Es conocido por todos, guste o no, que Estados Unidos es la más poderosa superpotencia militar mundial. Hoy me ofrecieron una pequeña demostración a nivel particular por si no me había quedado suficientemente claro. Hice un viaje relámpago a Valparaíso, concretamente al muelle de la Armada de Valparaíso. ¿El motivo? El portaaviones estadounidense George Washington había llegado a la ciudad y la embajada de EEUU, muy amablemente, había preparado una visita para enseñarnos a los periodistas lo machos y lo poderosos que son.
Unas lanchas nos trasladaron del muelle hasta el portaaviones, que a causa de su tamaño y por seguridad, permanece varado en la bahía de Valparaíso. Estamos hablando de un bicho de más de 300 metros de largo, unos ochenta de ancho, en el que viajan más de 4.000 tripulantes, entre marines y oficiales.
Al llegar, caras de curiosidad de los marines, algunos muy jovencitos y otros más veteranos. Todos con el pelo bien cortito, algunos con las patillas recortadas -¡qué horror!- y con sus uniformes con la banderita de las rayas y las estrellas.
No han perdido la oportunidad de subirnos a la pista de aterrizaje de cubierta para enseñarnos a los 'niños' de la casa: los aviones de combate. Un total de 35 aparatitos, entre helicópteros, F-18 y otros modelos preparados para la guerra y a los que no me gustaría enfrentarme. Un teniente del grupo de combate nos ha explicado que el buque está realizando ejercicios y pruebas con la Armada chilena y que está preparado para misiones como la lucha contra el narcotráfico o, cómo no, la búsqueda de armas de destrucción masiva. Tenían que aparecer. Sólo espero que tengan más exito que en Irak.
Debo confesar que pese al tonillo anti gringo de este post, la visita no me ha disgustado, no cada día tiene uno la oportunidad de subir a este tipo de embarcaciones. Ahora los marines -también existen "las" marines, pero son muy minoritarias- tendrán cuatro días para disfrutar de Valparaíso en su tiempo libre. Se comenta que se han desplazado hasta la ciudad costanera autocares repletos de prostitutas para saciar la sed de los bravos patriotas gringos. Claro, tanto tiempo encerrados en un barco parando "sólo" en el Caribe, Brasil y Argentina... pobrecitos, qué vida más dura.
En Santiago no hay máquinas tragaperras. En los cuatro meses que llevo acá no recuerdo haber visto ninguna. No he presenciado la clásica estampita del chino con la bicicleta aparcada en la puerta del bar reventando él solito la máquina, con el estruendo de las monedas cayendo cuando toca premio. O el del 'currela' apurando una cervecita o, en el mejor de los casos, un cubata, mientras prueba suerte con algunas monedillas que tenía en el bolsillo.
¿Significa esto que el nivel de ludopatía es inferior en Chile que en España? La verdad, no lo sé. Supongo que en Chile existirán casinos repletos de gente dispuesta a dejarse buena parte del sueldo en sus maquinitas y juegos. Sin embargo, he descubierto una afición de los chilenos que, a mi parecer, es para ellos lo que las tragaperras en España. Se trata del clásico 'pinball', juego que, por lo menos en mi casa, siempre se ha llamado 'millón'.
En el centro de Santiago hay salas llenas de máquinas de 'pinball' donde los chilenos y chilenas matan el rato después del trabajo. En el trayecto desde mi casa al gimnasio hay uno de estos establecimientos. Se llama 'Recreativos Valenzuela'. Cada vez que paso junto a la puerta no puedo evitar la tentación de mirar. Hombres y mujeres, generalmente mayores de treinta años, posan concentrados ante sus máquinas y pulsan con ímpetu los botones laterales que accionan las palas del 'pinball'. Pese a que los jugadores están a menos de un metro uno del otro, nadie habla con nadie. La partida es demasiado importante, no se pueden correr riesgos. En España generalmente suelen ser hombres quienes prueban surte en las tragaperras. El 'pinball', en cambio, no entiende de distinciones de género. Me atrevería a decir que casi se reparte al cincuenta por ciento.
