25 Mayo 2008
Vivo cerca de una estación del metro cuya línea corre por la superficie. Siento por lo mismo que es de las más libres para viajar, viajarse y hacer una que otra locura con la cabeza. Acaso leer sea buena opción, poner apodos o, ya de perdida, evocar una rolita de la mano de los hermanos “vagoneros” que suben a vender los últimos éxitos de los piratas del ritmo.
Andaba en esas, seguro con unas fotocopias de un libro de filosofía cualquiera cuando… Ah no, miento!, miento! No, no, nada de eso.
Subí al tren para ir a casa de mi amigo Carlos, era sábado y si no mal recuerdo íbamos a ver a gente importante en alguna cantina de la colonia Roma. Si, claro que sí, ahora recuerdo, era una promesa de borrachera que me tenía un tanto cuanto emocionado. Así de simple. Cerveza de por medio uno a veces pierde lo que queda de cordura.
Abordé el tren en la estación Nativitas, cerca de casa, y desinhibido que soy pasé a tomar el primer tubo transversal que encontrè para asirme con fuerza por si al guey del chofer se le ocurría hacer un frenón marca rompe espinazos.
Imagino que iba en la vil pendeja, como solemos decir aquí a lo que elegantemente se le debe referir como descuido. O sea, iba distraído, pensando en no sé qué chingadera, cuando, por seguridad, opté por ocupar las dos manos para tener mayor control dentro del oscilante vagón.
Y así iba, con un airecillo refrescante de por medio, pasando estación por estación, colgado como gorila, fresquecito yo, tranquilo, disfrutando el viajecín hasta llegar al entronque de Pino Suárez para cambiar hacia la línea 1 con dirección a Observatorio.

No sé cómo, comencé a sentir una mirada insistente casi frente a mí. Era una señora respetable, 50 años acaso, cuya fotografía quedó tácita en mi memoria. Puedo decir que tenía los ojos de plato, fijos, imparpadeables, como si algo fascinante se le hubiese revelado frente a ella.
Una más, pensé. Nada nuevo bajo el sol. A veces uno, gracioso por cierto, debe tolerar el frenesí de los demás por el simple hecho de ser, estar, oler, caminar, viajar, qué se yo, pero esto así suele suceder.
Llegué a la estación de trasbordo y con calma pasé a seguir mi camino hacia la otra línea. Igual que antes, subí al tren dispuesto a un viaje placentero. Total, eran cuatro estaciones que debía alcanzar y esto sucedía rápido.
Pero oh! sorpresa. Ahora no era una, ni dos, eran tres las pasajeras, bueno, y uno seguro que desviado, que me dirigían una mirada impenetrable, un poco trastornada, y eso ya no me estaba resultando normal.
Sin soltarme de uno de los tubos que corre a lo largo del carro para asegurarse, comencé, ooootra vez, a recrear las historias que me tenían como centro de las miradas de esos inquisidores.

Desde el clásico “soy o me parezco”, hasta el “¿y si ya estoy loco y en verdad luzco como indigente?”, pasaron por mi mente, claro, sin dejar de mirar, yo también, ahuevo, a esos espejos de carne y hueso.
Pero descubría que su mirada era más que irreverente, como de reproche o regaño, como la de una mamá que de tantas razones que te ha dicho prefiere aseverar con la mirada lo que el idiota de enfrente nomás no alcanza a entenderle.
Es fácil para mí de repente librarme de estas. Suelo pensar que soy un ser único e irrepetible y que, en verdad, me vale un pito lo que piensen, hagan o dejen de hacer los demás.
Sin embargo, las miradas eran desde que subí hasta que bajé. Ora de frente, ora sesgadas, furtivas casi siempre, pero al fin miradas que van más allá de lo metiche que es la gente. Para mi consuelo, ninguna me incomodó. Simplemente me miraban y llegue a suponer que les resultaba gracioso que me colgara como chango del tubo. Y, como saben, lo que parece gracioso resulta muchas veces de enviada para los demás, de ahí la razón de esos ojotes de ojetes.
Ya en la estación Cuauhtémoc, alcancé la salida y, tras subir y bajar escaleras, llegué por fin a la calle, bendito río de gente que me entretiene con sus historias latentes. Ya hacia la casa de mi amigo siento una ráfaga de aire frío que me entra por todo el cuerpo, me deja expuesto y, ¡ah chis!, ingresa por la parte más noble de mi ser.
Pues sería que era tal la ráfaga que por todos lados se coló que… No, ¡ni madres!, gûey, ¡pendejo!, traía el puto cierre, bragueta para otros, totalmente hasta donde nacen mis nobles… ¡chingao!
