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inmaterial

¡pobre loco! ¡no sabe alimentarse de cosas terrenas! la angustia que le devora le empuja hacia los espacios y conoce a medias su demencia

22 Noviembre 2007

Perro muerto en la tintorería: Los fuertes

Rabia y teatro.

Angélica Liddell
viene precedida por una trayectoria cuando menos convulsa, impactante. Que menos que darse uno la ocasión de verla, esta se ha presentado de la mano del CDN. Perro muerto en tintorería: Los fuertes, en cartel actualmente y, El año de Ricardo, próximamente, estas son las dos obras que esta temporada ha programado la institución.

El resultado no puede ser más mezquino, ella, moralizante, personalísima, irreverente... incomprensible, antepone su rabia a lo teatral. Una trama, en fin, apocalíptica mínimamente hilvanada, interrumpida y rota, sin forma. Tres horas, en suma, perdidas, irrecuperables.

Cuestiona, sí, el papel del actor, el "puto" actor; la relación entre arte y poder; al público, "los tibios"; el límite entre la verdad y la escena, en muchos casos agrede, con qué fin, comunicar, mostrar, hacer entender; está bien, pero, lo hace para-sí, no tanto para el público (al que le guste o no se debe, sino, tiene la calle), y lo hace de manera panfletaria, con maneras sectarias, esquizofrénicas, demagógicas. Se desnuda, sí, muere en el escenario, es cierto. Pone en entredicho el teatro como entretenimiento, el teatro como verdad, como exaltación de la vida, de la justicia, el teatro como denuncia, -malsana-, adoctrina; y sí, me ha hecho sentir mal, uno, porque en parte puedo compartir el parecer de la autora, dos, por no haberme levantado e ido, me di sin embargo el gusto de no aplaudir. Me quedan dos cosas de Perro muerto, asco y una confesión, un fragmento de su diario personal en el que referencia un fragmento del Apocalipsis, que a su vez Kierkegaard hizo leer en su entierro y que forma parte de una especie de manifiesto al que aferrarse:

Conozco tus obras, que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Así, porque eres tibio y no eres ni caliente ni frío voy a vomitarte de mi boca.

A la pregunta de Liddell respondo: Sí, este hijo de puta tiene ganas de matarte... Que digo matarte, te morirás, y lo harás de pena... como todos nosotros, los "tibios".

Verdad. Sí. La busco. No a una persona trastornada que vomita su mierda sobre mí. Por favor, tu pena y tu mierda te las puedes guardar.

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17 Octubre 2007

La conquista del aire, de Belén Gopegi

Apenas media lectura de “La conquista del aire” y son dos libros los que encuentro. Uno, capítulo I, que no puedo evitar calificar como "de militancia", donde las razones, carácter, de los personajes se diluyen para dar mayor relieve al narrador. Papel que Gopegi subraya en el prólogo; la intencionalidad, participación, del narrador en la búsqueda de la "verdad". El protagonismo del que narra mantiene en un segundo plano la historia, los personajes, lo que no deja de chocarme dado que, como militante, todo se plantea en términos de bueno y malo. Se limita así la realidad de los personajes, dejan de serlo de carne y hueso para no ser más que pretextos, argumentos, para alcanzar un fin. Gopegi escribe sin duda lo que le viene en gana, no porque yo lo diga, sino por autonomía, por convicción, pero a mi modo de ver, pierde en intensidad, cuando el resultado ideológico, creo, sería el mismo con un narrador, digamos, más neutro. Es ese el segundo libro, el que leo a continuación, donde Gopegi retira del primer plano al narrador y deja hacer, a su merced, a unos personajes con los que uno podría confundirse en el espejo, codearse en la calle, con más artificio, más pereza, más decaimiento, más complacencia en sus vidas que verdad, ahora sí, "verdad".

