26 Agosto 2007
Segou, a 25 de Agosto de 2007
- El oro viene del sur, la sal viene del norte, el dinero, del país del hombre blanco, pero la palabra de Dios, las cosas sagradas, solo puedes encontrarlas en Tombouctou. -
Esta frase resume para mí la esencia de los grandes mitos, porque ahí, en la eternidad de su leyenda, sobre los lugares inalcanzables, es donde el hombre trasciende en lo sagrado, se aleja de la materia y levanta la posada de sus dioses. Ninguna utopía paga por sus servicios y Tombouctou es uno de esos horizontes hacia los que hay que caminar sin esperar nada a cambio. Sin embargo, si sabes esperar y estas dispuesto a aceptar la incertidumbre como compañera de viaje, siempre tiene algún presente reservado para aquellos viajeros que osan asomarse a sus misterio, regalo que, en mi caso, tuvo por nombre Los últimos indígenas.
Francisco Giner Abati, Pablo Calvo y Patricia Lobato forman el equipo de la expedición que, durante seis meses, recorrerá diecinueve países del continente africano documentando diferentes tribus autóctonas. Abati, profesor de la Universidad de Salamanca, lleva veinte anos recorriendo el Mundo realizando esa labor por los cinco continentes; Pablo es el operador de cámara y el responsable de toda la logística de la expedición y Patricia, novia de Pablo, es psicóloga y esta haciendo tres investigaciones sobre género en África. Los conocí paseando por Tombouctou y desde el primer momento sentí que algo acababa de comenzar, la historia que estaba gritándome desde aqui y que, desde luego, era un paso inevitable en el transcurso de mi viaje.
Estaban alojados en el mismo hotel que yo asi que los buenos ratos no tardaron en llegar: un atardecer en el Sahara, una maravillosa tertulia bajo un cielo estrellado, una negociación inolvidable en la jaima de unos tuareg, momentos que hicieron de los días en Tombouctou unas jornadas únicas. Pero el destino nos tenia reservadas muchas mas sorpresas aun.
Abati tenia la misma cámara que yo y apenas sabia manejarla asi que pronto nos encontramos con la D200 por excusa. Casualmente ese día la rompió y se quedo sin reflex. Pablo, por su parte, necesitaba capturar horas de video y editar un montaje para la gente que actualiza la web en España, asi que decidieron quedarse a dormir un día más en Tombouctou mientras nuestros pasos se iban acompasando al mismo ritmo y en la misma dirección. Yo tenía previsto volver a Mopti al día siguiente para, desde allí, tratar de alcanzarla frontera con Burkina Faso en un par de jornadas. Les propuse bajarme con ellos y aceptaron encantados.Así empezaron los días mas increíbles de todos cuantos viví en este país.
Nos llevo mas de cuatro horas recorrer los casi doscientos kilómetros de pista que separan Tombouctou de Douentza, una población que se encuentra al norte de la falla de Bandiagara y desde la que se coge la nacional que atraviesa Malí y llega hasta Bamako pasando por Mopti. Yo iba en el coche de Abati, un tipo difícil de prever, dubitativo como una veleta y voluble cual pluma al viento. Cuando llegamos al asfalto comenzó un dialogo en el que sentí como mi rumbo iba girando unos cuantos grados con cada frase, hasta que, en pocos minutos, mi viaje acabo por darse la vuelta.
-¿Tu ibas a Burkina no?
-Si, esa es mi intención –conteste.
-Te resultaron interesantes los dogón?
-Bueno, la verdad es que pase unos días fantásticos con ellos, pero solo conocí el sur, la zona más turística.
-Igual merece la pena acercarnos hasta allí…
Abati dudo por un momento pero, de repente, aviso a Pablo por la radio, dio media vuelta y sin dejar ni un hueco a la duda, afirmó:
-Vamos a entrar por el norte de la falla. Si encontramos algún material, nos quedamos, y si no, seguimos y te dejamos cerca de Burkina.
Lo mejor de no tener planes es que cualquier plan de viene bien y, por tanto, es bastante complicado que las cosas salgan mal. Siempre he confiado mucho en esa máxima, asi que decidí dejarme llevar y aceptar los cambios como fuesen viniendo.
Entramos por una pista y, al poco, los GPS dejaron de marcar población alguna. Avanzábamos con la única ayuda de la brújula y, lógicamente, nos perdimos. Un agricultor nos puso sobre la senda buena y, ya paralelos a la falla, divisamos un poblado. Era Ogogueri, un lugar que ni siquiera aparece en los mapas y al que el turismono se ha asomado aun. El pueblo entero salio a recibirnos, los niños nos rodeaban, las mujeres ser reían y todos, como si hubiera llegado el circo, quedaban fascinados ante las dos moles de las que se habían bajado esos cuatro blancos. Caía la tarde y, entre la multitud, decidimos montar el campamento.
