No se pregunta a un esclavo si quiere ser libre
Un grupo de turistas japoneses se aprestan a capturar en sus digitales la belleza de la estación central de Ferrocarril . En todas las guías de Maputo viene subrayada en rojo, es obra de Eiffel , el mismo que ideó la torre parisina, un regalo al vetusto Maputo, un presente del pasado, una belleza imposible en la ciudad de los contrastes. Pocos nipones conocerán la dureza de Maputo, la subsistencia de sus hapitantes que malviven en milen de chabolas y sobreviven con unos pocos meticales al día. Como mucho a algunos les sorprenderá, mientras disfrutan de las excelencias del Costa do Sol, que los mozos limpien los lujosos coches de los clientes por unas pocas monedas.
La realidad de Maputo está en los tumultos de la zona comercial de Baixa, entre los colores, los aromas y las miradas de sorpresa de los vendedores de frutas en el mercado central, pero también en el ansia de esos niños que quieren aprovechar los restos del pescado que nos hemos sido capaces de apurar y se lanzan como centellas hacia el plato.
En Mozambique, unos cuántos viven como dioses y una multitud está a su servicio, vela por su sueño por 30 euros al mes y suplica por no perder su miserable empleo. En la avenida Marginal, una frase de Samora M. Machel resume la realidad: "Nao se pergunta a um escravo se quer ser livre".
La foto es mía.