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15 Octubre 2007

Gesto íntimo

No reparé en el porqué sino hasta que hubo finalizado la representación. Algo en su complexión llamó mi atención en el vestíbulo, no sabría explicar qué, tampoco había diferencia alguna con tantas otras personas, desconocidas, que allí nos encontrábamos, ningún motivo especial. Permanecía de pie, el brazo izquierdo en ángulo recto soportando el derecho, que descansaba sobre la palma y se cruzaba sobre el torso. El gesto de medio lado, atento, despierto, los ojos abiertos en un vaivén que evita miradas directas. Cargaba el peso del cuerpo sobre la pierna izquierda, un poco más atrasada que la derecha. Estaba acompañada, ella, más joven, ojeaba un programa que desgranaba brevemente, a saltos, más para sí, pensando en alto, diría.

El exterior del teatro, la fachada, no permitía adivinar el espacio interior; amplio, ambiguo. Uno no sabía muy bien si se encontraba en la recepción de un hotel, en una estación de ferrocarril o en la sala de espera de un ministerio. El murmullo reinante, siempre distinto, anticipa lo que será la representación. El carácter del público queda impreso en el rumor, conversaciones informes, guturales de unos asistentes fríos, en ocasiones, propensos al aplauso, otras, despreocupados, etc.

Al contrario que tantas otras veces no prestaba tanto atención a lo que había de suceder a continuación sino a lo que había alrededor. Normalmente he leído alguna crítica, sino la obra, y me aventuro a predecir lo que podremos encontrar. Estaba fuera, mi disposición no era la mejor, aunque bien mirado serían un par de horas que podría permanecer distraído.

El desfile en el patio de butacas normalmente me irrita, rompe mi atención y no me permite concentrarme como quisiera. Entonces, sin embargo, era una distracción, dos mujeres mayores que necesitan que me levante para acceder a las butacas contiguas y a las que vengo oyendo desde la entrada. Una pareja, él, aburrido, ella lee la sinopsis, ninguno de los dos presta mucha atención al otro. Un chaval que hace algunas anotaciones como si del salón de su casa se tratara. Un último timbre de un teléfono que se apaga y... Ella. Está delante de mí, con las entradas en la mano, buscando el número de los asientos en los que se han de sentar. Su acompañante, más joven, le cede el asiento con mejor visibilidad, rehúsa... Accede finalmente. Se apagan las luces. Tiene comienzo la representación.

Pasan los minutos, el diálogo. Es texto, sólo texto, sin emoción alguna, plano. El asiento me resulta incómodo. Reparo en el fondo del escenario, veo los focos, los engranajes, el artificio que hace posible la representación. Estoy a los rumores, alguno; las toses, el papel de los caramelos. Cierto aspaviento, a mi pesar, es apreciable por mi compañera que me recrimina livianamente.

El marco de las butacas delimita una mínima abertura por la que, con cierta privacidad, observar a los espectadores colindantes. Lo inusual de la sala, en U, me permite ver, arropado en la sombra, las expresiones, las reacciones. El contraste de claroscuro, las butacas, los rostros, sobre los que recae apenas tenue la luz dibujan el perfil nocturno de una ciudad por conocer.

Ella, la mano, la mujer del vestíbulo, está en la diagonal. Su mano derecha bajo la clavícula izquierda dibuja círculos con el dedo corazón. Su pose, vista al trasluz cobra una intimidad singular; la atención, lo distraído del gesto, de los que me hace partícipe me aturden, me abstraen. Sigo sin saber por qué.

La vista, la que debiera mantener en la representación, está en sus manos, está en la línea del escote, en el recorrido de la mano.

No, no la conozco. Observarla en la oscuridad me hace sentir un intruso. El gesto, delator, es el ojo de la cerradura de una puerta maciza e infranqueable por el que conocer la verdad. Los dedos a un tiempo tapan, a un tiempo descubren, un punto en su piel, sobre el pecho, bajo la clavícula.

