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HUMANIZANDO LA VIDA

9 Abril 2007

La imagen que valió un "pulitzer"

Un hombre blanco perfectamente bien alimentado observa cómo una niña africana se muere de hambre ante la mirada expectante de un buitre. El hombre blanco hace fotos de la escena durante 20 minutos. No es que las primeras no fueran buenas, es que con un poco de colaboración del ave carroñera le salía una de premio, seguro. Niña famélica con nariz en el polvo y buitre al acecho: bien; no todos los días se conseguía una imagen así. Pero lo ideal sería que el buitre se acercara un poco más a la niña y extendiese las alas. El abrazo macabro de la muerte, el buitre Drácula como metáfora de la hambruna africana. ¡Ésa sí que sería una foto! Pero el hombre esperó y esperó, y no pasó nada. El buitre, tieso como si temiera hacer huir a su presa si agitara las alas. Pasados los 20 minutos, el hombre, rendido, se fue.

No se debería de haber desesperado. Una de las fotos se publicó en la portada de The New York Times y acabó ganando un premio Pulitzer. Pero incluso así se desesperó. Y mucho. El hombre blanco era un fotógrafo profesional llamado Kevin Carter. A los dos meses de recibir el premio en Nueva York se suicidó.

Hay dos preguntas. La primera, ¿por qué se suicidó? La segunda, ¿por qué no ayudó a la niña? La respuesta a la primera es relativamente fácil. La respuesta a la segunda es más interesante. Remontemos.

Kevin Carter nació en Suráfrica en 1960, dos años antes de que Nelson Mandela empezara su condena de 27 años de cárcel. Al llegar a la adolescencia empezó a entender que ser blanco en Suráfrica significaba ser una de las personas más privilegiadas de la Tierra y, al mismo tiempo, cómplice de una atroz injusticia. Cumplidos los 24 años, Carter descubrió que el periodismo era el terreno donde libraría su guerra particular contra el apartheid.

Comenzó su carrera en 1984, cuando las poblaciones negras en las periferias de las grandes ciudades -como Soweto, que estaba al lado de Johanesburgo- se convirtieron en campos de batalla. Jóvenes militantes negros, cuya única fuerza residía en su ventaja numérica, lanzaban piedras a los policías y a los soldados, que respondían con gases lacrimógenos, balas de goma o balas de verdad. Cientos murieron, miles fueron encarcelados. Soweto ardía, y allá, casi permanentemente instalado, estaba Carter, fotógrafo novato de The Johannesburg Star, expiando su culpa.

La gran ironía de la historia reciente de Suráfrica es que cuando salió Mandela de la cárcel en 1990, cuando empezó el proceso de paz que condujo cuatro años después a la democracia, se desató una violencia mucho mayor. Durante casi la totalidad de aquellos cuatro años, Soweto y otra media docena de poblaciones negras en los alrededores de Johanesburgo vivieron una anarquía asesina demencial, nutrida por opositores al proyecto democrático, en la que murieron unos 12.000. Allí, una vez más, estaba Carter. Todos los días. Se presentaba temprano por la mañana a los campos de la muerte, como se presentan los oficinistas a sus lugares de trabajo.

Yo también me presentaba allí, pero con menos frecuencia y más tarde. Siempre que llegaba a estos lugares, en pleno tiroteo o minutos después de una masacre, ahí veía a Kevin Carter, sudado, polvoriento, bolso sobre el hombro, cámara en mano. A él y a sus tres amigos fotógrafos, Ken Oosterbroek, Greg Marinovich y João Silva. Les llamaban a los cuatro “el Bang Bang Club”. Hacían fotos espeluznantes y se exponían a peligros extraordinarios. Yo había llegado a Suráfrica en 1989 tras seis años cubriendo las guerras de Centroamérica. Vi pronto que daba mucho más miedo estar en 1992 en un lugar como Tokoza o Katlehong, a escasos kilómetros de Johanesburgo, que en 1986 en los frentes del oriente de El Salvador o el norte de Nicaragua. Porque en los lugares donde los negros, animados por los blancos, se masacraban podía pasar cualquier cosa en cualquier momento y en cualquier lugar. Con un Kaláshnikov, una lanza, un machete o una pistola. Ahí trabajaba Carter. Ahí se pasaba desde las cinco de la madrugada hasta el mediodía haciendo fotos de gente matando y de gente muriendo.

Para poder hacer ese trabajo es necesario blindarse, armarse de una coraza emocional. No se puede responder a lo que uno ve como un ser humano normal. La cámara funciona como una barrera que lo protege a uno del miedo y del horror, e incluso de la compasión. Carter y sus tres camaradas dormían poco, además, y consumían drogas de todo tipo. Pasaban sus días y sus noches en un acelere mental y en un estado de anestesia emocional casi permanentes. Si se hubiesen detenido un instante a reflexionar sobre lo que hacían, si hubiesen permitido que los sentimientos penetraran la epidermis, habrían sido incapaces de hacer su trabajo. El entorno era alocado, pero el trabajo era importante. Si se hubieran quedado en sus casas o se hubieran expuesto a menos peligro, habría habido más muertos, menos presión política para acabar con la violencia. Ésta era la contribución de Carter a la causa de sus compatriotas negros.

