme para que regresara con él.
Maribel empezó a contarme:
Siento que nos hayamos conocido en estas circunstancias, y espero que de ahora en adelante podamos ser buenas amigas. Verás, cuando Pedro vino a verme hace unos días, justo después de que os conocierais y de que me contara lo de la violación a la que te sometió mi marido, pensé que si tú no salías de aquel infierno, te sacaría yo, como fuera.
- Se detuvo unos segundos para tomar aire y pregunté:
- ¿Y por qué? ¿Qué sacas tú de todo esto?.
Nada, sólo salvarte de las garras de ese pervertido y no dejar que termines como tu antecesora, tanto en ese puesto de secretaria como en el papel de amante. Ella murió ¿sabes? Se suicidó después de que mi marido la usara para todos sus pervertidos juegos. Y antes su tumba juré que no permitiría que mi marido le hiciera lo mismo a ninguna otra mujer.
Me quedé sorprendida al oír y conocer aquella historia, no sabía que decir, sólo pensé que de buena me había librado, porque muy terribles tenían que haber sido aquellas perversiones para que la pobre chica decidiera suicidarse. Empecé a llorar y Pedro se acercó a mí. Me abrazo y dijo:
- No te preocupes, ya todo ha terminado.
- No entiendo como pude enamorarme de él.
- De eso se vale mi marido, del amor que sentís por él, a través del cual es capaz de someteros a las más terribles perversiones. Lo sé, porque en otro tiempo también yo fui una de sus víctimas, y gracias a Dios, pude liberarme de eso. Y soy feliz al poder ayudar a otras.
Se quedó callada mirando al horizonte y entonces le pregunté:
- ¿Y por qué sigues casada con él?
- Bueno, esa es una cuestión larga de explicar, pero digamos que principalmente es por una cuestión de conveniencia, tras liberarme de él pude llegar a un acuerdo y por eso seguimos casados pero sin mantener ningún tipo de relación sexual.
- Entiendo. Gracias, Maribel. Pero ¿de verdad estaré segura aquí?
- Sí, no te preocupes, él no conoce está casa, la compré hace poco precisamente para usarla con el fin de cedérselas a las posibles amantes engañadas de mi marido. Puedes quedarte tanto como desees.
Me acerqué a ella y la abracé, me sentí libre entre sus brazos, libre, respetada y querida incluso. Luego me dirigí a Pedro y también le abracé, dándoles las gracias, tras lo cual Maribel dijo:
- Creo que es mejor que os deje solos, tortolitos. Aquí tenéis las llaves. –Dijo ofreciéndoselas a Pedro que las cogió.
- Gracias, Maribel. – Le dijo.
- Gracias a ti. Espero que seáis felices.
Tras eso, Maribel salió de la casa. Pedro volvió a abrazarme, me besó apasionadamente y me dijo por primera vez.
- Te quiero.
Yo no osé responderle, me limité a recibir sus besos. La experiencia pasada era demasiado reciente como para empezar a entregarme por entero a Pedro, aunque sabía que en el fondo de mi corazón y desde el día en que le había conocido, algo había surgido entre ambos.
Pedro me colmó de besos, me llevó a una de las habitaciones, me tumbó sobre la cama y empezó a desnudarme despacio diciéndome:
- Deja que yo lo haga todo.
Con besos y caricias fue despojándome de la ropa y una vez desnuda, hundió su cabeza entre mis piernas, me lamió el sexo ávidamente, me penetró con su lengua y me sentí en la gloria. Cuando creyó que ya estaba preparada y suficientemente húmeda, se puso sobre mí y me penetró. Nos quedamos un rato inmóviles, mirándonos a los ojos y ví en ellos un brillo especial que nunca antes había visto en los ojos de ningún otro hombre y entonces se lo dije:
- Te quiero.
Hicimos el amor hasta quedar rendidos y finalmente nos dormidos.