¡Vergüenza! Pudor. Me sorprendo al descubrir en el recorrido de la mano. Es un coqueteo entre lo público y lo íntimo, una mano pura que corta el aire toma lo preciso y vuelve a su ser. Es un gesto caprichoso e indiferente el de la mano. Es atractiva en lo superficial, hermosa, es bajo esta luz que cobran sentido la expresión, los ojos huidizos, la musculatura tensa de los hombros, una postura un tanto forzada. No hubiera reparado de otra manera. En verdad, resulta atractiva; cierta indefensión, determinación y desnudez en sus maneras. Quién hubiera podido permanecer tan atento; quién, tan próximo; quién hubiera reparado más allá de sus rasgos, de sus andares, de su habla... Quién podría conocer la verdad íntima. Ella; dueña, soberana, sirvienta, esclava de un único imperio.

Quién conoce a nadie, me pregunto. Uno; momentos antes de dormir, al cerrar los ojos, indefenso ante sí mismo, el tiempo, poco, hasta que cae dormido.

El rubor al interferir en la intimidad ajena es tal que evito mirar, lo que no impide que venga a mi la imagen de sus manos, sus dedos entorno al escote. Dibuja un círculo. Reiteradamente. Siempre en el mismo punto. Las yemas de los dedos hacen el mismo recorrido, el de el margen de una herida, una verruga, una que aglutina toda la vergüenza, un mal. Mal, con el que todos convivimos y que guardamos sólo para nosotros, sepultado sobre decenas de metros, de epidermis, de polvo, de impulsos nerviosos.

Es ella, la que siempre ha sido, la que no quería ver. Froto mis manos sobre la pernera del pantalón procurando un mecanismo que me traiga de vuelta, un hormigueo, el tacto. Me agarra un inmenso azoramiento, una compasión sin límite; por ella, por nosotros, por mí. Confundido, quién habría de verme; quién, conocerme... ¡Aplausos!

Vuelve la luz, que irrita los ojos momentáneamente, y con ella una cálida impostura, cierto alborozo. Como el niño inocente que ha visto al padre joder a su madre busco sus ojos, la verruga, queriendo a un tiempo mirar, a un tiempo ser observado.

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5 Octubre 2007

Carta de una desconocida

Se le cayó de entre las manos. Me separaban de ella unos tres metros de distancia. Levanté la voz para llamar su atención, traté de recogerlo pero fue suficiente agacharme, cogerlo y levantar la cabeza para perderla de vista. Tampoco hubiera podido reconocerla de haber coincidido con ella, la vi entre los viandantes. Llevaba un abrigo marrón, pelo largo, castaño, suelto.

Ligeramente desbaratado detengo la marcha y observo el sobre que con apenas atención había recogido del suelo. Manteniéndolo en vilo lo giro sobre su eje para observar una y otra cara, pero no hay nada escrito, el sobre está abierto, mordido, roto tras meter el dedo por una hendidura. En su interior hay una fotografía y unas hojas dobladas, al menos eso es lo que puede verse a simple vista. Sin pensarlo mucho llevo la mano al bolsillo interior de la chaqueta y lo guardo.

Qué tiempo no habrá pasado. Que el sol calienta un poco más cada día y viene arañando unos minutos a la noche cada día. El sobre en lo profundo de un bolsillo, como el paquete de chicles, como el pañuelo, ha quedado olvidado en uno de los armarios de invierno.

Meses más tarde.
-Este chaquetón deberías tirarlo, tienes que renovarte- ella, en ropa interior, cepillando el traje de chaqueta que se ha de poner. Están frente al armario de la habitación principal.

-Cuál. Le tengo cariño, y sí, tiene, mucho tiempo, pero precisamente por eso no puedo desprenderme de el- él. –Además, yo lo veo bien- entre tanto se sube la cremallera del pantalón, se mete la camisa por dentro mientras echa una mirada distraída al espejo interior de una de las puertas.

Entre una de tantas chaquetas, trajes, camisas y pantalones el sobre mantiene su existencia irreal, al margen de la conciencia y del tiempo.

