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Mis relatos eróticos

Relatos para relajarse y disfrutar.

1 Noviembre 2006

SECRETARIA Y AMANTE (7: Desnúdate)

Medía hora más tarde llegamos a la casa. Era una gran casa de estilo colonial con un precioso jardín. Dejamos el coche en el aparcamiento y tras salir del parking nos dirigimos a la recepción. Me sorprendió ver a todos los empleados y clientes completamente desnudos, pero al oír el saludo de bienvenida del recepcionista:

Bienvenido a la casa del placer y el dolor. – La sorpresa se desvaneció. Estaba totalmente claro lo que íbamos a hacer allí.

Rodrigo le tendió el DNI al recepcionista y dijo:

Tengo una reserva a mi nombre para todo el fin de semana.

El recepcionista buscó en el ordenador y finalmente dijo:

Efectivamente Sr. González. – Cogió una llave del casillero y se la tendió a Rodrigo. – Habitación 202, segundo piso.

Gracias.

Nos dirigimos hacía el ascensor y una chica rubia y muy guapa nos saludó y dijo:

¿Les acompaño a la habitación?

Gracias. – Respondió Rodrigo comiéndosela con los ojos.

Subimos los tres en el ascensor y Rodrigo le dio la llave a la chica. El ascensor se detuvo, salimos y la chica nos llevó hasta la habitación. Abrió, nos invitó a entrar y antes de volver a salir dijo:

Espero que su estancia sea agradable, si necesitan algo...

No, por ahora no necesitamos nada. – Le dijo Rodrigo dándole un billete de 50.

La chica salió de la habitación y Rodrigo y yo nos quedamos a solas. Él se acercó a mí, me estrechó entre sus brazos y me dio un violento beso en los labios. Luego se sentó sobre la cama y me dijo:

Bueno, a partir de ahora y durante todo el fin de semana, harás todo lo que yo te pida, me obedecerás en todo, ¿de acuerdo? Si te pido que folles con unos y con otros, lo harás, sin rechistar, ¿vale?.

Vale – Acepté.

Bien, entonces desnúdate. Y a partir de este momento irás desnuda a todas partes donde vayamos.

Empecé a quitarme la ropa, desnudándome despacio. Era la primera vez que me desnudaba delante de Rodrigo, después de que me forzara. Sus ojos me miraron con deseo. Le miré intensamente a los ojos y ví aquel brillo que ví la primera vez que me hizo el amor y eso me animó a seguir y a empezar a desearle de nuevo. Luego se puso en pie y se desnudó sin dejar de mirarme. Su sexo estaba erecto y altivo. Deseándome, como siempre. Volvió a sentarse sobre la cama y me ordenó:

Ven aquí putita, y chúpamela.

Obedecí como le había prometido que haría unos minutos antes.

Me arrodillé frente a su sexo. Lo así con mis manos y empecé a lamerlo despacio, como había hecho muchas otras veces. Rodrigo enseguida empezó a gemir y suspirar excitado, mientras sujetaba mi cabeza con una de sus manos y me animaba a seguir con aquel trabajo. Cuando estaba a punto de correrse me ordenó:

Para. Ahora quiero que me hagas una cubana.

Obedecí, acerqué mis senos a su verga, la apresé con ellos estrujándolos con mis manos y empecé a moverlos arriba y abajo, haciendo que el duro mástil se deslizara por el canalillo.

Rodrigo estaba cada vez más excitado, podía notarlo en el tono de sus gemidos. De repente me hizo levantar diciéndome:

Anda, ven aquí, seguro que estás húmeda y quieres que te la meta.

Efectivamente había logrado que me excitara, así que me puse en pie. Él me hizo poner de espaldas a él y dirigiéndome me hizo sentar sobre su pene, haciendo que este me penetrara profundamente. Gemí al sentir como entraba en mí. Luego empecé a moverme sobre el duro mástil, sin saber como y a pesar de todo, me sentía excitada. Rodrigo me abrazó, llevó sus manos hasta mis senos y los masajeó, luego llevó una de ellas hasta mi clítoris y también lo acarició, mientras yo gemía excitada. Repentinamente sacó su pene de mi sexo y lo dirigió a mi agujero trasero penetrándome por él. Era una sensación sublime. De nuevo, me sentía deseada, amada por el hombre de mi vida y poco a poco el incidente del día anterior iba pasando al recuerdo.

Sentirme ensartada, penetrada por aquella vara caliente, hacía que mi sexo se humedeciera cada vez más, que mis músculos se tensaran y que todo mi cuerpo se llenara de sensaciones agradables. Mi vello se erizaba y una serie de agradables gemidos escapaban de mi garganta. Estaba apunto de correrme, pero Rodrigo me ordenó:

No quiero que te corras aún, aguanta.

Traté de hacerlo, de pensar en otra cosa, pero era inevitable, mi cuerpo ardía de deseo por él y junto a él y necesitaba explotar, sentir su explosión de placer junto a la mía y liberarme. Sentí como él también estaba a punto de correrse, como su polla se tensaba dentro de mí y entonces me dijo:

Ahora, ahora.

Y en pocos segundos empecé a correrme junto a él, sintiendo como su sexo me llenaba con su leche y como todo mi cuerpo se liberaba por fin.

Tras eso caímos rendidos sobre la cama y descansamos un rato. Hasta que Rodrigo miró el reloj y dijo:

Tenemos que ir a cenar. Hoy hay una cena de bienvenida en el salón principal.

Nos levantamos, pero ninguno de los dos nos vestimos. Según me contó Rodrigo en aquel "hotel" todo el mundo iba desnudo como si fuera lo más normal del mundo.

Al salir al pasillo me sentí un poco cohibida, pero al ver otra pareja que salía de su habitación igualmente desnudos, empecé a sentirme algo más cómoda.

Bajamos al comedor y al rato de estar allí, viendo a todos completamente desnudos, me fui sintiendo más y más cómoda, como si hubiera hecho aquello toda mi vida. No éramos muchos, unos 12 ó 15 a lo sumo. Uno de los camareros nos llevó hasta la mesa que nos tocaba. Era una mesa de cuatro comensales, dos hombres y dos mujeres, sentados alternativamente. A nosotros nos sentaron con una pareja, él era atractivo y moreno, tendría la edad de Rodrigo, y ella era una rubia espectacular, sobre la que Rodrigo puso enseguida sus ojos.

Hola, me llamo Pablo y esta es Alicia, mi esposa. –Se presentó el hombre.

Pues yo soy Rodrigo y esta es Carla, mi putita. – Me presentó Rodrigo.

Y entonces ví como Pablo clavaba sus ojos sobre mis tetas desnudas haciéndome sentir algo incómoda.

Los camareros nos sirvieron el primer plato y estaba comiendo tranquilamente cuando sentí que el hombre me acariciaba la rodilla. Poco a poco fue ascendiendo con su mano por mi pierna, la introdujo entre ambas piernas y empujó para que las abriera. Miré entonces a Rodrigo y le indiqué lo que estaba sucediendo, él enseguida se percató y me hizo señal de que me dejara hacer, ví como él también intentaba hacer lo mismo con Alicia. Abrí mis piernas y dejé que mi vecino de mesa introdujera su mano entre ellas, alcanzando mi sexo que empezó a acariciar suavemente. Buscó mi clítoris y empezó a masajearlo haciendo círculos. En pocos minutos mi respiración estaba acelerada y mi sexo totalmente húmedo. Alicia también gemia y en el resto de mesas también se oían gemidos y suspirar de placer, mientras todos tratábamos de seguir comiendo, como si nada sucediera bajo las mesas. Rodrigo cogió mi mano izquierda y la dirigió a su miembro que estaba totalmente erecto, así que empecé a masajearlo. Cuando volvieron a aparecer los camareros para llevarse los platos. El ambiente de morbo y placer volvió a calmarse. Los camareros sirvieron el segundo plato y tras eso, de nuevo jadeos y profundas respiraciones se oían en todo el comedor.

Esta vez fue Rodrigo quien metió su mano entre mis piernas y empezó a masturbarme mientras yo trataba de comer.

Al final de la cena todo el mundo estaba excitado y yo diría que predispuesto a cualquier práctica sexual. El maitre nos indicó entonces que podíamos pasar al salón y así lo hicimos. Fue divertido ver como todos los hombres iban con el sexo erecto y los ojos casi desorbitado por el deseo. Me parecía estar dentro de un cuadro surrealista viviendo una situación que jamás hubiera imaginado.

Una vez en él gran salón la gente empezó a besarse y abrazarse. Rodrigo y yo nos sentamos en uno de los sillones y enseguida aparecieron Pablo y Alicia. Él se sentó a mi lado y Alicia junto a Rodrigo.

Pablo me dijo que era una mujer muy guapa, y que tenía un cuerpo perfecto, y mientras decía esto deslizó una de sus manos por entre mis piernas, a la vez que ponía su brazo por detrás de mis hombros. Acercó su boca a la mía y me besó. Yo le correspondí, no sé porque lo hice, pero me sentía atraída por él y quería que Rodrigo se sintiera feliz. Pablo siguió acariciándome entre las piernas, mientras descendía con su boca hasta mi cuello, haciendo que mi piel se erizara. Miré a Rodrigo y ví que él también estaba entretenido con Alicia, miré a mi alrededor y todo el mundo estaba a lo suyo. Frente a nosotros había un chico, de unos 25 años que se acariciaba el sexo mientras observaba los avances que Pablo realizaba sobre mi cuerpo. Su boca estaba ahora besando mis senos y poco a poco iba descendiendo por mi tórax hasta llegar a mi vientre y finalmente a mi sexo. Abrí las piernas y dejé que accediera a mi clítoris. Sentí su lengua que empezaba a lamer despacio el excitante botón, mientras enfrente el chico seguía masturbándose. Tenía el miembro entre sus manos y lo masajeaba despacio. Nuestras miradas estaban fijas la una en la otra y el deseo bailaba entre nosotros.

Pablo se esmeraba, haciendo que su lengua se moviera por mi sexo, y fuera de mi clítoris a mi vagina, introduciéndose en ella. Yo estaba mil y deseaba más, igual que el chico que tenía enfrente, también él deseaba más, lo podía ver en sus ojos. Yo gemía y me convulsionaba sintiendo aquella boca moviéndose sinuosamente sobre mi sexo y haciéndome desear más. Hasta que a punto de alcanzar el orgasmo, Pablo se incorporó se sentó a mi lado e indicándome su sexo erecto me dijo:

Ahora te toca a ti, preciosa.

Sin pensármelo dos veces me arrodillé entre sus piernas, cogí su sexo con una de mis manos y empecé a lamerlo. Chupeteé el glande, haciendo círculos con mi lengua sobre él. Golpeteé con esta sobre el agujero y luego me lo introduje por completo en la boca, chupándolo como si fuera un helado. Miré a Pablo y le ví con la cabeza recostada sobre el respaldo del sofá y resoplando de placer.

Entonces sentí a alguien tras de mí, sentí sus dedos acariciando mi sexo y comprobando su humedad y oí como Pablo le decía:

Fóllatela muchachito.

Me giré y ví al chico que había estado sentado frente a mí mientras Pablo me comía el sexo. Volví a mi trabajo con la verga de Pablo, cuando sentí como aquel chico guiaba su pene hacía mi húmeda raja y me penetraba. Empezó a moverse entrando y saliendo de mí, a la vez que yo le mamaba la verga a Pablo. En pocos segundos, mi cuerpo era una máquina de dar y recibir placer. El chico cada vez arremetía con más fuerza obligándome a gemir y ha dejar que chuparle la verga a Pablo para poder respirar. Sentía como ambas pollas se hinchaban por el placer que estaban recibiendo y en pocos segundos noté el amargo semen de Pablo llenando mi boca, a la vez que también el chico se corría, lo que provocó que también yo alcanzara el éxtasis.