Nos enseñaron el pueblo, nos presentaron a los ancianos y nos ayudaron a encender el fuego. Cada uno de nuestros pasos era seguido por cientos de ojos inquietos que encontraban novedoso todo cuanto nos rodeaba. Abati decidió quedarse, esperar y ver lo que salía de allí. El, además de antropólogo y filosofo, es medico especialista en medicina tropical y siempre pasa consulta en los pueblos que visita. Cuando se corrió la voz de que había un medico en la zona, Ogogueri se lleno de gente y salir de allí se fue volviendo cada vez mas complicado. Al final, pasamos cuatro días en el poblado, una experiencia intensa, profunda y altamente gratificante. Al mismo tiempo, mis posibilidades de ir a Burkina se iban esfumando y eso me creo cierta ansiedad (la que siempre lleva implícita la incertidumbre) así que, cuando pasaron tres días sin que nada pareciera moverse, llego un momento en el que tenía que tomar una decisión, y decidí quedarme. Abortar un plan supone, en muchos casos, una liberación, el despego de una idea que, a la postre, descubrí que me estaba encajonando en el tiempo. En un solo chasquido pase de estar calculando los días que me quedaban a tener margen de sobra, y la tranquilidad, como si se hubiera activado un resorte en mi interior, se adueñó completamente de mí.
Después de cinco días juntos me sentía totalmente integrado en la expedición. Mientras Abati y Patricia pasaban consulta, Pablo y yo grabábamos y fotografiábamos la vida cotidiana de los dogón. Como Abati se quedo sin cámara, me pidió que me encargara de documentar con fotos todo aquello que me resultara interesante y ya de paso le ayudaba a Pablo, que siempre iba cargado con todo el equipo. Era justo lo que necesitaba para no sentirme una carga así que no tarde en empezar a disfrutar como un niño. Además, aprendí mucho sobre los dogón.
Las familias son patrilineales y los hombres, polígamos. Generalmente tienen dos mujeres que compran por un precio que oscila, dependiendo del nivel adquisitivo de la familia, entre los 25.000 y los 50.000 CFA. Viven en la casa de los padres de el, aunque cada mujer tiene su recinto propio. Si bien esta organización resulta económicamente rentable y altamente beneficiosa para el hombre, socialmente es demoledora porque las mujeres, por más que tienen asumida su cultura, sufren mucho y se llevan muy mal entre ellas. Las familias, como caracteriza a las sociedades agrarias, son muy numerosas, lo cual, aunque supone mano de obra segura para el futuro, implica pobreza y desnutrición en el presente.
Las niñas sufren la ablación del clítoris a los dos anos y a los niños se les hace la circuncisión a los quince. El deseo y el placer sexual es patrimonio único y exclusivo del hombre en general, la llegada del Islam esta siendo muy perjudicial para la cultura dogón. El carácter invasivo e intolerante del fundamentalismo islámico esta haciendo desaparecer algunas de sus senas de identidad más características, como los hogón, antiguos chamanes que antaño eran los guías espirituales de los poblados. Aunque muchos de sus ritos se mantienen, no son pocos los que han sido sustituidos por los islámicos y la verdad es que, durante estos días, tuve la sensación de estar asistiendo al declive de una cultura centenaria.
El tercer día por la tarde se acerco al poblado una extraña mujer que lucia vistosos abalorios. Sobre su cabeza portaba una calabaza llena de leche cuajada que pretendía vender en Ogogueri. Era una mujer pele, una tribu distinta a los dogón de la que hay algunos asentamientos en la llanura que desemboca en Burkina. Abati decidió visitarlos y pasamos tres días más allí.
Los pele, a diferencia de los dogón, son ganaderos seminómadas. La presencia de la leche en su dieta les garantiza un aporte de calcio y proteínas que mejora notablemente su alimentación con respecto a los dogón. Viven en chozas de cana y paja y, aunque cada cierto tiempo se mueven, suelen permanecer largos periodos en un mismo terreno sobre el que cultivan, además, algo de mijo. La poligamia no es compatible con la mentalidad nómada así que los hombres pele tienen una sola esposa. En su organización social, la mujer esta mas valorada que en la cultura dogón y su papel, piedra angular del núcleo familiar, esta también mucho mas reconocido. Los niños pastorean el ganado desde muy pequeños mientras las niñas pasan horas triturando mijo o arreglando las chozas. En términos generales, el optimismo y el grado de satisfacción de los pele parecía mayor que el de los dogón y yo me sentí particularmente feliz entre ellos.