Ella y él se han despedido en el portal con un beso que sabe a madrugada fría, a dejar el calor de las sábanas, el cuerpo del otro. Ella en una dirección y él en otra. El camino que hace, más o menos el mismo, calle arriba por las mañanas, calle abajo por las tardes, lo recorre anticipando el que será un día más de trabajo, un día menos según se mire. Sólo algún día varía el itinerario y es por fuerza mayor, no quiere sino llegar lo antes posible a la oficina. No sabe que esa noche, cuando vuelva, ella le necesitará.

Ese mismo día unas horas más tarde. La puerta de casa se abre, entra ella mientras habla por teléfono. Su tono es fuerte, bronco.

-Cómo, ha podido hacerme esto después del tiempo que llevo trabajando para él, catorce años... – escucha.- Catorce, sí... Hijo de la gran puta. El muy cabrón me ha invitado a tomar un pincho a media mañana para decírmelo y que no le montara el pollo.

-Sí, sí.

-Se lo diré, sí...- escucha. Ha dejado el bolso en el mueble de cajones que hay a la entrada junto al perchero, cuelga la chaqueta del traje y se dirige al salón retira la cortina y se apoya en contra el marco de la ventana para, desde allí, observar la calle.

-No, no te preocupes...
-Sí, ya estoy más serena. Gracias, eh.
-Bueno, ahora te dejo que quiero darme una ducha caliente y sentar un poco las ideas.

Sin mucho aspaviento, se dirige a la habitación. Se desviste, se ha sentado en la cama para desanudarse los zapatos. Le tranquiliza observar el orden del armario, de chaquetas, camisas y pantalones arriba, cajones abajo, el zapatero a la derecha, la temperatura, los colores. La ropa así dispuesta diluye la presencia de la persona, parece algo impropio, ajeno, son las prendas, una por una las que tienen ese poder evocador, coge una chaqueta de él, la cierra sobre si, cogiendo las solapas. Qué hay en el bolsillo.

Dentro hay una carta escrita de puño y letra y una fotografía en blanco y negro, una imagen desencuadrada, tomada muy cerca de la cara de una mujer, parte del mentón, los labios y la nariz es lo único que se puede apreciar. La foto ha sido tomada desde el ángulo en que sólo una persona muy cercana puede haber llegado. Los labios sonríen mostrando los dientes ligeramente, sin contención.

«Hola,
Soy esa persona que no encuentra las palabras adecuadas cuando la tienes delante, muchas veces torpe, muchas ingenua; la que encuentra extrañas o ajenas tantas cosas familiares y cotidianas; la que sabe de cosas etéreas y lejanas, ilusorias, es por eso que sólo sé compartir lo que tengo, ilusiones, lo que soy; la que está abocada a un paso incierto; la que tubo de refugiarse en mínimas certidumbres, palpables, cercanas. Una caricia. Un rayo de sol que, se abre paso entre las nubes, para venir sobre la piel. Una conversación. Un sabor que la lengua paladea e inunda al cuerpo. Una sintonía, un compás que es mi cuerpo.
La que fue olvidada y enterrada en el tiempo, que a mi y a tantos nos ha dejado atrás, nunca lo pensé. La que hubo dedejarse ir y me trajo, ahora, hasta ti. Un beso
»

Cae la tarde. La puerta se abre y la saca del mutismo en que había quedado. Es él. Ella se dirige a la puerta y sin mediar palabra le echa los brazos al cuello. Se aferra, le estrecha entre sus brazos, y permanece así, sin hacer nada, sólo lo abraza.

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3 Octubre 2007

Play Strindberg, de Dürrenmatt

Nunca pensé que pudiera presentarse una circunstancia como esta, ¡una colaboración! Ícaro nos envía la crónica de Play Strindberg en el Teatro Abadía, que a pesar de no haber visto (precisamente por eso), y por el tono que no creo hubiera podido aplicar, quiero compartir:

Tostón, qué es un tostón. Un tostón es la representación del Teatro Abadía, Play Strindberg.