Días más tarde tuvimos que abandonar la ciudad y buscarnos la vida en otro lugar con la ayuda de Maribel, lejos de Rodrigo y de todo aquel infierno en el que había vivido por enamorarme de quien no merecía mi amor.
Ahora ya han pasado algunos meses, en los que Pedro y yo nos hemos casado y estamos apunto de tener nuestro primer hijo, bueno hija, probablemente se llame Maribel. Ahora sí he encontrado al verdadero hombre de mi vida.
¡Ah! Y hace unos días supimos por Maribel que Rodrigo estaba en la cárcel acusado de proxenetismo, ha sido una de las mejores noticias que podrían habernos dado.
Erotikakarenc
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9 Enero 2007

Atravesamos el pasillo hasta llegar al ascensor y entramos en una habitación que había enfrente, en el letrero de la puerta decía: "Privado". Una vez dentro, Rodrigo encendió la luz, Pablo cerró la puerta con llave y Alicia me llevó hasta el centro de la estancia, en el cual, del techo pendían un par de cadenas con dos grilletes. Aparte de eso, la habitación estaba totalmente vacía a excepción de varios látigos que estaban colgados en las paredes. Alicia me desató las manos, me hizo elevar los brazos por encima de la cabeza y me apresó las muñecas con los grilletes. Entretanto, Rodrigo y Pablo habían cogido un par de látigos. Nerviosa me revolví. No quería imaginar lo que ambos estaban maquinando.
Rodrigo se acercó a mí.
- Muy bien, putita, me encanta que estés expuesta para mí. ¡Abre las piernas! – Me ordenó golpeándome con el látigo en estas.
Introdujo sus dedos entre ellas y acarició mi sexo.
- Esta húmeda la jodida. – Le dijo a Pablo.
- ¿Te estás excitando, putita? – Me preguntó él blandiendo su látigo contra mis nalgas.
- ¡Ay! - Me quejé.
- Alicia. – Le dijo Rodrigo, y esta sin necesidad de más palabras, se situó frente a mí y con sus dedos empezó a presionar fuertemente mis pezones.
Empecé a sentir dolor y a sentirme humillada, pero también excitada. No entendía lo que me estaba pasando, pero no me desagrada del todo que me trataran de aquella manera. Así, Pablo trataba de introducirme la empuñadura del látigo por el agujero trasero, mientras Rodrigo me torturaba pellizcando mi clítoris. Pablo por fin logró que aquel objeto entrara en mí y grité dolorida, deseaba que lo sacara, que aquel dolor cesara, pero en lugar de eso, él lo empujó aún más a dentro. Rodrigo entre mis piernas mordía mi clítoris produciéndome también dolor y Alicia había puesto un par de pinzas de ropa sobre mis pezones y sentía un desagradable pellizco que casi no me dejaba respirar. Sentí que mi cabeza daba vueltas. El dolor era más intenso que cualquier otra sensación. Deseaba salir de allí, sentirme libre y liberada, pero era evidente que el castigo no había hecho más que empezar.
Pablo empezó a taladrarme con el grueso mango del látigo, mientras Rodrigo también me penetraba con la empuñadura del suyo. Un fuerte alarido escapó de mi garganta, ya que con el dolor que estaba sintiendo, la humedad y la excitación habían desaparecido.
Para contrarrestar aquel dolor. Alicia empezó a acariciar suavemente mi piel, mientras me daba dulces besos en los labios. Pero nada podía evitar aquel daño, ya que me sentía herida en el corazón más que en la piel.
Ambos hombres movían los látigos con violencia dentro y fuera de mí, haciendo que me doliera el sexo y el culo, además de los brazos que pendían de las cadenas. Cada vez me sentía más mareada, cuando de repente, Pablo sacó el mango de mi culo, acarició mi agujero y acercó su boca. Lo lamió haciendo que el escozor que había sentido hasta ese momento se calmara. Rodrigo le imitó y también sacó la empuñadura de su látigo de mí y arrodillándose frente a mi sexo lo lamió introduciendo su lengua en mi vagina. Aquellos lametones calmaron un poco el dolor y poco a poco empecé a gemir excitada.
