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H.E.O. (Habitando El Olvido)

Hay un tiempo y un espacio, recuerdos, historias... habitando el olvido se conquistan todas las derrotas, todas las gotas de lluvia... ya no necesitas ruta.

23 Abril 2007

Cierre y traslado

Este blog se cierra y pasa a integrarse en El imaginario de Basi

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8 Marzo 2007

Una honda y sostenida puñalada (Julio Llamazares)

Una mañana, sin embargo, al despertarnos, un profundo silencio se encargó de anunciarnos que también él se había marchado. Desde la ventana de este cuarto, contemplamos las huellas de su paso: pizarras y maderas arrancadas, postes caídos, ramas quebradas, bancales y sembrados y muros arrasados. Aquella vez, el viento había sido más feroz que de costumbre. Por el barranco abajo, se había embravecido y numerosos chopos yacían en el suelo o se inclinaban sobre él con las raíces asomando y la tierra de sus bases removida. Antes de irse, el vendaval se había reagrupado entre las casas. Como una bestia herida, se había atormentado y sacudido y, ahora, una insólita siembra de pájaros y hojas se esparcía por el pueblo como despojos inocentes de una cruel y vandálica batalla. Las hojas se amontonaban en espirales junto a las tapias. Los pájaros yacían entre ellas después de que el viento les arrastrara con violencia contra los árboles y los cristales de las casas. Algunos, colgaban todavía de los aleros y las ramas. Otros, aleteaban torpemente agonizando todavía en medio de la calle. Durante toda la mañana, Sabina anduvo recogiéndolos con la varilla rota de un paraguas. Después, hizo una hoguera en el corral de Casa Lauro y, ante la decepcionada mirada de la perra y de mí mismo, los roció con aceite y prendió fuego al botín que el vendaval en su huida, había abandonado.

Pronto llegó noviembre con su pálido aliento de lunas y hojas muertas. Los días fueron haciéndose más cortos cada vez y las interminables noches junto a la chimenea comenzaron a sumirnos poco a poco en un profundo tedio, en una pétrea y desolada indiferencia contra la que las palabras se deshacían como arena y en la que los recuerdos daban paso casi siempre a inmensas extensiones de sombra y de silencio. Antes, cuando aún estaban Julio y su familia (y, antes aún, cuando Tomás todavía no había muerto y sostenía tenazmente en solitario la vieja casa y la memoria de Gavín), nos reuníamos todos en una de las casas, junto a la chimenea, y, allí, durante largas horas, mientras la nieve y la ventisca gemían en lo alto del tejado, pasábamos las noches del invierno contándonos historias y recordando personas y sucesos, casi siempre de otro tiempo. El fuego, entonces, nos unía más que la amistad y que la sangre. Las palabras servían, como siempre, para ahuyentar el frío y la tristeza del invierno. Ahora, en cambio, a Sabina y a mí, el fuego y las palabras nos volvían más distantes, los recuerdos nos hacían cada vez más silenciosos y lejanos. Y, así, cuando llegó la nieve, la nieve estaba ya, desde hacía mucho tiempo, en nuestros propios corazones.