Me siento mal, parece que esté cometiendo perjurio. No es posible que en una misma frase se vean involucrados José Luis Gómez y su(mi) Abadía y el calificativo Tostón, pero de verás la cáustica del texto no es suficiente como para mantener una representación que dura cerca de una hora y media y que en el original son cerca de cuatro horas. Buena muestra es la sucesión de asaltos finales en los que uno llega a pensar que realmente tienen prisa por terminar.

Sí, queda claro. El matrimonio, infeliz matrimonio, se odia. Queda claro, pero y después, qué hay después de la convivencia insana y enferma. Está bien, hay mucho de dominación, el único gesto cariñosa de ella, Alice, para con él, Edgar, es el momento en que él se encuentra impedido, inválido; de lo que creen que fueron y de lo que hubieran sido, cargando las culpas al otro a la vista de lo que hay; y un único punto en común, una leve tregua, hábito del que Alice participa y al que el militar aspira.

El arranque de la obra resulta tan realista que creía estar viendo a mis abuelos, que en paz descansen. Conversaciones, que digo conversaciones, entradas, lances, frases huecas que, en efecto, muestran que no hay nada que decir después de 25 años, que el único disfrute que queda es llevar la contraria al otro, eso y matarlo de hambre, “porque yo soy más fuerte que tú”; compartir las miserias. Este hecho solo se verá interrumpido por las ausencias de Edgar, el de las canillas enfundadas en botas de montar, y la aparición del primo de Alice, Kurt, contrapunto ilusorio del hombre viajado, cuál será nuestra sorpresa.

Y dicen que esta fue la producción más aclamada de la temporada anterior. Qué podía esperar en tal caso sino tocar el cielo. Es verdad, quizá quiero ver otra energía en el escenario, otro asunto y no a mis ancianos abuelos, gran ejercicio actoral... Gran teatro, sí, del que no me alcanza, del que no me toca.

Por cierto, me pone muy nervioso que finjan repartir una baraja de cartas o comer una pata de cordero. Que se firme un cheque imaginario con un bolígrafo, uno de verdad, lo siento, estamos en un sitio o no lo estamos pero no estamos en ambos a un tiempo.

Sí, hubiera querido ver al Dürrenmatt del “Proceso por la sombra de un burro”, pero no, no era el día, ni el lugar... Ni la obra. Sí, la culpa es mía. Lo siento Sra.Espert, Sr. Bosch, Sr.Gómez. Mis respetos.
Afectuosamente.
Ícaro.
--
http://www.lacoctelera.com/elhombredeteatro

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2 Octubre 2007

Tocan a muerto

Escena primera
Un hombre se lanza contra otro, forcejean violentamente, el primero, el agresor tras vencerse, es golpeado violentamente, su defensa es débil, más verbal que formal. El estrépito atrae a dos hombres que sin mediar palabra lo inmovilizan y golpean brutalmente, uno de ellos, preso, como él, sobre la boca del estómago, certero y mortal, lo arruga, lo dobla. Cae. Los vigilantes, que no han participado, y los agresores se retiran parsimoniosamente.

Escena segunda
Desciende la luz, se mantiene lo suficiente como para que podamos verle levantar. Se vuelve hacia nosotros, magullado y ensangrentado. Dice así:

“Me ha roto, ha acabado... Ninguno de ustedes sabe los motivos por los que lo he hecho, ninguno de ustedes puede ponerse en mi lugar o saber cómo he llegado a este punto.