Bueno, lo menos que pudieron mirar aquellos afortunados fue la marca Polo del boxer, pero…¡Futa! El boxer también lo traía sin asegurar el botón medio. Entonces… A ver, recreemos: una mano al tubo, las dos, colgado como chango, playera levantada en consecuencia, exposición inmoral, grotesco espectáculo.
Ese fue el festín de Paco. Más de 10 estaciones fui enseñando todo cuanto valgo, bueno, algo importante de mí, la parte más reprimida entre estos canijos, y ahora, otra vez, recuerdo aquellos ojazos de los compañeros de viaje. Si les hubiera preguntado qué tanto me miraban, ahí mismo me parten la madre. O, mmm, no sé, mejor les hubiera pasado charola, eso no se ve seguido, no al manos con esa elegancia.
Camino a casa de Carlos me subo el cierre discreto. Paso por el restaurante VIPS, registro la mirada coqueta de alguien; notó cuando hacía la maniobra. Atiné a señalarle que lo mejor había sucedido atrás. Sonrió, y mi gesto fue, otra vez, de fascinación por el espectáculo brindado.
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1 Marzo 2008

Era el cumpleaños de una de las mejores amigas de mi chava. Y junto con eso, era sábado, igual de billar, de fucho + chelas, de vino en el Travazares, de maratón de películas de ficción de mi cuate Carlos o, por las mismas, de sesión de setbox de Los Simpson, Cascarrabias y lo que se les ocurra.
Pero, ojo, las historias pueden cambiar con un telefonazo del “pollo”. Esa noche se haría algo distinto y punto (y a ver, ¡hazla de pedo!).
- Amorcito! Fíjate que es el cumpleaños de Yadhira y nos invitó a su fiesta hoy. Ya te había hablado de Yadhira ¿verdad? Es una amiga súper buena onda, estudiamos juntas el kinder, la primaria y la secundaria. Es…
- ¿Hoy? ¿Su cumpleaños? ¿Y qué va a hacer?
- No sé amorcito, pero pues vamos ¿no? Seguro va a hacer una reunión con sus amigos, un pastel, no sé, algo así; quedé que llegábamos como a las nueve.
No pos ya pa qué pregunta entonces chingao. “Quedé que…” es lo mismo que “y no estés chingando, pasa por mí que tenemos que estar a las nueve allá”, pensé.
No me procuré mucho para esta dichosa fiestecita. Digo, tengo la suerte divina de que con poco que me haga me veo poca madre (chale, no se rían). Mi novia iba toda guapa, siempre huele lindo y es de las pocas personas que invariablemente sabe combinar la ropa con los zapatos, el bolso y hasta los lentes. En cambio yo, chingao, nunca logro ubicar que el morado no puede ir con el verde pistache y así.
La fiesta fue en un salón común de la unidad habitacional donde vive Yadhira. Los primeros en recibirnos son una pareja de esposos, al lado la mesa con las viandas y al fondo un sillerío vacío. Por lo pronto, todo indicaría que se trataba de esas reuniones ñoñas de parejas donde se presume de todo, excepto de inteligencia. Ni modo, a sobarse la noche del sábado.
Pero el tiempo pasaba, y tras el saludo y felicitaciones a Yadhira y su hermana, quienes fueron llegando fueron sólo chicas: ahora la bajita, la bonita, la gordita, la malencarada, la, la, la, la. Iban como 15, y eso comenzaba a no ser razonable. Ninguna pareja más hizo presencia y el único varón que quedaba ahí era yo porque los primeros a los que saludamos como que se olieron algo y decidieron marcharse.
- Ay Lore, me acuerdo cuando cantábamos hasta la madrugada en el karaoke ---abrió la plática Yadhira. A mí me decían que cantaba bien padre. Creo que todavía conservo la voz. Tú cantabas muy bien. Mira, checa el repertorio, ¿por qué no cantamos una juntas? Y luego, Paco que se eche la suya.
Esta ya empezó de ideosa caramba, pensé. ¿Y ahora qué hago? en mi vida lo único que he cantado es “La Patita” y eso fue muchos años ha en el kinder, con la dulce motivación de la maestra Silvia que con muuuucho amor sostenía (jalaba en realidad) una de mis patillas mientras yo me entonaba. Esto ya se descompuso, pensé.
Pero en realidad lo bueno estaría por venir. Cada vez llegaban más damas (treintañeras digamos) y, de acuerdo con el repertorio y las primeras piezas que habían comenzado a ser entonadas por algunas de ellas, esa noche sería de dulce y gozosa venganza…contra los ¡hombres! … Y yo ahí.