Cuando los tres dejamos de convulsionarnos, yo volví a sentarme junto a Pablo. Miré a mi lado y Rodrigo y la rubia estaban también descansando. Le pedí a Rodrigo que me llevara a la habitación pues me sentía muy cansada. Nos despedimos de nuestros nuevos amigos y nos retiramos a la habitación.

En la habitación Rodrigo seguía teniendo ganas de más sexo, pero yo ya había tenido suficiente por aquel día, necesitaba descansar, así que le supliqué que me dejara dormir un rato. Nos acostamos y él se quedó mirando la televisión, mientras yo me giraba dándole la espalda e intentaba dormir.

Desperté unas horas más tarde, sola en la cama. La televisión estaba apagada, y Rodrigo no estaba a mi lado. Encendí la luz y me levanté, llamé a la puerta del baño, pero parecía que no había nadie, abrí y efectivamente era así, estaba vacío. Así que decidí ir a buscarle. Salí de la habitación y me encaminé hacía el final del pasillo, donde había una pequeña salita con un sofá, dos sillones y una mesita. Sentada en el sofá, completamente desnuda al igual que yo y fumando, estaba Alicia.

Buenas noches – Me saludó - ¿Tú tampoco puedes dormir? – Me preguntó.

Más o menos. Me desperté y Rodrigo no estaba... - Le contesté.

Estará con alguna de las camareras, he visto como le echaba el ojo a un par de ellas mientras cenábamos.

Supongo. – Dije sentándome a su lado.

Me ofreció el cigarrillo que estaba fumando y me preguntó:

¿Quieres?

No, gracias, no fumo.

Así me gusta, que hagas vida sana, fumar es malo.

Sonreí ante aquella ironía de Alicia.

¿Sabes? Durante toda la cena no he dejado de pensar en hacerte algo.

¿El que? – Le pregunté.

Pasó su mano por detrás de mi cuello, acercó su boca a la mía y me besó profundamente, como sólo una mujer sabe hacerlo, mientras una de sus manos se adentraba entre mis piernas, provocándome el deseo.

Cuando nos separamos me preguntó:

¿Lo has hecho alguna vez con otra mujer? .

No. – Le respondí.

Me cogió de la mano y levantándose me dijo:

Ven conmigo.

Yo la seguí...

Erotikakarenc .

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21 Octubre 2006

SECRETARIA Y AMANTE (6: te voy a follar como te mereces)

La Sra. Becquer estaba tendida sobre la mesa, totalmente desnuda, mientras Rodrigo, desnudo de cintura para abajo, le metía su verga con fuerza una y otra vez.

Aquella visión aún me enfureció más. Mi amado, adorado e idolatrado Rodrigo, estaba follando con otra mujer. Sentí la tentación de irrumpir en la sala y echarle en cara su actitud, pero luego, pensándolo detenidamente, llegué a la conclusión de que no me convenía. Así que me quedé allí mirando como Rodrigo empujaba una y otra vez, haciendo que la Sra. Becquer arqueara la espalda excitada, mientras se acariciaba los senos. Vi como Rodrigo aceleraba el ritmo, señal inequívoca de que estaba llegando al éxtasis, momento en que sacó la verga de la húmeda vagina femenina, se la meneó unos segundos y roció la barriga de la Sra. Becquer con los estertores de su orgasmo. Ella se limpió, y tras eso ambos se arreglaron las ropas. Yo me quedé junto a la puerta, escondida tras la pared, esperando a que salieran de la sala. Oí a Rodrigo, justo en el momento en que abría la puerta, decirle a su supuesta amante:

Espérame en recepción mientras yo voy a mi despacho para hablar sobre un asunto con mi secretaria.

En ese momento con mi mejor actitud, me puse en medio del pasillo, como si me estuviera encaminando hacía la sala, y me topé con él de frente.

Vaya, estas aquí. – Dijo sorprendido.

Sí, iba a buscarte.

¿Qué tal con el Sr. Reyes? – Me preguntó.

Bien.

¿Ha firmado el contrato?

Sí.

Bien, pues entonces me voy a comer con la Sra. Becquer, no me esperes por aquí esta tarde, ya nos veremos luego – Me dijo.

Sí, pero tenemos que hablar. – Le dije.

Luego hablaremos. – Me indicó siguiendo a la Sra. Becquer y dejándome con la palabra en la boca.

Comí con Laura, mi amiga y compañera, pero no le conté nada de lo sucedido aquel día, aún así, ella notó mi tristeza porque me preguntó:

¿Te pasa algo? Te veo muy cabizbaja hoy.

No, estoy bien. – Le dije.

Venga, que te conozco. ¿No te habrás enfadado con el Sr. González?

No.

Pues algún problema tienes con él, estoy segura, esta mañana estabas muy contenta.

No es nada, ahora no tengo ganas de hablar de eso. – Dije tratando de zanjar aquel tema.

Esta bien, cuando tengas ganas ya sabes donde estoy.

Sí, gracias Laura y perdona. – Le dije para disculpar mi actitud en aquel momento.

No te preocupes, querida. Todas tenemos un mal día.

Durante la tarde estuve sola en el despacho, dándole vueltas una y otra vez a la misma imagen, la de Rodrigo follando a aquella mujer. Y poco a poco los celos iban creciendo en mí. Cuando llegué a casa sólo pensaba en ducharme y descansar, pero tras abrir la puerta, ví luz en el comedor. Entré, y en el sofá estaba Rodrigo esperándome (hacía unos días que le había dado una llave de mi piso).

Hola querida. – Me saludó.

Hola, ¿qué haces aquí? – Le pregunté con cierto tono de reproche.

¿No querías que habláramos?

Sí.

Entonces, ¿qué querías?

Te he visto follando con la Sra. Becquer.

Sí, ¿y qué? – Me preguntó – No me digas que estás celosa.

No, pero creía que tú y yo teníamos una relación y...

Se rió estruendosamente. Y añadió:

Venga putita, no me vengas ahora con esas estupideces de la fidelidad. ¿Qué pasa, el negro ese no te ha dado suficiente caña? – Me preguntó cínicamente - ¿Es eso, quieres más? Ese papel de mujer celosa, no te va, putita. Anda, ven aquí que te dé tu buena ración de polla. – Me dijo, cogiéndome del brazo y zarandeándome para hacerme caer al suelo de rodillas, frente a su sexo.

Se bajó la cremallera del pantalón mientras yo intentaba protestar:

Pero yo...

Anda, mama, puta. – Me ordenó.

No, yo...

Acercó su verga a mis labios y me obligó a tragarla gritándome:

¡Vamos, zorra, hazlo como tú sabes!.

En aquel momento me di cuenta del monstruo que era Rodrigo, de que todo aquel amor encubierto, había sido sólo eso, encubierto, una farsa para lograr de mí lo que probablemente su mujer no le daba, el sexo más perverso. Un par de lágrimas empezaron a caer por mis mejillas al comprenderlo.

Forzadamente y sin ningún tipo de deseo empecé a lamer aquel pene, justo en el mismo instante que mi corazón se deshacía en mil pedazos. Traté de hacerlo lo mejor que pude, a pesar de las pocas ganas que tenía. Rodrigo empezó a excitarse y gemir. Parecía que le gustara tenerme sometida a sus deseos, incluso más que otras veces, ya que su verga estaba más dura y excitada.

Repentinamente, tiró de mi pelo y me hizo levantar diciendo:

Vamos, putita, te voy a follar como te mereces.

Me llevó hasta el sofá que teníamos enfrente mientras yo trataba de zafarme y protestaba:

No, por favor, Rodrigo, no.

Vamos, arrodíllate sobre el sofá, porque te voy a dar lo que quieres.

Obedecí muy a mi pesar y me puse de rodillas sobre el sofá dándole la espalda. En pocos segundos empezó a empujar contra mí una y otra vez, haciendo que su sexo entrara y saliera, mientras un par de lágrimas caían por mis mejillas. Protestar ya no servía de nada, él estaba enloquecido, parecía otro hombre muy distinto a aquel que me había hecho el amor en la cocina de aquel mismo piso un mes antes.

Ahora me estaba follando y además, forzadamente, sin que yo lo deseara. Como podía, aguantaba aquel suplicio, mientras él parecía disfrutar más que nunca. Acarició mis senos mientras empujaba sin parar, luego deslizó su mano hasta mi clítoris y lo acarició con un par de dedos, pero sin lograr arrancarme un solo gemido de placer o deseo. Sentí como sacaba su verga de mi vagina y abriendo mis nalgas lo dirigía hacía el agujero trasero, forzándome también por él.

Seguro que el negro no ha podido follarte este agujero ¿verdad? Y eso es lo que quieres ¿eh, zorrita? La tenía demasiado grande ¿verdad?

¡No, no! – Un doloroso y asustado gemido, salió de mi garganta. Y mis ojos se inundaron por completo. El dolor era casi insoportable.

Rodrigo siguió empujando también por aquel agujero hasta que logró el orgasmo y me llenó con su leche. Un amargo sentimiento de odio me llenó por completo en aquel momento.

Una vez saciada su sed de sexo, Rodrigo se apartó de mí, se vistió y yo me caí sobre el sofá quedándome tumbada y acurrucada sobre él. Me sentía sucia y ultrajada y sólo quería de Rodrigo se fuera de allí, que me dejara sola y que no volviera más.

Bien, zorrita, ha sido un placer. Tengo que irme. – Dijo cínicamente.

Acercó su boca a la mía y me dio un suave beso en los labios que no pude corresponder, pero él ni se inmutó, lo tomó como algo normal o quizás no le importó. Para él era sólo un trozo de carne al que se follaba cuando le apetecía, me lo acababa de dejar claro con su actitud.

Oí como cerraba la puerta saliendo del piso y me quedé quieta abrazándome a mi misma mientras lloraba. Me sentía ultrajada, maltratada y utilizada.

A los poco minutos sentí la necesidad de ducharme, quitarme aquella suciedad que sentía en mi cuerpo, la inmundicia de las caricias del hombre al que había amado y al que empezaba a odiar.

Me duché y después de hacerlo, busqué en mi bolso la tarjeta que Pedro me dio. Durante unos minutos estuve sentada en el sofá observándola, pensando en si debía llamarle o no y recordando sus palabras: "Si me necesitas o quieres repetir esto, llámame". Evidentemente en aquel momento no quería repetir la experiencia vivida aquella mañana, pero si sentía que le necesitaba, que necesitaba hablar con alguien y sobre todo, alguien ajeno a mi vida y a mi entorno. No sé porque pero en aquel momento no me veía capaz de confiar en Laura, pero si de hacerlo en Pedro, y su oscura mirada negra. Cogí el teléfono y marqué el número. Aquella dulce voz con acento cubano me contestó:

¿Diga?

Pedro, soy yo, Carla, la secretaria...

Sé quien eres - me cortó.- ¿Cómo olvidarte? Me trataste muy bien.

Tú a mí también – Le dije – Y siento que necesito a alguien con quien hablar, es que Rodrigo...

No sabía como decirlo, un nudo en mi garganta y el dolor de aceptarlo me lo impedían.

¿Qué te ha hecho? – Preguntó Pedro al oír como rompía a llorar, adivinando que algo no iba bien.

Me ha violado, me ha forzado.

Tranquila. Dime donde vives y voy enseguida.