Alicia abandonó las caricias y se alejó de mí. Se sentó en un rincón de la sala, con las piernas abiertas y mientras observaba como aquellos dos hombres me besaban, lamían y acariciaban, empezó a acariciarse su sexo.
No sé durante cuanto tiempo estuvieron lamiéndome y acariciándome, pero sus caricias me hicieron olvidar el dolor que había sentido algunos minutos antes, y empecé a gemir y a desear que me poseyeran.
Cuando Rodrigo notó esa actitud, me mordió un pecho y me gritó:
- ¡No quiero que te excites, aún no, ahora quiero que sufras!
Volvió a coger el látigo que había dejado en el suelo y empezó a golpearme con él sobre los senos y el pubis.
Alicia seguía acariciándose en un rincón y ahora lo hacía con más ímpetu. Parecía que el verme torturada por aquellos dos hombres la excitaba.
Pablo que estaba detrás de mí introduciéndome un par de dedos por el ano, parecía divertirse al ver como a la vez que sentía el dolor de los latigazos que Rodrigo me daba, sentía el placer que sus dedos retorciéndose y girando en mi agujero trasero. Era una sensación extraña sentir dolor por una parte y placer por otro, pero también era una sensación agradable, ya que el placer parecía contrarrestar el dolor. Ambos siguieron durante un rato. Cuando Rodrigo me golpeaba, Pablo se detenía en sus caricias, y cuando Rodrigo se detenía en sus latigazos, era Pablo el que movía sus dedos dentro de mí para darme placer. Entre una cosa y otra me corrí entre espasmos y gritos de placer y entonces Rodrigo se puso en pie frente a mí, me cogió por la cintura y diciéndome:
- Abre las piernas, zorra.
Obedecí y sentí como acercaba su sexo al mío y sin más me penetraba con violencia. Luego empezó a empujar dentro y fuera, tirando de mí, lo que hacía que los grilletes que me sostenía las muñecas se me clavaban en la piel.
- ¡Vamos, cabrón, fóllale el culo! – Le ordenó a Pablo, abriéndome las nalgas.
También Pablo fue brusco en su embestida y al sentir el choque de ambas vergas dentro de mí, sentí un fuerte pinchazo en mi vientre que me obligó a gritar.
Alicia en su rincón, parecía estar ya totalmente satisfecha y quieta nos observaba.
Ambos hombres empezaron a embestirme alternativamente y con violencia, haciendo que mi cuerpo se tensaran con cada embate y los músculos me dolieran, lo que hizo que el mareo volviera a aparecer. Pablo y Rodrigo empujaban sin parar, en busca de su propio placer, sin tener en cuenta para nada el mío. Sentí como Rodrigo empujaba con fuerza y su sexo se hinchaba dentro de mí, hasta inundarme con su caliente semen. Yo estaba desfallecida, me faltaba el aliento y sentía que de un momento a otro me iba a desmayar. También Pablo, descargó con fuerza en mi culo y cuando ambos dejaron de convulsionarse, me quitaron los grilletes de las muñecas y me dejaron tendida sobre el suelo, ya que estaba extenuada y las piernas no me sostenían
Sentí que Rodrigo acercaba su boca a mi oído y me susurraba:
- Te has comportado muy bien, putita.
Luego, casi entre tinieblas ví que se alejaba y salía de la sala.
- ¿La vas a dejar ahí? – Preguntó Pablo algo sorprendido por la actitud de Rodrigo.
- Sí, esa guarra no merece que me preocupe por ella.
Su crueldad había llegado al punto máximo y en aquel instante pensé que ya se había terminado, que era el fin, que aquel cabrón no doblegaría más mi voluntad. Creo que fue en aquel momento cuando mi amor por él empezó a romperse, al igual que mi corazón que se estaba rompiendo en mil pedazos que caían al suelo. El suelo sobre el que estaba tendida.