No deja de sorprenderme. Entiendo que cada país, cada cultura, tiene sus cosas, sus costumbres, que van desde el folklore hasta cosas más triviales. Pese a que nunca supe jugar a las tragaperras, entiendo que un juego de azar cuya finalidad, su razón de ser, es ganar dinero. En el 'pinball', que yo sepa, nadie te devuelve la plata. Mientras unos juegan para ganar dinero, otros lo hacen por diversión y para alargar al máximo la duración de la partida. Cada uno a lo suyo.
Hay experiencias que sólo se viven una vez en la vida. Me encanta el fútbol, pero estaremos de acuerdo en que es algo bastane trivial, un negocio que año tras año pierde encanto y que de vez en cuando nos deja momentos memorables. Yo viví uno de estos preciados momentos el domingo pasado en Buenos Aires, cuando asistí al partido entre Boca Juniors y River Plate en La Bombonera.
Fue toda una aventura. Nos lo jugamos todo a una carta y un rato antes del inicio del partido nos presentamos a los alrededores del estadio, dispuestos a escuchar ofertas por unas entradas de reventa. Pronto sucedió. Intuyo que eran miembros de la barra de Boca, y nos dejaron claro que no quedaban entradas disponibles; si más no entradas como las entendemos en Europa: un papelito con un asiento asignado. Por 200 pesos argentinos -unos 40 euros-, nos ofrecieron "entrar" en el estadio sin entrada, detrás de las porterías donde hay bancos y no asientos. Y donde está La Doce, la barra brava de Boca Juniors. Primero nos chocó un poco, pero pronto lo comprendí todo. Nos estaban ofreciendo colarnos en el estadio con la connivencia de la policía bonaerense. Aceptamos y pagamos. Lo que vino a continuación fue un cúmulo de esperas y carreras por fuera del estadio. Éramos un grupo de 21 personas en la misma situación, siguiendo al tipo que nos debía entrar a la cancha cúal niños siguiendo a la profesora en el colegio. Llegamos a una puerta.
Tras conversar con alguien en el control de seguridad, nuestro contacto dice que allí no nos dejan pasar. Volvemos atrás. Esperamos. Caminatas arriba y abajo. Confieso que llegué a temer quedarme fuera y, de rebote, perder la pasta. Por eso íbamos todos pegados y sin perder de vista a nuestro contacto. De repente nos dicen que entramos y empezamos a correr detrás del tipo. Entre gritos y empujones, pasamos dos controles y estamos dentro. El partido estaba a punto de empezar, nos habíamos perdido la salida de los jugadores pero me daba igual. Estaba en La Bombonera el día del clásico argentino y no me lo podía creer. El ruido atronador de los cánticos y la melodía de las trompetas y trombones me devolvió a la realidad. Nos hicimos un hueco al final de la segunda gradería, junto a La Doce, que ocupaba toda la grada detrás de una portería. Allí empezó la fiesta, porque fútbol hubo más bien poco. Los hinchas a nuestro alrededor saltaban, cantaban y agitaban la mano con ese gesto argentino tan característico. El mítico grito "dale Bo" retumbaba a diestro y siniestro. Algunos aficionados se pasaron medio partido dando la espalda a la cancha, más preocupados en animar a la gente a cantar que en el partido en sí.
Impresionante ambientazo. No conozco el ambiente de los estadios en Europa pero, por lo que se comenta, intuyo que sólo un partido en Anfield Road, cancha del Liverpool, puede parecerse a eso. Desde luego, en España ese ambiente no se da ni de coña. Fue la guinda de la estupenda visita a Buenos Aires.
Aquí os dejo una muestra. En este caso, una imagen vale más que mil palabras.
Me encantó Buenos Aires. Me encantó pasear por la tiendas de Palermo y comer en la Plaza Serrano. Me encantaron las calles de San Telmo y el bife de chorizo del Desnivel. Me encantó la Avenida Corrientes y la 9 de Julio con el Obelisco. Me encantó la simbólica Plaza de Mayo y la sofisticada zona de Puerto Madero. Me encantaron los colores de Caminito, en el barrio de la Boca, y las milongas en la calle. Me encantó el mercadillo de Recoleta y su precioso cementerio. Me encantó ver en la Bombonera el clásico entre Boca Juniors y River Plate. Me encantó comprar libros tirados de precio en la feria. Me encantó el acento argentino y el ambiente que se respira en la ciudad. Un ambiente cosmopolita y cultural. Me encantó conocer un poco más a nuestras compañeras Alejandra y Pilar, que nos acogieron a los visitantes de Chile en un precioso apartamento y nos sacaron de paseo por la ciudad. Me encantó todo.