Fue un día de diciembre, vísperas de Navidad, la primera desde que los dos estábamos ya solos en Ainielle y, por ello, la que ambos más temíamos. Aquel día, yo había subido muy temprano hasta las bordas de Escartín con la escopeta. El jabalí había estado hozando por los huertos, buscando bajo el hielo la raíz de la patata junto a las mismas tapias de las casas, y, en la mañana, un oscuro reguero de tierra removida denunciaba su visita nocturna y clandestina. La perra tardó mucho, sin embargo, en encontrar su rastro. Aún era cachorra y se perdía cada poco entre los árboles corriendo tras el vuelo de algún pájaro. Una gélida brisa, tocada ya por la mano invisible de la nieve, llegaba, además, desde los puertos, confundiendo los olores del monte y sus mensajes. Por fin, al mediodía, cuando empezaba ya a desesperar de encontrar a nuestro visitante de la noche, le vi, a lo lejos, aparecer entre unos matorrales, atravesar el arroyo de La Yosa chapoteando sobre el fango y empezar a subir por la ladera justo en la dirección en la que yo estaba esperándolo. Hice un gesto a la perra para que se quedara quieta y en silencio donde estaba y me tumbé detrás de una pared con la escopeta preparada y el cuchillo a mano. El jabalí venía subiendo por la cuesta con paso lento y confiado. Hinchado por el peso de su atracón nocturno, acostumbrado ya a la tranquilidad y el abandono en que la despoblación de las aldeas del contorno había sumido últimamente aquellos bosques y barrancos, caminaba entre los robles con la seguridad y la confianza de quien había empezado ya a creerse su único dueño y habitante. La posta le reventó el ojo derecho, le lanzó a más de un metro de distancia y le dejó revolcándose en el suelo, gruñendo de dolor y de sorpresa. Aún tuve, sin embargo, que meterle otros dos tiros, uno en el vientre y otro en la garganta, antes de aproximarme a él para cortar su áspera agonía de una honda y sostenida puñalada.

("La lluvia amarilla")

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8 Marzo 2007

Completamente solos ya en Ainielle (Julio Llamazares)

2.-

Sí. Seguramente, me encontrarán así, vestido todavía y mirándoles de frente, casi del mismo modo en que yo encontré a Sabina entre la maquinaria abandonada del molino. Sólo que yo, aquel día, no tuve otros testigos de mi hallazgo que la perra y el gemido acerado de la niebla al romperse contra los árboles del río.

(Es extraño que recuerde esto ahora, cuando el tiempo ya empieza a agotarse, cuando el miedo atraviesa mis ojos y la lluvia amarilla va borrando de ellos la memoria y la luz de los ojos queridos. De todos, salvo de los de Sabina. ¿Cómo olvidar aquellos ojos fríos que se clavaban en los míos mientras trataba de romper el nudo que aún quería inútilmentme sujetarles a la vida? ¿Cómo olvidar aquella larga noche de diciembre, la primera que pasaba completamente solo ya en Ainielle, la más larga y desolada de las noches de mi vida?)

Hacía ya dos meses que los de Casa Julio se habían ido. Esperaron a que el centeno madurara, lo vendieron en Biescas junto con las ovejas y algunos muebles viejos y, una mañana de octubre, antes de ser de día, cargaron en la yegua las cosas que pudieron y se alejaron por el monte hacia la carretera. También, aquella noche, corrí a esconderme en el molino. Lo hacía siempre que alguien se marchaba para no tener que despedirme, para que nadie viera la pena que me ahogaba cada vez que, en Ainielle, otra casa se cerraba. Y, allí, sentado en la penumbra, como una pieza más entre las de la maquinaria ya inservible del molino, les oía perderse poco a poco por la senda que lleva a tierra baja. Aquella vez, sin embargo, sería ya la última. Después de la de Julio, no había ya otra casa que cerrar ni otra esperanza de vida para Ainielle que las mías. Por eso, aquella noche, la pasé entera ya escondido en el molino. Por eso, aquella noche, cuando los de Casa Julio llamaron muy temprano a la puerta de la mía, Sabina era la única que todavía podía oírles. Pero tampoco ella bajó a abrirles. Ni siquiera se acercó hasta la ventana a despedirles con un último gesto o una última mirada. Con la memoria y el corazón deshechos por el llanto, escondió la cabeza debajo de la almohada para no escuchar más los golpes en la puerta ni los cascos de la yegua cuando se alejaban.

