El príncipe y el mendigo
Uno
En el Londres de la primera mitad del siglo XVI, un día nacen dos niños. Uno es esperado por todo el reino y su arribo al mundo da lugar a las más efusivas muestras de felicidad, agradecimientos a Dios incluidos. El otro viene a importunar a su familia con su presencia. Eduardo y Tom, príncipe y mendigo respectivamente. Los mismos que, unos años después, intercambian papeles por accidente gracias a su extraordinario parecido físico. Una estupenda excusa para que el príncipe descubra las injusticias de la sociedad a la que gobierna y el mendigo las miserias de la corte y de la vida principesca. Y, con ellos, los lectores.
Dos
Este es el tipo de novela al que me parece justo y necesario rendir todos los honores. Mark Twain, digno exponente de esa nutrida lista de grandes novelistas decimonónicos, escribe con El príncipe y el mendigo una novela en primer lugar muy entretenida, cuyo vértice son las acciones y cuyos episodios tienen carácter de necesarios en la historia que cuenta. Escribe también una novela emotiva, con la que el lector se puede sentir identificado aun cuando jamás haya sido mendigo ni príncipe. Escribe, además, una implacable crítica social que se centra en el siglo XVI inglés, por supuesto, pero que, analógicamente, puede hacerse extensiva hasta nuestras tierras y hasta nuestros días.
Tres
De pequeño conocí la cinta animada de Disney inspirada en la novela. No la he vuelto a ver, de modo que no sé si esa dimensión de crítica social del libro se traslade de alguna forma a la película. Podríamos pensar que Disney mutila las obras clásicas y le da a los niños su versión edulcorada. A mí me parece que acerca dichas obras a los niños, aun cuando ciertos aspectos de ellas queden suprimidos. Y quizá esa entrada sea también una puerta por la que esos niños, pasados unos años, accedan a las obras que inspiraron esas cintas.



Carolina Gonzales dijo
Pésimo libro!!!
2 Septiembre 2007 | 02:35 AM