Sólo me faltó una cosa: comprar la camiseta de Boca y los pantalones de la selección argentina. Solamente veo una solución: volver de nuevo dentro de un tiempo.
PD: Lo de la Bombonera lo contaré en un post a parte con vídeo incluido. La experiencia lo merece. Las fotos, en www.flickr.com/photos/gerardsoler
Estaré unos días alejado de este blog y de mi vida diaria en Santiago. Aprovechando el puente del 1 de Mayo, voy 5 días a Buenos Aires. Tras tres meses y medio en este continente, creo que ya es hora de conocer una de las ciudades, a priori, más atractivas de Latinoamérica. Tengo algo personal con Buenos Aires. Los que me conocen sabrán que mi primera opción para este segundo año de formación en Efe era, en efecto, Buenos Aires. Estoy muy a gusto en Chile, pero tengo ganas de conocer la ciudad en la cual me habría gustado pasar todo un año. Y tengo la sensación de que me gustará.
Las sensaciones son buenas. Dos compañeras de Efe nos acogen en su piso y me reencontraré con una amiga chilena, la primera persona que conocí en Chile, puesto que estudia en la capital argentina. Después está el clásico del fútbol argentino en la Bombonera. La cosa está difícil, pero se intentará rascar alguna entrada en la reventa, sin dejar, eso sí, que saqueen mi economía. Hay que intentarlo... quien sabe si volveré a estar en Buenos Aires el día de un Boca- River.
Volveré dentro de cinco días con anécdotas, experiencias e historias que contar. Hasta la vuelta.
Otra decepción azulgrana en Chile. En este país que tan amablemente me ha acogido he asistido en vivo y en directo a la debacle del Barça en la Liga, la Copa del Rey y, ayer, en la Champions. Ayer decidí no ir a la peña barcelonista de Santiago donde he visto buena parte de los partidos del equipo y me quedé en la oficina. Una de las razones fue que mo tocaba turno de tarde, y aquí el partido empezó a las 14.45h. Otra, y más importante, es que en las últimas semanas se instaló en mi cabeza la idea de que mi presencia en ese acogedor bar de la comuna de Providencia perjudicaba al equipo. Una soberana estupidez, lo sé, pero echando la mirada atrás en el tiempo descubrí que en ese bar había visto ganar poquísimas veces al Barça. Me atrevería a decir que de todos los partidos que hasta ahora he visto en el De la Ostia -así se llama el bar, propiedad de un catalán-, tan sólo dos se saldaron con victoria culé. El resto empates y derrotas. Por ello, pensé que quizás era gafe: no podían ser ciertos estos números tan negativos.
Pero ayer ví que estaba equivocado. No soy gafe: los jugadores son unos paquetes. Pasé una hora y media mordiéndome las uñas y levantándome histérico de la silla ante las risas de mis compañeros de trabajo chilenos, que me comprenden porque la Universidad de Chile tampoco es muy prolija en las alegrías a sus aficionados.
Por la noche, po pude aguantar y me descargué en el ordenador la tertulia post-partido del programa "Tu diràs" de Rac1. Era de esos días en que uno necesita de terapia colectiva, Prozac comunitario para tratar de analizar y asimilar lo que ha visto y, también, empezar a avistar el futuro. Tras la sesión, estas son mis conclusiones:
Mientras Laporta sea presidente del Barcelona, pocas alegrías nos va a dar este equipo. Laporta apostó por Rijkaard y su filosofía, por la autogestión del vestuario y el famoso "círculo virtuoso", y no cambiará de idea.
Este equipo necesita un cambio de filosofía. Esto no significa degollar su espíritu, caracterizado por un juego elegante y de toque, pero sí un cambio en la filosofía de trabajo. Cambio que, dado lo expresado en el primer punto, se antoja imposible.
Hay que hacer limpieza. Los actuales jugadores importantes llegaron hace 4 años con hambre de titulos. Se empacharon de éxitos y popularidad y se han convertido en simples funcionarios, burócratas del balón que no entienden lo que significa vestir la zamarra del Barça. En mi opinión, hay que echar al entrenador y a un nutrido grupo de jugadores. Ardua tarea, porque no es nada fácil fichar a un grupo de jugadores jóvenes y de calidad para armar la futura escuadra. Se tendría que haber empezado el año pasado.