Aquel otoño fue mucho más fugaz que de costumbre. Todavía en octubre, el horizonte se fundió con las montañas y, pocos días después, llegó el viento de Francia. Durante varios días, por la ventana de la cuadra, Sabina y yo le vismo recorrer los campos solitarios, inclinar a su paso las cercas de los huertos y las empalizadas, arrancar con crueldad las hojas de los chopos antes aún de que amarillearan. Durante varias noches, sentados junto al fuego, le escuchamos aullar como un perro rabioso en el tejado. Parecía como si aquel hosco visitante nunca más hubiera de dejarnos. Como si su irrupción repentina e inesperada no tuviera justamente otra razón que la de hacernos compañía en aquel primer invierno que Sabina y yo habríamos de pasar completamente solos ya en Ainielle.

("La lluvia amarilla")

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15 Febrero 2007

Devorado por el musgo y por los pájaros (Julio Llamazares)

La herrumbre del cerrojo, al rechinar bajo el empuje de una mano, bastará para romper el equilibrio de la noche y sus profundas bolsas de silencio. Como asustado de sí mismo, el quese atreva a hacerlo regresará sobresus pasos y el grupo entero se quedará paralizado, inmóvil, en silencio, escuchando la angustiosa sucesión del eco por el pueblo. Por un instante, pensarán que aquellos golpes nunca más van a volver a detenerse. Por un instante, llegarán a temer que Ainielle entero se despierte de su sueño -después de tanto tiempo- y los fantasmas de sus antiguos habitantes aparezcan de repente a la puerta de sus casas nuevamente. Pero pasarán los segundos, lentos, interminables, y ni siquiera en esta casa, en la que tal aparición sería esperada, ocurrirá absolutamente nada extraño. El silencio y la noche volverán otra vez a adueñarse del pueblo y el resplandor de las linternas se estrellarácontra la puerta nuevamente sin encontrar el brillo acorralado de mis ojos frente a ellas.

Pero los hombres sabrán ya que no puedo andar muy lejos. Se lo dirá el murmullo negro del reguero y la sombra del nogal en la fachada. Se lo dirá la perfección de la noche detrás de las ventanas. Quizá creerán que, al verles acercarse por el monte, me he encerrado con llave en el rincón más oculto e inaccesible de la casa. O quizá no. Quizá sospecharán, por el contrario, que, sabiendo que éste sería el primer sitio al que vendrían a buscarme, me he escondido en el monte o entre las sombras y ruinas de otra casa desde la que, a lo peor, puedo estarles espiando en ese instante por la espalda. En cualquier caso, de lo que todos estarán también ya convencidos es de que yo jamás saldré de mi agujero mientras ellos permanezcan en el pueblo. Y también, de que, si logran encontrarme, les ofreceré más resistencia de la que, sin duda alguna, ya esperaban.

Sin embargo, no tendrán otra elección. Cuando vengan a Ainielle, será para encontrarme. Cuando lleguen ahí, enfrente de esta casa, ni siquiera contarán con la ayuda de una noche que avanzará en contra de ellos mientras, en las cocinas de Berbusa, sus mujeres y sus hijos continuen esperando, impacientes, su regreso. Así que, más tarde o más temprano, alguno de los hombres romperá la indecisión de los demás y, empuñando su escopeta, se acercará con decisión hasta la puerta. Alguien le alumbrará con su linterna mientras él encañona el cerrojo desde cerca. Hará, tal vez, un gesto a los demás para indicarles que se alejen. Pero no les dará tiempo. El estampido será tan contundente, tan brutal, que les detendrá a todos en seco en mitad del movimiento.

