El Cerro Rico
Potosí, Bolivia, a 6 de Agosto de 2.006
Cuenta una leyenda del incario que habiendo llegado Huayna Capac hasta las cercanías de la montaña conocida con el nombre de Sumaj Orcko (Cerro Hermoso) no ocultó su asombro ante la imponente mole y ordenó su explotación con el fin de acrecentar los tesoros de los templos. Cuando los enviados intentaron trabajar los ricos filones de plata se escuchó una estruendosa voz que en quechua les dijo: "No toquen, no es para ustedes; Dios está guardando para otros". A esta montaña los indios de Cantumarca le dieron el nombre de "Photojsi" pues alegaban que cuando quisieron horadarla en busca de mineral hizo un gran ruido. A los originarios les parecía también que era como una mujer y lo llamaron Coya, equivalente a Reina. Serían los españoles los que bautizarían al cerro y a la ciudad que con gran rapidez se desarrolló a sus faldas como Potosí, nombre que desde entonces viene siendo sinónimo de riqueza y poder.
A mediados del siglo XVI y principios del XVII Potosí era la ciudad más rica y poblada de América y de su cerro partió la plata que enriqueció al viejo continente europeo durante más de dos siglos. Hay un dicho aquí que afirma que con la plata que se extrajo del cerro se podría haber construido un puente entre Potosí y España pero también dice que con los huesos de los caidos durante el expolio podrían haberse levantado dos puentes: uno para ir y otro para volver.
Al principio los españoles trataron de explotar a los indígenas pero éstos eran muy rebeldes y se resistían a la muerte segura. Fue entonces cuando comenzó el tráfico de esclavos negros desde África que entraban en la mina a su llegada y no salían hasta una semana más tarde. Tras un día de descanso volvían a entrar y así consumían los últimos días de su vida que en el mejor de los casos no llegaba a los tres meses desde su arribo a la ciudad. Los historiadores han calculado que durante la época de esplendor de la mina dejaron su vida aquí más de ocho millones de almas. Aun hoy siguen cayendo los muertos en las entrañas del cerro rico.
Ayer tuve la oportunidad de entrar en el corazón de la codiciada montaña. Antes de subir compramos unos regalos para los mineros (coca, tabaco, refrescos) y nos equipamos adecuadamente. Llegamos al agujero negro que daba entrada al cerro y de pronto dos chicos de apenas quince años salieron empujando una carretilla con una tonelada de material. Poco después encendimos los carburos y en cordada comenzamos a entrar en la boca del lobo. Apenas veía donde pisaba y el pestilente olor de los metales no me permitía respirar con normalidad. A veces sentía el golpe de alguna piedra desprendida mientras mis pies seguían caminando por el enfangado camino que quedaba entre los railes. Pasado un tiempo llegamos al lugar donde trabajaba el primer grupo de mineros: en el fondo de un pozo de más de quince metros un perforador extraía el material que era izado mediante un torno manual accionado por otros dos mineros. Pero aquella era la mejor zona porque lo peor estaba aun por llegar. De repente la guía nos señaló unas escalas de madera que subían verticalmente por un hueco no más grande que una chimenea hacia un remoto lugar. En la escalada sentí cansancio, claustrofobia y mucho miedo, especialmente en un momento en el que mi lámpara se desprendió del casco en plena subida. Mientras me agarraba con una mano a uno de los peldaños conseguí devolverla a su sitio con la otra pero esos segundos se me hicieron interminables. Después de cinco tramos de escaleras llegamos al lugar donde estaban trabajando dos mineros. Ellos nos enseñaron la veta de plata que estaban perforando así como el procedimiento para extraer el mineral. Durante su jornada de trabajo taladraban unos 15 agujeros de 1.80 metros de largo en el centro de la veta donde a media mañana introducían la dinamita. El macabro lugar y el ruido de la perforadora hacían insoportable la estancia allí. De repente se oyó una explosión y la montaña tembló: hora de irse. Encendieron la dinamita mientras nos decían que corriéramos. Bajamos entonces hasta un lugar seguro donde los mineros tenían que esperar para escuchar las detonaciones. Si una de las cargas no explotaba tenían un problema a resolver bajo riesgo de perder su vida. Afortunadamente todos contamos quince detonaciones y pudimos continuar nuestro camino por el laberinto de túneles que acabaría llevándonos hasta el Dios de los mineros, una extraña escultura roja situada al final de la mina a la que los trabajadores rinden culto llevándole todo tipo de ofrendas. Allí depositamos las hojas de coca y los cigarroos que nos quedaban antes de salir.