El año que viene estaremos igual. Estructurar un nuevo equipo no se puede hacer en unos meses. Y si no fijémonos en el ejemplo de los "galácticos" del Madrid. Estuvo 4 años sin ganar un título, despojándose a duras penas de esos jugadores que Florentino Pérez convirtió en dioses. Sólo cuando el presidente dimitió, se pasó página y se miró hacia el futuro.
Para mi la temporada se ha terminado. No creo ni que vea el Madrid- Barça. Sólo iré al De la Ostia para tomar unas cañas y degustar sus deliciosas tapas. En agosto, empieza otra temporada, veremos qué pasa.
Sí, el que está encima de la tabla soy yo. Y no se trata de ningún montaje con Photoshop. Pasé el fin de semana en Pichilemu, un pueblo costanero de la sexta región a unas 3,5 horas en bus al sur de Santiago, considerado la capital chilena del surf.
La idea era huir del ajetreo de la gran ciudad y pasar un agradable fin de semana, aunque lo del surf no lo tenía yo muy claro. Al final me lanzé y aquí tenéis el resultado. No os engañaré, en la foto es una de las pocas veces que conseguí ponerme de pie encima la tabla... pero ahí estaba el fotógrafo para inmortalizar el mágico instante.
Vencí al miedo al ridículo y al frío y lo pasé en grande iniciándome en el peculiar mundillo del surf. Terminé el día agotado de remar contra la corriente, con los hombros cargados de mala manera, pero feliz. El surf es complicado. Requiere equilibrio y, sobre todo, paciencia. Paciencia para esperar una buena ola. Una ola que empieze en el punto ideal donde uno se encuentra y que le permita alcanzar una buena velocidad para levantarse y adquirir la postura que tengo yo en la foto para, irremediablemente, terminar en el agua. Me gustó el surf, posiblemente repita a lo largo del año. Seguiré buscando la gran ola.
Esta mañana tuve el dudoso privilegio de conocer de primera mano los efectos de los gases lacrimógenos. En Chile habían convocado protestas estudiantiles y la cosa prometía. El desarrollo de la marcha fue tranquilo, principalmente porque había un despliegue de Carabineros que dejaba poco espacio al jolgorio y el desorden.
Aún así, los jóvenes tenían ganas de liarla. Se han atrincherado todos tras la valla de la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile y he empezado el lío. Unos cuantos han intentado montar una barricada para parar el tráfico y los antidisturbios han intervenido. Junto a ellos, como no, varios carros lanza-agua y vehículos con gases lacrimógenos. La policía he detenido a varios estudiantes que no han podido resguardarse dentro del recinto de la universidad. Mientras todo esto sucedía, yo estaba allí en medio con mi pequeña cámara de vídeo sin perder ni un detalle. A diferencia de muchos fotógrafos, he conseguido salvarme de los poderosos chorros de agua mezclada con lacrimógeno que soltaban los carros. El ambiente estaba cargado por culpa del gas, pero el picor de ojos era soportable. Al grito de "paco conchatumadre" y "paco culeao" -los "pacos" son los Carabineros- los estudiantes han seguido provocando hasta que, cuando yo estaba ya por irme, se ha liado de nuevo. Nuevas cargas y detenciones y, esa vez, he pillado. Estaba grabando cuando de golpe me giro y pasa un carro disparando gases lacrimógenos a dos metros de mi. He tratado de contener la respiración pero me ha dado de pleno. Me han empezado a llorar los ojos, no podía respirar, tosía y notaba un escozor realmente insoportable. Me he apartado de la bulla y he estado unos minutos fuera de juego hasta que me he recuperado. A partir de aquí la cosa se ha ido apagando, aunque la policía ha mantenido el espectacular dispositivo fuera la facultad por si las moscas.
Joder, como las gastan aquí los estudiantes. ¡Qué diferencia con las manifestaciones en España! Debo confesar que lo he pasado bien. Carreras arriba y abajo, esquivando las piedras que los estudiantes lanzaban a los "pacos", viendo de cerca los chorros de agua... ha sido emocionante.
En breve colgaré algunas imágenes que he tomado... dadme unos días para que mi agencia las publique.