Cuando consigan reaccionar, la onda del disparo habrá empezado ya a desvanecerse. Un olor penetrante invadirá la cale y una nube de humo se deshará en la noche por encima de los árboles del huerto. Temerosos, los hombres empezarán a aproximarse muy despacio hacia la puerta. La cerradura habrá saltado como una astilla seca y un pequeño empujón será ya suficiente para ofrecer entera la boca del pasillo a las linternas. Atropelladamente, con la respiración entrecortada y el pulso a punto de rompérseles, registrarán una por una las habitaciones de bajo y la despensa, la tibia -todavía- soledad de la cocina, los rincones subterráneos y sin luz de la bodega. A partir de ese instante, todo sucederá ya con rapidez de vértigo. A partir de ese instante (y horas después al tratar de recordar, para contar, los hechos), ninguno de ellos podrá saber ya exactamente de qué modo la sospecha dejó paso a la certeza. Porque, cuando el primero de ellos comience a subir las escaleras, todos sabrán ya seguramente lo que, aquí, les esperaba desde hacía mucho tiempo. Un frío repentino e inexplicable se lo anticipará. Un ruido de alas negras batirá las paredes advirtiéndoselo. Por eso, nadie gritará aterrado. Por eso, nadie iniciará el gesto de la cruz o el de la repugnancia cuando, tras esa puerta, las linternas me descubran al fin encima de la cama, vestido todavía, mirándoles de frente, devorado por el musgo y por los pájaros.

("La lluvia amarilla")

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13 Febrero 2007

No quedaba nadie ya que pudiera ayudarme a trasladarla al cementerio (Julio Llamazares)

No les será, por tanto, nada fácil reconocer la casa. Sobre la imprecisión de los recuerdos, la ruina y la noche aumentarán aún más el desconcierto de sus ojos. Quizás alguno piense que lo mejor sería llamarme, romper la espesa niebla del silencio y dejar que sea la voz la que me busque tras tanta puerta abierta, tras tanto cristal roto, tras tanta densasombra en cuya negación hundirá su memoria, igual que ahora, la negación indescifrable de la noche. Pero la sola idea bastará para asustarles. Gritar ahí fuera sería como hacerlo en mitad de un cementerio. Gritar ahí fueraúnicamente serviría para turbar el equilibrio de la noche y el sueño vigilante de los muertos.

Decidirán, por ello, continuar mi búsqueda en silencio. Recorrerán el pueblo muy cerca unos de otros, siguiendo a las linternas y dejando que el instinto suplante a los recuerdos allí donde éstos se muestren impotentes. Vagarán por las calles y los patios, aún sobre sus pasos, hasta que, al fin, después de muchas vueltas, después de múltiples paradas y rodeos, el murmullo de la fuente surja de entre las sombras a su encuentro. La encontrarán ahí, bajo un bosque de ortigas, cuajada de tristeza y lamas negras. La iglesia tardarán, sin embargo, bastante más en verla. La tendrán ya frente a ellos, justo al lado de la fuente, pero la luz de las linternas no la descubrirá hasta que una cruz de hierro la atraviese de repente. Y, entonces, sobrecogidos, casi sin ánimo para acercarse a ella, contemplarán de lejos el pórtico invadido de zarzales, las maderas podridas, el tejado vencido y el sólido bastión de la espadaña que todavía se yergue sobre la destrucción y la ruina de la iglesia como un árbol de piedra, como un cíclope ciego cuya única razón de pervivencia fuese mostrarle al cielo la sinrazón de un ojo ya vacío. Pero que, a ellos, les servirá esa noche para orientarse definitiva y finalmente en su peregrinaje atormentado por Ainielle.

Aún se detendrán, quizá, confundidos un instante, ante la casa de Bescós, detrás de las ruinas de la iglesia. Pero la podredumbre del tejado y el borbotón de hiedra que borra sus ventanas y sus puertas les llevarán muy pronto la certeza de que allí no vive nadie desde hace mucho tiempo. Ésta está ya a su lado, cerrando frente a ella la calleja, entre la sombra del nogal y el contorno cada vez más impreciso de la huerta. La alta hierba se cuelga sobre sus tapias, y el reguero de la fuente, libre ya por el medio de la calle, sin nadie que se ocupe de encauzarlo hacia la presa, penetra entre losárboles corrompiendo sus troncos y llenándoles de musgo. Agolpados ahí enfrente, los hombres rastrearán con sus linternas la penumbra del portal y de la cuadra, las ruinas del viejo cobertizo, el compacto hermetismo de la casa detrás de sus ventanas y sus puertas. Probablemente, en unprimer instante, la creerán también abandonada. La hiedra y el olvido se agolpan sobre ella lo mismo que en el resto de las casas y nada, ni siquiera el fulgor instintivo de un recuerdo, podría hacerles pensar que están ante la casa que buscaban. Será el silencio -este silencio espeso que inunda cada pieza y cada cuarto como una baba negra- el que lleve a los hombres, primero, la sospecha y, luego, la certeza de que se encuentran ya ante la misma puerta por la que algunos de ellos sacaron la caja con el cuerpo de Sabina cuando en Ainielle no quedaba nadie ya que pudiera ayudarme a trasladarla al cementerio.

