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Los domingos...

18 Mar 07
En mi otra vida, el domingo era el mejor día de la semana. Cuando vivía con Ella, cuando Ella vivía conmigo, el domingo era un día hermoso, algo más que veinticuatro horas. Nos levantábamos tarde —el sábado, si no salíamos, bebíamos cerveza y veíamos abrazados en el sofá deliciosas películas en blanco y negro hasta altas horas de la madrugada—, leíamos o hacíamos el amor, dormíamos otro rato, continuábamos leyendo o haciendo el amor, comíamos algo, nos emborrachábamos, hacíamos el amor, nos duchábamos, dormíamos, leíamos, nos escribíamos efímeras cartas de amor en el vaho del espejo del cuarto de baño... Era bastante parecido a lo que creo que debe de ser la vida en el paraíso...

Pero Ella se fue y se terminaron los domingos. Ahora el domingo es simplemente un día más, o un día menos. me levanto ni temprano ni tarde, cuando mi cuerpo descansado se harta de dormir, cambio las sábanas sucias del sudor de mis pesadillas, hago la colada de toda la semana —una lavadora de ropa blanca, una de ropa de color—, lavo los platos de la triste cena del sábado, me arrastro, triste, por casa, pongo música triste; en vano, intento leer, intento escribir, intento trabajar, intento olvidar que el domingo tiene veinticuatro horas... A veces incluso salgo de casa y me compro la prensa, para comprobar cómo las dos españas posibles me hielan el corazón, y me tomo una cerveza y unas aceitunas en el bar de la esquina, y el ovillo de mis pensamientos se lía en los nudos de la tristeza, y en las mesas de mi alrededor parejas enamoradas y felices se besan en el cuello y se meten mano con discreción, y familias felices dan patatas fritas a sus críos y se ríen de sus jefes y de sus hipotecas, y yo, solo, me termino un culo de cerveza tibia y me como la última aceituna, y regreso a casa, para intentar leer, para intentar escribir, para intentar trabajar, para comer un plato recalentado con un vaso de vino avinagrado, para intentar distraer mis pensamientos, para intentar convencerme de que la soledad será solamente un rincón vacío y lleno de polvo de mi vida, para convencerme de que un domingo, a pesar de todo, solo son veinticuatro horas, y de que mañana será lunes otra vez y de que otra vez el ajetreo de las obligaciones me apartará de los pensamientos funestos, de la triste añoranza de su ausencia, de todas las ausencias, para soñar que volverán nuevos domingos en compañía de alguien que, algo, aunque solo sea un poco, me querrá...

Pero en el horizonte me espera una semana interminable y otro fin de semana, otra noche de sábado lúgubre y otro domingo decepcionante y triste. El sábado, quizá marcaré su número de teléfono para oír su voz grabada en el contestador..., y colgaré sin abrir la boca. El domingo, nuevamente intentaré en vano llenar de palabras propias, de palabras ajenas, de canciones tristes, los recodos sombríos de mi soledad. Pero eso será el próximo fin de semana. Hoy, cuando anochezca, me sepultaré en la cama y me taparé los oídos para no oír mi llanto...

1 comentario

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  1. 19 Mar 2007 | 03:54 AM # Madeleine De Cubas dice:

    Nooo, por Dios qué te pasa??? No eres ni el primero ni el último que ha concluído un romance. Sabías que hay un mundo afuera? y que después de la tempestad casi siempre sale el sol? Ya va siendo hora de sacudirte. Un saludo. Señora Nostalgia

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