Le di mi dirección y en menos de media hora, estaba llorando en sus brazos. Trató de tranquilizarme, y de convencerme de que acudiera a la policía a denunciarle, pero no lo logró. Pensé que la policía no me creería si sabía que Rodrigo y yo manteníamos una relación amorosa fuera del trabajo y por otro lado estaba la posibilidad de perder el trabajo y en aquel momento no podía permitírmelo, porque estaba pagando aquel piso.

Pedro lo comprendió y supongo que debido a la poca confianza que aún teníamos no quiso insistir en aquello. Tras eso me llevó a la cama y se quedó junto a mí hasta que me dormí.

Cuando desperté por la mañana, encontré una nota sobre la almohada que decía:

Ya sabes, si me necesitas llámame.

Después del desayuno llamé a la oficina diciendo que no me encontraba bien y que no iría a trabajar. Me quedé acostada en la cama el resto del día, no me apetecía hacer nada. A mediodía apareció Pedro con la comida y me obligó a comer a pesar de que yo no tenía hambre. Luego volvió a marcharse y a las seis de la tarde volvió a sonar el timbre. Tranquila y pensando que de nuevo sería Pedro, fui a abrir.

¡Hola putita! – Me saludó mi jefe con tranquilidad, como si el día anterior no hubiera sucedido nada entre nosotros.

¿Qué quieres? – Le pregunté enfadada.

Quiero que hagas la maleta, nos vamos a pasar el fin de semana juntos ,con unos amigos, en una casa de campo.

¿Ahora? ¿Después de lo de ayer? ¿Pero tú crees que voy a querer ir contigo?

Claro que vas a venir, sabes lo que te conviene, además, bien que te gustó lo de ayer. A las putitas como tú les encanta que las fuercen. –Dijo cínicamente.

Yo me quedé anonadada al escuchar aquello.

Venga, prepara la maleta, tenemos que irnos cuanto antes.

Y ¿Si no quiero? – Traté de desafiarle.

Vas a querer, putita, o te quedarás sin trabajo si no lo haces. – Agregó llevándome en volandas del brazo hasta la habitación.

Finalmente obedecí, ya que en el fondo de mi corazón seguía enamorada de él y pensé que quizás aquel fin de semana juntos podría solucionar la maltrecha situación de las últimas 24 horas.

Hice la maleta, me vestí y media hora más tarde salíamos de la ciudad en dirección a aquella casa. Un lugar donde me esperaban nuevas experiencia...

Erotikakarenc

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16 Octubre 2006

SECRETARIA Y AMANTE (5: Quiero que seas mía).

A las 12 en punto apareció un chico de color, de unos treinta años, con traje y corbata y muy atractivo; y con acento cubano me dijo:

Soy Pedro Reyes, creo que el Sr. González me está esperando.

Sí, señor. Ahora mismo el anuncio – Respondí sin dejar de mirar aquellos intensos ojos negros.

Me dirigí a la puerta del despacho, llamé con los nudillos y cuando Rodrigo me indicó que podía abrir, lo hice.

El Sr. Reyes está aquí.

Bien, pasad.

Lo hice pasar. Mientras yo aguantaba la puerta para que él entrara, no pude evitar mirar su trasero, que en realidad poco se vislumbraba bajo la chaqueta del traje, pero lo suficiente para adivinar que poseía unas hermosas y redondas nalgas.

Pasamos ambos y yo cerré la puerta con llave. Tras sentarnos, Rodrigo le ofreció el contrato que ya tenía preparado al cliente.

Bien, está en los mismos términos que el que tenemos con el Sr. López, ¿Sí quiere revisarlo?.

El cubano lo leyó y tras unos minutos, dijo:

El Sr. López dijo que me dispensaríais el mismo trato que a él la última vez que estuvisteis aquí.

Por supuesto que sí. – Dijo Rodrigo, acercándose a mí.

Con un gesto me hizo levantar.

¿Verdad, cariño? – Me preguntó.

Nerviosa como estaba, afirmé y me puse en pie, adivinando lo que aquellos dos hombres deseaban.

¿Me ayudas? – Le pregunté a Rodrigo mostrándole la cremallera de mi vestido, que enseguida me desabrochó.

Me bajó los tirantes del vestido y besó mi hombro dejando caer el vestido, luego miró al negro que seguía sentado en la silla y le preguntó:

¿A que es hermosa?

Rodrigo me desabrochó entonces el sujetador y acarició mis senos, pegando su sexo erecto a mi culo. El negro empezó a acariciarse el sexo por encima de la tela de su pantalón, lo que animó a Rodrigo a quitarme las braguitas y acariciar mi sexo. Yo empezaba a estar excitada, a pesar de los nervios y de sentirme extraña ante aquel cliente, también me sentía excitada y deseaba ver su sexo negro y excitado y palparlo, tocarlo, besarlo y adorarlo. Esta vez deseaba a aquel hombre, no era como la vez anterior en que me había sentido sucia y utilizada al ser follada por otro hombre, esta vez lo deseaba. Sentí como la mano de Rodrigo hurgaba en mi sexo y me estremecí, lo que hizo que el cubano se excitara más y sacara su miembro erecto.

Me quedé estupefacta, jamás había visto algo de aquel tamaño. Bien, sí en alargada que tendría unos 20 cm. pero no en anchura de debía medir unos tres o cuatro centímetros de diámetro. Y entonces aún la deseé más.

Rodrigo me hizo arrodillar frente a Pedro e instintivamente, cogí la verga por la base y acerqué mi boca.

Muy bien, putita. – Dijo Rodrigo, restregando su verga por mi vulva.

Empecé a lamer la polla del negro, mientras mi jefe, detrás de mí, acariciaba todo mi cuerpo. Sin darme cuenta se había desnudado completamente y sentía su piel pegada a la mía. ¡Qué agradable sensación! Por un momento deseé ser poseída por aquellos dos hombres a la vez. ¿Qué me estaba pasando, me estaba convirtiendo en una puta?. Traté de apartar aquellos pensamientos de mí, en aquel momento debía concentrarme en el placer que inundaba aquel despacho.
Pero repentinamente, la música del móvil de Rodrigo me distrajo. Rodrigo se apartó de mí para cogerlo murmurando:

¡Maldita sea! Y tú sigue, puta. – Me ordenó.

Yo continué saboreando la verga de aquel negro, tenía un sabor diferente a la de cualquier blanco y eso me excitaba aún más. Oí que Rodrigo hablaba con alguien y le decía que en ese momento no podía ir porque estaba ocupado, la otra persona parecía tener urgencia por verle.

Está bien. Ahora voy.

Rodrigo colgó el teléfono y mientras se vestía dijo:

Tengo que dejaros solos, tengo que atender a alguien que no puede esperar.

Tranquilo, tu secretaría me está dando el trato convenido – Dijo en cubano, mientras ponía su mano sobre mi cabeza y me obligaba a seguir con aquel trabajo bucal.

Rodrigo salió del despacho. Saqué la verga de mi boca y le dije al cubano.

Espera, voy a cerrar.

Cerré la puerta con llave de nuevo, y me encaminé hacía donde estaba Pedro, que se había quitado el pantalón y el slip dejando libre su miembro.

Ven aquí, preciosa. – Me indicó. – Quiero que seas mía.

Me tendió la mano y se la cogí, luego me hizo sentar sobre sus piernas y acarició mis muslos y mis nalgas con delicadeza, mientras con la misma delicadeza lamía mis pezones. Aquella actitud tan caballeresca me encantó.

Acerqué mi sexo al suyo y lo restregué, deseaba tenerlo dentro, pero a la vez, deseaba demorar aquel momento, sentir aquella pasión un poco más. Sentir el respeto con que aquel hombre me trataba. Pero supongo que su excitación era tan fuerte o más que la mía, porque guió su verga hasta mi agujero y muy despacio me penetró, yo le ayudé, y me dejé caer sobre aquel pene, que me llenó por completo.

Ambos gemimos al sentirnos el uno dentro del otro, y empecé a cabalgar sobre aquel placentero instrumento. Pedro me sujetaba por las caderas ayudándome a subir y bajar, mientras trataba de chupar uno de mis pezones. Me sentía en la gloria, notando como aquel sexo masculino entraba y salía de mí, como me llenaba la vagina por completo y como las paredes de esta lo estrujaban. Por un momento olvidé que estaba con un cliente de Rodrigo en su despacho, fue justo en el momento en que sus negros ojos se cruzaron con los míos y no pude evitar pegar mis labios a los suyos y besarle, mientras me abrazaba con fuerza a él. Estabamos a punto de corrernos, cuando él me hizo levantar, sacando su pene de mí, me inclinó sobre la mesa y sentí que acariciaba mi ano.

No – Musité.

Tranquila – Me susurró al oído. – Lo intentaré, pero sino no entra no lo haremos. ¿Vale, preciosa?

Vale – Acepté. Aquella delicadeza en su forma de actuar, aquel respeto hacía mí, me halagaban.

Sentí como trataba de dilatar mi ano introduciendo un par de dedos y moviéndolos en sentido rotatorio, lo que hizo que mi culo se contrajera. Estaba sumamente excitada y deseaba más, mucho más, quería que nuestros cuerpos se unieran en el placer supremo. Supongo que al ver que mi agujero cedía, lo animó a intentarlo, frotó su pene contra la humedad del mío y luego lo dirigió hacía mi agujero anal y empezó a empujar.

¡Ay! – Gemí al sentir cierto dolor por la presión.

Pedro retiró su miembro y siguió acariciando el agujero con sus dedos. Al rato, de nuevo volvió a intentarlo, y de nuevo no lo logró.

Esta bien. – Dijo. – Tal vez otro día.

Y entonces sentí como de nuevo me penetraba vaginalmente y pegaba su cuerpo al mío, me abrazó y me empujó hacía sí, quedando sentado sobre la silla, conmigo encima. Y empezó a torturarme placenteramente, haciendo que aquel instrumento entrara y saliera lentamente de mí. Sentí su labios en mi cuello, lo que me hizo estremecer aún más y lograr que el placer y el deseo se extendieran en todo mi cuerpo. Sus manos acariciaron mis senos y noté como con una de ellas descendía hasta mi clítoris y lo acariciaba suavemente. Estaba a punto de explotar y en sólo unos segundos empecé a gemir y convulsionarme extasiada, las paredes de mi vagina estrujaron su verga y también él se corrió dentro de mí.

Extasiado, agotados y felices, terminamos de sentir los últimos estertores de aquel orgasmo y nos separamos. Ambos nos vestimos. Luego, Pedro cogió los papeles del contrato y firmó diciendo.

No necesito más argumentos para convencerme.

Tras eso, se giró hacía mí, me cogió una mano y depositó un tierno beso en el envés.

Ha sido un placer, preciosa.

El placer ha sido mío. – Le dije.

Nuestros ojos volvieron a cruzarse y sentí un escalofrío recorriendo mi cuerpo. ¿Por qué esta vez no me había sentido sucia, e incluso había olvidado que Rodrigo había vuelto a entregarme a otro hombre?.

Pedro sacó su cartera del bolsillo de la chaqueta, sacó una tarjeta y me la tendió diciéndome:

Si me necesitas o quieres repetir esto, no dudes en llamarme.

Sin duda lo haré. – Agregué yo.

Nos acercamos a la puerta y mientras yo abría él me dijo:

Despídeme del Sr. González.

En aquel momento la magia se esfumó y Rodrigo volvió a mi mente. El muy cabrón me había dejado sola con aquel cliente. Acompañé a Pedro hasta el ascensor y antes de que las puertas se cerraran me lanzó un beso.

Luego me dirigí furiosa hasta la recepción y le pregunté a la recepcionista:

¿Has visto al Sr. González?

Sí, creo que está en la sala de juntas con la Sra. Becquer

Me encaminé hacía la sala de juntas y al llegar la imagen que ví a través del cristal, detrás de la cortina de lamas semiabierta, me dejó pasmada...