En marzo de 1993 se tomó unas vacaciones de Tokoza y Katlehong y se fue a Sudán. Ahí, apenas aterrizar, es donde vio a la niña y el buitre. Respondió con el frío profesionalismo de siempre. No habría podido elegir otra manera de actuar. Estaba programado, anonadado. El único objetivo era hacer la mejor foto posible, la que tuviera más impacto. Ahí empezaba y terminaba su compromiso. La lógica era muy sencilla: si hacía una foto potente, se beneficiaría a sí mismo, pero también ampliaría la sensibilidad de los seres humanos en lugares lejanos y tranquilos, despertando en ellos aquella compasión -precisamente- que en él estaba necesariamente adormecida.

Por eso no hizo nada para ayudar a la niña. Porque si la hubiera ayudado, no habría podido hacer la foto. Porque había llegado al límite de sus posibilidades.

El problema era que la gente normal, empezando por su propia familia, no lo entendía. Fuera donde fuera, le hacían la misma pregunta. “Y después, ¿ayudaste a la niña?”. Se convirtió en un agobio, una pesadilla. Los únicos que no le hacían la pregunta, porque para ellos no era necesario hacerla, eran los amigos del Bang Bang Club.

En abril de 1994 le llamaron desde Nueva York para decirle que había ganado el Pulitzer. Seis días después, su mejor amigo, Ken Oosterbroek, murió en un tiroteo en Tokoza. Toda la emoción reprimida a lo largo de cuatro años salvajes explotó. Carter se quedó destruido. Lloró como nunca y lamentó amargamente que la bala no hubiera sido para él.

El mes siguiente voló a Nueva York, recibió el premio, se emborrachó, incluso más de lo habitual, y volvió a casa. La guerra se había terminado. Mandela era presidente. Suráfrica tuvo su final feliz, pero la vida de Carter dejó de tener mucho sentido. Quizá en parte porque el peligro de la guerra había sido su droga más potente, la que le había creado mayor adicción. Siguió trabajando, pero, perseguido por la muerte de su amigo y -ahora que se había quitado la coraza- la angustia moral retrospectiva de la escena con la niña sudanesa, se hundió en una profunda depresión. No podía trabajar, o si lo intentaba, caía en errores absurdos. Llegaba tarde a entrevistas, perdía rollos de fotos que ya había hecho. Y tenía problemas en casa: deudas, desamor...

El 27 de julio de 1994, exactamente tres meses después de las primeras elecciones democráticas de la historia de su país, Carter se fue a la orilla de un río donde había jugado cuando era niño, antes de que supiera lo que era el apartheid, el sufrimiento, la injusticia. Y ahí, por fin, dentro de su coche, escuchando música mientras inhalaba monóxido de carbono por un tubo de goma, logró la paz, la anestesia final de la muerte.

Canal + (dial 1 de Digital +) emite el documental ‘La muerte de Kevin Carter’ el próximo sábado día 24 a las 21.30.

servido por illaca 9 comentarios compártelo favorito

9 comentarios · Escribe aquí tu comentario

ROSA

ROSA dijo

Gracias Mari Cruz por hacerme llegar este artículo

9 Abril 2007 | 12:53 PM

Sinera

Sinera dijo

Una extraña tristeza se ha apoderado de mí? Pienso que de alguna manera, en mayor o menor medida, todos somos Carter... aunque no pulsemos el disparador de nuestra máquina de fotografiar, aunque no estemos en la zona exacta donde un niño muere por hambre, aunque no le tengamos al alcance de la mano para darle la comida, aunque mil excusas más, porque somos muy creativos para eso, en realidad la mayoría de nosotros apenas hacemos nada de lo que podemos hacer para cambiar eso, solo preguntar a otro que ha hecho. Lo leemos y seguimos instalados en nuestra comodidad aunque nos revolvamos las tripas.. la verdad..¿Que hacemos después de leer un artículo como ese, para que algo como eso no suceda nunca más y ningún niño muera de hambre?

Podemos considerar a Carter como otro depredador otro ejecutor de la niña, pero podemos pensar también que Carter fue su único redentor. La redimió y esparció la culpa al mundo, para que volviésemos los ojos por un segundo hacia la tragedia de Sudán y ayudásemos a esas criaturas a llevar su cruz olvidada. Carter sólo nos troceó y nos regaló el significante; el significado lo pusimos nosotros, espectadores occidentales, atormentados por nuestra sucia conciencia. ya que Carter no hizo nada por aquella niña que su foto haga algo por todos nosotros y nos ayude a ayudar a todas esas niñas que aun quedan amenazadas por buitres y por hombres sin escrúpulos.

12 Abril 2007 | 09:18 AM

illaca

illaca dijo

Yo solo me pregunto, ¿como se elige una fotografia, y que tiene esta fotografia que merezca darle un Pulitzer, en que se basaron para hacerlo?...

