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Categoría: requiebros

¡París!

6 May 08
Para salir del pozo, para creer que salgo del pozo, me largo un largo fin de semana a París. Marc Weitzmann me lleva en una larga noche de traqueteo e insomnio desde la estació hasta la gare. En el hotel(ucho) donde me alojo descanso un par de horas y salgo a pasear. París es una ciudad cargada de recuerdos; de recuerdos de otros, de recuerdos que he robado de los libros, de las películas, de las historias que otros han vivido por mí y para mí.

Trasteando en una bouquinerie encuentro a una si jeune, si belle, si blonde, si ravissante fille, que hojea una edición antigua de Baudelaire. Es uno de mis poetas preferidos. En mi triste francés triste de triste instituto triste de triste bachillerato triste le recito A une passante. Ella se gira, me sonríe, deja el libro, me toma de la mano y me dice: vous êtes spécial, bien entendu... Oui, très spécial, madame. Tomo el libro, lo pago, se lo regalo: un p'tit cadeau...

N., traductora del ruso, sin soltarme la mano, me cuenta su vida, me pasea por sus calles húmedas de París, me descubre unos cuantos bistrós, me ríe, me emborracha, me empuja a un RER, me baja en una fea banlieue, me sube a su apartamento, me arroja a su cama, me pide que le lea la Chanson d'après-midi, me susurra al oído i my skoro boudiem zanimatsia liouboi, y me ofrece su cuerpo, y me lleva al Parnaso, al jardín de las Delicias, a los Campos Elíseos, al jardín del Edén, al huerto de Hera, a la fuente de Castalia, a la Cólquide, al Parnaso de nuevo, al Olimpo, al Leteo...

Creo que voy a cancelar mi billete de vuelta. Creo que me quedo en París...

[Para SQ, que también anda, creo, «cerca» de Rusia...]

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Muerte

29 Nov 07
Hay algunos
que creen
que Fryslân
ha muerto.

Y
sin
embargo
vive.

Pero no sé si debe
seguir viviendo...

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Días de vino y Rosa

24 Ene 07

Días de vino y Rosa; demasiados días de vino y unos cuantos, pocos, de Rosa. Despedí el año 2006 tristemente. Solo. Intenté celebrar que por fin el infausto 2006 se iba y le sucedía el año de gracia de 2007. Pero estaba solo. Solo. Y cuando estás solo o te consuelas con la soledad o buscas consuelo en otra parte. En una botella, por ejemplo. Y buscar consuelo en una botella es una mala solución. Una desgracia. El día 31 de diciembre por la noche paseé mi soledad por mi barrio, buscando algún bar abierto para no tener que beber solo. Inútilmente. Todos los bares del barrio estaban cerrados. «Abrimos a la una», «abrimos a la 1.30», «felices fiestas»... Múltiples mensajes esperanzadores colgaban de las puertas de los bares. De los bares cerrados. Ni un solo bar abierto, a medianoche. Y yo, solo. Jodidamente solo.

Regresé a casa. Pillé una botella de güisqui que tenía desde hacía..., desde hacía demasiado tiempo. Bebí compulsivamente. Y a la una estaba completamente pedo. En vez de acostarme y dormirla, me lancé a la calle. Puto 2007... ¡Allá voy! Puto 2007. Jodida soledad... Ebrio de ganas de fiesta, intenté entrar en algunos bares, pero enormes seguratas me echaban sin contemplaciones. Al final, en un tugurio infame me vendieron a un precio exorbitante una botella de champán. Quise invitar a unas jóvenes ecuatorianas, o colombianas, o cubanas, quizá. En vano. Imploré, supliqué... En vano. Se reían. Me bebí la botella, yo solito, con un par... Y no recuerdo nada más.

Desperté en una parada de autobús. Muerto de frío. Sin chaqueta. Sin mis zapatos nuevos de 100 euros. Con la cartera en el bolsillo, afortunadamente. Sin dinero, pero con toda la documentación. Y la tarjeta de crédito. Regresé como pude a mi casa. Dormí hasta el mediodía. Para hacer más llevadera la resaca me bebí un par de cubos de cerveza, un tonel de vino, una garrafa de ginebra... Pillé otra cogorza, claro. Y otra. Y otra. Y otra más...