Después de una semana con mi mosquitera como único resguardo, sentí que en Tombouctou me habían tocado las mejores cartas posibles y es que el destino premio mi fidelidad con unos días absolutamente maravillosos. Sin duda, viajar hasta donde alcancen tus sueños garantiza la aventura porque, como dice Reverte, la aventura es el recorrido de los sueños. Si el sueno es la naturaleza que conforma el corazón humano, viajar se convierte casi en una obligación, en la llama necesaria para mantener siempre viva la pasión del existir. Vagar sin destino, sin mas brújula que la intuición y con el azar como único equipaje, me acerco mucho a ese lado errante de mi alma que tanta fuerza tiene en mi y es que, quien sabe, igual al final acabo descubriendo que, después de todo, yo también tengo algo de nómada
servido por gustavoporras
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15 Agosto 2007
En Mopti, a 14 de Agosto de 2.007
<<País Dogón>>
Los dogón llegaron a la falla de Bandiagara hace catorce siglos y aquí se encontraron con un pueblo de costumbres muy extrañas que vivía a mucha altura en medio de la gran pared de piedra. Eran los telem, un pueblo cazador y recolector que, por miedo a las fieras de la jungla, había construido sus viviendas entre los estratos de la falla. Para alcanzarlas escalaban la roca ayudándose de largas lianas fabricadas con fibras de baobab. Los telem convivieron cuatro siglos conlos dogón hasta que, tras diversos conflictos, abandonaron la falla. Aun hoy, los dogón siguen usando las viejas viviendas telem para enterrar a sus muertos que son subidos hasta su tumba con las mismas lianas de baobab que antaño usaran sus predecesores y que, durante todo el día, son fabricadas sin descanso por los más ancianos del lugar. Ellos, entre los que se encuentra el jefe del poblado, son las personas mas importantes y respetadas de la comunidad y puedes encontrarlos a cualquier hora del día bajo una gruesa techumbre que hacen llamar la Casa de la Palabra. Bajo esas canas, tras esos rostros arrugados por el paso de los años, se encuentra la sabiduría, y es allí donde hay que ir si se quiere pedir un consejo o se ha de solucionar un problema. El dictamen de los ancianos es incuestionable y sus decisiones serán siempre acatadas con agrado porque, para los dogón, la palabra de sus mayores es la indiscutible portadora de la verdad.
La familia es el siguiente pilar en la vida de un dogón y buen ejemplo de ello es el largo ritual con el que saludan. Tras preguntarte como estas, pasan a interesarse por toda la familia para acabar bendiciendo tu viaje y desearte lo mejor para la vida. Ese es el momento en el que hay que regalarles el quewe, un tubérculo que compramos en Mopti, muy difícil de conseguir en estas tierras, y al que la cultura dogón le atribuye innumerables bondades, entre ellas fertilidad y tiempos de bonanza para la familia. Cuando lo reciben se deshacen en agradecimientos y vuelven a bendecirte con sus manos mientras te despiden con una gran sonrisa.
La mujer es el centro del núcleo familiar y sobre ella recaen los trabajos más duros y las mayores responsabilidades. En los poblados no hay ni luz eléctrica ni agua corriente y es frecuente verlas venir desde muy lejos, envueltas telas de vivos colores, cargadas con grandes calabazas llenas de agua sobre sus cabezas. Además de cuidar a la prole, ayudan en el campo y preparan la comida.
La base de la alimentación dogón es el mijo, prácticamente el único cereal que se cultiva en estas tierras. En noviembre lo recogen y lo almacenan en sus característicos graneros de adobe para ir consumiéndolo después a lo largo del año. Durante el día, las mujeres ylos niños pasan horas molturando el cereal para extraer el grano queluego cocerán como el arroz. La carne de ave y algunas frutas y hortalizas completan una dietaa todas luces insuficiente pero que,con todas sus carencias,ha mantenido con vida a los dogón desde que llegaron a las tierras que hoy llevan sunombre.
Comenzamos a caminar en Dourou, un poblado situado en la plateau, la parte alta de la falla. Tras nuestros pies amenazaba la tormenta pero, a medida que nos acercábamos a la gran caída de piedra, el cielo se iba abriendo como un gran abrazo. Bajamos por una enorme grieta y, de repente, un espectáculo majestuoso se levanto ante nosotros. La enorme falla se posaba sobre el valle como una milhojas gigante, mientras las nubes avanzaban a un paso casi imperceptible, imprimiendo sus enormes sombras sobre una llanura inabarcable, poblada de arbustos y árboles baobab y recorrida, con ternura, por un tímido río que dibujaba su sinuoso trazado a los pies de la imponente mole de piedra.
