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Hikikomori

Detalles de ayer

7 Diciembre 2006

Ese día que cenamos en el Vips de la calle Orense estará en mi memoria por mucho tiempo

(parte teórica)

1.
El aburrimiento es como esos taburetes de los test de inteligencia: siempre he creído que la respuesta a la pregunta “¿Con cuantas patas se apoya mejor un taburete sobre una superficie rugosa: con cuatro o con tres?”, es “con tres”.
Cuando estoy solo me aburro, cuando estoy con mi amor me aburro, cuando estoy con mi familia me aburro. Me aburro todo el tiempo y ya saben los que me conocen que tengo la mejor de las opiniones posibles sobre el aburrimiento, al punto de que considero esta sensación la clave óntica de nuestro propio descifrar.
Pero todo tiene un límite, como dicen los padres que abren de pronto la puerta del dormitorio de sus hijos.

2.

La calle Orense tiene un Starbucks para quedar. Cuando la calle Orense, ahí, en Nuevos Ministerios, no tenía Starbucks, la gente no sabía dónde darse citas. Paseábamos todos calle arriba y calle abajo sin referentes, un poco como los perros, que ya sabemos todos que son animales que, con buen criterio, nunca se citan.
El Starbucks de la calle Orense, como todos los Starbucks del mundo, mola. Está lleno de chicas guapas y norteamericanas y pijas, de chicos que les hacen la corte y de señoras un poco pasadas que preguntan a las dependientas por esas jarritas tan lindas que vendían el mes pasado. ¡No quedan!
Los Starbucks, para acabar de una vez, han inventado un nuevo tipo de soledad: la soledad wi-fi. O sea: antes uno estaba en un café, un café de toda la vida, el café Comercial con sus puertas giratorias, por ejemplo, o el café Jamaica con sus periódicos con tablita, por ejemplo, y si estaba solo, estaba solo; y luego había gente que estaba con su pareja o sus amigos, o con sus compañeros de trabajo o sus hijos pequeños, y ya. Estaba el grupo de los solitarios y el grupo de los acompañados. Los solitarios nos poníamos a leer libros y bebíamos el café sin mirar la taza, establecíamos un circuito cerrado de onanismo intelectual con el libro y al otro lado de los cristales, la tarde, escurrida de tedio, podía muy bien reventar bajo las bombas nucleares que nos daba lo mismo.
En el Starbucks, no. Los solitarios son un poco de mentira. Llevan sus ordenadores portátiles y nos hacen de menos a los demás parroquianos. El café (jo, sí que me está dando esto para escribir), como foro social, se presenta a priori como coto de caza cerrado, como el lugar dónde a lo mejor interactuas con alguien; y ese alguien no sumará nunca más allá de veinte o treinta personas. Así, al solitario wi-fi, que casi nada tiene de solitario, con la puerta abierta al mundo de su portátil de color blanco, le sobran esas veinte o treinta personas, porque por el Internet tiene a tiro a varios millones, por lo que la relación que establece con el portátil es exactamente la contraria de la que establecía y sigue estableciendo el solitario con su libro: uno lee para estar más solo, para blindar de hecho su soledad, mientras que el otro abre su portátil y se conecta para estar más acompañado, para exponenciar la magra concurrencia del Starbucks.
¡Stop!

3.

Viene todo esto a que he quedado con mi amiga a la puerta del Starbucks de la calle Orense. Se retrasa. En las mesas de la terraza no hay más que un grupo, muy numeroso eso sí, de amigas universitarias. Cotorrean y meten mucho ruido con sus últimas opiniones sobre el programa lectivo. Luego pasan y pasan gentes con sus bolsas recién compradas. Me pregunto si algún día me cansaré de esperar a mis amigos y me tiraré por el viaducto. Es algo que, de verdad, me pregunto.
Vía SMS soy informado de que mi amiga viene a la cita con su novio. Me espantan los novios de mis amigas. Y los maridos. Los bebés no; los bebés van creciendo mientras habla uno con la madre: los bebés crecen sin molestar. Pero los novios, y los maridos, ya crecieron del todo y ahora, que no tienen por dónde expandirse, colonizan el cuerpo de la novia, de la esposa, y sus mentes, y la conversación con ellas se lleva a cabo con el marido/novio como transformador de palabras, como decodificador, cosa que quita a la charla toda erótica, que es de lo que va el asunto éste de quedar con amigas: para entendernos.

(parte narrativa)

1.

