Días de vino y Rosa; demasiados días de vino y unos cuantos, pocos, de Rosa. Despedí el año 2006 tristemente. Solo. Intenté celebrar que por fin el infausto 2006 se iba y le sucedía el año de gracia de 2007. Pero estaba solo. Solo. Y cuando estás solo o te consuelas con la soledad o buscas consuelo en otra parte. En una botella, por ejemplo. Y buscar consuelo en una botella es una mala solución. Una desgracia. El día 31 de diciembre por la noche paseé mi soledad por mi barrio, buscando algún bar abierto para no tener que beber solo. Inútilmente. Todos los bares del barrio estaban cerrados. «Abrimos a la una», «abrimos a la 1.30», «felices fiestas»... Múltiples mensajes esperanzadores colgaban de las puertas de los bares. De los bares cerrados. Ni un solo bar abierto, a medianoche. Y yo, solo. Jodidamente solo.
Regresé a casa. Pillé una botella de güisqui que tenía desde hacía..., desde hacía demasiado tiempo. Bebí compulsivamente. Y a la una estaba completamente pedo. En vez de acostarme y dormirla, me lancé a la calle. Puto 2007... ¡Allá voy! Puto 2007. Jodida soledad... Ebrio de ganas de fiesta, intenté entrar en algunos bares, pero enormes seguratas me echaban sin contemplaciones. Al final, en un tugurio infame me vendieron a un precio exorbitante una botella de champán. Quise invitar a unas jóvenes ecuatorianas, o colombianas, o cubanas, quizá. En vano. Imploré, supliqué... En vano. Se reían. Me bebí la botella, yo solito, con un par... Y no recuerdo nada más.
Desperté en una parada de autobús. Muerto de frío. Sin chaqueta. Sin mis zapatos nuevos de 100 euros. Con la cartera en el bolsillo, afortunadamente. Sin dinero, pero con toda la documentación. Y la tarjeta de crédito. Regresé como pude a mi casa. Dormí hasta el mediodía. Para hacer más llevadera la resaca me bebí un par de cubos de cerveza, un tonel de vino, una garrafa de ginebra... Pillé otra cogorza, claro. Y otra. Y otra. Y otra más...
Hasta que en un momento glorioso de lucidez y sobriedad conocí a Rosa en la tienda de un pakistaní adonde había ido a comprar algo para beber. Le dije algo que le hizo reír. A Rosa; no al pakistaní. Y ella me dejó subir a su casa. Allí, con suma delicadeza, me aplicó un dulce lenitivo contra la soledad. Y después nos emborrachamos juntos. Las borracheras a dúo son más benignas. Y seguimos juntos, bebiendo y retozando, hasta que no pudimos más. Su tratamiento intensivo contra la soledad me dejó hecho unos zorros y me tenía que recuperar. Quedamos para otro día... Dormí, dormí y dormí. Quizá un día entero, quizá dos. Después ella vino a mi casa, limpia, peinada, pintada, con unas botellas... Y me trató, y me emborracho... Y al cabo de unos cuantos días se fue. Tenía que hacer unas gestiones, no sé qué de un trabajo, en otra ciudad... Me dejó un teléfono, una dirección de correo electrónico, un chupetón en el cuello, el alma en paz... Y nada más. Sé que no va a regresar. Creo que no me importa...
(continuará quizá...)