Dejar la mochila en el suelo, desprenderte de su peso, descalzarte y hundir los pies en la arena africana, sentir el leve fluir del agua mientras el tiempo se detiene, cruzar una mirada con el niño que juega en la orilla, volver la vista atrás, esbozar una sonrisa y caminar en el silencio, momentos que bien podrían ser el alma de una poesía romántica o el comienzo de una gran gesta pero que, afortunadamente, se quedaron en esbozos, en pequeños gestos cargados de esencia y autenticidad que terminaron posándose suavemente sobre mí como pétalos de instante mecidos por el viento.
Llegamos a Nombori, montamos el campamento y esperamos a la noche. Con las primeras estrellas sonaron los cantos acompañados por los sonidos de los gueimbes. Aunque algunos dogón se hacen llamar cristianos o musulmanes, no son más que disfraces de su verdadera naturaleza, la animista, la que encuentra a Dios en todas las cosas, en el fuego, las piedras o el canto de los pájaros. En aquellos sonidos encontré hondas raíces que me hicieron entender el origen del gospell, del blues o del jazz. Sin ellas saberlos, aquellas ancianas me estaban llevando en volandas hasta el alumbramiento de la música moderna. La danza acompañaba a los sonidos en un perfecto dialogo sin distinción de lenguas, un idioma en el que los instrumentos bailaban y los cuerpos percutían constantemente sobre la arena. Cuando me tumbé bajo el cielo del País Dogón y entorné los ojos, esos sonidos seguían revoloteando por mi cabeza como pequeños destellos mientras las estrellas parecían dar la bienvenida a mis sueños bailando al ritmo del gueimbe.
De Nombori a Begnemato, de Begnemato a Teli, de Teli a Djiguibombo, de Djiguibombo a Sevare, cinco días caminando que viví como un desprendimiento a la velocidad de mis pasos.
El otro día, mientras avanzaba por la pista de tierra rojiza sobre esa Royal de 125 c.c. sentía como el viento moldeaba mi rostro hacia la gratitud y es que África, en los días que pasé en el País Dogón, me hizo un inmenso regalo.
servido por gustavoporras
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5 Agosto 2007
Ségou, Mali, a 5 de Agosto de 2.007
Decía un explorador francés que la aventura es la única manera de ganarle tiempo a la muerte así que, de estar en lo cierto, creo que el otro día conseguí unos cuantos anos de vida para mi haber. El vuelo de Royal Air Maroc retraso su salida más de una hora, tiempo en el que conocí a un cooperante francés que llevaba unos meses en Mali y cuyos consejos me ayudaron a definir un poco más mi viaje. La conversación avanzaba sobre el mapa, trazando posibles itinerarios y marcando lugares de interés hasta que le comente mis pretensiones de pasar la noche en el aeropuerto de Bamako. Entonces su rostro se torno mucho mas serio y, sin dejar lugar a la duda, me dijo que eso no era posible. Cuando le comente que no tenia reserva empezó a barajar opciones para tratar de encontrar una solución pero, desde luego, todas pasaban por dejar el aeropuerto a la llegada. Justo en ese momento sonó la llamada para el embarque y con ella empezó a aumentar mi preocupación.
En el avión conocí a Fredy, un suizo un tanto extraño que en ningún momento me genero un ápice de confianza. Su novia lo estaba esperando en Bamako, donde tenían una reserva, así que pensé que, si compartía el taxi con el hasta el hotel, quizás pudiera encontrar una cama allí. Tras tres horas de vuelo tomamos tierra enel aeropuerto de Bamako y nada mas bajar las escaleras del avión comprendí el rostro del cooperante francés. Si llegar de noche a una ciudad desconocida ya es una dificultad, hacerlo por el aeropuerto empieza a ser un problema, pero, desde luego, aterrizar en Bamako a las tres de la madrugada es, simplemente, una locura.
La humedad y el cansancio hacían pesado nuestro caminar por la pista de aterrizaje y el panorama que nos encontramos en el interior de la terminal no ayudo en absoluto a levantar el ánimo. Había desorden y caos, y la gente se agrupaba entre un parsimonioso policía, que repartía los papeles de entrada en el país, y una cochambrosa oficina de cambio, cuyo trabajador parecía perdonarte la vida por cambiarte unos cuantos euros. Solo una policía controlaba los pasaportes y, tras el trámite correspondiente, fuimos a recoger las maletas a la única cinta del aeropuerto. Ahí empezaron a acosarnos los taxistas y, al poco,mientras nosotros les dábamos largas, llego mi mochila. La del suizo no.