En el monitor que tenía casi enfrente, y no se diga en las bocinas, se leía y escuchaba, una tras otra, frases como:

- Mentiras, tu me enamoraste a base de mentiraaaaas (La Lupe Daleresio).
- Rata inmunda, animal rastrero, escoria de la vida… (Paquita de las Lomas).
- Él me mintió, él me dijo que me amaba y no era verdad, él me mintió, la la la la la (La greñas Miguela Amando, o algo así)
Ya para qué les digo. Había un común denominador, la mayoría de chicas y señoras presentes eran divorciadas, separadas o lo que se le parezca, así que motivo no faltaría para pasar una noche de cantos, borrachera y odio, o amor a la inversa, contra los pobrecitos muchachos y señores.
Mi novia, siempre bien comportadita, todavía no decía esta boca es mía. Yo, en tanto, hacía cada vez visitas más frecuentes a la barra para soportar este pesar; mira que irse con todo contra los de tu género, no pos mejor otra de tequila.
Comenzaba a entender la diversión cuando, al lado, una chica derrama accidentalmente su copa al suelo y que me paro en chinga para ir por jerga y agua para ayudar a limpiar. No había hombres más que yo, y me comenzaba a dar una idea de que tenía que ser servicial o de lo contrario ahí mismo me llevaba el demonio.
Mientras iba por los artículos de limpieza, una idea comenzaba a apoderarse de mi cabeza; bueno, en realidad muchas. ¿Y si estas cabronas quieren que les baile en el centro de la pista?, ¿y si me encueran?, ¿y si quieren que les haga un cheapendeale?, ¿y si una se clava conmigo? Jijos, no mames, el único hombre ahí… y al lado mi adorada noviecita. No, ni madres, que se controlen, que se controlen.
A mi novia no le agradó mucho que comenzara a tomar actitudes de “bueno, ya que soy el hombre aquí, permitanme tantito, si quieren yo les sirvo la copa, ¿una botanita?, ¿más vinito?, ¿otro de Don Peter?”.
Aunque a decir verdad, esa para mí comenzaba a ser una tablita de salvación en medio del linchamiento que se estaba dando ahí. Si nomás porque me vieron movidito, que si no, fácil, al menos una, hubiera dicho “¿y este pendejo qué hace aquí?”, ¡Gulp!
Las señoras enfurecidas cada vez tomaban el micrófono con extrema fruición para cantar: “y por esa calle vive el que a mí me abandonooooo”, “que te vaya bien, que te vaya mal, que me importa ese no es mi problemaaaaa”, “y tú que te creías el rey de todo el mundoooo…”
Sabiamente me senté al lado de mi chica y le comenté la grandiosa idea de ser mesero por una noche…

Eso bastó para que, cuando comenzaba a ponerse bueno aquello, me tomara de lmano, llamara a Yadhira y comenzara a despedirse, bueno, a despedirnos.
- No, Loreeeeee (un poco fresa el asunto), ¿pero por qué se van?
Respuesta que le rondó la cabeza a Lore pero que su decencia le impidió decir: Porque a este baboso ya se le comenzaron a ocurrir magníficas ideas para esta noche.
Respuesta que sí dio la diplomática Lore: Es que mañana tenemos que ir tempranito a una exposición y eso de levantarse es como complicado, tú sabes.
Y yo: Amor, ¿no estaría chido que en esta “su” noche alguien, un hombre, yo, les sirviera pues como de mesero o algo así? Digo, la idea es que la pasen bien…
Lore: Cierto, buena idea, pero que lo contraten, tú no eres mesero. ¡Vámonos!
Y en el fondo: Ese negro tiene tumbao, tiene tumbao (Celia Cruz, creo)
Yo: Pos sí, pero ya me voy, mejor dicho, me llevaaaaaaannn.
En el coche: Ash amor, a ver cuándo volvemos a venir a una fiesta de estas ¿eh? Me sentía como incómodo.
--Incómodo, incómodo…, y ¡madres!, qué buen portazo se llevó el vocho.
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3 Septiembre 2007

Que no vaya a ser estigma por favor, no quiero dejar de ser honesto con mis historias sólo porque alguna de ellas me marque y sea motivo de cotilleo a mi paso por los salones imperiales.
Pero fue así. Se trata de una de esas escenas de la vida únicas, irrepetibles, con su propia huella si lo quieren.
Algún día, en alguna tarde, en algún salón de una oficina de gobierno, en un acto con prensa, justo cuando iniciaba el evento me entretenía placidamente con un piqueteo a mis fosales nasales hasta que, lógico, logré aprehender una de esas cosas que damos por llamar “moco”.