("La lluvia amarilla")

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12 Febrero 2007

Este triste cadáver insepulto (Julio Llamazares)

Reanudarán la marcha. Pasadas las ruinas de la casa, el sendero continúa monte abajo, en dirección al valle, atravesando robledales y canchales de pizarra. Se estrecha en las pendientes, pegado a la ladera, como una gran culebra que se arrastrara en busca de la humedad cercana. A veces, lo perderán brevemente entre los matorrales. Otras, desaparecerá por completo, y durante largo trecho, bajo un espeso manto de líquenes y aliagas. Sólo yo lo he pisado en todos estos años. Caminarán, pues, en silencio, muy despacio, siguiendo fijamente al de adelante. Pronto llegará hasta ellos el rumor hondo del río. Una lechuza -quizá esta misma que ahora cruza mi ventana- elevará su grito entre los robledales. Definitivamente, la noche habrá caído y el que dirija al grupo encenderá su linterna y detendrá sus pasos. Todos los hombres le imitarán casi al instante. Como atraídos por una misma sombra, todos los ojos se clavarán en la espesura del barranco. Y, entonces, al contraluz amarillento y fantasmal de las linternas, mientras las manos buscan en silencio una vez más la caricia nerviosa de las armas, descubrirán entre los chopos la silueta del molino -erguido aún, a duras penas, sobre la podredumbre de la hierba y el olvido- y, luego, al fondo, recortándose en el cielo, el perfil melancólico de Ainielle: ya frente a ellos, muy cercano, mirándoles fijamente desde los ojos huecos de sus ventanas.

El borbotón del río llenará sus corazones cuando vadeen la corriente por la vieja pontona de maderos y tierra apelmazada. Quizás, en ese instante, alguno piense en dar la vuelta y regresar sobre sus pasos. Pero será ya tarde. El camino se pierde con el río tras las primeras tapias y sus linternas habrán ya iluminado ese sórdido paisaje de paredes y tejados reventados, de ventanas caídas, de portones y cuadros arrancados de sus marcos, de edificios enteros arrodillados como reses en el suelo junto a otros incólumes aún, desafiantes, que yo ahora todavía puedo ver a través de la ventana. Y, entre tanto abandono y tanto olvido, como si de un verdadero cementerio se tratara, muchos de los llegados conocerán por vez primera el terrible poder de las ortigas cuando, adueñadas ya de las callejas y los patios, comienzan a invadir y a profanar el corazón y la memoria de las casas. Nadie, sino algún loco -pensará más de uno en ese instante-, puede haber resistido completamente solo tanta muerte, tanta desolación durante tantos años.

Durante largo rato, contemplarán el pueblo en medio de un silencio sepulcral. Todos ellos lo conocen desde antiguo. Alguno, incluso, tuvo familia aquí y recordará los tiempos en que subía a visitar a sus parientes por las fiestas de otoño o de la Navidad. Otros volvieron, ya en los años últimos, para comprar ganado y algunos muebles viejos cuando la gente comenzó a dejar el pueblo y se deshacía sin demasiadas exigencias, sin excesiva lástima ni ambición, de todo cuanto pudiera reportar algún dinero con el que empezar una nueva vida en la tierra baja o en la capital. Pero, desde que murió Sabina, desde que en Ainielle quedé ya completamente solo, olvidado de todos, condenado a roer mi memoria y mis huesos igual que un perro loco al que la gente tiene miedo de acercarse, nadie ha vuelto a aventurarse por aquí. De eso, hace ya casi diez años. Diez larguísimos años de total soledad. Y, aunque, de tarde en tarde, hayan seguido viendo el pueblo desde lejos -cuando suben al monte por leña o, en el verano, con los rebaños-, en la distancia, nadie habrá podido imaginar las terribles dentelladas que el olvido le ha asestado a este triste cadáver insepulto.