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12 Octubre 2006

SECRETARIA Y AMANTE (4)

Un interesante trio, entre la secretaria, el jefe y el cliente. (Trio HMH, sexo oral y anal.)

Llegamos a una casa en las afueras de la ciudad, era bastante grande. El Sr. López nos hizo pasar. La casa estaba decorada exquisitamente, con muebles de estilo clásico, mármoles en los suelos y escaleras de madera de la mejor calidad. En fin, el sueño de cualquiera. El Sr. López nos hizo pasar a la biblioteca. Yo iba cogida de la mano de Rodrigo fuertemente. No quería soltarle, ya que me hacía sentir más segura. Nos sentamos en uno de los hermosos sofás de piel que había y el Sr. López nos preguntó:

¿Queréis tomar algo?.

No – Respondí nerviosa

Yo tampoco.

Claro, preferís pasar a la acción. – Apostilló el Sr. López dirigiéndose hacía la puerta. – Esta bien, vamos a arriba.

Rodrigo y yo nos levantamos y le seguimos hasta el piso superior. Nos llevó hasta una habitación bastante grande, decorada con telas y alfombras de terciopelo rojo. Había una gran cama con sábanas de seda roja.

Bienvenidos a mi refugio de amor – Nos dijo el Sr. López haciéndonos pasar.

Me quedé observando la habitación mientras miles de imágenes imaginando lo que iba a suceder cruzaban por mi cabeza. Y mientras estaba inmersa en esos pensamientos, Rodrigo ya había empezado a desnudarme, desabrochando mi vestido y quitándomelo.

Es hermosa, ¿No crees? – Le preguntó al Sr. López que se acercó a mí.

Muy hermosa – Respondió este, acariciando mi culo.

Yo estaba quieta sin saber que hacer, así que me dejé llevar, me dejé hacer por aquel par de hombres. Desde aquel momento, yo ya no era yo, era una muñeca, una autómata. Quería salir de allí y sentirme libre, pero cada vez me sentía más atrapada por aquellos dos hombres. Una vez me hubieron desnudado totalmente, Rodrigo me llevó hasta la cama y me hizo tumbar en ella. Empezó a besarme suavemente mientras acariciaba mi sexo, y sin saber como, empecé a excitarme, quizás fuera porque lo deseaba, o porque cuando tenía a Rodrigo a mi lado, ya nada me importaba, más que el placer que él pudiera proporcionarme. Así que poco a poco, y mientras su mano hurgaba en mi clítoris, mi sexo fue humedeciéndose. El Sr. López, de pie junto a la cama, trataba de acariciar mis senos.

Poco a poco Rodrigo fue descendiendo por mi cuello hasta llegar a mis senos, que lamió y sobó a su antojo. Momento que el Sr. López aprovechó para acercar su verga a mi boca, así que la abrí y empecé a chupar. Rodrigo siguió descendiendo por mi cuerpo hasta llegar a mi sexo que empezó a lamer, haciendo que su lengua entrara en mí. A esas alturas yo ya estaba a mil, y poco me importaba si iba a ser follada por aquellos dos hombres, sólo quería satisfacer mi deseo, pero sobre todo el deseo de Rodrigo, ya que por él hubiera hecho cualquier cosa, incluso lo que estaba haciendo en aquel momento, dejar que otro hombre me follara.

Seguí chupando la verga del Sr. López, mientras Rodrigo hundía su lengua en mi vagina y me hacía estremecer sin remedio. Sentí como introducía un par de dedos en mi ano y trataba de lubricarlo. El Sr. López gemía, entretanto empujaba su verga hacía el interior de mi boca. Yo trataba de tragar y lamer tan bien como podía.

Sentí como Rodrigo acercaba su verga a mi húmeda vulva y de un solo empujón me penetraba, lo que me hizo gemir, así que tuve que dejar de chupar el pene del Sr. López. Seguidamente Rodrigo empezó a empujar una y otra vez, mientras yo trataba de continuar con la labor que había empezado sobre el erecto pene del Sr. López. Este gemía y observaba detenidamente y sin perder detalle como Rodrigo me penetraba una y otra vez. Una llama de deseo se dibujaba en sus ojos. Así que sacó su pene de mi boca y le indicó a Rodrigo.

Anda, déjame ver el hermoso culito de esta criatura.

Rodrigo me abrazó y me hizo rodar sobre la cama para quedar sobre él. Poniendo su mano en mi nuca, empujó mi cabeza hacía la suya y me dio un salvaje beso. Mientras el Sr. López se colocaba detrás de mí. Sentí su verga erecta rozando mis nalgas y enseguida, Rodrigo las abrió para que nuestro invitado a aquel festín, pudiera acceder más fácilmente a aquel agujero.

Noté como la erecta verga empezaba a entrar en mi ano despacio. Gemí, sintiendo como mi sexo se humedecía. Rodrigo permanecía quieto a la espera de que el Sr. López me penetrara completamente por mi agujero trasero.

Poco a poco el ardiente mástil entró totalmente en mí y sentí como ambos aparatos chocaban. Era una sensación extraña y nueva para mí.

Bien, vamos allá, cariño. – Dijo Rodrigo besándome de nuevo y empezando a empujar.

También el Sr. López comenzó a arremeter y en pocos segundos ambos habían logrado la conjunción perfecta para hacerme sentir sus penetraciones alternativamente y darme aquel desconocido placer que empezó a latir en mi sexo.

La habitación se llenó de gemidos y jadeos imparables, ambos hombre arremetían con saña. Rodrigo besaba y mordía mis labios con furia, parecía que aquello le excitaba como nunca antes. Sentía su verga hinchada dentro de mí de un tamaño mayor que otras veces o eso me parecía. También el Sr. López disfrutaba, sobándome las tetas y empujando con fuerza, haciendo que su verga se hundiera en mi culo y levantara oleadas de carne en mis nalgas. Yo me sentía derretir, el placer era cada vez más fuerte y me daba la sensación de estar completamente llena. Así que no tardé mucho en alcanzar el mejor orgasmo de mi vida, entre espasmos y gritos de placer. Mi propio placer hizo que también el de ellos se precipitara y ambos se corrieran al unísono dentro de mí. Tras eso, los tres nos quedamos tumbados en la cama. Yo estaba cansada de tanto placer así que no tardé mucho en dormirme.

Cuando desperté Rodrigo estaba a mi lado, abrazándome. El Sr. López no estaba.

¿Y el Sr. López? – Pregunté.

Ha tenido que irse. ¿Ya le echas de menos?

No, no es eso, es que... Dime, ¿Tú, me quieres? – Le pregunté tratando de sondearle.

Claro que te quiero, ya lo sabes, ¿Por qué me lo preguntas?

Porque me has entregado a otro hombre y.. – Me calló poniendo un dedo sobre mi boca.

¿Y crees que no me ha dolido? – Dijo él adelantándose a lo que yo iba a decirle. – Claro que me ha dolido, mi reina, entregarte a otro; pero no he tenido más remedio. Ya sabes que el Sr. López es uno de nuestros clientes más importantes, y casi me obligó a hacerte esto, me amenazó con dejar de ser nuestro cliente y no podía dejar que eso ocurriera, porque perderíamos mucho dinero, tú lo sabes, así que tuve que aceptar su chantaje. Además, él conoce a mi mujer y me amenazó con contarle lo nuestro y eso tampoco puedo permitirlo. La única condición que pude poner es que yo estuviera presente cuando él... – Calló y le besé en los labios.

Luego le abracé:

Te quiero. – Le dije.

Y yo a ti. Perdóname.

No tengo nada que perdonarte. – Le dije. Creo que en aquel momento el amor me tenía completamente cegada.

Me puse sobre él y le besé con pasión. Necesitaba resarcirme de lo sucedido una hora antes en aquella habitación, sentir que de verdad me amaba. Noté como su sexo empezaba a crecer apresado bajo el mío. Me deslicé bajo las sabanas hasta su sexo y lo besé suavemente, desde el glande hasta la base y desde la base hasta el glande que finalmente me introduje en la boca. Cogí firmemente la verga con una mano y con la otra, empecé a acariciarme el clítoris. Rodrigo apartó la sábana para poder observarme. Le miré a los ojos y él me miró a mí. Se mordía el labio inferior mientras yo saboreaba y chupeteaba su verga. Mi sexo estaba cada vez más húmedo y más deseoso de sentir aquel instrumento dentro de mí. Las caricias de mis dedos sobre mi clítoris ya no eran suficientes, quería más. Quería entregarme a él, sentir que era suya y sólo suya, olvidar que me había tratado como a una puta, ofreciéndome a su mejor cliente. Por eso mis labios aprisionaban su glande y mi lengua repiqueteaba con fuerza sobre el agujero. Rodrigo se retorcía de gusto y cerraba los ojos a la vez que gemía con desesperación. Sabía que estaba a punto de correrse, así que me detuve. Me puse en cuatro sobre la cama y le ofrecí ese agujero que hacía sólo una hora había sido profanado por otro hombre.

Rodrigo se puso tras de mí sin pensárselo demasiado. Restregó su pene por mi raja y acarició mi ano con el glande. Y en contra de lo que yo pensaba, descendió hasta mi vulva, húmeda de excitación y me penetró diciendo:

Quieres que te la meta por el culo, ¿eh, zorrita?.

Sí – Gemí excitada.

Pues yo quiero follarte por el coño, primero.

Me encantaba que se comportara así, como un salvaje energúmeno, me excitaba más.

Empezó a moverse, asiéndome de las caderas, primero despacio, en lentas y fuertes embestidas para acelerar el ritmo después, haciéndome jadear de placer. Luego volvió a embestirme despacio y de nuevo aceleró sus movimientos. Yo cada vez estaba más excitada, mi sexo palpitaba de deseo sintiéndole dentro, al igual que mi ano que deseaba sentirle también. Continuó con aquel torturador placer unos minutos más, hasta que me tuvo al borde del orgasmo. Entonces sacó su verga de mí y la dirigió a mi ano. Primero lo acarició y trató de relajarlo usando el glande para ello. Yo sentía como mi ano palpitaba y se contraía ansioso de ser penetrado. Mientras él seguía jugueteando, restregando el pene por mi agujero trasero, yendo hasta mi vagina para mojarlo en mis jugos y regresando a mi ano. Yo estaba cada vez más anhelante de que me penetrara. Y finalmente pareció decidirse, empujó hacia el interior y logró meter el glande, luego poco a poco fue empujando, hasta que logró metérmela por entero. Comenzó a moverse despacio y luego poco a poco fue acelerando sus movimientos, mientras se recostaba sobre mi espalda y me asía por los senos. Yo me sentía totalmente llena de él y feliz. Era mío y yo suya, y nada más importaba. El placer se iba concentrando poco a poco en mi ano y poco a poco iba creciendo. Mi agujero apresaba su verga que se hinchaba cada vez más dentro de mí y se hundía sin cesar, provocándome el más maravilloso placer. Exploté por fin en un increible orgasmo y pocos segundos después lo hizo él. Tras eso ambos caímos rendidos sobre la cama.

Descansamos unos segundos, hasta que él miró el reloj y dijo:

Vaya, ya son las siete, tenemos que irnos o mi mujer me va a matar.

Nos vestimos y salimos de la casa.

Aquella noche en la soledad de mi piso de soltera, tendida en mi cama, tardé varias horas en conciliar el sueño. No podía dejar de pensar en lo sucedido con el Sr. López, en como me había sentido al ser "entregada" a aquel hombre por el hombre al que amaba. ¿Por qué realmente me amaba? Parecía sincero cuando me dijo que se había visto obligado por las circunstancias, pero también me pareció que no le desagradaba la situación cuando me pidió que le mamara la polla al Sr. López. Por eso empezaba a dudar de sus sentimientos. Y en esos pensamientos estaba cuando finalmente el sueño me venció.