Pablo se apiadó de mí, y me cogió en brazos y seguido de Alicia me llevaron hasta mi habitación. Me tumbó sobre la cama y tras decirle algo al oído a Alicia, salió de la habitación. Alicia se dirigió al baño y volvió unos segundos después con un cuenco de agua y un paño, empezó a curar mis heridas, limpiándolas y aplicando una pomada que había traído. Tras la cura creo que me dormí agotada.
Cuando desperté Alicia estaba sentada en una de las sillas de la habitación leyendo una revista. Cuando se dio cuenta de que estaba despierta me preguntó:
- ¿Te duelen las heridas?.
- No, me duele mucho más el corazón. – Le dije y era cierto.
Lo sucedido en las últimas horas me había hecho abrir los ojos y darme cuenta que para Rodrigo yo sólo era un juguete con el que jugaba a los más perversos juegos. Yo sólo era un objeto con el que satisfacerse, nada más.
- ¿Me puedes hacer un favor, Alicia? – Le pregunté a mi amiga.
- Claro.
- Alcánzame mi bolso, yo no me veo con fuerzas de ir hasta allí. – Le dije señalándole mi bolso que estaba sobre la mesa, junto al televisor.
Alicia se levantó y me lo alcanzó.
- Gracias.
Busqué mi móvil, busqué el número de Pedro y llamé.
Al escuchar mi voz me preguntó nervioso.
- ¿Estás bien? Llevo horas buscándote, preguntando a todo el que te conoce donde demonios puedes estar.
- Estoy... – No me atrevía a contarle lo sucedido, pues sabía que después de haberle hecho venir a mi casa con urgencia tras la violación a la que me había sometido Rodrigo un par de días antes, saber que ahora estaba con él no le iba a sentar muy bien. - ... con Rodrigo... en...
- ¿Pero tú estas loca?- Me cortó. - Ese hombre te violó, por mucho que le ames y que sea tu jefe, no puedes perdonarle algo así.
- Pedro, por favor, ahora no necesito un sermón, sé que hice mal, pero por favor, quiero salir de aquí, ¿puedes venir a buscarme?
- Esta bien, dime donde estás y vendré.
Le di la dirección de aquel lugar y luego le pedí a Alicia que me ayudara a hacer mi maleta y salir de allí.
Una hora más tarde estaba en el coche de Pedro, alejándome de aquel lugar y de aquella degradación que había sufrido, rumbo, quizás, a una nueva vida...
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11 Noviembre 2006
Alicia me llevó hasta mi habitación. Una vez dentro, me besó apasionadamente, de nuevo. Luego me llevó hasta la cama. Nos tumbamos en ella, y de nuevo su boca se unió a la mía. Su mano se adentró entre mis piernas y yo la imité. Sabía perfectamente donde tenía que acariciar y como, por eso en menos de 30 segundos había conseguido que mi sexo se humedeciera y mi respiración empezara a agitarse excitada.
Me miró a los ojos y me preguntó:
- ¿Algún hombre ha conseguido que te corras con una mamada? – Alicia era así de clara, no le gustaba irse por las ramas.
- No. – Le contesté.
- Entonces yo voy a hacer que lo logres por primera vez en tu vida.
Descendió besándome despacio, beso a beso por mi cuello. Al llegar a mis senos los lamió mientras los acariciaba suavemente. Sentí su lengua acariciando mis pezones. Yo también trataba de masajear los suyos, pero ella se iba escapando de mis manos, descendiendo poco a poco hacía mi sexo. Marcó un camino con su saliva hasta mi ombligo. Introdujo su lengua en él y yo me estremecí. Siguió su camino hasta mi pubis, y entonces noté su lengua rozando la cabeza de mi clítoris. Un estremecimiento hizo que mi cuerpo vibrara y gemí excitada. Alicia sabía como usar su lengua para hacer que una mujer se excitara y sintiera el deseo quemando su carne. Su lengua se adentró entre los pliegues de mi vagina a la vez que con uno de sus dedos marcaba círculos sobre mi clítoris. Mi respiración se agitaba cada vez más, estaba a mil. Poco a poco todo mi cuerpo iba sintiendo aquel placer que sólo otra mujer podía darme.