Ito está guapísima. Tiene el pelo negro y largo, brillante, delicadamente ondulado por el cuello de su jersey de lana azul. Lleva un abrigo nuevo de Adolfo Domínguez y botas altas. De su mano izquierda pende un bolso de cuero, de su mano derecha pende su novio.
Es alto, con raya ni a la derecha ni a la izquierda: en el centro. Lleva traje y corbata y sonríe.
-Hola, A.
-Qué tal.
Beso a Ito, doy la mano al novio de Ito.
-El Starbucks está lleno –yo.
-¡Vaya! –el novio.
-Sí –Ito.
-¿Dónde vamos? No conozco esta zona. Si queréis una cafetería o... no sé... tomamos un café en el Vips... Está allí al fondo.
-Vale. El Vips es estupendo.
Andamos hacia el estupendo Vips.
-¿Habéis venido en coche o en Metro? –yo.

2.

En el Vips tienen sushi.
-Mira, Ito –yo-, no sé si sabías que aquí tienen o-bento.
-¿Ah, sí? –se acerca al estante-, ¡qué caro!
-El otro día encontramos otra tienda fabulosa de comida japonesa –esto lo está diciendo el novio.
-¿Dónde estaba? –yo.
Me cuenta dónde estaba y yo asiento con la cabeza mientras no me entero de nada.
-Ah.
Luego de la comida, en el Vips vemos los deuvedés.
-Si me esperáis un poquito: voy a ver si tienen Amor a quemarropa...
Ito y su novio se ponen a su vez a mirar las películas. No tienen Amor a quemarropa.
-Nada, no ha habido suerte.
-... –ambos.

3.

Frente a un letrero que pide esperar mientras te atienden, esperamos a que nos atiendan. Viene una camarera latinoamericana. Sonríe.
-Zona de fumadores, por favor –Ito.
-Lo siento: ahora no hay zona de fumadores, pero pronto volverá.
-¿La zona de fumadores volverá? –yo.
-Sí, señor.
-Me encanta... “volverá”.
Bajamos por unas escaleras a la planta inferior.
-¡Qué grande es esto! –el novio.
-Sí –yo.
-Muy grande –Ito.
Hay otro letrero que pide esperar mientras te atienden. Hay otra camarera latinoamericana que viene a atender nuestra espera. No sonríe.
-Para tres, por favor –el novio.
Nos sentamos. Ellos en un lado de la mesa y yo en el otro, enfrente de Ito. Trato de entrechocar mis rodillas con las suyas por debajo de la mesa. No hay modo.
-Pues ya que estamos aquí, podríamos cenar... –el novio- ¿No tienes hambre, cari?
-Sí, vamos a cenar, ¿no, A.?
-Vale.
Abrimos el menú. Pasamos varios minutos leyendo el nombre de los platos.
-Hay pocas cosas... –Ito.
-Sí, antes la carta era más amplia –yo.
-¿Ya sabéis lo que vais a pedir? –el novio.

4.

Hablamos de trabajo.
-¿En qué trabajas?
Les digo en qué trabajo.
-¿Estás fijo?
Les digo que no.
-¿Cuándo entras?
Les dido cuándo entro.
-¿Cuándo acabas?
Les digo cuándo.
-¿Y los viernes?
Les digo que salgo a las tres.
-¿Tienes puente?
Les digo que no.
-¿Cuántas vacaciones tienes al año?
Les digo que, realmente, lo ignoro.
Segunda parte de esta sección de la charla.
-Yo trabajo hasta las seis y media –novio.
-Yo trabajo hasta las seis –Ito.
-Yo tengo 24 días de vacaciones al año –novio.
-Yo tengo 23 días de vacaciones al año –Ito.
-Yo los viernes salgo a las dos y media –novio.
-Yo los viernes salgo a las dos –Ito.
-Las tardes de los viernes las puedes dedicar a echar la siesta o a ir a comprar a Parquesur.
Esto no estoy seguro de haberlo oído bien.

5.

Los platos aún no han llegado. Me considero capaz de llenar de palabras todo el tiempo del mundo. Ito no dice nada. Su novio no dice nada. Mi cerebro son unas manos que palpan bolsillos vacíos.
-Voy a publicar un libro –resuelvo.
-Ah –Ito.
-Yo tengo un amigo que también le gusta escribir –el novio.

6.

Ito ha pedido salteado de pollo oriental. Yo un sándwich. El novio: lasaña.
Cuando llega la comida, la diferencia cuantitativa entre nuestros platos y el del novio es evidente. Eso constituye la columna vertebral de nuestra conversación.
-(...)
-(...)
-(...)
-(...)
-(...)
-(...)
-(...)
-(...)
-(...)
-(...)
-(...)
-(...)
-(...)
-(...)
-(...)
-(...)
-(...)
-(...)
-(...)
-(...)
-Te voy a coger un poco de pollo, cari.