Durante los siguientes días no supimos nada del Sr. López y Rodrigo y yo continuamos con nuestra relación del mismo modo y con la misma intensidad que en los días anteriores. El "incidente" con el Sr. López parecía estar olvidado por ambos, o más bien, ninguno de los dos quería hablar de ello. Hasta que aquella mañana al coger el teléfono la voz del Sr. López me sobresaltó:

¡Hola bonita! ¿Puedes pasarme con Rodrigo, por favor? – Me pidió.

Le pasé la llamada a mi jefe, pero en lugar de colgar el auricular como hacía generalmente, me mantuve a la escucha y pude oír que tras los saludos iniciales el Sr. López le decía a Rodrigo:

Te voy a mandar a un cliente muy especial, y quiero que le deis un trato especial ¿De acuerdo?

Muy bien, no te preocupes, será tratado como si fueras tú – Le dijo Rodrigo. – Me ocuparé de que Carla le dé el mejor servicio.

Aquello de "el mejor servicio" empezó a ponerme nerviosa y a preocuparme.

Vendrá sobre las doce. – Dijo el Sr. López. – Se llama Pedro Reyes.

De acuerdo, le trataremos tan bien como si fueras tú.

Aquel "como si fueras tú" aún me alarmó más. Ambos colgaron y yo también lo hice y entonces Rodrigo me llamó y me hizo pasar a su despacho. Me explicó lo que había hablado con el Sr. López sin sospechar en lo más mínimo, que yo había oído toda la conversación, y me indicó que debía darle un trato especial a aquel nuevo cliente que nos mandaba el Sr. López.

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9 Octubre 2006

SECRETARIA Y AMANTE 3.

Tras cerrar la puerta, mi jefe nos indicó:

Bien, siéntate, Antonio, y tú también Carla.

Ambos nos acercamos a las sillas que había frente a la mesa enfrente de Rodrigo. Yo estaba muy nerviosa, cada vez más. El Sr. López me miró de arriba abajo, como si quisiera estudiarme. Me sentí incómoda ante su mirada.

Nos sentamos y Rodrigo y el Sr. López empezaron a hablar.

Bien, seguí tus indicaciones y tenias toda la razón. Puedo decir que el negocio ha salido redondo.

Yo no entendía muy bien de que hablaban, pero las miradas que Rodrigo me echaba me tenían excitada y a la vez preocupada, ya que parecía comerme con los ojos, y eso delante de un cliente tan importante como el Sr. López, me molestaba un poco.

Era algo que saltaba a la vista. – Le indicó el Sr. López.

Supongo que querrás verlo con tus propios ojos. – Dijo Rodrigo poniéndose en pie.

Por supuesto, era parte del trato. – Afirmó el Sr. López, mientras Rodrigo se acercaba a mí y se bajaba la cremallera del pantalón sacando su erecta verga.

Pero... – Intenté protestar algo desorientada por lo que estaba sucediendo.

Vamos, cariño, demuéstrale al Sr. López lo bien que lo haces.

De repente me sentía avergonzada y como un objeto al que Rodrigo estuviera exponiendo antes uno de sus mejores clientes. Rodrigo acercó su verga erecta a mi boca y rozó mis labios mientras me observaba con mirada inquisidora, así que abrí la boca y recibí aquel sexo. El Sr. López, quieto en su silla, nos miraba.

Cerré los ojos y traté de olvidar que tenía al lado a alguien que me observaba. Intenté concentrarme y empecé a lamer la erecta verga.

Ves, es toda una putita. – Le indicó Rodrigo al Sr. López.

Aquello me desconcentró un poco. Miré a Rodrigo a los ojos y me indicó con un leve movimiento de cabeza que lo estaba haciendo bien. Continué lamiendo aquella verga, mientras en mi cabeza un montón de ideas y sentimientos me apabullaban. De repente, mi jefe había dejado de ser esa persona atenta y maravillosa de la que me había enamorado, pero a la vez, sentía que seguía enamorada de él y que precisamente por eso no pude decirle que no a lo que estaba sucediendo en aquel instante. Además, sabía que mi trabajo dependía de todo aquello y que si decía que no me quedaría a dos velas y sin poder pagar el piso que acababa de comprarme hacía un par de meses. Así que seguí lamiendo aquel erecto tronco mientras Rodrigo gemía excitado.

Poco a poco me iba excitando y sentía que mi sexo se humedecía cada vez más y que empezaba a desear más y más. Era algo que no podía evitar. Aunque hubiera alguien observándonos en algo tan íntimo como hacer el amor, deseaba que Rodrigo me desnudara y me hiciera suya y él sabía que yo lo deseaba, creo que podía verlo a través de mis ojos, de mis gemidos, de mi cuerpo contoneándose ante él. Por eso me hizo levantar y me desabrochó el vestido camisero que llevaba, dejando al descubierto mi cuerpo semidesnudo.

¿Tiene un buen cuerpo, verdad? – Preguntó al Sr. López, que afirmó con la cabeza.

A continuación, Rodrigo me bajó las bragas y tras ponerse en pie junto a mí, metió sus dedos entre mis piernas, buscando mi vulva húmeda y caliente.

Y, además, es una ardiente putita, esta más húmeda que un lago. – Le indicó.

Era cierto, a aquellas alturas ya nada me importaba, sólo ser poseída por él, por mi hombre.

Rodrigo se sentó sobre la silla que yo había dejado libre y aguantando su erecto mástil me dijo:

Anda, ven aquí putita, y demuéstrale al Sr. López lo bien que sabes follar.

Ni siquiera me lo hice repetir dos veces, me acerqué a Rodrigo, me coloqué sobre sus piernas, guié su verga hacía mi húmedo agujero y descendí despacio sobre ella. Me quedé quieta un rato sintiendo aquella polla llenándome. Momento que Rodrigo aprovechó para, desabrochando y apartando el sujetador, acariciar y sobar mis senos con furia.

Empecé a moverme, a cabalgar a mi macho, sintiendo como su sexo entraba y salía de mí, como resbalaba por las paredes de mi vagina. Le abracé por el cuello y observé al Sr. López que seguía mirándonos sin perder detalle, mientras se acariciaba el sexo por encima de la tela del pantalón. Sentirme observaba y saber que la persona que me observaba se estaba excitando, aún me excitó más, lo que provocó que cabalgara más rápidamente sobre Rodrigo y empezara a gemir.

Muy bien, putita, eso es, demuéstrale al Sr. López lo puta que eres y la razón que tenía cuando me lo hizo entrever.

Yo seguía en mi imparable camino hacía el placer. Rodrigo acariciaba mi espalda y gemía empujando hacía mí, para que su verga me penetrara más y más. Creo que ambos disfrutábamos de aquella situación. Saber que alguien nos observaba, nos empujaba a demostrarle hasta que punto llegaba nuestro deseo, a desafiarle a que se excitara con nosotros. Volví a observar al Sr. López y vi que había sacado su erecta verga de su refugio y que se la acariciaba mientras seguía observando como follábamos Rodrigo y yo. Aquello aún me excitó más, por lo que aceleré mis movimientos sobre Rodrigo y ya no pude parar. Rodrigo y yo nos abrazamos y ambos empezamos a empujar en una intensa batalla por alcanzar el orgasmo, que no tardó mucho. Yo fui la primera en alcanzarlo, entre espasmos y gemidos de placer. Jamás antes sentí un orgasmo tan intenso como aquel, Rodrigo no tardó mucho, sólo un par de empujones más, para derramarse dentro de mí.

Cuando ambos estuvimos totalmente satisfechos, observamos al Sr. López que seguía manoseándose su verga con desespero.

Anda, cielo, porque no le haces un pequeño favor al Sr. López y le demuestras lo que puedes hacer con tu boca. – Me propuso Rodrigo tras darme un apasionado beso en los labios.

Y casi como una autómata, me levanté, me arrodillé frente a nuestro cliente y mirón, cogí su verga entre mis manos y acerqué mi boca al glande que empecé a lamer suavemente. Me lo introduje en la boca y seguí chupeteándolo, saboreándolo. Tenía un sabor distinto al de Rodrigo. Lo miré y le ví observándome desde la silla, parecía feliz y contento de poder demostrarle a aquel cliente que tenía una amante diestra en las artes amatorias. El Sr. López empezó a gemir. Sentí como su verga se hinchaba dentro de mi boca y como empezaba a salir el líquido preseminal, así que seguí chupando y aplicándome en la labor, hasta que sentí como explotaba, derramando su leche en mi boca, que traté de tragar tan rápidamente como pude.

Finalmente, el Sr. López se quedó apoyado en la silla jadeando, mientras yo me incorporaba.

Rodrigo me dio una sonora palmada en las nalgas y me dijo:

Muy bien, querida, ya puedes vestirte y dejarnos solos.

Me vestí y antes de salir del despacho Rodrigo me dijo:

Pide una mesa para tres en el restaurante de la esquina que luego iremos a comer.

De acuerdo.

Salí del despacho aún algo desorientada por lo sucedido y me dirigí al baño. Me mojé la cara con agua, me refresqué e intenté quitarme aquella extraña sensación que sentía de haber sido utilizada por aquellos dos hombres. Pero evidentemente todos los esfuerzos fueron inútiles, la sensación no desaparecía, porque eso era lo que había sucedido en aquel despacho unos minutos antes, aquellos dos hombres y sobre todo mi querido y adorado Rodrigo, me habían utilizado a su antojo como a una puta. Estaba inmersa en aquellos pensamientos cuando entró Laura la secretaria del Vicepresidente y nada más verme me preguntó:

¿Te pasa algo? Estas muy blanca.

No, no pasa nada, estoy bien.

¿De verdad, estas segura?

Sí, gracias, he tenido un pequeño mareo – mentí – Pero ya se me ha pasado.

Bueno, si necesitas algo, ya sabes, no tienes más que decírmelo. – Laura y yo éramos buenas amigas, nos conocíamos desde el día que entré en la empresa, ella sabía perfectamente que yo estaba enamorada de Rodrigo, como también sabía que en las últimas semanas habíamos iniciado una relación.

Sí, muchas gracias.

Salí del lavabo y volví a mi despacho. Llamé al restaurante y reservé la mesa. Luego traté de concentrarme en el trabajo aunque me resultó bastante difícil, ya que no podía dejar de pensar en lo sucedido y en lo que podría pasar tras la comida con Rodrigo y el Sr. López. Porque estaba segura que después de esa comida, pasaría algo más, lo había visto en los ojos de Rodrigo, había pensado en algo tan o más perverso que lo sucedido en aquel despacho.

Casi a la hora de comer, salieron ambos del despacho con una sonrisa de oreja a oreja y bromeando.

¿Vamos a comer? – Me preguntó Rodrigo.

Sí.

Recogí mis cosas y salimos del despacho.

La comida fue bastante tranquila, aunque tanto Rodrigo como el Sr. López estuvieron muy atentos conmigo y sobre todo parecía que compitieran entre ellos por conseguir acaparar mi atención. Una vez terminada la comida y después de que Rodrigo pagara, salimos del restaurante y yo iba a dirigirme de nuevo hacía el edificio donde estaban nuestras oficinas cuando Rodrigo me preguntó:

¿Dónde vas?.

Al despacho. – Le contesté.

No, no volveremos al despacho. Hemos pensado que sería mejor ir a echarse la siesta. ¿Verdad, Ricardo? – Dijo mi jefe mirando al Sr. López.

Sí – Respondió este.