En esas estaba cuando me comenzó a invadir un poco de pena. Sin abandonar al sujeto aprehendido saqué mi dedo índice de la mano derecha y el tal moco me lo traje conmigo para dejarlo un poco expuesto al aire.
El evento seguía y yo, mientras, con una mano sostenía la grabadora con la que captaba el audio y, con la otra, como ya lo he dicho, mantenía la masa mucosa, haciéndola bolita para, en un momento adecuado, desprenderme con elegancia y simpatía de ella, aunque no sé si también con un poco de tristeza.
Pero metiches que no han de faltar, mientras pensaba en la mejor forma de deshacerme del moco se me acerca una compañera periodista y, sin miramientos, y sin siquiera verme, menos a mi moco, apresurada me pide que sostenga por un momento su grabadora y justo procura ponerla en mi mano derecha, habitada en uno de sus dedos (o tal vez dos) por el gracioso ser del que ya les he hablado.
Como pude, en un pase magistral, logré pasar el moco a la mano izquierda para enseguida sostener la grabadora de la periodista. ¡Me salvé, y también a mi moco!
Apenas gozaba de este inicio de gloria cuando, quién lo puede predecir, desde el otro lado del salón se deja venir un viejo amigo a saludarme. Eran más rápidos sus pasos que mi manera de pensar para saber cómo putas lo podría saludar sin comprometer mi querido moco que, para entonces, espero lo comprendan, ya comenzaba a formar parte importante de mi historia en ese día.
En otra jugada maestra, logré ponerme una grabadora en cada mano (cuidando en todo momento a mi amiguis) y, con ese pretexto, pude recibir el saludo en la muñeca del lado derecho, no sin una dosis de comprensión y, seguro, de buen pensamiento de parte de mi cuate hacia mi persona, quien sin duda pensó: “’¡Qué trabajador es este cabrón!”.
Volví a colocar las dos grabadoras en mi mano izquierda y, con la derecha, comencé nuevamente a consentir a mi moco. Para entonces me era trascendente su existencia y si habría de perderlo tendría que ser de una forma honrosa para él y para mí.

No sé cómo me dejo llevar por la pendejez (tal vez por los discursos dormilones que se daban en el evento) que una grabadora la coloco en mi mano derecha y en un descuido hago que se pegue el moco en el cuerpo del aparato de colores plata y negro.
Era la grabadora de la reportera, lo que me pareció sensato que se embarrara un algo de moco. Pero con lo que no contaba era que justo en ese preciso instante la chica me pide lo que me encargó y, otra vez sin verme y como parte de su actuar acostumbrado, prácticamente me lo arrebata con todo y moco.
“’¿Y ahora cómo rescato a mi amigo? Ah no, este no se puede ir así nomás como así”, y con este pensamiento me entró una preocupación seria que ameritaba toda mi energía.
-- Oye, un favor, ¿podrías ahora tú detenerme un segundo mi grabadora? Sólo un segundo –y en otro estupendo lance, tras hacerme güey dizque amarrándome una agujeta, pedí mi grabadora pero ahora, como ella, arrebatando la otra, la suya, en una bien planeada confusión, hasta que logré ubicar a mi moco y rescatarlo de la posible furia de una extraña.
-- Perdón, perdón, es la tuya (“lo tengo, ahuevo que lo tengo”, sonreía mientras sentía la materia mucosita jugueteando otra vez entre mis dedos), esta es la mía, gracias, mil gracias.
Y la otra, tan babalucas: “no, de nada, de nada”.
Bueno, ya, era mucho estar pasando con mi moco ahí. El evento iba ya para la media hora y yo resolviendo pendejada y media con este amigo. Ahora comenzaba a pensar en qué parte depositarlo, algo que resultara heróico y glorioso para ambos.
Y como suele suceder, mientras mis ojos recorrían el salón para ir pensando qué hacer con mi moco, dónde dejarlo y cómo comenzar a recordarlo, se cruza por mi mirada un pendejo de esos bien modositos (“cosita linda”, pensé), de los que sabes que existen, te resultan absolutamente insípidos y, no obstante, te logran dar grandes ideas en momentos como en el que me encontraba.
“Mira nada más, querido moco, se me hace que esta tarde, y no sé hasta cuándo, viajarás en un saco Hugo Boss, con aromas que, si no me falla el olfato, son provistos por un tal Ralph Laurent. ¿Cómo ves querido moco, qué mejor manera de terminar con esto no?”, me cae, creánmelo que eso le pregunté, claro, en voz muy pero muy baja.
Hice lo necesario para colocarme cerca del cuerpo-vehículo que se llevaría mi moco. Lo demás fue sumamente fácil: puse a rodar una moneda de cinco varos de tal modo que se detuviera atrás del individuo. Por supuesto que cuidé que sonara la caída de la moneda, pues cuando se trata de dinero todo mundo pone atención y espera que, a huevo, sea la suya.
