Hijo de un grabador de oro y plata, no es sorprendente que las últimas obras de Gustav Klimt (1862-1918) brillen con el esplendor de un mosaico bizantino. De hecho, Klimt visitó Ravena en 1903, con el fin de ver los mosaicos de San Vital. Empezó su carrera en dirección arquitectónica durante el desarrollo de la gran Ringstrasse de Viena, trabajando en el Burgheater y el Kunshistorisches Museum. Sin embargo nada le preparaba para las fuertes objeciones que despertaron los murales que realizó para la Universidad de Viena, donde, según los críticos, sus paneles “Filosofía, medicina y jurisprudencia” eran inapropiados e inmorales. Para alejarse de la controversia entre 1904 y 1906 hizo una serie de retratos de mujeres. En este, Fritza von Riedler (1906) emerge de una butaca estilizada entre una espuma de encaje blanco y pesadas cintas de raso. Solo su porte aristocrático, el tamaño y la composición piramidal impiden que sea engullida por los elementos decorativos. Cada parte de la tela está adornada con formas orgánicas y geométricas en oro y plata. La cabeza de Fritza von Riedler está enmarcada por una vidriera de colores. Dicho marco la define como una persona importante, aunque Klimt utilizara este recurso con “Emilie Flöge” (1902) y Margaret Stonborough-Wittgenstein (1905). El aplanamiento de la butaca también actúa como marco, en el sentido de que permite a la modelo existir como el único objeto tridimensional del interior. La pintura de Klimt parece la antítesis de la practicada por la generación más joven del expresionismo, pero es indudable la influencia que ejerció sobre ellos.
servido por giverny
8 comentarios
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RENATO dijo
El que más me gusta es la mujer con el niño dormido en el pecho. engoproblmas en tu bog con la escriur como pudes ver , saludos
24 Febrero 2008 | 02:48 AM