Así nos dirigimos al coche del Sr. López y tras subir en él, salimos del centro de la ciudad. Yo estaba desorientada, no sabía a donde íbamos, pero poco a poco iba atando cabos y descubriendo lo que mi jefe y su amigo habían planeado...

Erotikakarenc (del grupo de autores de TR y autora TR de TR).

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6 Octubre 2006

SECRETARIA Y AMANTE 2.


Despertarme allí, sobre mi cama, atada, me produjo cierta impotencia, pero a la vez, saber que Rodrigo estaba allí me tranquilizaba.

Buenos días, zorrita. – Me saludó.

¿Por qué me has atado? – Le pregunté.

¡Oh, no te preocupes querida, es sólo un juego, un divertido juego! – Dijo Rodrigo con total tranquilidad, lo que hizo desaparecer todos mis temores, pues encontrarme atada en aquella cama me había producido también cierta desazón.

Rodrigo estaba desnudo y al levantar la cabeza para observarle, pude ver su miembro erecto. Sin duda verme allí atada, desnuda y expuesta para él le había excitado.

Se levantó y se acercó a la cama. Me miró con deseo y dijo:

Seguro que quieres volver a gozar como anoche, ¿Verdad, zorrita?.

Asentí y Rodrigo acercó su boca a la mía y me besó. Deslizó su mano hasta mi sexo y lo acarició suavemente haciendo que me excitara enseguida. Se recostó a mi lado y me preguntó:

¿Quieres que te haga mía, putita?

Sí.

Me besó apasionadamente haciendo que su lengua penetrara en mi boca. Seguidamente, descendió lamiendo mi cuello hasta llegar a mis senos que chupeteó y mordió a su antojo. Continuó bajando mientras seguía estrujando y masajeando mis pechos, hasta llegar a mi sexo. Se concentró entonces en lamer mi clítoris, en hacer que mi cuerpo recuperara su excitación. Su lengua se adentró en mi vagina y todo mi cuerpo se estremeció. Sentí como la usaba como un pequeño pene, haciendo que entrara y saliera de mí. Empecé a gemir y a sentir como mi vagina se contraía deseosa de algo más.

Rodrigo se colocó de nuevo sobre mí, me dio otro beso que sabía a mis jugos y sentí su verga pegada a mi sexo. Luego empezó a restregarla por mi vulva, húmeda por el deseo, haciendo que cada vez le deseara más.

Quieres tenerla dentro ¿Verdad, zorrita? – Me preguntó.

Sí – Afirmé con la voz entrecortada y excitada.

Y entonces guió el glande hasta mi agujero y lo introdujo levemente. Yo quería empujar hacía él, abrazarle con todo mi cuerpo, pero no podía, las cuerdas me lo impedían, así que él tenía todo el control de la situación, por lo que sacó el glande y volvió a restregarlo por toda mi vulva y volvió a introducírmelo. Repitió la operación varias veces, haciendo que el deseo creciera cada vez más en mí, hasta que diciendo:

Toma, zorra, toma mi verga. – Me la introdujo por entero de un solo empujón.

El gemido que lancé producto del placer, estoy segura que se escuchó claramente en la habitación de mi vecino que estaba pared con pared de la mía.

Roberto empezó a cabalgar sobre mí cada vez más rápido y arremetiendo con fuerza una y otra vez, mientras yo seguía atada sin poder abrazarle con mis piernas. Me sentía impotente, pero también me excitaba aquella situación de no poder hacer nada. Estaba a punto de alcanzar el orgasmo cuando Rodrigo volvió a sacar su verga de mí y la frotó de nuevo por mi vulva. Yo sentía como los jugos salían de mí produciéndome una agradable humedad entre las piernas.

Volvió a penetrarme con brusquedad y otro gemido escapó de mi garganta, y de nuevo su sexo entrando y saliendo de mí a aquella velocidad, con fuerza y sin pausa, rozando las paredes de mi vagina y haciendo que el placer se concentrara en ella. Y otra vez, apunto de lograr el orgasmo, Rodrigo sacó su polla de mí. Me desató las piernas y las muñecas y me ordenó:

Ponte boca abajo.

Obedecí y volvió a atarme las muñecas a los barrotes de la cama. Sentí su sexo rozando mis nalgas y pregunté curiosa:

¿Qué vas a hacer?

Nada, no te preocupes, preciosa, te gustará.

Tras eso, me hizo abrir las piernas y se situó entre ellas, guió su erecta verga hasta mi vagina y volvió a penetrarme, pero esta vez con suavidad. Se recostó sobre mi espalda, guió sus manos hasta mis senos y empezó a masajearlos suavemente, mientras a la vez, se movía con lentitud, haciendo que su sexo entrar y saliera de mí. Poco a poco fue acelerando sus movimientos, hasta que logró que me corriera entre espasmo y gemidos de placer. Entonces sacó su verga de mí, oí una especie de papel rasgarse y me giré. Vi como se colocaba un condón y le pregunté:

¿Qué vas a hacer?

Tranquila, cielo, voy a desvirgarte ese culito tan lindo que tienes, pero no te preocupes por nada.

No me agradaba demasiado la situación, pero tampoco podía negar que más de una vez me había sentido atraída por probar aquello, así que le pedí:

Sé cuidadoso ¿Quieres?.

No te preocupes.

Descendió hasta mi culo y mordió mis nalgas, primero una y luego la otra; seguidamente, sentí como introducía su lengua entre ellas y seguidamente, abriéndolas, trataba de alcanzar mi ano. Su húmeda lengua empezó a masajear el borde de mi agujero trasero y una agradable corriente eléctrica atravesó mi cuerpo. A continuación sentí como intentaba introducir uno de sus dedos. Poco a poco, mi ano fue cediendo a la presión y logró insertarlo. Sentirme penetrada por esa parte de mi anatomía era algo diferente que nunca antes había sentido. Rodrigo movió su dedo dentro de mí y al ver la aceptación que tenía por mi parte, decidió meter un segundo dedo. Yo me sentía cada vez más excitada, aquellas caricias me estaban gustando incluso más que si fueran en mi clítoris.

Cuando Rodrigo creyó que ya estaba preparada, se situó sobre mí, separó mis nalgas y guió su erecta verga hasta mi ano. Yo estaba algo nerviosa pero a la vez excitada, sentí como empezaba a penetrarme, como su glande entraba despacio, y mi ano se contraía tratando de atraparlo a la vez que sentía un pequeño dolor. Rodrigo se detuvo y permaneció quieto un rato, esperando a que mi culo se acomodara a la nueva situación. Tras unos segundos, trató de introducir un poco más y de nuevo se detuvo permaneciendo inmóvil. Hasta que finalmente empujó logrando que entrara toda su verga. Permanecimos quietos un instante, hasta que Rodrigo dijo:

Bien, zorrita, ahora empezaré a moverme y verás como te gusta.

Colocó sus manos sobre mis senos y empezó a moverse dándose impulso con estos. Al principio sentí un poco de dolor, que poco a poco fue desapareciendo en la medida que el placer iba aumentando. Rodrigo deslizó una de sus manos hasta mi clítoris y empezó a masajearlo mientras iba aumentando el ritmo de sus embestidas. El placer iba subiendo de intensidad gradualmente, y poco a poco me iba sintiendo en la gloria, como nunca antes me había sentido. Empecé a gemir y a empujar hacía él, tratando de sentir aquella vara, más y más adentro de mí. Las sensaciones se multiplicaban y poco a poco el placer empezaba a concentrarse en aquella zona. No tardé mucho en alcanzar un demoledor orgasmo como jamás en mi vida había sentido. Rodrigo siguió empujando un poco más hasta que también él se corrió.

Después descansamos un rato, tras el cual nos levantamos, nos vestimos, desayunamos y salimos a pasear. A mediodía comimos en un pequeño restaurante y tras eso, él tuvo que irse, ya que tenía que ir a buscar a su mujer al aeropuerto.

El resto de la semana fue bastante tranquila, después del trabajo él venía a mi casa y hacíamos el amor apasionadamente e incluso a veces lo hacíamos en la oficina.

Yo vivía en una especie de nube, llena de ilusión por un futuro juntos. Y durante las siguientes semanas todo fue bien, hasta que llegó aquel fatídico día y aquel momento en el que debí haberlo dejado pero quizá el amor que le tenía me obligó a permitirle aquello y mucho más y ese fue el principio del fin.

Aquel día, parecía un día más. Llegué feliz y alegre a la oficina. Junto con Rodrigo, repasamos la agenda del día. A las doce tenía la visita de un cliente muy importante. El señor López.

El señor López era un hombre de unos cincuenta años, no era muy atractivo pero tampoco estaba mal. Era alto, moreno, delgado, de abundante cabello castaño. A la hora acordada llegó el Sr. López, el culpable de muchos de mis dolores de cabeza desde aquel día.

Buenos días, Srta. Carla.

Buenos días, Sr. López. – Me levanté y le tendí la mano. Y al sentir como la estrechaba..., no sé, noté algo diferente. Le miré a los ojos y también en ellos noté algo diferente a otras veces en que habíamos estado cara a cara, pero no supe determinar que era. – Enseguida le digo al Sr. González que está usted aquí.

Me acerqué a la puerta del despacho, seguida por el Sr. López y llamé a la puerta con los nudillos. Abrí y anuncié:

El Sr. López está aquí, Sr. González.

Esta bien, hazle pasar. – Me indicó Rodrigo.

Pase Sr. López. – Dije cediéndole el paso hacía el interior del despacho. Este pasó y yo iba a marcharme como hacía habitualmente cuando Rodrigo me dijo:

No, Carla, no te vayas, quédate y cierra la puerta con llave.

Me quedé extrañada al oír aquella indicación pero obedecí sintiendo que algo extraño, diferente, podía pasar en los siguientes minutos en aquel despacho...

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4 Octubre 2006

SECRETARIA Y AMANTE.

Cuando entré a trabajar en aquella multinacional, jamás imaginé lo que me iba a pasar a partir de aquel momento y sobre todo, desde el momento en que me enamoré de mi jefe, el Presidente de la multinacional. Quizá ese fue mi error. Enamorarme de quien no debía, de quien quizás no me amaba como debía, y quien me ha llevado a un estado del que sólo he podido salir gracias a la ayuda de mi psiquiatra y extrañamente, de la de uno de los clientes de mi jefe. Él ha sido el que me ha aconsejado que lo cuente.

Mi jefe era un hombre muy guapo y bastante joven, tenía unos 35 años cuando entré a trabajar para él. Era moreno, de intensos ojos negros, una maravillosa sonrisa, en fin, que lo tenía todo para enamorar a cualquier mujer. Así que caí rendida a sus pies. Sobretodo, cuando él empezó a ser galante conmigo, diciéndome lo guapa que estaba o regalándome algún ramo de flores sin razón aparente. Yo sabía que era un hombre casado y quizá por eso al principio tuve cierta reticencia a enrollarme con él, pero esa reticencia la supo vencer muy bien una noche en que me invitó a cenar.

Dijo que teníamos que celebrar los beneficios de la compañía y que con quien mejor que su secretaria para celebrarlo, le pregunté por su mujer, pero me dijo que estaría unos días fuera, por lo que no había problema. Así que por primera vez acepté, supongo que empujada por aquel sentimiento de amor que había en mi corazón.

Entonces pasaré a recogerte a las ocho. – Me dijo – Ponte guapa.

De acuerdo.

