CUENTO LA ABUELITA MARÍA
Tenía un rostro de amarga rabia donde lucía un lunar justo en él
Pómulo derecho.
Pasaba silenciosas y largas horas en el patio de su casa junto al
gallinero, sentada en una banca de madera roñosa la más baja que había en su
casa humilde.
María decía que La Calera, era una hacienda que por la abundancia de
piedra caliza fue bautizada con ese bello nombre (la verdad es que hay que
conocer su paisaje y su gente para entender su inmaculada y sorprendente
hermosura) se explotaba hacía cuatrocientos años por indios peruanos y
chilenos, eran transportadas sus piedras y esculpidas en obras de arte y
construcciones en el perú.
Estas conversaciones tenía yo con la abuela María, ella se sentaba frente
a sus aves que eran toda su vida, esperando que alguna se dignara a poner
Algún huevo fresco, pero no era eso lo que esperaba: cuando sus gallinas
salían del nido cacareando a los cuatro vientos y se paseaban por todo el patio,
ella comenzaba a mover su trasero en la banca como refregándolo, hacía un
leve gesto de alegría en su rostro y seguía allí inmutable como siempre, a sus
años ya nada le sorprendía.
Me contaba que desde la colonia, sus yacimientos producían una
variedad de cemento natural semejante al material caliza empleado por los
alarifes de don Ambrosio O'Higgins en la construcción de los tajamares del
Mapocho.
Ella no sabía llorar ni reír, aunque lo hacía a veces, pero era por
cumplir solamente. Era proleta por naturaleza.
Me decía; “ estoy cansada de vivir ”... Dijo esa tarde. En realidad no lo
dijo, pero fue como si lo hubiera dicho.
Decía también que la experiencia de los religiosos jesuitas,
propietarios de la hacienda, sirvieron al regidor Zañartu, para la construcción
del puente cal y canto, sobre el Mapocho, el que fue construido con material
De nuestros cerros.
La Hacienda de La Calera comprendía los sitios denominados hoy día
Artificio y El Olivo se mantuvo como propiedad de ellos hasta 1842, en
ese año fue adquirida por el ciudadano boliviano don Idelfonso Huici, quien
empezó la industrialización de los productos y materias primas de la región.
Contar la historia de uno es difícil, pero contar la vida de María me
ha costado unos cuantos años, y contar la historia de La Calera para ella, era
más doloroso y complicado, recordar y vivir a los ochenta y uno es más difícil
aún, se le notaba en su rostro su cara tapada de arrugas, le brillaba la pera que
era el único lugar por donde no habían caminado las arrugas dejando sus
huellas estampadas.
Me dijo que don Idelfonso falleció en 1871, quedando como apoderado
de sus bienes don José Huici Arguedas en representación de su madre doña
Manuela Arguedas (viuda de Huici).
María tenía su pelo albino total, sus dos lunares carnosos y sus labios
superiores se le introducían en la boca y el inferior se le volvía hacia fuera ya
que solo le quedaban dos colmillos en la parte de arriba uno a cada lado, sus
ojos eran tapados por sus tremendas cejas blancas siempre chasconas, sus
pupilas siempre se movian negras como la noche, sus lentes ya no le servían,
veía todo borroso por las cataratas, que ya las odiaba.
No hablaba solo gritaba y cuando lo hacia era para retar los gallos
porque nunca pisaban a las gallinas, usaba una frase corta, que aparentemente
no decía nada, pero no dudaba en decirles cuando adquiría una fuerza
decisiva“ los voy a echar a todos a la olla, no me importa que me tenga
Que comer mi vida”.
Saben hijos míos la industrialización empezó por Don Idelfonso, en
1844 se fueron anidando aglomeraciones de viviendas que fueron poco a poco
dando vida a la ciudad, sin embargo, mientras ella crece nosotros nos vamos
muriendo, es contradictorio pero cierto.
Fue lindo ver nacer esta criatura, comienza el desarrollo económico,
nacen sus poblaciones y el reconocimiento en todo el país de la Comuna de La
Calera, a lo mejor se debió a la Sociedad Fábrica Cemento Melón, la
construcción de los molinos de harina, de la fábrica de aceites vegetales, las
curtiembres, las exportadoras, las casas comerciales en diferentes ramos y la
acogida de numerosas familias llegadas de la Zona Norte. Comenzó a
caminar, a crecer, con su rostro serio y sus techos plomizos, se levanta
majestuoso y rutinario el cerro enclavado justo en el centro del corazón de la
ciudad.
Vi nacer artificio como un hermano hoy debe su nombre al trapiche de
un ingenio de pólvora de 1716, rehabilitado en 1854 y explotado por Don
José María Godoy, hoy una calle atraviesa ese lugar con su nombre y quedó
estampado como en una lápida de mármol frío.
Recuerdo cuando se colocaba a tomar mate amargo junto a un brasero
con leña y las brazas ardiendo las revolvía con la mano callosa acostumbrada
al calor al frío y también a la soledad desde que no Lucho, decía ella; la dejó
sola en esta vida junto a sus aves y sus hijos, ella fue mujer minera, campesina
y obrera, pero ahora no advertía siquiera la diferencia entre los lunes y los
domingos.
Era pobre como el humo del carbón impregnado en la ropa, pero a ella
no le importaba, hasta a dios le porfiaba, porque ella lo había vivido y nadie le
venía con cuentos.
Fue ahí cuando en 1885 se reconoce La Calera como gobierno comunal,
se le da la sub-delegación de La Calera, La Cruz, Charravata y Pocochay,
estallaron los juegos artificiales en el fondo del cielo azul.
Conoció el primer alcalde Don Alejandro Silva de la Fuente, nombre
que lleva nuestra Biblioteca Pública Municipal, ella creía importante tener los
libros al alcance todos, aunque no tenía mucha educación, puedo afirmar que
sabía mucho de la vida y de su ciudad.
Sí María supiera que hoy tenemos 45.776 habitantes (CENSO 1992),
que nuestra superficie es de 40.2 kilómetros cuadrados, que la densidad es de
el área urbana en un 97%.
Pero si antes ni siquiera sabíamos que estabamos a 66 kms. de
Valparaíso y a 118 km. de la capital, pero si ella viajó estas distancias a pié y
a caballo.
Un día las cataratas en sus ojos le oscurecieron su vida para siempre,
ese día la vi llorar de impotencia satisfecha de la labor cumplida, no
teníamos palabras para consolarla, ¿a un niño se le da un dulce y a mi abuelita
que había quedado ciega que se le daba?...
Es que no se espera menos, perder la vista a los ochenta y uno es para
maldecir y remaldecir, a la vida y hasta los ojos sin embargo era alegre.
El silencio la atrapo, pero desde su cama sentía los pasos, las puertas y
Olfateaba las noticias todos los días.
También sintió el día silencioso que la muerte llegó para llevársela.
Hoy solo me queda la felicidad de haberla conocido y la historia que
ella nos dejo para contarla a todos los amigos y a todos los caleranos que no
conocieron a María mi abuelita y su ciudad, La Calera.

Carmen dijo
Gracias por tan bella historia que tu, nieto de Maria, nos has contado. La maravillez de tu entono al contarla me deja de tan abierta imaginacion como que mis ojos estan mirando los detalles, estan mirando a tu abuelita y su entorno a la historia de La Calera. Gracias por compartirla con nosotros, que sin conocerte, que sin haber conocido a Maria, me han llegado hasta lo mas profundo de mi alma y hasta lo mas profundo de mi corazon.
Una vez mas, gracias.
Carmen Milena
7 Abril 2007 | 10:39 PM