Carta sin terminar a mi mismo por La Habana
"... a la familia cubana, la de aquí, la de allá, la de todas partes. Trato de decirle al mundo que tanto odio, tanta desilusión, tanta distancia, tanta nostalgia, tanta traición, tantas fronteras, tantas banderas, tantos gobiernos y tantas orillas se parando a la misma familia, solo nos conduce a descubrir que al final, no sirvió de nada."
Carlos Varela

Caminando por Orealy o por el Vedado. Asumiendo la revolución como una materia mía, prestada pero mía.
Ese amor donado que me dio mi padre y su vida por esta gente orgullosa y alegre, esa alegría media entrometida que vivimos el 71.
Me recuerdo en la plaza de Valparaíso, viendo a lo lejos con mis 9 añitos junto mi viejo comunista, antes durante y ahora "al" Fidel.
No sé si cada vez me es más difícil querer la revolución o es que cada vez nos hemos entregado a la desilusión del oprobio neoliberal, no sé ni nunca lo sabré ni pretendo entenderlo.
Soñar la igualdad pero escuchar la pena de un músico sin futuro que se gana la vida con su saxo de mil doscientos dolores es casi igual a mi pena enorme por, ahora mi Cuba querida.
Me duele Cuba, me revoluciona mis amores, me cuestiona la cuestión de la revolución, me caga la vida, me cuida y desprotege.
Me fui lleno de dudas sobre Cuba y me devuelvo ahora con otras dudas, las mías, las de mi vida.
Cómo hacer para que los mojitos no se te crucen en ese afán revolucionario de ni siquiera comprarte una aspirina sin convertibles?
Cómo no dejar de sentirme que ese es el paraíso pero que los hombres lo hemos descuidado tanto que no sé si sobreviviré para verlo habitado.
La Habana descuidada, vigilada, Habana negra del son y el candor. Ciudad culta y hermosa mi pena no te sirve para salvarte, porque no sé si te quieres salvar.
Malecón de noche, camino, siempre camino.
Malecón con candombe y lujuria, con alegría improvisada que huele a la verdadera alegría, esa que te brota furiosa de las entrañas cuando tu alimento es sólo el Ron, la música improvisada de los bronces que me regala esta capital y ya es de noche.
De caminar bailado de andar sigiloso, de andar “cuidao”, los habaneros no sudan como mi tarde en el Capitolio.
Ahora que estuve, me quedan más preguntas que en la partida, curioso si me alegró conocerlos, a ellos los cubanos. Pueblo bello y simple, pueblo que duda y que como los hijos de Guillermo Tell se aburrieron de la manzana en la cabeza.

Javier Cañada dijo
Felicidades. Me ha encantado leerlo.
27 Abril 2006 | 11:17 AM