Ya sé que algunos diran que la fotografia dió la vuelta al mundo y que gracias a esa imagen el mundo sabe lo que pasa allá, pero la verdad, creo que realmente no era necesario,todos lo sabemos, lo creeria así si hubiera habido una acción, reacción en Sudan, si esa niña y millones de niños, millones de seres en el mundo dejaran de ser portada de revistas por su sufrimiento.
Eso ni lo consiguió esa foto, ni el darle el premio, ni somos capaces de conseguirlo millones de personas...¿ Por qué ?, eso es lo que me pregunto cada dia.

13 Abril 2007 | 11:34 PM

Sandra

Sandra dijo

Es de lo más triste y espeluznante que he leído en mucho tiempo, y lo peor es que es real. Gracias por ponerlo, Rosa y tu amiga que te lo envió.

14 Abril 2007 | 09:39 PM

Rosa

Rosa dijo

Tienes razón es espeluznante, por su crudeza, por su realismo, pero sobre todo porque esa niña y miles como ella mueren cada dia.

Hubo alguien que dijo "el encuadre de Kevin era el mismo que el del ave de rapiña que espera impaciente la muerte de la niña". Dos testigos de una misma agonía.

Imagino que para Kevin Carter "el mundo solo era una porqueria y él apenas podia hacer nada mas que sacar fotos. Imagino que todas esas imágenes que fotografiaba le fueron atrapando poco a poco...

"El sentimiento de culpa tiene que ver con nuestra incapacidad de ayudar. Manejar la culpa es fácil. Superar la incapacidad de ayudar es difícil, casi imposible.(Marinovich)

¿Quienes somos para juzgar si debia haber ayudado o no a esa niña?,él hizo algo hacemos millones de personas, nada, tal vez no, tal vez hizo mas que nosotros haciendonos llegar esas y otras imagenes de tanta injusticia, guerras, hambrunas, de la única manera que él creia o sabia hacer.

Lo único que me duele es su impotencia y su posterior suicidio, es como si se hubiera rendido, dejó de confiar en él como ser humano y en su capacidad de poder ayudar a cambiar el mundo...

21 Abril 2007 | 12:30 PM

Sinera

Sinera dijo

Tienes razón, todos sabemos lo que pasa en estos países, pero una imagen vale más que mil palabras y al ganar el Pulitzer esta foto ha dado la vuelta al mundo, despertando nuestras conciencias dormidas, a pesar de ello la situación sigue repitiéndose a cada instante y lo sabemos, quizás necesitaríamos más a menudo fotos como esa para despertar del letargo a nuestras conciencias. Todos somos un poco Carter vemos desde lejos, escondidos detrás del objetivo de nuestra cámara, de nuestra comodidad, desde la distancia.
No estoy de acuerdo contigo, no creo que se suicidara porque se sintiera impotente ni en su capacidad de ayudar a cambiar el mundo, ni mucho menos dejó de confiar en él como ser humano, yo creo que dejo de creer en los demás, no en el, en los demás…

23 Abril 2007 | 07:52 AM

rosa

rosa dijo

¿ Cuando hablas de los demás a quien te refieres?.
Conozco poco de Kevin Carter pero por lo que he leido, y nadie más que él sabrá si es cierto, fué un gran sentimiento de culpa lo que lo llevo a ese final.
Jamás osaría,juzgar a nadie, pero a veces me pregunto si son los demás los que nos fallan o somos nosotros realmente los que fallamos.
A veces vivimos tan pendientes de los demás que nos olvidamos de que necesitamos tiempo para nosotros mismos.
No, yo no creo que lo fallaran los demás, tal vez lo traicionó su manera de ver el mundo, su forma de esperar lo correcto y valorar lo importante.
La confianza es un sentimiento que se genera en nuestro interior, no viene de fuera.

24 Abril 2007 | 12:13 PM

Sinera

Sinera dijo

Cuando hablo de los demás, me referia a la humanidad en general.
El ,dejó de confiar en ella.
Y a tu pregusnta si son los otros o nosotros mismos los que nos fallamos, supongo que hay un poco de todo, nosotros nos fallamso y los demás nos fallan, por mucho que tu mantengas que los demás no te influyen, cero que no se puede vivir sin los demás, el hombre es un ser social, y más o menos, los demás siemple influyen en nosotros.
Un beso

24 Abril 2007 | 12:55 PM

ANÓNIMO

ANÓNIMO dijo

Es curioso poder comprobar, como un solo echo, puede reflejar multiples maneras de ver la cosas. Vistas por separado todas son reflexiones correctas y coherentes pero cuando las tienes juntas ves que se contradicen.
Nunca conoceremos la verdadera razón de su comportamiento, se lo ha llevado con el.
Lo único cierto es que ha despertado tanto el interes de sus seguidores, como el de sus detractores.

25 Abril 2007 | 02:14 PM

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Algo mas sobre mi. Para los que me conoceis, pues nada , que hola. Para los que no, esta es la imagen de la que os escribe....

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