A las siete empecé a prepararme. Llené la bañera con agua y espuma y tras desnudarme despacio, me introduje en ella. El agua caliente me reconfortó después de un duro día de trabajo. Así que me recosté en la bañera, cerré los ojos y dejé que la sensación del agua caliente me llenara. En pocos segundos mi mente estaba en otro lugar, imaginando lo que podría suceder aquella noche después de la cena. Empecé a acariciarme los senos, mientras imaginaba, como muchas otras veces había hecho, que eran las manos de Rodrigo, mi jefe, las que me acariciaban. Los sobé y pellizqué mis pezones, empezando a excitarme, a sentir como mi entrepierna se humedecía. Deslicé una de mis manos hasta mi sexo muy despacio y empecé a acariciarme el clítoris, mientras con la otra mano seguía acariciándome los senos. Estaba a mil, tratando de imaginar a Rodrigo a mi lado, o sobre mí, haciéndome el amor. Mis dedos se movían diestramente por mi sexo y estaba a punto de introducirlos en mi vagina, cuando sonó el teléfono.

Salí de la ducha, me puse el albornoz y con cierto fastidio me dirigí hacía el salón donde estaba el teléfono. Era mi madre que empezó a contarme sus problemas y cosas. A media conversación tuve que cortarla y decirle que no podía seguir escuchándola ya que tenía una cita.

Vaya, ¿Con un hombre? – Me preguntó.

Sí, mamá, con un hombre- Afirmé.

¿Es alguien a quien yo conozca? – Me preguntó con curiosidad.

No, mamá.

¿Alguien de tu trabajo?.

No, mamá. – Le mentí - Venga, que tengo que vestirme aún, ya te contaré.

Nos despedimos y colgué, prometiéndole que la llamaría al día siguiente para contarle lo sucedido aquella noche.

Tras la conversación telefónica miré el reloj eran las siete y medía, no me quedaba mucho tiempo. Seguía excitada y necesitaba desahogar aquella excitación, pero no tenía tiempo.

Me duché rápidamente, me lavé el pelo, me peiné, me maquillé y finalmente, me vestí. Elegí un vestido que me había comprado hacía sólo un par de semanas, era negro, de tirantes y bastante ajustado, corto por encima de la rodilla. Eran casi las ocho cuando terminé de vestirme, y no habían pasado ni dos minutos, cuando sonó el timbre. Fui a abrir y nada más verme Rodrigo exclamó:

¡Estas guapísima! – Llevaba un ramo de rosas rojas que me ofreció diciendo: - Para la mujer más hermosa del universo.

Gracias.

Le hice pasar hasta el salón. Y una vez allí le dije:

Siéntate, voy a poner esto en agua, estaré enseguida.

Busqué un jarrón en el mueble y me dirigí a la cocina. Llené el jarrón con agua, quité el papel del ramo de rosas y empecé a ponerlas una por una en el jarrón.

Estaba ensimismada colocando las rosas, cuando sentí las manos de Rodrigo acariciando mi cintura.

¿Qué haces? – Le pregunté un poco sorprendida pero excitada.

Me vuelves loco Carla, y te deseo tanto. – Me susurró al oído.

Pero Rodrigo, tú estás casado.

Sus manos se movían acariciando mi cuerpo desde mi vientre hasta mis senos que masajeó por encima de la ropa.

Olvídate de mi mujer y déjate llevar. – Me aconsejó, tras besar suavemente mi hombro desnudo.

Y me dejé llevar. Cerré los ojos y dejé que sus manos recorrieran mi cuerpo, que se detuvieron en mis caderas. Suavemente me fue subiendo la falda del vestido, acarició mi vientre y deslizó su mano por dentro de mis braguitas, alcanzó mi sexo y empezó a masajearlo. En unos segundos, yo estaba a mil, gimiendo y deseando más, sintiendo como mi sexo se humedecía sin remedio. Sus dedos se hundían en mi sexo, acariciando mi clítoris y produciéndome agradables espasmos de placer. Mi cuerpo temblaba. Pero repentinamente sacó su mano de mi sexo. Me sentí un poco decepcionada, pero al oír que estaba bajando la cremallera de mi vestido y lo dejaba caer al suelo, volví a recuperar la ilusión. Tras eso, sentí como se agachaba detrás de mí, y tras tirar mis braguitas hacía abajo, sentí como mordía mi cachete. A continuación sentí su lengua introduciéndose por la raja de mi culo y descendiendo por esta hasta mi sexo. Gemí y noté como lamía y chupeteaba mi vulva.

No podía creer mi suerte, el sueño que tantas veces había soñado de ser poseída por mi jefe se estaba cumpliendo. Sus labios se cerraron sobre mi clítoris mientras esos pensamientos cruzaban mi mente y mi cuerpo volvió a estremecerse. Sentí que se levantaba y se bajaba la cremallera del pantalón, y seguidamente, su sexo rozando el mío.

Estaba ansiosa por tenerle dentro y no tardo mucho en penetrarme. Su sexo entró por completo en mí, y permanecimos un segundo inmóviles. Poco a poco, mi amante empezó a moverse, despacio, haciendo que su verga entrara y saliera de mí, mientras deslizaba sus manos hasta mis senos, apartaba la tela del sujetador y los masajeaba suavemente.

Rodrigo empujaba cada vez más deprisa haciéndome sentir su pelvis chocando contra mi culo y su hinchado sexo rozando las húmedas paredes de mi vagina. Llevó una de sus manos hasta mí clítoris y empezó a masajearlo suavemente, lo que aumentó el placer en mí y comencé a convulsionarme y sentir como mi sexo ardía por el goce que estaba sintiendo. Hasta que en pocos segundos alcancé el primer orgasmo entre espasmos y gritos de placer. Cuando dejé de convulsionarme, Rodrigo sacó su pene de mí y me dio la vuelta. Nos abrazamos. Su sexo seguía erecto y sediento de placer.

Ven – Me ordenó, aupándome para que me sentara sobre el frío mármol de la encimera. – Siempre he deseado hacer esto.

Y acercando su erguido mástil a mi húmeda vagina me penetró nuevamente. Entonces le abracé con mis piernas por la cintura. Abrió la boca y sentí como empezaba a chupar uno de mis pezones, mientras empujaba de nuevo, entrando y saliendo de mí. Le rodeé por el cuello con mis brazos. Eramos dos cuerpos unidos, pegados por el deseo y el placer.

Deseaba no despertar de aquel sueño, por eso le empujaba hacía mí con mis piernas, estrujándolo con fuerza, haciendo que me penetrara cada vez más profundamente. Sus arremetidas eran cada vez más rápidas, más salvajes, hasta que sentí como su pene se tensaba e hinchaba dentro de mí y explotaba justo en el mismo instante que el segundo orgasmo me hacía vibrar.

Cuando ambos dejamos de estremecernos. Rodrigo me besó y me dijo:

Te quiero.

Aquellas palabras me hicieron la mujer más feliz del mundo y me sentí como si estuviera en una nube.

Rodrigo me ayudó a bajar del mármol y dándome una pequeña palmadita en la nalga me dijo:

Anda, vístete, zorrita, que tenemos que ir a cenar.

En aquel momento y con la felicidad que sentía, aquel calificativo no me molestó, pero ahora me doy cuenta que no presagiaba nada bueno.

Recogí mi ropa y me vestí, mientras él también se arreglaba. Tras eso salimos a cenar.

Me llevó a un restaurante muy coquetón, elegante y romántico. Estaba un poco apartado de la ciudad, pero al entrar el maitre pareció reconocerle enseguida.

Buenas noches señor González. ¿La misma mesa de siempre?

Ya sabes que sí, Paco.

El maitre nos acompañó hasta una mesa que estaba en un rincón bastante apartado e intimo, junto a una ventana. Nos sentamos y nos dejó las cartas. Los precios eran desorbitados, por lo menos para una simple secretaria como yo, pero para mi jefe, evidentemente, no. Mientras miraba la carta intentando decidir lo que quería le pregunté:

¿Vienes mucho por aquí con tu mujer?

Bueno... – Pareció dudar – Sí. Pero no hablemos de ella ¿quieres? Ahora estamos tú y yo aquí, y los demás no importan.

Vale. – Acepté pensando que con el tiempo ya me contaría sus problemas con su mujer.

Cenamos tranquilamente. Hablamos de nuestros sueños y deseos, de nuestro pasado (siempre evitando el tema de su mujer) y finalmente, tras el café decidimos que era el momento de volver a casa. Aunque ninguno de los dos quería continuarla sólo, eso era evidente. Ambos deseábamos pasar la noche con el otro. Durante el trayecto de regreso a casa ambos permanecimos en silencio. Yo esperaba alguna señal que me indicara que deseaba que pasáramos la noche juntos, así que tras aparcar frente a la puerta de mi bloque, me acerqué a él, busqué sus labios y le besé tiernamente, luego le pregunté:

¿Quieres subir?

Volvimos a besarnos y respondió:

Sí tu quieres.

Claro que quiero y me encantaría que te quedaras a pasar la noche. – Le propuse.

De acuerdo.

Bajamos del coche y entramos en el portal. Subimos al ascensor y después de que yo apretara el botón, Rodrigo me abrazó y empezó a sobarme por encima de la ropa. Era evidente que volvía a desearme como un par de horas antes y eso me halagaba enormemente. El ascensor se detuvo y salimos de él. Saqué las llaves de mi bolso, abrí la puerta y entramos. Rodrigo cerró la puerta tras él y cuando ambos llegamos al comedor, volvió a abrazarme y acariciar todo mi cuerpo por encima de la ropa, mientras nos besábamos apasionadamente. Empezó a tirar de la falda del vestido para acariciar mis piernas, pero me aparté de él y le dije:

No, vamos a la habitación, estaremos más cómodos.

Lo cogí de la mano y lo llevé hasta mi habitación, allí de nuevo intentó abrazarme y besarme, pero yo me zafé y le dije:

Ahora voy a ser yo quien te dé placer y lo haremos como yo deseo ¿vale?.

Vale – Aceptó él.

Le hice sentarse en el borde de la cama y dándole un pequeño empujón en el hombro, que se acostara sobre ésta. Me arrodillé frente a él, entre sus piernas, de modo que su paquete que estaba ya bastante abultado, quedaba frente a mí. Lo acaricié por encima del pantalón. Le bajé despacio la cremallera. Desabroché el cinturón y luego el botón y volví a acariciar el sexo por encima del slip. Luego introduje la mano y lo extraje. Estaba erecto, crecido y deseable. Así que acerqué mi lengua a él y empecé a lamer la punta suavemente. Marqué círculos sobre el glande y me lo introduje en la boca. Lo chupé durante unos segundos. Luego lamí el tronco hasta la base y volví a la punta para volver a introducirme el glande. Lo chupeteé y paladeé unos segundos más y de nuevo volví a lamer el tronco hasta la base. Dirigí mi lengua hasta uno de los huevos y lo lamí y succioné. Repetí la operación con el otro y finalmente volví a lamer el tronco hasta el glande. Rodrigo gemía de excitación a la vez que me miraba con deseo. Noté como su pene se hinchaba en mi boca, y él se estremecía, así que decidí dejar de lamerle. Me levanté, me subí la falda y me senté sobre su sexo dejando que rozara el mío a través de la tela de las braguitas. Me moví sobre él, restregándolo por mi sexo. Rodrigo dirigió sus manos a mis caderas, intentando bajarme las braguitas, pero yo se las aparté diciendo:

¡No, no, no! Ahora soy yo la que mando, la que lleva las riendas de esta situación y me quitaré las braguitas cuando yo quiera.

Seguí frotando mi sexo contra el suyo. Él me miraba con deseo y empujaba su pelvis hacía mí. Me encantaba tener el poder.

Decidí ponerme en pie para quitarme las braguitas y le dije:

No te muevas.