Fui condenado. A muerte. Tuve un juicio justo, mi abogado, gente de principios, un juez, el fiscal y un jurado, me encontraron culpable. Probablemente lo sea, sí. Yo en su lugar hubiera hecho lo mismo, las pruebas presentadas no dejaban lugar a dudas, la maté, y lo hice de forma abominable, alevosa (palabras estas que aprendí en el juicio), vil, ruin, ¡enferma…? No, no voy a decirles aquello de la sociedad enferma. Era absolutamente consciente de lo que hacía. La maté, sí, pero ¿Era verdaderamente importante que la hubiera matado o que me encontraran culpable? ¿He de morir por ello? ¿El que muera y lo haga de esta forma le traerá paz a ella? ¿Y a ustedes? Ya antes de que hubieran pronunciado sentencia yo estaba condenado, la expresión del jurado al oír los pormenores de la muerte eran suficientes para buscar un culpable y, desembarazarse de la pena, de la amenaza, quién puede vivir con ella.

Me dirán, que era consciente, que soy culpable, que he de pagar. Sí, les digo yo, pero se lo vuelvo a repetir no saben cómo he llegado a este punto o cómo me siento. Tampoco es importante, estoy muerto. Muerto por la gracia del estado.

Seguro se preguntarán si estoy arrepentido, pero créanme no estoy preparado para responder, aún no.

Hace doscientos noventa y ocho días que fue dictada sentencia, pena capital, pena de muerte, estoy seguro de que no son conscientes del significado de esas tres sencillas palabras. Tiempo he tenido para paladearlas, para rumiarlas uno tras otro, para digerirlas, devolverlas incluso. Pena de muerte, un bocado acre, un olor a habitación cerrada durante años, pena, una aflicción, una tristeza honda... Lástima de muerte.

¡Atención! Ustedes, yo, todos, podemos morir. Yo sé lo que es eso, morir, muero lenta pero inexorablemente, empecé a morir el día en que puse un pie en este corredor. Morir y matar, arrebatarle su tiempo a otra persona, nunca lo sabrán, no han matado a nadie, no han visto sucias sus manos. Es una pena, me apena, nos apena, nos sentimos apenados ante la proximidad de la muerte; la hemos desterrado, ocultado, por temor, por ambición ¡Viviremos mil años! La muerte no existe, si no la vemos no existe, si no la ejecutamos no existe. A diferencia de ustedes para mi no hay incertidumbre alguna, sé el día y la hora en que iba a morir. Esta, bueno, muerte administrativa, legal, precisa y proporcionada... civilizada en una palabra que estaba por venir ya no tendrá lugar. Se la he arrebatado.

Es por eso que lo hice, me lancé contra él, le sabía brutal y capaz. No es el “tormento” de las voces de Anna, no, sus súplicas cuando la maté, a medida que pasa el tiempo lo he ido olvidando. Ese es mi destino, ser olvidado. Supe que ese tipo me vencería sin gran dificultad, no vacilaría a la hora de matarme. No lo conocía, ¡Bah...! No se apuren, seguro habrá alguna razón, algo por lo que hubiera de pagar. Una barbaridad, dicen, su opinión ha de cambiar si les digo que está aquí, conmigo, en el corredor, ya pueden imaginar porqué. Me lancé contra él y bueno, ya saben lo que pasó.

¡Que liberación, Señor! Lo he meditado varios días, esos hijos de puta no me iban a matar como a un perro, no les concedería ese capricho. Lo he meditado pero por más que lo pensaba no encontraba la manera de hacerlo, no había forma adecuada de hacerlo. Más de uno entre ustedes quisiera verme pendiente de una soga, alguno incluso estaría dispuesto a ayudarme, a darme un empujoncito, ¿verdad? Es humano.

Lo hice sin embargo el día en que no me lo propuse, fue fortuito, fue accidental, fue eléctrico. Me di la vuelta y me fui contra él. Me dije, ya está, todo ha terminado, no habrá más padecimiento, ni el mío propio, ni el de Anna, mi víctima. Se han terminado el silencio y la soledad, y la espera. No había tiempo que perder.