Hasta que en un momento glorioso de lucidez y sobriedad conocí a Rosa en la tienda de un pakistaní adonde había ido a comprar algo para beber. Le dije algo que le hizo reír. A Rosa; no al pakistaní. Y ella me dejó subir a su casa. Allí, con suma delicadeza, me aplicó un dulce lenitivo contra la soledad. Y después nos emborrachamos juntos. Las borracheras a dúo son más benignas. Y seguimos juntos, bebiendo y retozando, hasta que no pudimos más. Su tratamiento intensivo contra la soledad me dejó hecho unos zorros y me tenía que recuperar. Quedamos para otro día... Dormí, dormí y dormí. Quizá un día entero, quizá dos. Después ella vino a mi casa, limpia, peinada, pintada, con unas botellas... Y me trató, y me emborracho... Y al cabo de unos cuantos días se fue. Tenía que hacer unas gestiones, no sé qué de un trabajo, en otra ciudad... Me dejó un teléfono, una dirección de correo electrónico, un chupetón en el cuello, el alma en paz... Y nada más. Sé que no va a regresar. Creo que no me importa...

(continuará quizá...)

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Mil euros...

11 Dic 06
¡Un mes, casi, sin escribir! Sin escribir en el blog, porque escribir escribí durante este mes. Un «amigo», aprovechándose de mi delicada situación y de nuestra «amistad», me endosó un trabajillo: la redacción de un volumen de una enciclopedia. No pude, no supe decir que no. O sea, un mes, casi, sin salir de casa, pegado al maldito ordenador, saqueando internet, buscando material para escribir una historia de la literatura que por lo menos se pueda leer. Y todo por mil euros. Mil euros con los que voy a pasar unas navidades de dios...
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Risoterapia y muerte

27 Sep 06

A parte de múltiples pastillas de colores, una doctora venezolana me recomendó la risoterapia para salir del pozo oscuro. Y estos últimos días me he reído de lo lindo con el espectáculo que se ha montado en mi villorrio a cuenta de la pregonera de la fiesta mayor. De lo lindo. Unos tontitos decían que si era un insulto, que si..., y otros tontitos les han replicado que si... Y yo, «iconoplasta», me he reído de lo lindo, de los unos y de los otros. Y de la pregonera. Una vez intenté leer algo de lo que ha perpetrado en nombre de la literatura: las carcajadas del recuerdo me han sacado del pozo.

Me he reído también de lo lindo con las palabras de unos cuantos imbéciles famosos y de otros imbéciles que aspiran a serlo. Basta con abrir el periódico por cualquier página: política internacional, política española, política catalana, cultura... Imbéciles por doquier, imbéciles a mansalva. Imbéciles.

Lentamente, los huesos se han ido soldando, las heridas han ido cicatrizando, los moratones han ido desapareciendo, y mamá ha recuperado los «ocios» —el gimnasio, la peluquería, las amigas...— que la alejan mañana y tarde del costado de mi cama. La doctora venezolana me dice que prontito, prontito voy a poder regresar a casa. De momento me esfuerzo en los ejercicios de recuperación que cada mañana, de lunes a sábado, realizo en un gimnasio para ancianos tullidos. De reírse.

Y luego, la muerte. Hoy al regresar del gimnasio, al entrar en la habitación me ha parecido que el señor Joan, que llevaba casi tanto tiempo como yo en el hotel de la SS, estaba..., estaba muerto.

El señor Joan era un anciano desquiciado que metía mano a las enfermeras y se reía. Y hoy se muerto. Y yo me encontrado con el muerto en mi habitación. Y mamá no estaba. Y he salido renqueando para avisar a las enfermeras. El manoslargas, decían; se ha muerto el manoslargas... Y se han llevado al pobre señor Joan envuelto en una sábana. Pero el olor agrio de la muerte se ha quedado en la habitación. Y mañana va a venir Ella.... Al final me voy a morir de la risa.

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La respuesta

28 Jul 06

Feliz S., no hay pizca de ficción en mis anotaciones: vida es literatura, literatura es vida; cuando escribo vivo, cuanto vivo escribo.
Sí, estoy fuera de (la) circulación; me echo de ella un homicida montado en un arma de cuatro ruedas. Feliz S., mi yeso es de «carne y huesos» —¿estaré recuperando mi afilado sentido del humor?—, de verdad.
Amigo S., la única «buena» noticia es que se ve que de resultas del golpe tengo un coágulo en el hemisferio derecho y un sádico llamado Doctor Neurocirujano, a la espera de ver cómo evoluciona, ya me ha tomado las medidas del cerebro. ¿Quién dijo miedo?
Joven S., aquí la única droga que hay es la sonrisa de las enfermeras, que acostumbradas a tratar con ancianos malhumorados, a los jóvenes —porque aunque pasé de los treinta me siento joven, a pesar del coágulo—, nos dan un trato más bien cordial. Además, los calmantes amodorran.
Algo hay, camarada S., fuera del hospital: mis vacaciones perdidas...
Me mandaría, dice, algunas lecturas... Mándemelas, por favor, no se abstenga de mandármelas a: fryslanfryslan a rara yahoo punto es. Además, como durante estas vacaciones voy a estar alojado en un hotel de la seguridad social con todos los gastos pagados, me puedo permitir el lujo de patearme el sueldo en Casa Amazon, uno de mis libreros de referencia y de preferencia.
¡Ah!, y muchas gracias.
Atentamente...