("La lluvia amarilla")

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24 Enero 2007

Yo les habré ya visto y estaré esperándoles (Julio Llamazares)

(Ainielle existe.

En el año 1970, quedó completamente abandonado, pero sus casas aún resisten, pudriéndose en silencio, en medio del olvido y de la nieve, en las montañas del Pirineo de Huesca que llaman Sobrepuerto.

Todos los personajes de este libro, sin embargo, son pura fantasía de su autor, aunque, sin él saberlo, bien pudieran ser los verdaderos).

1.-

Cuando lleguen al alto de Sobrepuerto, estará, seguramente, comenzando a anochecer. Sombras espesas avanzarán como olas por las montañas y el sol, turbio y deshecho, lleno de sangre, se arrastrará ante ellas agarrándose ya sin fuerzas a las aliagas y al montón de ruinas y escombros de lo que, en tiempos, fuera (antes de aquel incendio que sorprendió durmiendo a la familia entera y a todos sus animales) la solitaria Casa de Sobrepuerto. El que encabece el grupo se detendrá a su lado. Contemplará las ruinas, la soledad inmensa y tenebrosa del paraje. Se santiguará en silencio y esperará a que los demás le den alcance. Vendrán todos esa noche: José, de Casa Pano, Regino, Chuanorús, Benito el Carbonero, Aineto y sus dos hijos, Ramón, de Casa Basa. Hombres endurecidos todos ellos por los años y el trabajo. Hombres valientes, acostumbrados desde siempre a la tristeza y soledad de estas montañas. Pero, a pesar de ello -y de los palos y escopetas de que, sin duda alguna, han de venir armados-, una sombra de miedo y de inquietud envolverá esa noche sus ojos y sus pasos. Contemplarán también por un instante las paredes caídas del caserón quemado y, luego, el lugar que alguno de ellos señalará ya con la mano en la distancia.

A lo lejos, frente a ellos, en la ladera opuesta de la montaña, los tejados y los árboles de Ainielle, ahogados entre peñas y bancales, comenzarán ya entonces a fundirse con las primeras sombras de una noche que, aquí, contra el poniente, llega siempre mucho antes. Visto desde la loma, Ainielle se cuelga sobre el barranco, como un alud de losas y pizarras torturadas, y sólo en las casas más bajas -aquellas que rodaron atraídas por la humedad y el vértigo del río- el sol alcanzará a arrancar aún algún último destello al cristal y a las pizarras. Fuera de eso, el silencio y la quietud serán totales. Ni un ruido, ni una señal de humo, ni una presencia o sombra de presencia por las calles. Ni siquiera el temblor indefinido de un visillo o de una sábana colgada en el frontal de alguna de cualquiera de sus múltiples ventanas. Ningún signo de vida podrán adivinar en la distancia. Y, sin embargo, los que contemplen el pueblo desde las altas campas de Sobrepuerto sabrán que, aquí, entre tanta quietud, entre tanto silencio y tantas sombras, yo les habré ya visto y estaré esperándoles.

("La lluvia amarilla")

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23 Enero 2007

Éxtasis del Mar, VI (Teresa Coraspe)

Tiemblo
cuando pienso en tus manos
sobre mi cuerpo
en tus manos que saben
el recorrido
donde el secreto
es la abertura
del silencio o del grito

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H.E.O. (Habitando El Olvido)

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Basilio Pozo Durán, kinburger2002@yahoo.es 22 años, Granada (España) Sagitario, signo de Júpiter: idealista, exagerado, simpático, ingenuo, religioso y filosófico.

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