Actualmente hay 420 minas en el cerro con unos 12.000 mineros trabajando dentro. Aunque teóricamente se organizan en cooperativas, la realidad dista mucho de ese supuesto. Si un minero experimentado encuentra una veta, alquila ese espacio y contrata la mano de obra para explotarlo. Por un trabajo así el más cualificado de los trabajadores cobra cinco euros diarios. La mayor parte son ilegales porque nadie controla lo que pasa ahí dentro. Sólo tendrán derecho a pensión los capataces que alquilaron el terreno lo cual supone que más de 9.000 mineros trabajan sin ninguna cobertura social. Si alguno de ellos muere, hecho bastante frecuente por la inhalación de monóxido de carbono, los derrumbes o la silicosis, la mujer tendrá que completar el trabajo que su marido dejó sin terminar. La esperanza de vida de un minero en Potosí se sitúa en los 40 años.
De la mina salí horrorizado pero necesitaba saber más así que decidí seguir el rastro de la plata visitando la Casa de la Moneda. El recorrido empezó por unas salas donde pude contemplar lienzos de autores potosinos. Toda la temática era cristiana y los rasgos de los personajes eran europeos. Además, muy pocos cuadros estaban firmados y es que aquí un indio que no se hubiera convertido a la nueva fe y bautizado con un nombre cristiano no tenía derecho a nada y mucho menos a firmar una obra de arte. Después pasamos a las salas donde se laminaba la plata para elaborar las monedas que durante siglos circularon por nuestro país y por gran parte de Europa porque no hay que olvidar que el Imperio español era una manzana brillante por fuera y podrida por dentro y la mayor parte de esa riqueza sólo hizo escala en nuestro país ya que nada más llegar a la Península salía para pagar deudas y guerras catastróficas.
Todas las máquinas fueron traidas desde España y alguna de ellas aun podría funcionar. Concrétamente las laminadoras fueron fabricadas en Sevilla, embarcadas en Cádiz, desembarcadas en Buenos Aires y transportadas con mulas hasta Potosí, ciudad a la que llegaron después de catorce meses de travesía. Las bestias que movían los inmensos tornos apenas vivían tres semanas debido al enorme esfuerzo que se acrecentaba además por la altura (Potosí está a 4.100 metros sobre el nivel del mar) así que con frencuencia se usaban también esclavos para esta función. Hoy, a pesar del ingente número de hombres de color que llegaron a Potosí, no queda ni un solo descendiente porque todo el que llegaba aquí lo hacía para cavar su tumba.
Después de un día como éste mi corazón estaba completamente desolado. Potosí me acercó a la que quizás sea la página más cruel de la historia de mi país y, aun sin sentirme culpable, si se adueñó de mí la tristeza que brota de la responsabilidad histórica. Pero me sentí mucho peor cuando de repenté comencé a pensar en el presente porque el hoy ya no pertenece a ese tiempo que fue y de lo que pasa en la actualidad si somos directamente responsables. Nuestro país, lejos de enmendar el horror del pasado, sigue ejerciendo la ley del más fuerte para desgracia del pueblo boliviano. Cierto es que cambiamos la plata por los hidrocarburos, que maquillamos las formas y le cambiamos el nombre al patrón pero en definitiva continuamos expoliando como hicimos antaño y desgraciadamente hoy, como ayer, la riqueza del poderoso sigue siendo regada con la sangre de los más débiles.
Para más información...
http://www.argenpress.info/nota.asp?num=032914

María dijo
Desolador... no es que tengamos que salir fuera para ser más conscientes pero demasiado a menudo se nos olvida. Tal vez no podamos directamente solucionar esos problemas, pero sí que podemos actuar en nuestro entorno más cercano, ese que ya por costumbre ni vemos.
Gracias por seguir compartiendo desde ahí. Un beso.
8 Agosto 2006 | 11:30 AM