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Cuento

1 Jul 06

Un martes salió tarde del trabajo, y un poco mareado. Todavía no estaba recuperado de unas anginas angustiosas y durante el fin de semana celebró la amarga soledad de las fiestas del solsticio castigando su cuerpo a botellazos. Total: que estaba hecho unos zorros. No se vio con fuerzas suficientes para llegar al metro y paró un taxi. El taxista, honrado trabajador, iba escuchando un partido de fútbol. Jugaba la selección española contra la selección francesa, un partido del Mundial de fútbol, que es un deporte. Afortunadamente en España hay libertad de culto, y el buen hombre podía escuchar la COPE, en ejercicio de su libertad. Nunca había escuchado la COPE. Le gusta poco la radio, y solamente de vez en cuando sintoniza Radio 3 o alguna de las emisoras que programan música clásica. Nunca escucha retransmisiones deportivas, y menos de fútbol, y mucho menos tertulias políticas.

Pero un martes, por azar, hizo un viaje de media hora a las cavernas mediáticas de los obispos. Que el fútbol es pasión y todos esos rollos, ya lo sabía. Lo que no sabía es que la retransmisión de un partido de fútbol, por más importante que sea, pueda convertirse en excusa para lanzar a las ondas fanáticas soflamas nacionalistas y xenófobas. Sentado en el asiento de atrás del taxi, medio mareado, escuchó parte de la retrasmisión teóricamente «deportiva» del partido; escuchó abochornado los comentarios de los patrióticos comentaristas. Sintió vergüenza de tener un carné de identidad español, de tener que ir por el mundo con el pasaporte español; de ser considerado compatriota de los treinta mil energúmenos que insultaban a los jugadores franceses por el hecho de ser franceses y negros. Sí, ya sabía que España no es la COPE ni los treinta mil energúmenos que estaban en el estadio. Pero España es también la COPE y los treinta mil energúmenos. Y algunos más.

Afortunadamente al final España perdió. Le supo mal por los jugadores, que al fin y al cabo son deportistas, de un triste y deprimente deporte, de una triste, derrotada y frustrada selección, pero deportistas; pero se alegró por los comentaristas de la COPE y por los energúmenos que en el estadio insultaban a los jugadores franceses por el hecho de ser negros y franceses, que no se merecían una alegría. Pero, ay, si España hubiera ganado...

Cuando llegó a casa miró de qué iba eso del Mundial. Vio que la gran selección «Arriba España», «la gran selección de una gran nación que se rompe», había eliminado previamente a las «grandes potencias» futbolísticas de Ucrania, Túnez y Arabia Saudita. ¡La furia roja..., a por sellos!, pensó.

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Infierno

23 May 06

Después del largo fin de semana de relax (viernes, sábado, domingo y lunes) en Girona, regresó al infierno. Hace calor, en la oficina. Ella está en su rincón, agazapada detrás de la pantalla de su ordenador, con un escote que no tapa nada y una faldita que lo enseña todo. Cada vez que se levanta para ir al baño —¿se puede ir tantas veces al baño en una mañana?— todos los hombres y alguna de las mujeres de la oficina entramos en una especie de trance desolador: querríamos ser carne de su carne, sudor de su sudor, carmín de su carmín, esmalte de uñas de su esmalte de uñas... Cuando ella se levanta y recorre el camino entre las mesas que lleva al baño, la producción cae en picado, pero sube la «moral», y de qué manera. Nos sentimos, me siento afortunado de poder trabajar, de tener ese y no otro empleo que me permite compartir la mañana y parte de la tarde con esa mujer despampanante que sabe cómo funciona la máquina de las fotocopias, que sabe más que nadie de macros de Page Maker, que me tiene clavado en la mesa hasta la hora de salir. Me siento afortunado de respirar el aire que ella respira, de beber el agua que ella bebe, de poder acercarme a su escote para pedirle por favor una copia del original que tengo que "trabajar". A veces incluso —!oh delirio¡— se acerca a mi mesa, rasca con sus uñas esmaltadas la fórmica de mi mesa, y me aturrulla con su presencia. Solo me pide un favor..., y le daría mi vida. Que si le puedo cubrir la guardia de mañana, que ella querría ir al gimnasio. Y deja la boca entreabierta y una punta de su lengua —¿suave? ¿fresca? ¿juguetona?— en el rojo labio inferior. ¿Cómo le voy a decir que no? ¿Cómo voy a negar nada a sus carnes bien puestas? ¿A su susurro embriagador? Claro que sí, mujer. Sonríe. Te debo una, me dice. Y regresa a su guarida detrás de la pantalla de su ordenador. Me apunto la deuda en la libreta de la lubricidad...

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