Viéndome ahora, tal cual, aquí; agredido, calmado, resulta incomprensible, imposible saberme capaz de lo que hice. Es otra persona, es un recuerdo ajeno, de otra persona que se ensañó con esta otra, Anna, mi querida Anna. No era yo, era otra persona. Eso me permite, nos permite, seguir adelante. Ninguno de ustedes se ha visto en la situación en la que yo me he visto, pero eso no es importante, yo estoy aquí y ustedes no lo están. Dirán, nunca hubiera reaccionado igual, quizá no, quizá sí. No trato de justificarlo, cuando lo hice estaba ciego, sordo, no lo pensaba, es como un dolor, uno no lo piensa, lo siente, y sería capaz de cualquier cosa con tal de calmarlo. Es un acto involuntario, no hay que pensarlo, de hacerlo nunca encuentra uno el momento, es un dejarse ir.

Soy violento, sí, violento y brutal, y no merecía morir como un perro, no merecía esta muerte limpia, aséptica y formal. De veras he soñado con aferrarme a los brazos de mi verdugo, las manos sudorosas que se cierran sobre mi cuello. Necesito sus ojos clavados en los míos, necesito su aliento sobre el mío, que huele a miedo y saber como la vida se me va entre sus manos. Pero, no. No esta muerte burocrática, técnica, limpia. Qué clase de práctica impía es esta, que clase de orden es el que sustenta esta creencia, esa que trata, ya no a mí, sino a todos y cada uno de nosotros como si nada fuéramos, como si de un expediente se tratara, quién aplica y dispone. Me pregunto además, ¿es esta la suma de nuestras voluntades?, ¿es esto lo que quieren, muerte civil, muerte burocrática?, ¿cómo legitiman esta muerte, este vaciado? Porque eso es lo que hacen, legitiman algo que no tiene legitimación alguna, y lo hacen en aras del orden, del cuidado, de la sociedad, de la moral. No me miréis así, no quiero compasión, comprensión, sólo quiero pudrirme aquí el tiempo que resta. ¡Me están desollando vivo!

No me iba a dejar anular. Denme mi último esfuerzo, denme mis últimos instantes y no una sucesión de días muertos, denme el miedo a morir, me pertenece, no esta anulación, esta cosificación, esta barbarie. Sé de lo que hablo ¡Yo soy el bárbaro, ustedes los civilizados! Son ustedes que hablan de cuidados médicos, alimenticios, atenciones todas para morir mejor. Quiero el pulso acelerado, la adrenalina, no saber que está pasando hasta que un último suspiro me anuncie la muerte, una, humana, cansada, vital y no como deshecho.

Morir, sí, hubiera podido morir. De pena. No espero que lo comprendan, tampoco yo sé, cómo o por qué, tan sólo esperaba que no me supusiera una tortura, un vaciado. Lo merezco, me pregunto, merezco vuestro respeto, probablemente, no, empezando por el mío propio que perdí no se dónde ni cómo, quizá no hubiera nada que lamentar si me hubiera tenido respeto, si me hubiera guardado respeto. Pero morir, así, de pena, a manos de una administración, de algo inanimado, sin sentimiento ninguno, tratado no como una persona sino como objeto, como ganado. Pero, ¡Por Dios... No lo ven! Tratan mejor a sus animales, a sus mascotas.

Sí, soy culpable, merezco un castigo. Merezco la pena. Contra qué me he de enfrentar, contra quién. Cuál es tu cara ¡Muéstrate miserable! Cuál es tu rostro, cuál tu ánimo. Estoy sujeto de pies y manos; quieren que lo esté de conciencia, estrechan los grilletes de la pena sobre mi conciencia, se impone saber que no habrá nada más allá del espacio de los grilletes.

Quién eres tú, qué puedes contra los hombres. ¡Dispara miserable! Hazlo ahora, ante todos estos testigos pero, no, así, no, no me dejes languidecer entre los estrechos márgenes de los grilletes, no me dejéis morir de pena, de dolor.

¡Matadme!, ¡Ahora!, Por favor.”