Además de la lengua, Alicia también usaba sus dedos, con ellos acariciaba mis labios vaginales o mi agujero anal adentrándose en él de vez en cuando e intensificando el placer.
Los gemidos resonaban en toda la habitación y mi cuerpo se agitaba enervado por el goce que ella me producía.
Realmente nunca antes había sentido una boca como aquella sobre mi sexo, una lengua que se adentraba en mí hasta lo más profundo, que mordía y lamía mí clítoris como no lo había hecho nadie. Mi cuerpo se retorcía de placer mientras sentía un dedo adentrarse en mi ano.
Así, moviendo su lengua sobre mi sexo Alicia consiguió que tuviera el mejor orgasmo de mi vida. Y cuando dejé de convulsionarme me quedé quieta y adormecida sobre la cama.
Cuando desperté el sol empezaba a entrar por las rendijas de la persiana. Alicia seguía a mi lado, dormida. Fue la primera vez que pensé que una mujer era bella. Al verla desnuda, tan quieta, con el sol reflejándose en su blanca y sedosa piel empecé a excitarme. Así que pensé que no estaría nada mal devolverle el favor que me había hecho a media noche y sin despertarla me situé entre sus piernas. Tímidamente acerqué mi boca a su sexo y di un suave lametón. Alicia se revolvió exiguamente, lo que me animó a seguir y di otro lametón. Pensé que era agradable el sabor de una mujer y me sentí atraída por aquel. Alicia empezó a despertar, mientras yo lengüeteaba su clítoris. La miré y ella me miró sonriendo. Posó su mano sobre mi cabeza apretándola contra su sexo, señal inequívoca de que le gustaba. Con lo cual seguí moviendo mi lengua sobre aquel dulce manjar, llevándola del mágico botón a la dulce cueva y recreándome en las caricias que le aplicaba. Alicia se revolvía y estremecía excitada, gemía en un aullido leve pero continuo y eso me hacía sentir feliz.
- Anda, ven aquí. – Me dijo en un momento en que traté de descansar y la miré a los ojos. – Hagamos un 69.
La obedecí y me situé con mi sexo frente a su cara. Sentí su lengua buscando mi clítoris mientras yo hacía lo mismo con la mía. En poco segundos ambas gemíamos a la vez que tratábamos de darnos placer.
Yo sentía su lengua hurgando en mi vagina, introduciéndose en mí, a la vez que yo también movía mi lengua tratando de lamer, y chupetear su clítoris, succionándolo y mordisqueándolo levemente. Me concentré en darle placer a través de aquellas caricias. Cuando su boca empezó a lamer y succionar mi clítoris yo trataba de introducir mi lengua en su vagina moviéndola dentro y fuera, lengüeteando el borde y los labios vaginales.
Ambas gemíamos y nos convulsionábamos. Sentí como Alicia introducía un par de dedos en mi vagina y traté de imitarla. Ella se convulsionó al sentir como la penetraba, y noté sus jugos mojándolos, mientras también los míos humedecían su mano. Sentía que de un momento a otro iba a explotar en un orgasmo, también Alicia temblaba sintiéndolo cercano. Así, las caricias se intensificaron y aumentamos el ritmo y en pocos segundos primero una y luego la otra alcanzamos el éxtasis.
- ¡Bravo! ¡Buen espectáculo! – Dijo Rodrigo.
Levanté la cabeza y lo ví aplaudiendo junto a Pablo.
- Estáis hechas la una para la otra. – Apostilló Pablo.