De inmediato me agaché antes que otros para levantarla y, tras incorporarme, muy como si nada, sabedor de que sería el héroe junto con mi amigo de esta peliculilla, ágil y veloz me disponía a tocar la espalda de quien les he hablado, cuidando que lo que traía entre mis dedos quedara, incólume, en alguna de sus hombreras.
Pero no fue necesario. Pasó algo mejor. El modosito volteó antes que yo alcanzara su espalda para dizque decirle que se le había caído una moneda y, reconociéndome, jubiloso se acercó de más. Político que era, acudió a abrazarme y darme las clásicas tres palmadas acompañadas de un “mi hermano, ¿qué gusto, cómo andas?”
Antes que pudiera responder verbalmente, fui vehemente con mis respectivas palmadas a la contraparte. Una de ellas, no sé cuál, iba cargada con un pequeño misil que se confundiría con el color oscuro del traje.
Era tanta mi emoción que no atiné a decirle mucho. Medio balbucee algo, la vida de mi moco me pasó en un segundo y sólo me aseguré que, en efecto, ya no estuviera conmigo.
Desee buena suerte a ambos seres. Mucha más al que, a partir de ese momento, podría comenzar un largo viaje.
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29 Agosto 2007
Por Carlos Rodrigo F. Sáenz
El C. Presidente Legítimo del Molocotongo ha pedido espacio aquí para dar a conocer como primicia el discurso que usará durante su Informe de Gobierno a la Nación. Obligado por sus fuerzas armadas, y amenazado con la posibilidad de que el C. Presidente haga un escándalo en la vía pública (como quitarse las medias, romperlas y colocárselas en la cabeza hasta medio asfixiarse), he decidido abrir este foro para tan insigne expresión.
Nota 1: Léase esto con voz tipluda e intrigante. Y levantando el dedito, pero con cuidado de no picarse la nariz o sacarse un ojo.
Nota 2: Todos los eventos, personajes y situaciones aquí descritos son obra de la mente afiebrada de quien escribe, producto de la indigestión de la comida corrida de la tarde, así que ya saben: cualquier semejanza con la realidad es puro empacho.
Se aproxima, con paso bien calculado al estrado, enfundado en su botarga mesiánica hace la señal para que los aplausos inicien.
Se le presenta como “el Molocotongo Legítimo”, casi divino y plenipotenciario a tres metros cuadrados a la redonda y zonas ligeramente circunvecinas.
Toma en sus manitas el micrófono, duda que sirva, lo prueba y eructa ligeramente antes de iniciar su Primer Informe:
- Pueeeblo… ¡Patriotas, patriotas de la Patria!
Estamos aquí reunidos en conjunto para conjuntar este conjunto de datos que en su conjunto son un Informe muy bien conjuntado, ¡y el que logre desconjuntármelo será un gran desconjuntador que me odia y no es patriota de la Patria!
Les vengo a decir que este primer año, que es el primero, no será el segundo, ni el tercero, pues es ya… ¡Ya es el primero!
(Aplausos a rabiar ante la elocuencia congestionada por el llanto apenas contenido del orador)
Les aviso que ya hay resultados de mi Gabinete, compuesto por patriotas que viven del dinero que ustedes dan jaja ja ja… Me río porque me acordé de un chiste, no por otra cosa como mis enemigos innombrables dirán.
Como les decía, el Gabinete Legítimo, que son casi tan molocotongos como yo mismo, trabaja en las áreas prioritarias de los intereses que nos han juntado; hasta el momento son dos compas por área, que se turnan cada mes. Uno la hace de Secretario y el otro de la secretaria, y cada mes intercambian roles, y si les duele, cambian antes.
Les digo también que estamos combatiendo la riqueza, ya estamos forjando un plan nacional de pobreza ciudadana para convertir a todos en indigentes, tras lo cual, el gran logro de mi legítima administración, será el de dar limosnas oficiales hasta agotar las arcas nacionales, para acto seguido salir corriendo con lo que haya quedado, en reconocimiento al deporte nacional.
O, si lo prefieren, pueden elevarme al poder más absoluto, para que al igual que mi ídolo Chávez, convertirme en dictador y hacer lo que se me de la gana, al fin y al cabo que ya conozco lo agachones que son.
Hemos instaurado la esquizofrenia como modelo y plan de desarrollo, sustentada en mi gran ego, y dirigida específicamente a todos aquellos que aun creen en los Reyes Magos.