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1 Octubre 2007

Un hombre que se ahoga, de Veronese

El CDN nos trae nuevamente a Veronese. Tuve ocasión de verle la pasada campaña con su "Mujeres soñaron caballos" que me dejó en la butaca incómodo e interesado, vamos, picado por la curiosidad y, no fue sino el pasado fin de semana que era capaz de entender y aprehenderla propuesta de Veronese. El suyo es un Teatro de lo Grotesco, -sin acritud sea dicho-, más extravagante que ridículo; Grueso. Vivaz e intenso. La creación, versión o adaptación, dígase como se quiere del clásico de Chéjov resultaba prometedora. La contención de Chéjov y el nervio, el ímpetu de Veronese, así como el plantel de actores, cuando menos resultaban dignos de interés.

El resultado sin embargo es desigual, y lo es por dos motivos, uno, el hilo argumental y, dos, los elementos técnicos. Vaya por delante el trabajo actoral, verdadero, extremo en algunos casos y lindando la extravagancia; reacciones infantiles, inesperadas, en hitos dramáticos que descolocan un tanto al espectador.

La puesta en escena y el conjunto de la obra únicamente permite atisbar un puñado de perlas, de escenas, de gran valor por si solas pero de difícil comprensión dentro de un todo. Por establecer un símil se me antoja un racimo de uvas, -por qué-, no encuentro solución de continuidad entre unas y otras escenas, el barullo en algunos casos y la falta de conexión en otros, me hacen admirar los pequeños trabajos y no tanto el todo, como decía. Obvio algún problema “de genero” que por momentos se colaba en el diálogo.

La puesta en escena, mínima, pone toda la atención en la palabra, en lo que está ocurriendo, sin embargo determinados elementos técnicos no ayudan a establecer una definición de los personajes. La relación emocional tiende a un exceso, a un cogerse, a un empujarse, a un no distinguir, y choca. Los personajes se erigen desdibujados ante las razones de unos y otros personajes con cierta ceguera, con cierta incertidumbre, lo que diluye el resultado. Es una abstracción de la que se levantan rasgos del personaje, destellos.

En suma, la puesta en escena puede resultar confusa y perder al espectador, una propuesta escénica me parece válida siempre y cuando respete una comprensión, una verdad. La propuesta ha de ser clara, mantener un ritmo.

El resultado es una asfixia, un ahogo, una bola en la boca del estómago. Quiero pensar que Veronese parte de una muy personal manera de entender el teatro, dejando a un lado supuestos técnicos, para, de manera poco convencional, dar voz a la emoción, una sin freno, sin contención, sin forma a veces.

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26 Septiembre 2007

Momentos estelares. La fotografía en el siglo XX.

Momentos estelares es una exposición única tanto por sus características como por sus dimensiones. En todo caso, no se trata de una historia de la fotografía sino de un recorrido por momentos y autores que han contribuido y siguen contribuyendo a su desarrollo y pleno reconocimiento como lenguaje creativo.

Comisarios: Hans-Michael Koetzle y Oliva María Rubio

SEDES
Círculo de Bellas Artes
Canal de Isabel II

La Vanguardia publica al respecto la siguiente noticia, destaco un breve estracto:

“La fotografía del siglo XX' recorre una centuria de la historia universal a través de 300 instantáneas de fotógrafos tan influyentes como Cartier-Bresson, Robert Capa o Riefenstahl, exhibidas desde hoy en el Círculo de Bellas Artes y en la sala Canal de Isabel II.
Hasta el 18 de noviembre, día en que concluye la exposición, las sedes de la muestra serán "el Museo del Prado de la fotografía", afirmó Hans-Michael Koetzle, comisario de la exposición, que reúne obras de 138 de los fotógrafos más destacados de la historia.”

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-yo creo que te comprendo – dijo la maga, acariciándole el pelo -. vos buscás algo que no sabés lo que es. yo también y tampoco sé lo que es. pero son dos cosas diferentes. eso que hablaban la otra noche… sí, vos sos más bien un mondrian y yo un vieira da silva.

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