Digestión en la Casa Museo de Joaquín Sorolla
1.
En Delinas, el cliente detrás del que hago cola para pagar es superguapo. Rubio, tocado con un gorro invernal de color azul y vestido sin su tabla de surf, lleva en la mano un sándwich y una coca cola light. Le estoy mirando los tirabuzones del cabello y me sorprendo pensando que parecen de oro. Le veo de perfil, tiene las pestañas indiscretas y punzonas, la nariz sin nervaduras, una voz secreta apretada entre los labios. Es más alto que yo, y su apostura muestra energía, ganas de vivir y una novia que se debe de estar poniendo muy nerviosa dentro de algún Mini.
El rubio comensal apoya los codos en el mostrador. Habla castellano y anuncia que nos abandona: no comerá en el local. Le tengo completamente de espaldas. Miro a la mujer que lo atiende. Es una chica morena, fea, bastante obesa. Su misión con el zarco surfista es puramente mecánica: le preguntó ya si iba a tramitar su almuerzo dentro o fuera de Delinas; ahora, toca pasar los productos por el lector óptico, visionar el precio en una pantallita, cantarlo, pedir billetes pequeños antes que la desgana monetaria del cliente pose sobre la mesa uno de 50 euros, dar el cambio sin rozar mucho la mano, entregar el tícket, decir adiós.
Pero esta mecánica, con el modelo Calvin Klein, sufre interferencias. Disfruto de la interferencia, del ruido del corazón, del ruido, también, del sexo. La dependienta no deja de echar miradas al cliente, miradas gratuitas, sin coste alguno, no productivas: ¡un millón de clientes como éste y Delinas se hunde!, horas y horas de contemplación y todos esos sándwiches sin vender...
Por fin, el bello se va y me toca a mí. Miro a la dependienta ignorarme. De hecho, veo como la mirada que me tocaba a mí por darme el cambio se la dedica, absurdamente, a la ventana exterior del Delinas, que ni siquiera está muy limpia hoy.
Yo comí dentro.
2.
En el número 37, aunque no me hagáis tanto caso, de la calle Martínez Campos está el Museo de Joaquín Sorolla. Cierra a las 3, pero los miércoles lo tienen abierto hasta las 6. Ayer decidí asomarme.
La calle Martínez Campos es bonita. Tiene árboles, balcones, bolsos de Carolina Herrera. En esta zona, todas las mujeres van de aquí para allá cargadas de “ches”. Es algo de lo que me di cuenta hace una semana, mientras repasaba el alfabeto.
La calle es ancha y tiene inmuebles de cuatro y cinco pisos, con apartamentos que se me hacen muy lujosos y fáciles de querer: no sé.
El caso es que el Museo de Sorolla es una hendedura en el modesto skyline de Martínez Campos. El edificio tiene un patio poblado de azulejos andaluces, fuentes bajitas y estatuas de muchachos con el pene como una alcayata. Luego una señora muy cansada de sí misma te vende la entrada por dos euros y cuarenta céntimos.
El Museo era la casa de Sorolla. Hay cuadros, algunos muy famosos, pero yo me concentro en que este Museo era la casa de Sorolla. Los lienzos del señor don Joaquín dan un poco de asco: demasiado ocio. Salen muchas playas y muchos niños desnudos sobre la arena. El agua está muy bien pintada. A todos los niños se les ve el sexo sonrosado. Su mujer, Clotilde, viste de blanco. Los sombreros se los lleva el viento. Playas.
En general todos estos cuadros me dan la impresión de un tipo con una polaroid haciendo fotos una detrás de otra para no tener que escuchar a su mujer, sobre la toalla.
En el segundo piso hay una exposición especial. Se denomina “Sorolla Intimista”. Intimista quiere decir que los cuadros son pequeños, muy pequeños. Cuando crezcan los bajarán a la primera planta.
La casa de Sorolla tiene los techos muy altos. Es lo que más he mirado durante mi visita. Los techos y los muebles. Vivir en una casa como esta debe de ser complejo. Todo ese ego que tiene uno que estirar para que se rellene bien la vivienda, para que no queden fisuras ni sitio para el ego de los demás. De ahí que, cuando una criada limpia una casa, no limpia una casa, sino un ego.
Y de ahí también que, cuanto más grande es la casa en la que vives, más miedo le tienes a la muerte: te entierran dentro de tu propio cuerpo, que siempre te queda pequeño.
Vanbrugh dijo
"Vivir en una casa como esta debe de ser complejo. Todo ese ego que tiene uno que estirar para que se rellene bien la vivienda, para que no queden fisuras ni sitio para el ego de los demás. De ahí que, cuando una criada limpia una casa, no limpia una casa, sino un ego.
Y de ahí también que, cuanto más grande es la casa en la que vives, más miedo le tienes a la muerte: te entierran dentro de tu propio cuerpo, que siempre te queda pequeño."
COJONUDO
23 Noviembre 2006 | 09:56 AM