Y les aviso, que si no les gusta, serán declarados traidores a su líder máximo, o sea yo, el Molocotongo Legítimo, y les diré que no son patriotas de la patria, les quitaré sus canicas y los miraré feo en la calle.
Y bueno, ya me cansé. Háganme los honores porque ya me quiero ir.
Si no ando muy crudo, les prometo que el día de la Independencia les digo más insensateces para emocionarlos, o mínimo para que aplaudan de nueva cuenta.
Eso es todo.
El Estado soy yo, coman pasteles, y después de mí, el diluvio… ¿Por cierto, recuerdan a Abdalá Bucaram? Espero que no, porque al que me compare con él es un traidor al pueblo, un innombrable, y le hago con el dedito -.
Aquí viene el estruendo de los aplausos.
El Líder, el Caudillo, el Mesías, el Molocotongo Legitimo ha abandonado el edificio.
Nota 3: En realidad es una moraleja, comer barato puede ser un peligro.
servido por Francisco
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17 Agosto 2007

Dominguito sabroso, cafecito mañanero imperdonable, levantarse pensando que las quecas esperan y luego, pues luego ya veremos, total, barriga llena corazón vamos viendo qué hacemos.
En esas estaba el día cuando decidí salir a caminar cerca del mercado Portales, colonia donde vivo. Me gusta hacerlo seguido, la zona se llena de todo tipo de personajes, desde lo más popular hasta lo fifí anticuado.
Y justo un personaje poco comprensible, rucona como de un ochentón, se puso frente a mi, detuvo mi caminata matinal y que me sorprende con un “oiga joven, ¿no sabe dónde hay una como heladería en una esquina cerca del mercado?”.
“¡Ni puta idea!”, pensé para mí. Hice un giro de 360 grados sobre mi eje y ni madres, ninguna chingada heladería. Y ahí tienes al baboso del Paco: “Mire jefa, no sé, pero ahorita la buscamos, usté no se preocupe”. Y pa pronto la ñora se cuelga de mi brazo izquierdo y a caminar la Portales, qué chingados.
Una calle, dos, tres, y ni madre. Yo veía a la viejita que nomás sacaba la lengua pero no decía nada. Comenzaba a apurarse porque, en serio, no encontrábamos ninguna heladería en ninguna de las cuatro esquinas que dan al mercado y entonces se me ocurrió algo genial.
-- Señora, mire, ¿y si mejor le hablamos a un familiar? No sé, dígame, ¿con quién vive?
-- Vivo con mi hija, pero no, no se preocupe, ahorita encontramos el lugar. Es que al lado de la heladería vive doña Cuquita, mi amiguita, todos los domingos la visito pero ahorita no estaba, me abrió su hijo y me dijo que si gustaba esperarla o si regresaba en un ratito más. Se me hizo fácil caminar para hacer tiempo y mire, ahora ya no sé a dónde es.
-- No se preocupe –salí con mi batea. Vamos a encontrar la casa de doña Cuquita. Dígame, ¿por dónde llega usted normalmente?
Y ahí tienen a doña ruquis braceando para allá, para acá, hecha camote y de paso yo también. En esas le logro entender que llegaba por el Eje 7-A Sur, Emiliano Zapata, que bajaba en la esquina de un banco “y de ahí pa dentro, todo derecho, derecho…”
Ahí vamos, cual nieto con su abuela sacándola a pasear para que no se quede enjuta sin que nadie se dé cuenta que existe. Caminamos fácil otros 15 minutos y lo único que pensaba es cómo era la “hijita” de la doña, seguro tan ojéis como para deshacerse de su madre los domingos y tener cancha libre para retozar a gusto con el amante en turno. “Inche vieja”, pensé.
-- A ver doña, ¿es aquí? ¿Ese es el banco?
-- Ay m’ijito, ya no me acuerdo. ¿Creerás que no me acuerdo?
Nooooo, si no nomás creo. Chingado, y yo que planeaba un dominguito apacible.
-- Mira, mira, ese es el banco (era de esas esquinas con dos sucursales distintas). Es aquí, todo derecho, ahora sí, todo derecho.
Respiré un poco, pero igual, no estaba del todo cierto que debiéramos caminar todo derecho.
Y ahí vamos de regreso, una, dos, tres, chingo de calles y la ruquita todavía con sus dudas de “no veo la heladería”, “ah, esa es la jacaranda”, “no, pero es que esta tienda no estaba”. Je, je, ¡qué pinche divertida me estaba dando!, ¿y dónde putas estaría la hijita de doña ruquis?
-- Oiga, yo digo que ya mejor le hablemos a su hija, ¿se sabe su teléfono?
-- Este, eh, este, pero no joven, mire, ¡aquí es, aquí es!