Ambas nos quedamos mirándolos sonrientes. Al parecer llevaban algunos minutos disfrutando de la escena, ya que sus sexos estaban en completa erección.
- Tendremos que calmar esos fuegos. – Dijo Alicia con tono pícaro.
Ellos se acercaron a la cama y nosotras nos sentamos en el borde una junto a la otra, frente a ellos. Yo me quedé frente a Pablo y ella frente a Rodrigo.
Ambas al unísono cogimos el sexo que teníamos enfrente y empezamos a lamerlo cuidadosamente. Enseguida dejé de observar a mi compañera y me concentré en lo que estaba haciendo. Empecé a masajear la verga, mientras lamía ávidamente y paseaba mi lengua por el glande, descendiendo luego por el tronco y volviendo otra vez al glande que me introduje en la boca y chupeteé con esmero, saboreándolo. Pablo empezó a gemir, al igual que Rodrigo, y enredando sus manos en mi pelo empujó mi cabeza hacía su sexo que entró en mi boca hasta la mitad.
Cerré los ojos y me concentré en aquel trabajo, en darle placer a mi amante inesperado, mientras pensaba que todo lo sucedido en las últimas horas me parecía un sueño, un extraño sueño del que no quería despertar, porque me sentía libre, libre conmigo y con mi cuerpo. Libre de sentir y desear lo que quería, pero a la vez también me sentía atrapada, miraba a Rodrigo y pensaba que él me había llevado hasta allí y que si hacía todo aquello era por él, por recuperar su amor, por hacer que nuestra relación fuera la de siempre.
De repente, los gemidos de Rodrigo me despertaron, y por ellos reconocí que estaba a punto de correrse.
- ¡Para guarra! – Le gritó a Alicia.- Quiero correrme en la boca de mi putita.
Así que Pablo sacó su verga de mi boca y la dirigió a la de Alicia, mientras Rodrigo hacía lo mismo dirigiendo la suya hacía mi boca. La recibí complacida, feliz, pensando que en el fondo Rodrigo me amaba, que yo era su putita y que nada cambiaría aquello. Mamé como si me fuera la vida en ello y en poco segundos empecé a sentir el amargo semen sobre mi lengua. Cuando Rodrigo terminó de correrse, me tumbó sobre la cama poniéndose sobre mí, y me besó con furia, mientras adentraba un par de dedos en mi vagina y los movía como si fuera su pene. Gemí y me retorcí de placer durante unos segundos hasta que me corrí. Rodrigo volvió a besarme y al separarse dijo:
- Eres toda un puta.
Alicia seguía mamando la polla de Pablo, al parecer tenía más aguante de Rodrigo. Les observamos unos segundos hasta que Rodrigo me dijo:
- Anda, ayúdala, a ver si se corre ya.
Hice lo que mi jefe me ordenaba y acerqué mi boca a los huevos de Pablo que estaban libres. Este emitió un gemido de satisfacción y chupeteé un huevo y luego el otro, mientras Alicia seguía comiéndose su pene y en pocos segundos Pablo se corrió. Alicia se tomó el primer chorro de semen que cayó en su boca y luego me ofreció a mí el resto que también tragué. Cuando Pablo dejó de correrse, los tres nos tumbamos en la cama junto a Rodrigo, exhaustos.
Descansamos una media hora, tras la cual Rodrigo se levantó de la cama, se acercó a la maleta y sacó algo de ella, aunque no pude ver el que. Luego se acercó a mí, me hizo levantar y me estrechó entre sus brazos besándome. Sentí como cogía mis manos y me las colocaba en la espalda y me las ataba.
- ¿Qué haces? – Pregunté sorprendida.
- No te preocupes, querida, vamos a disfrutar un poquito más. – Se limitó a contestarme.
Y así atada me hizo salir de la habitación. Alicia y Pablo nos seguían.
¿A dónde me llevaría, que sería lo que me esperaba en las siguientes horas...?
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