4. (parte teórica rediviva)

¿Qué es el tiempo?
¿Qué hacemos con el tiempo?
¿Qué coño hacemos con el tiempo?
¿Qué coño hago en el vips de Orense?
¿Qué coño estoy comiendo?
¿Qué coño estoy oyendo?
¿Cari?
¿Qué coño?
¿Esto es la felicidad, joder?
¿Esto es una pareja feliz, joder?
¿Esto es una pareja, joder?
¿Por qué me siento como si me hubieran secuestrado?
¿Por qué me siento como si me torturaran?
¿Por qué siento mi inteligencia de rodillas?
¿Por qué odio a esta pareja que no me ha hecho nada?
¿Por qué tengo, de verdad, ganas de vomitar?
¿Por qué les gusta tanto ParqueSur?
¿Por qué no dicen ni una sola frase interesante?
¿Por qué están tan satisfechos de sí mismos?
¿Cari?

7.

-¿Queréis postre?
-Yo, no –yo-. Me duele la cabeza, tengo fiebre y me quiero ir a casa cuanto antes.
Decidimos irnos.
Como dentro no dejaban fumar, Ito y yo fumamos a la puerta del Vips. Yo no tengo tabaco y le cojo un pitillo.
-Gracias.
Echamos humo y hablamos del frío que hace.
Tiro el cigarrillo a la mitad.
-Jo, qué frío. Bueno, ya nos vemos –dos besos a Ito, mano al novio-. Adiós.
-Adiós. Llámame para comer algún día –Ito.
-Hasta luego –el novio.

8.

El aburrimiento es como esos taburetes de los tests de inteligencia.

servido por hikikomori 7 comentarios compártelo favorito

7 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Maaya

Maaya dijo

Me gusta que tu no seas conformista, eso es lo importante.

Quiero pensar y sentir como hikikomori cuando sea grande.

Y no lo digo porque seas un "ojisan", esa frase siempre la digo aunque a quien se lo diga tenga mi edad, y aunque yo ya no sea una niña.

7 Diciembre 2006 | 10:55 AM

G

G dijo

Eso de "cari" es realmente repulsivo. Normal que te dieran ganas de vomitar.

7 Diciembre 2006 | 04:24 PM

mc

mc dijo

yo también estoy segura...

8 Diciembre 2006 | 12:27 AM

purranki

purranki dijo

Yo me creo que aciertes una vez o dos. Pero no puedes acertar todo el tiempo y además justo en el centro.

La postalita del abismo que has enviado es realmente estremecedora. No tengo ninidea de si el VIPS ese tiene el restaurante subterráneo. Me resultaría coherente que al menos no pudiera verse la calle y que estuviera lleno de esos libros extraños de actrices y motoristas con bigote de la Taschen, y de mecheros de los Simpson a los que no sabes si perdonarles la vida...

Deberían fusilar a todos los que se peinan con la raya al medio.

El ángel exterminador lo habría tenido todo mucho más claro con esa señal, no había necesidad de marcar el dintel con sangre y esas exageraciones...

8 Diciembre 2006 | 10:15 PM

bluff

bluff dijo

Hola a todos!

Las magníficas historías de Hikikimori -su más que notable calidad literaria- me han animado a abrir un nuevo blog en "La Coctelera"

www.lacoctelera.com/el_clavadista_solitario

Confío en que podáis disfrutar con mis palabras y que lo que con ellas pretendo significar una vez combinadas y remezcladas (¡estamos hablando de cocktails!) no llegue a resultaros algo tedioso ni previsible.

Un abrazo a todos!

11 Diciembre 2006 | 10:36 AM

el compi de laion

el compi de laion dijo

la parte teórica rediviva es una maravilla

11 Diciembre 2006 | 12:33 PM

rawn

rawn dijo

me siento asi cuando voy con mi prima y su novio.
mi prima dice:
-¿que tal,cari?
-muy bien,cari.
-¿vamos a buscar a julio?
-venga,vamos.
y el novio le va a cojer la mano a mi prima y la mano de mi prima se aparta de su trayectoria.
-que te pasa,caaaaari?-el novio,muy meloso.
-nada.
-ya no me quieres?-muy, muy, muy. meloso.
mi prima se apiada:-que no es eso...no seas tonto,cari.
un besito.
y yo pienso:voy a vomitar si vuelvo a oir cari.
siento contarte mi vida.el caso,es que me he sentido identificada.

24 Enero 2008 | 05:42 PM

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