Ah chingá, pero si por aquí ya habíamos pasado una y otra vez y de pronto sale con que ya llegamos. ¿Y eso?
-- ¿Está segura? A ver, toque.
Y sí, sale un joven todavía más pendejo que yo, la reconoce y le vuelve a decir, pa suerte de perro, que todavía no llegaba la cabrona de doña Cuquita.
No, pero ahorita le hablamos a la hija, la ñora va a querer otras vueltecitas y ahí sí, ya no le entro, de plano.
-- Déme el teléfono, no, mejor su dirección, a ver, despacio, la estoy apuntando, ahorita paro un taxi y le digo que la deje hasta su casa. Usted tranquila…

Y cuando estaba a punto de parar el taxi… "No, joven, no, mire, la verdad es que me escapé de casa, todos los domingos visito a doña Cuca, con la ayuda de un familiar, claro, pero esta vez mi hija no tuvo tiempo de traerme, tampoco mi nieta, y la verdad esto es lo único que espero cada semana, ver a mi amiguita, disfrutar un helado con ella. Si mi hija se entera que salí y me perdí nunca más me dejará venir aquí como lo he hecho otras veces sin que se de cuenta. Aquí déjeme, gracias por todo, yo ahorita la espero, ya de aquí no me muevo".
¡Gulp! Ahora sí pinche paquito, a ver di algo, inche ojete, mal nieto de todas las abuelitas del mundo.
Los ojos de un tremendo azul profundo de la señora comenzaban a llenarse de lágrimas. Yo estaba hecho un estúpido frente a ella, admirando la osadía de quien arriesga todo por un buen momento, por la amistad inextricable, por la fuerza de las personas adultas, ancianas, por rascar lo más a la vida, sin más miedo que dejar de hacerlo.
-- Señora, yo, yo… si quiere la acompaño otro ratito hasta que llegue su amiga.
-- Me conformo con que no le diga a mi hija. Que dios lo bendiga, gracias por todo –y que procede a dibujarme una inmerecida cruz en la cara.
-- Señora, yo, chale (ahí con que mi abue, qepd, se entere, me va a agarrar a varazos).
Tanta tristeza para terminar con esto: señores, señoras, cuando sea eso, procuren que no me las tope de frente (a sus abuelas), no estoy dispuesto a que el domingo me termine tumbado en la cama pensando en lo cuyeyos que son por no sacarlas a pasear cuando a las señoras se les hincha la chingada gana.
Cuídenlas, un justiciero anda suelto.
servido por Francisco
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3 Agosto 2007

Hambriento, fatigado por una caminata de media tarde, resolví entrar a una tortería del centro de la Ciudad de México buscando, primero, unos tacos dorados, luego unos de bistec y si no, qué más, estaba en una torteria, pos una torta.
Sin clientes a esa hora, todo indicaba que sería despachado de “volón”. Solo que me encontré con un tortero medio bisoño y, como mesera, una señora que, la neta, se veía medio “peinada” y poco caso me hacía. Tan es asi que a media voz pedí una “coca” fría y ni quien me pelara.
La dama sólo se ocupaba, fúrica, de buscar los ojos del cocinero, y él, clavados que los tenía en la preparación de la torta rusa que le pedí (milanesa, pierna y quesillo), se hacía como que no pasaba nada y que, ah, cierto, había que atender a un “inche” metiche.
Como al tercer tosido que di, la señora arrastró los pies para ir por mi “coca” (si sí me oyó, nomás que tenía cosas más importantes que hacer, supuse entonces).y me la dio debiéndome el popote, sin siquiera verme, pues toda su intención estaba en quien en esos momentos estaba tras la estufa, las teleras y la mayonesa y cuantas cosas más.
El señorón seguía clavado en la “tortuga”, con una risita media nerviosa, sabedor de que algo bueno vendría, casi casi, podemos adivinar, una madriza en casa.
--Sale la rusaaaa –gritó el moreno señor, para enseguida tomarla la señora, pasármela con el mismo desdén y, ahora sí, “ven para acá papá, vamos a comernos un pollito”.
Justo se sentaron en la mesa detrás de mí. Y que la señora abre fuego, a bocajarro:

--Primero me dices que no irías, luego te tomas la molestia de marcarle y decirle que no vas y ahora me llama para reclamarme que yo no te dejo ir.
¡Gulp!, por poco me atraganto. “Si se arma la de San Quintin les quedo al ladito y no alcanzo a ver por donde vendrá el primer chingadazo”, pensé.
El silencio del tortero irritaba más a la señora.
--Cuando fue lo de la vieja aquella, bueno, era comprensible, pero ahora, ¿qué es esto…?
Más silencio. Mas encabronamiento.