Varios locales nos acompañaron a la oficina de reclamaciones y tras presentar la queja, decidimos irnos con dos malienses. Unos de ellos hablaba español y tenía por nombre Mamadou. Desde el primer momento sentí que estábamos en clara desventaja. Eran las cuatro de la mañana y la noche estaba completamente cerrada en un Bamako sin apenas iluminación. Negociamos el precio del transporte y ellos trataron de llevarnos a un hotel que conocían. Argumentaban que, a esa hora, el hotel del suizo estaría cerrado y que era mejor ir a descansar a algún sitio y acercarnos por la mañana. Poco después entramos en un barrio de la ciudad y acabamos yendo a la casa de los malienses.
Cuatro y media de la mañana. En el pequeño salón de la vivienda había dos chicos mas durmiendo en el suelo que, apenas musitaron un saludo, volvieron a caer rendidos. Nos ofrecieron unas sillas y la situación comenzó a ser muy extraña. El suizo se puso un poco nervioso y decidió que quería irse al hotel donde lo esperaba su novia. Los malienses me ofrecieron quedarme ahí, proposición que, lógicamente, denegué con la mejor de mis caras. Nos fuimos todos al hotel del suizoy en la entrada esperaba un hombre cuyo rostro apenas podía distinguir en medio de la noche. Miro un papel, metió al suizo dentro y cerro la puerta.
Cinco de la mañana. Me encuentro en mitad de una calle oscura y desconocida de Bamako junto a dos malienses cuyas intenciones reales desconocía. Supongo que, en cualquier manual del buen viajero, esta situación estaría contemplada como nada recomendable pero era la que tenía por delante y tenía que buscar una solución. Sabía que estaba completamente vendido así que era momento de llevarnos bien. Pase de mi silencio inicial a una amena conversación para ganar tiempo y tratar de averiguar sus intenciones. Entonces me ofrecieron ir a un hotel que regentaba una española. Obviamente, acepté.Los minutos que duro el trayecto han sido los mas largos y comprometidos de todos los que he pasado viajando, un tiempo en el que no tenia mas opción que confiar en la suerte y en que esos dos chicos fueran legales.
Al poco tiempo llegamos a un hotel y un trabajador nos guió con una linterna hasta una modesta habitación. Charle un momento con los malienses y, tras pagarles el taxi, se fueron. Cuando, por fin pude cerrar la puerta con la llave, podía tomarme el pulso en la camiseta y no fue hasta pasado un buen rato que empecé a respirar con normalidad. No tenía la más remota idea de donde estaba pero me encontraba a salvo, así que ya no quedaba más que esperar el amanecer. Cuando apague la luz el reloj marcaba las seis de la madrugada.
Por la mañana todo parecía distinto y, aunque no había dormido mucho, me encontraba mas tranquilo. Baje las escaleras y una cara llena de bondad me ofreció un desayuno. Era Allaye, el dueño del hotel, una persona realmente increíble. Luego apareció Teresa, una castellana que una vez vino a Mali, se enamoro de Allaye y lo dejo todo por el. Poco a poco todo empezaba a ir mejor. Cuando le conté la historia, Allaye sonrió:
-You are a lucky man!. Mamadou is a good person.
Teresa lo corroboro y me dijo que podía confiar en el plenamente. Poco después llego al hotel y la tensión de la noche parecía haberse disipado. Era momento de planificar el día y solucionar algunas cosas. Allaye me comento que posiblemente pudiera conseguir el visado de Burkina en la frontera pero que igual tenía que esperar un día y, además, hacer luego una extensión en la capital. La mejor opción era conseguirlo en Bamako. Luego estaba el problema del dinero. Hubo un fraude en Mali con MasterCard y la compañía se retiro del país, así que es prácticamente imposible conseguir dinero con mi tarjeta.Mamadou hablo de un banco que quizás operara con ella, pero había que verlo, así que agarramos su moto y nos fuimos a la ciudad a solucionarlo todo. Al final del día tenía el dinero y el visado.
Sabia que tenia que contratar un guía para el País Dogon y, tras preguntarle a Teresa, decidí hacerlo con Mamadou. Habla perfectamente español y es una persona honesta y servicial así que considere que era mi mejor opción. El precio había que negociarlo así que fuimos a casa de unos amigos a comer. Entre en un salón lleno de hombres sentados alrededor de una mesa. Poco después llegaron las mujeres y dejaron la comida en medio de la reunión. Poco a poco iban llegando más amigos hasta abarrotar la habitación. Tras media hora de negociaciones, acordamosun precio y nos pusimos a comer. Las mujeres y los niños en la cocina. Los hombres en el salón.
Mi primera jornada en Mali me devolvió la emoción, la tensión, la incertidumbre y las preguntas que caracterizan a los grandes viajes. A pesar de los kilómetros que arrastra mi mochila, tengo la sensación de estar comenzando de nuevo y es que, como dice Javier Reverte, viajar tiene algo de nacimiento.
