Una vez, di un paso importante en mi vida, con los ojos cerrados, arriesgando todo lo importante cuanto tenía en ese momento, porque sencillamente creía profundamente en las razones por las que daba ese paso. Inicié un nuevo viaje, sembrando a cada paso en el camino las semillas que pude tomar como prácticamente mi único equipaje.

Ahora parece haber ido ese tramo del viaje tan deprisa, que me detengo un rato, miro atrás y apenas puedo distinguir el paisaje que dejé a mis espaldas. Aquello que dejé quedó bastante lejos. Ha pasado casi año y medio desde entonces. Miro a mi alrededor y veo sólo terreno sembrado, sin un sólo brote. El aspecto es sólo tierra, posiblemente fértil, pero tierra al fin y al cabo. ¿Habré sembrado las semillas adecuadas? ¿Estaré dándoles los cuidados que necesitan para desarrollarse y crecer? La duda en estos momentos es casi inevitable. Esas semillas son todo lo importante cuanto tengo ahora.

Me resulta difícil no tener miedo cuando veo tanto campo vacío y muchos días de tormenta, sol abrasador ó frío intenso que amenazan destruir lo que todavía no ha visto la luz por primera vez, aunque aún existe la esperanza de que, algún día, verá la luz el primer brote. Sólo me queda esperar y aguantar con las fuerzas que aún me queden, si es que cuando llegue el momento no será ya demasiado tarde y no me queden fuerzas para disfrutar de lo que nació.