--Tú mismo le das alas, ¿o no? Si no te interesara simplemente tiras de a loco al otro y ya… Ah!, pero no! Hasta hablas para decir que no irías, pero que dejabas abierta la cita para otra ocasión.
Hasta aquí todavía no sabía cuál era el pedo, pero la neta la torta estaba muy rica, con los frijolitos desbordando y el el aguacate en su punto.
--Mira, te la volteo. Es como si entrara una “vieja” al local y de pronto me coquetera, se me acercara, me tratara de besar, y aunque yo la rechazara no le diría que no, aunque no le haya dicho que sí. ¿Me entiendes?
“¡Ah chingá!, menos entiendo”, seguí pensando mientras tomaba un poco de refresco para ver si así me desapendejaba.
--Claro, claro, si te ofrece que te comprará esto, que te dará l’otro, no pos la ambición es cabrona ¿no? Pero entonces no digas que nomás le das el avión, si hasta te tomas la molestia de llamar para cancelar y eso si que no me lo dices. A menos que…ocultes algo, y ahí sí, pos ni qué hacer.
“Futa, ¿qué ocultara este güey?”, me pregunté, viendo casi el fin de mi torta.
--Mira Nicolás, nomás te digo una cosa, y eso lo sabes muy bien, este chingado viejo anda trayendo comiendo de su mano a varios cargadores de La Merced (emblemático barrio donde hay digamos que de todo, y todo es todo) y pues, si sigues así, pos ni modo que no piense que igual, más que dinero lo que pasa contigo es que eres igual de joto –sorrajó la “ñora”, valiéndole queso, de plano, que yo estuviera ahí. Ahora, si es así, pos dímelo, total, así me ahorro que el cochino me llame para reclamarme que no te dejé ir a comer, que tenían una cita y que por mi culpa no fuiste. Comer, ajá, comer…
“¡No manches!, el tortero salió puñalón, con razón ni habla el güey”, deduje de inmediato. Quise voltear para ver, capturar su rostro y llevármelo con la bochornosa anécdota, y me topo con una mirada perturbadora. La señora seguía con su perorata y este con los ojos de chivo loco.
“Me cobra por favor”, le digo a la señora y, para no desentonar, me deja con el billete extendido y mejor se “jala” hacia el bañito con unas ganas incontenibles de llorar.
El tal Nicolás, en tanto, se levanta del lugar donde lo “calabacearon” y pasa a su barra para darme el cambio. Me devuelve entre las monedas unos billetes que, aprovechando, me entrega con dos apretones de dedos y una sonrisa de “pues sí y qué, regresa pronto y prometo que ya no estará la leona”.
Ni con una jauría este cabrón escarmentará. Obvio, huí.
Fotos tomadas de participantes en flickr.com
servido por Francisco
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26 Julio 2007

Imagen de: http://www.psturn.hpg.ig.com.br/Imagens/Indigentes1.jpg
Regreso aquí porque es irresistible el efecto de la mirada a la realidad. No puedo ocultarlo más, ni siquiera evadirlo. Lo que llevo en la mente, lo que queda en mis ojos, las imágenes que me sobresaltan día a día, son gotas continuas que se acumulan en este deseo irrefrenable de expresarlo.
Vuelvo a abrir la ventana, no cualquiera, esta universal, inmediata y duradera, milagro de la tecnología y de esta conexión inevitable que ahora nos tiene leyendo la página.
Va pues. Este jueves viajaba en el metro hacia el trabajo, y al hacer la conexión con la Línea 1, lo primero que escucho al abordar el tren hacia Observatorio, en la estación Pino Suárez, es una voz estentórea, ronca como la frustración y la amargura, que dice: “¡Malditos, ávaros, desgraciados, viles!. López Obrador ganó y nos robaron la Presidencia”.
Era una mujer, 60 años a lo sumo, sumida en la casi indigencia, sentada en uno de los asientos individuales y rodeada involuntariamente por seres masculinos, de rostro moreno, de agrio gesto y duro destino. El trabajo los esperaba y, mientras, se recetaban gritos temerarios de una señora que, para hacerla fácil, podría pasar como loca.
Pero ocurre que mucho de lo que decía era cierto, coherente, informado. Ocurre que repasó algunas promesas de campaña de Fox, juntos con sus incumplimientos, y algunos detalles de la accidentada llegada al poder por parte de Felipe Calderón.
Entonces quienes rodeaban a la señora eran otros. Seres atentos haciendo bolita a alguien que parecía líder. Entonces las miradas que se cruzaban en el vagón eran de comprensión y conciencia, de asumir que algo pasó y que todavía no hay explicaciones suficientes para eso.