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5 Agosto 2007
En Casablanca, a 2 de Agosto de 2.007
Mis últimos días en Marruecos han sido como una frenada lenta, una sesión al tiempo, un suave retardo con olor a espera. Mi pensamiento ya esta al otro lado del desierto mientras mi corazón apura las horas aquí, dividido entre la pasión queprecede a la aventura y la melancoliza en la que siempre vienen envueltos los recuerdos. Tan cerca y tan lejos, tan nuestro y tan suyo, Marruecos me lleno con la sorpresa de un encuentro inesperado y, como aquella mujer que un día me fascino, acabo quedándose conmigo con la misma fuerza de ese primer amor.
Sobre la virginidad, rezumaba constantemente la historia compartida, y lugares desconocidos me resultaban familiares, aunque nunca antes los hubiera pisado. Los paisajes, los gestos y las miradasse confundían, a veces, con los míos, como si la sangre que corre por mis venas no hubiera cruzado jamásel estrecho. Y sin embargo, es tan grande la intensidad del contraste, que no fueron pocos los días en los que el desconcierto se adueñó de mi, y las distancias, que en los mapas me parecían cortas, se alargaban entonces como pasos de gigante.
Marruecosse hizo presente en mi sueno con las senas del arquetipo, lejano e incomprensible pero tan mío como si siempre hubiera estado ahí, como si nunca se hubiera ido,un descubrimiento increíble con un viejo sabor a retorno.
Busca a la vez en Internet, en directorios, en enciclopedias... Atrévete con el nuevo MSN Search
servido por gustavoporras
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29 Julio 2007
En Essaouira, a 28 de Julio de 2.007
Aunque la actividad en Djemaa el - Fna no cesa en ningún momento, la vida en la plaza se anima con la proximidad del atardecer. En los últimos instantes del día, la luz púrpura reverbera entre los tambores y el humo de los puestos de comida, mientras las primeras bombillas comienzan a puntear, como luciérnagas, el irregular trazado de una plaza en plena efervescencia. Entonces, la Koutoubia, el famoso monumento que domina el perfil de Marrakech, recoge la desganada luz del sol para dar paso, como un elegante maestro de ceremonias, al gran circo en el que se convierte cada noche el explosivo corazón de la ciudad.
Las derbukas, los panderos, los crótalos y las chirimías suenan por doquier, acolchando el paisaje con un continuo sonoro sobre el que se condensa toda la actividad. Desde el suelo se levantan las cobras para bailar al ritmo de la música; un poco mas allá, dos beréberes muestran las habilidades de sus monos mientras insisten en su inofensivo comportamiento; a ras del suelo, una mujer lee las cartas, aventurándose a adivinar el futuro de los presentes; tres pasos mas allá, un gran numero de espectadores rodean a un grupo de actores, que representan sus historias acompañadas por los músicos; malabaristas, pescadores de botellas, vendedores de pócimas y remedios, maquinas donde demostrar tu fuerza, tatuadoras de henna o los errantes pero siempre presentes aguadores, completan el reparto del majestuoso espectáculo que, cada noche, se representa bajo el cielo de Marrakech.
Flanqueando la pista central se encuentran los puestos de zumos, desde donde los agitados vendedores no dejan de llamar a los transeúntes mientras exprimen sus naranjas y a continuación comienzan los puestos de comida, montados y desmontados cada día por familias enteras y que, a medida que va avanza la noche, van llenando la plaza con los sabrosos aromas de sus platos.
La capital del Sur, la bulliciosa Marrakech, me mostró un panorama muy distinto a Fez o Meknes. Sin duda, la ciudad roja es la mas africana de las tres ciudades imperiales y el lugar en el que, hasta hoy, he escuchado mas de cerca el latido de este continente, un latido que, poco a poco, con el paso de los días, comienza a ser el mío.
servido por gustavoporras
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26 Julio 2007
En Marrakech, a 25 de Julio de 2.007
El autobús nos dejó muy cerca de la medina, a los pies de uno de los cementerios de la ciudad. Nada mas salir de la estación sentí que estaba ante una ciudad distinta, imponente, cargada de historia, un lugar que me tenia reservados momentos inolvidables. El camino hasta Bab Bou Jeloud, la entrada oeste de la medina, nos puso en situación sin dejarnos tiempo para reaccionar. De repente nos vimos envueltos en una algarabía de gente que entraba y salía por cualquier rincón de esa estrecha callejuela abarrotada de tenderetes que agarraban sus toldos a un lado y otro de la calle sin apenas dejar espacio para un respiro. El aire era caliente y estaba impregnado de aromas indescifrables que iban desde las especias más exquisitas apestilentes oloresde las verduras podridas o las carnes calentadas por el sol. Sentada en el suelo, una entrañable anciana vendía unos pimientos junto a un viejo exprimidor y una radio inservible mientras, del puesto de enfrente, lleno de mercancía hasta el techo, sobresalía una pequeña cabeza entre la larga hilera de sacos llenos de arroz, cous cous, pastas y legumbres. Sandias y melones ocupaban gran parte de la calle, coloreando de verde y amarillo el ya de por si intenso y apasionante paseo al tiempo que las abejas y las moscas cubrían, nerviosas, las frutas que quedaban abiertas, buscando su dulce recompensa entre los mugrientos estantes del mercado.