Le tiré las bragas sobre la cara y él las olió mientras yo volvía a subirme la falda hasta la cintura y me sentaba de nuevo sobre su erecto falo. Nuevamente rocé el pene contra mi sexo húmedo y deseoso de sentirle dentro de mí. Sabía que él también deseaba estar dentro, pero prefería hacerle esperar, hacerle desear más. Su cara era un poema.

Quieres poseerme, ¿verdad? – Le pregunté sujetando la verga y restregando el glande con mis labios.

Sí – Gimoteó él.

Seguí rozando la punta con mis labios vaginales, hasta que decidí que ya era el momento de dejar de jugar. Llevé el pene hasta la entrada de mi vagina y descendí sobre él, hasta que lo tuve totalmente dentro. Empecé a moverme despacio. Me tumbé sobre él y traté de concentrarme en las sensaciones. Acerqué mis labios a los de Rodrigo y nos besamos con furia. Sus manos recorrieron mi espalda y descendieron hasta mi culo. Apretó con fuerza mis nalgas y luego sentí como con su dedo buscaba mi ano. Intentó introducirlo un poco y me preguntó:

¿Nunca te han follado por el culo, verdad?.

No. – Le respondí, sintiendo como aumentaba el placer al sentir aquel dedo en aquella parte inexplorada de mi cuerpo.

¡Uhmmm! – Gimoteó.

Me incorporé quedándome erguida sobre aquella verga y empecé a cabalgar sobre ella. También él se incorporó para abrazarme y besar mis senos erectos. Ambos nos movíamos saltando sobre la cama, sintiéndonos. Aquello era mejor que cualquiera de los sueños que había tenido tantas y tantas veces y deseaba que no acabara nunca.

Volvimos a acostarnos en la cama, sus manos de nuevo apretaron mi culo, nuestros labios otra vez pegados, se fundieron en un intenso beso y mi sexo empezó a exprimir aquella caliente vara que tenía dentro. En unos segundos el orgasmo explotaba en mí y un poco más tarde también lo hacía en él.

Tras eso, ambos terminamos de desvestirnos y nos acostamos en la cama bajo las sabanas, quedándonos dormidos en pocos segundos.

Cuando desperté, ya por la mañana, estaba sola en la cama, con los brazos y piernas atados a los barrotes de la cama y Rodrigo sentado en una silla frente a mí...

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2 Octubre 2006

AMANTES 2.

Otra vez juntos, otra noche de placer y deseo en sus brazos, con él. Le observo, desnudo frente a la ventana. Me encanta su culito redondito, y con sólo mirarlo me entran ganas de morderlo.

Hoy es nuestra última cita antes de empezar las vacaciones, lo que significa que estaremos varios días sin vernos, probablemente semanas. Por eso ambos hemos reservado este fin de semana para nosotros. No ha sido fácil pero lo hemos logrado.

A veces me sorprende el hecho de que él nunca me haga preguntas, nunca me pida nada, deja que sea yo la que decida, la que diga como y cuando vernos y disfrutar el uno del otro. Quizás por eso le quiero tanto, él me da la libertad que necesito. Él aguanta mis desvelos, mis dolores, mis penas. Él cura mis heridas de las envidias y celos de otros .Él me susurra al oído que soy su princesita. Él es mi sol, mi amigo, mi amante.

Me acerco sigilosa a él abandonando la cama. Poso mi barbilla sobre su hombro y aprieto su nalga desnuda con mi mano.

Buenos días, Princesa. – Y ese saludo me recuerda a mi película preferida: " La vida es bella", realmente es bella si él está ahí.

Buenos días, ¿qué haces?

Observar la ciudad. – Me responde.

Observo junto a él. El sol despunta por el horizonte y la ciudad empieza a despertarse. Todo se tiñe de naranja y froto mis senos desnudos contra su espalda y su brazo. Sé que me desea como yo a él. Su mano, que queda a la altura de mi sexo, juguetea con mi vello púbico. Y mi cuerpo se enciende y el fuego arde de nuevo dentro de mí, como anoche, como siempre que pienso en él.

Beso su hombro y luego él se gira hacía mí. Me estrecha entre sus brazos y mi cuerpo queda pegado al suyo, piel contra piel, sexo contra sexo y el deseo creciendo en medio. Sus labios se unen a los míos y un beso recorre nuestras bocas mientras la pasión crece a pasos agigantados. Sus dedos hurgan ahora más profundamente en mi sexo, buscan mi clítoris y empiezan a acariciarlo, mientras seguimos besándonos. Succiono su labio inferior y él pellizca mi pezón con una mano.

Cierro los ojos y siento que no hay nadie allá afuera, sólo estamos él y yo, y el fuego que arde dentro de nosotros. El mundo podría hundirse bajo mis pies y no me importaría porque él esta conmigo y yo estoy con él. Una de mis manos se desliza hasta su miembro erecto. Lo acaricio suavemente, pero enseguida debo abandonarlo, porque él se agacha. Besa mis senos, los chupetea y sigue hacía bajo por mi vientre hasta llegar a mi sexo. Abro las piernas y siento su dedos moviéndose diestramente, acariciando, y haciendo que la excitación suba y mi respiración se vuelva jadeante. Noto su lengua sobre mi clítoris moviéndose sinuosamente. Suspiro profundamente, mientras con mis manos empujo su cabeza hacía mi sexo. Su lengua baila de mi vagina a mi clítoris alternativamente y las piernas empiezan a flaquearme. Por eso, él se pone en pie y me lleva hasta la cama. Me siento en el borde y abro mis piernas, mientras él se arrodilla entre ellas. Hurga de nuevo entre mi pelo púbico, introduce un dedo en mi vagina y mi cuerpo se tensa. Luego acerca su boca a mi sexo y empieza a lamerlo. Gimo y me estremezco al sentir su boca y me acuesto sobre la cama, mientras él sigue lamiendo e introduciendo un par de dedos en mí de vez en cuando.

De repente siento como frota su sexo erecto contra el mío, lo guía hasta mi agujero vaginal y muy despacio me penetra. Me incorporo y lo abrazo con mis piernas y mis brazos, mientras siento como pega su cuerpo al mío. Empezamos a movernos ambos, acoplando nuestros cuerpos, sintiéndonos el uno al otro, el uno dentro del otro.

Siento su sexo entrando y saliendo de mí, gimo, y me convulsiono igual que él. Siento su respiración entrecortada en mi oído. Su abrazo cubriéndome por completo y el fuego del deseo creciendo entre ambos. Dos cuerpos pegados que nada ni nadie, ahora mismo, podrían separar. La carrera hacía el éxtasis se va alargando. Siento su verga hinchándose dentro de mí y vuelvo a acostarme sobre la cama. Estoy apunto de llegar a la cima y él lo sabe, por eso se detiene. Saca su sexo de mí. Y me hace poner boca abajo. Siento uno de sus dedos acariciando mi nalga y descendiendo hasta mi entrepierna, acaricia la humedad de mi sexo y luego se tiende sobre mí, siento su verga entre mis piernas y el glande chocando con mi vulva. Abro las piernas y espero para recibirle otra vez.

Dirige sabiamente su pene hacía mi vagina y vuelve a penetrarme. Yo me incorporo un poco apoyándome sobre los codos y él coloca sus manos sobre mis senos y empieza a acariciármelos a la vez que comienza a moverse suavemente. Poco a poco va acelerando el ritmo. Gimoteo cada vez más fuerte, me vuelve loca sentir sus huevos repicando contra mi clítoris y su respiración en mi oído a medida que él precipita sus movimientos.

De repente siento sus dientes mordiendo mi cuello y su lengua acariciándolo suavemente, justo debajo de mi oído y eso hace que mi piel se erice más, que las sensaciones se multipliquen y que el orgasmo se acelere. Él empuja con fuerza una y otra vez y en unos segundos mi cuerpo empieza a convulsionarse presa del orgasmo. Cuando termino, y sólo unos segundos después se corre él llenándome con su leche caliente. Me abraza con fuerza y yo me siento feliz.

Él se aparta y se acuesta a mi lado. Le miro, él me mira y me susurra suavemente:

Te quiero, princesita.

Yo también te quiero.

Descansamos un rato tras el cual nos vestimos para ir a desayunar.

Después del desayuno salimos a pasear. Damos una vuelta por el centro y después de una buena caminata decidimos descansar en una plaza llena de arboles donde hay unos cuantos bancos. Yo me siento sobre sus piernas y empezamos a besarnos. Sus manos recorren mi espalda, mientras mis brazos le rodean. Siento su sexo creciendo bajo mi cuerpo y me restriego contra él.

¡No seas mala! – Protesta.

Sabes que no puedo evitarlo. – Le susurro en el oído.

Lo sé, pero estamos en un lugar público.

Miro a mi alrededor, y veo una tienda de ropa. Se me ocurre una idea. Me levanto y cogiéndolo de la mano le digo:

Ven.

Me sigue sorprendido, preguntándose que estaré tramando. Entramos en la tienda y al pasar junto a un colgador de ropa cojo una prenda y sin vacilar me encamino hacía el vestuario seguida de él. Le miro, me sonríe, sé que sabe lo que estoy planeando. Nos metemos en el vestidor, dejó la prenda que he cogido colgada y él se sienta en el único taburete que hay en el pequeño cubículo. Me siento sobre él y empezamos a besarnos.

De nuevo muevo mi sexo sobre el suyo, que en pocos minutos vuelve a estar erecto, noto como crece entre su cuerpo y el mío. Sus manos recorren mi espalda y me subo la falda hasta la pelvis para estar más cómoda. Siento como sus manos aprietan mi culo. Y entonces el deseo crece más en mí. Hacerlo en un lugar público me pone a mil y sé que a él también. Deslizo mis manos hacía su entrepierna y le bajo la cremallera del pantalón. Busco bajo el slip su aparato, mientras sus dedos se han adentrado ya entre mis braguitas y buscan mi sexo. Me estremezco al sentir como acaricia mis labios vaginales y como resigue el camino hacía mi clítoris. Entretanto he logrado sacar su pene del refugio y lo masajeo suavemente arriba y abajo sin dejar de besar su boca.

Cada vez le deseo más y sé que él a mi también. Mi sexo está cada vez más húmedo y el suyo cada vez más hinchado, por eso le miro a los ojos y le suplico con la mirada que me haga suya. No sé hace esperar, dirige su pene hacía mi vagina y desciendo sobre él. Le abrazo, pego mi cuerpo al suyo y empiezo a moverme. Poco a poco nuestros movimientos se van acompasando. Sus manos acarician mis nalgas mientras subo y bajo sintiendo como su sexo me llena. Suspiro, gimo de placer. Mi boca busca la suya y nos besamos profundamente. Dejo que el placer recorra todos los rincones de mi cuerpo, mientras el fuego de la pasión arde entre nosotros. Desearía estar siempre así, sentirle siempre dentro de mí, pero no puedo. Debo acelerar mis movimientos, dejar que el placer nos venza o en unos minutos alguna de las dependientas vendrá a sacarnos de aquí. Cabalgo cada vez más rápidamente y también él empuja hacía mí. Siento como su verga se hincha dentro de mí, sé que de un momento a otro se va a correr. Acelero más mi movimientos y siento el placer explotando entre mis piernas. Sigo empujando, haciendo que mi vagina estruje su sexo y en pocos segundos también él se corre.

Eres increíble, princesita. – Me dice abrazándome con fuerza. Y es en ese momento cuando más deseo no despegarme de él.

Nos arreglamos la ropa y salimos de allí, sonriendo y felices.

Es casi la hora de comer así que buscamos un restaurante. Comemos y tras la comida decidimos volver al hotel ya que hace mucho calor para seguir paseando por la calle. Todavía nos quedan unas 24 horas por delante de este segundo encuentro...

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