Justo al lado de la puerta se encuentra el hotel Cascade, el albergue perfecto para el amante de la mochila, un lugar donde, desde el primer momento, me sentí como pez en el agua. Su terraza, donde por la noche duermen muchos viajeros, es un punto de encuentro maravilloso, un espacio sin fronteras ni lenguas oficiales, un recinto donde la brisa es liviana y en el que el viento que corre tiene por nombre libertad. Desde la azotea se divisa una vista increíble de los tejados de Fez, una maraña de ladrillos, adobe y cables cruzados interrumpida, a veces, por los minaretes de las múltiples mezquitas que salpican aleatoriamentela ciudad. Cuando cae la tarde, el sol pinta con su brocha implacable las colinas cercanas mientras miles de pájaros avión cubren el cielo con sus vuelos eléctricos y sus cantos desconcertantes. Con las primeras estrellas, suenan las mezquitas, que parecen presentar la noche mientras llaman a la oración. Cuando pasa un tiempo, resulta absolutamente imposible resistirse a los brazos de una ciudad como Fez, un lugar tan difícil de describir como de imaginar.
Su medina es la mas grande y compleja de Marruecos y perderte en ella es una condición insalvable. Los callejones forman un laberinto sin solución donde solo los locales consiguen moverse con acierto así que no fueron pocas las veces que tuvimos que recurrir a ellos para salir de algún aprieto. De todo cuanto vi, las curtidurías fue lo que mas me impactó.
Allí se sigue trabajando la piel con los mismos métodos tradicionales de la Edad Media. Tras varios procesos de lavado, los cueros de cabra, oveja, vaca o camello se tiñen con tientes naturales en las pozas centenarias tan características de la ciudad. El olor es insufrible ya que, al propio de las pieles, se suman el de los excrementos de paloma o el de la orina de vaca, productos utilizados en abundancia a lo largo del proceso. Con todo, la visita fue increíble y nos acercó a la Fez más profunda y antigua.
Al día siguiente continuamos nuestra ruta por Mekinez, la que fue capital del sultanato marroquí con Mulay Ismail, y que es considerada por muchos como la tercera de las Ciudades Imperiales. La primera impresión que tuve en la larga caminata hasta el hotel fue la de estar en una ciudad mucho mas provinciana. Del duro acoso de Fez pasamos a una mayor tranquilidad en la que la gente parecía más afable y menos interesada. A parte de un paseo por la medina y la visita de algunos monumentos, lo mejor de Meknes es la vida que cobra la place el-Hedim por la tarde. Los niños juegan a la pelota, los ancianos cuentan historias, los músicos tocan sus viejos instrumentos, las mujeres observan mientras el trasiego de gente entre la plaza y el mercado no cesa en ningún momento. Parece como si Mequinez se calentara durante el día para romper a hervir por la tarde.
Por la mañana nos esperaban las ruinas de Volubilisy, desde luego, visitarlas sin vehiculo propio no es tarea fácil. Sabíamos que desde el Instituto Francés salían grandes taxis para Mulay Idris, la población más cerca a Volubilis, así que fuimos hasta allí con la intención de encontrar a alguien con quien compartir el trayecto. No tardamos mucho en vernos enlatados dentro de un Mercedes 200 D, junto a cinco locales mas con los que no cruzamos palabra en los mas de treinta kilómetros de viaje.EnMulay nos indicaron el camino a Volubilis, que está como a unos 5 kilómetrosde allí. El calor apretaba y el pasopor el asfaltono era precisamente agradable así que decidimos hacer autostop. Nos cogieron enseguida y en unos pocos minutos llegamos a la entrada de las ruinas. Tras la visita teníamos claro cual iba a ser la manera de volver a Mulay y, nada mas levantarel dedo, ¡nos volvió a coger el mismo que nos había traído! A medio camino vimos a unas amigas que caminaban hacia las ruinas así que le pedimos al conductor que nos dejara allí y aprovechamos para saludarlas. Después volvimos a hacer autostop y llegamos sin problemas a Mulay desde donde tomamos otro grand taxi que nos llevo de vuelta a Meknes.
En la bajada a Marrakech decidimos hacer escala en Rabat, una ciudad moderna, de avenidas grandes y edificios que recuerdan al pasado colonial. Aunque la atmósfera es relajada para el turista, la vida interior de Rabat es intensa y el ajetreo de sus calles constante, especialmente por la noche, cuando algunas avenidas se cierran al tráfico y la gente las llena hasta hacerlas rebosar.
Sobre Marrakech... Aun necesito tiempo para asimilarla... su plaza, sus zocos... un lugar impresionante. Os seguiré contando...
servido por gustavoporras
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22 Julio 2007
Xauen, a 18 de Julio de 2.007
En la salida del puerto de Tanger se agolpan los camiones mientras esperan su turno para embarcar. Entre el bullicio y el trasiego de vehículos se mueven con sigilo algunos jóvenes rondando las traseras de los remolques para tratar de amarrar la esperanza a alguno de sus bajos.
Tratar de cumplir un sueño es, quizás, una de las pocas obligaciones que implica estar vivo y, sin duda, los sueños atraen con mucha fuerza a la locura cuanto mas cerca se esta de alcanzarlos. Desde Tanger se puede acariciar España con solo volver la vista y, si entornas un poco los ojos, casi puedes llegar a tocarla. Por eso, el puerto, que es un límite para muchos, se convierte en una puerta para aquellos soñadores que, embargados por la locura, no dudan en jugarse la vida con tal de cruzar la fronteraentre la realidad y el deseo. Despuésdescubrirán que el deseo es elalimento de la utopía y que trasuna realidad viene otra, y luego otra, pero en los ojos de esos jóvenes aun ardía con fuerza el ansia de un nuevo destino.
No tardamos mucho en llegar a la estación de autobuses donde pronto nos abordaron los oportunistas y timadores de medio pelo quienes, haciendo alarde de hermandad y buen hacer, nos ofrecían sus inmejorables servicios con una sonrisa tan grande como falsa. En medio de la confusión, y a sabiendas de que aun nos quedaban unas horas hasta Xauen, conseguimos hacernos con unos bizcochos y algunas bebidas mientras negociábamos cuanto nos iba a costar dejar nuestras mochilas a buen recaudo. El ruido de la gente, los gases de los autobuses y un calor sofocante ralentizaron el reloj e hicieron eterno el tiempo de espera bajo esos soportales.
La estación de Tetuán, donde cambiamos de autobús, es un espacio lúgubre, oscuro y sucio donde todo transcurre un poco mas rápido de lo que puedes llegar a controlar. Niños vendiendo chocolatinas, un predicador que reparte versos del Corán, un anciano vendiendo frutos secos, un hombre que empuja un carro con mercancía entre los huecos de la muchedumbre, sombras difíciles de definir que aparecían y desaparecían en una oscuridad tan viva como incierta.
Agarre mi mochila mientras dos trabajadores de la empresa de autobuses me indicaban donde tenía que colocarla. Tras negarme a pagar otra propina y lidiar una nueva discusión, conseguí deshacerme de ellos en las escaleras del autobús y tras dos horas serpenteando un encantador valle del Rif llegamos a Chefchaouen, la ciudad azul, la que mira a las cumbres.
Xauen juega al escondite como los niños de sus calles, que aparecen y desaparecen imprevisiblemente, arrastrando la vida con cada zancada, con cada sonrisa, describiendo líneas sinuosas que acaban perdiéndose lentamente mientras la esquina se da la vuelta. Allí, entre el blanco y el añil, se asoma un rostro, una mirada furtiva que acabo deteniéndose en el tiempo para fijarse en mi retina, un dialogo sin palabras, una negativa, un desprecio. Por la tarde ese hombre seguía sentado ahí, en el mismo sitio, con la misma mirada, en la misma espera. Las horas parecían haberse detenido en ese rostro que, inexorable, seguía haciéndome las mismas preguntas de antes como si el tiempo no hubiera pasado desde la mañana.
Llega la noche y comienzan las llamadas desde las mezquitas. A la primera se le fueron sumando otras con distintas intensidades y timbres y, poco a poco, el cielo de Xauen se fue cubriendo con una polifonía intensa, profunda y espiritual, unos sonidos que atrapaban el alma y la sumían en el silencio. Chefchauen... un paseo azul con olor a especias. Para mí, un reencuentro.
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30 Junio 2007
Viajar y escribir son una misma cosa: estar solo y vivir libre, no deberte a nadie salvo a tu suerte y a tu coraje, intentar vanamente trazar en el vacío una pincelada de eternidad, echarte la melancolía a la espalda y no saber muy bien quién eres.
Javier Reverte
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