En un apartado del libro de poemas "De donde nace el viento", titulado "Homenaje", dediqué un soneto blanco, partiendo de un verso de cada uno de ellos, a catorce poetas. Lógicamente no están todos los que merecían tal homenaje, pero los que figuran e irán apareciendo en futuras entregas, son acreedores del mismo. Probablemente fuera un ensayo para un libro futuro, y aún pendiente, en que aparecerían muchos más, pero la cosa quedó ahí. Y tal vez me anime cualquier día a concluir lo iniciado. Al tiempo.
Y, siguiendo el orden del libro, comienzo por Don Francisco de Quevedo, como se habrá colegido por el título, un verso del soneto publicado en este blog el 17 de abril y que no voy a repetir ahora. Como la idea es acompañar mi soneto con el poema de donde estraje el verso inicial, transcribiré otro excepcionalmente en esta ocasión.
FRANCISCO DE QUEVEDO
Y en músicos callados contrapuntos
ciframos nuestras charlas solitarias,
diálogos de muertos y de vivos,
porque así lo quisiste y yo lo quiero.
Vamos a hablar, irónicos si gustas,
de mujeres, defectos y validos,
del amor y la muerte tan eternos
como tú que has bebido sus licores.
Más allá de los versos quiero hallarte,
retroceder el tiempo hasta tus pasos,
hasta estrechar tu mano con m muerte.
Luego nos iremos caminando
junto a los muros de la patria nuestra
blancos de sol, de olvido y de abandono.

SALMO XVII
Miré los muros de la Patria mía,
si un tiempo fuertes, ya desmoronados,
de larga edad y de vejez cansados,
dando obediencia al tiempo en muerte fría.
Salíme al campo y vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados,
porque en sus sombras dio licencia al día.
Entré en mi casa y vi que, de cansada,
se entregaba a los años por despojos.
Hallé mi espada de la misma suerte;
mi vestidura, de servir gastada;
y no hallé cosa en que poner los ojos
donde no viese imagen de mi muerte.
servido por Jesús Andrés
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En algún lugar he leído el slogan “regálate un libro”. Y siendo el libro algo personal es una opción acertada.
Comencé a regalarme libros en una feria del libro, allá por la década de los setenta, en Valladolid. Hasta entonces leía todo lo que había en casa, que no era mucho y lo que pillaba en bibliotecas escolares y de prestado. Fue en el stand de la desaparecida “Zero-Zyx”, luego vinieron las librerías, los paseos dominicales por Cantarranillas -el rastro vallisoletano-, la adquisición de la Gran Enciclopedia Larousse a domicilio…Y mi biblioteca comenzó a crecer al ritmo que yo le imprimía a mi vida. Libros comprados, regalados, perdidos, llegados de no se sabe dónde y muertos no se sabe cómo conforman mi biblioteca, más escasa de lo que desearía y más reducida de lo que es menester para albergar los volúmenes que se apilan en el trastero y en el recóndito lugar del alma donde dejo los libros que quisiera adquirir pero no puedo.
“Cada libro es el resultado de una voluntad, y por eso mi biblioteca no se parece a otra alguna, como mi retrato no se parece a nadie más.”, escribió Guillermo Díaz-Plaja. No voy a hablar de mi biblioteca por no alargarme demasiado y no desvelar interioridades que no vienen al caso.

Un noble italiano llevó a un cordelero a ver la bahía de Nápoles, y cuando sus ojos contemplaron el inolvidable espectáculo de aquel cielo azul y aquel azulado mar y un bosque de jarcias y mástiles entre ambos, el cordelero exclamó: “¡Qué de cuerdas!” ¡Qué de libros!, exclamamos nosotros ante el espectáculo de las casetas y los escritores perdidos en un mar de páginas y portadas a cual más sugerente que pueblan por Sant Jordi las principales arterias urbanas de las ciudades y pueblos catalanes junto al cielo rojo de las rosas enamoradas.
Un joven yanqui buscaba un regalo aceptable para una amiga. “Regálale un bolso.” – “Ya tiene uno.” – “Una polvera.” – “Ya tiene una.” – “Un libro.” – “Ya tiene uno.”
Hay, desgraciadamente, gente para la quien un libro es solamente un motivo de adorno.
Sócrates no escribió ningún libro. Él mismo era un libro.
(Recreado de “Cosas y gentes”, de Salvador de Madariaga)

Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden
las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.
De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brincan los muros, pero inútilmente.
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.
Jorge Luis Borjes:”Poema de los dones”

Podría seguir rebuscando, entresacando, divagando, pero considero lo escrito suficiente para desear a quien lo lea, con el día del libro al caer, una buena lectura y una no menos personal e intransferible biblioteca que crezca como su poseedor en virtud, felicidad y ventura. En humanidad, en suma.
servido por Jesús Andrés
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ABRIL
Parece que llueve y DANI LORENZO se jubila.
Este año abril se está portando en Catalunya. Si no mil, al menos nos ha traído estas aguas de esperanza para alejar el fantasma de las restricciones mientras los políticos discuten si quitarle agua al Ebro es un trasvase o una transación comercial.
Y como todos los años nos traerá un Sant Jordi lleno de rosas y libros por las principales arterias de las ciudades catalanas. En el resto de España el libro será protagonista también el día 23. Y Castilla y León se vestirá de fiesta y lucirá las galas reivindicativas que le trajo la democracia.
Y ya, finalizando el mes, Daniel Lorenzo, este castellano viejo y sabio que tanto sabe de instalaciones, de trenes y de la vida, nos deja para disfrutar plenamente de su nieta y del bien ganado y merecido descanso, colofón a su intensa y dilatada vida laboral.
Dani nació en Valladolid, pero ha vivido muchos años en Barcelona. Ha trabajado en diversas empresas y recaló, hace varios años, en PAYMA Cotas, donde con su manera de ser se ha ganado el respeto y la amistad de sus compañeros, entre los que me honro.
Te echaremos de menos, Dani, paisano, compañero del alma, compañero…
La oficina no será la misma sin tu voz pausada, sin tu serena presencia, sin la sabiduría cómplice de tus años, sin tus magistrales clases sobre las instalaciones precisas para que funcionen el metro, los tranvías y los trenes, sin los chipirones malagueños de tus recuerdos, sin ti, aunque permanezcas entre nosotros cariñosamente añorado.
Pero algún día vendrás a visitarnos, ¡qué coño!
Te queremos, Dani, y te deseamos, todos tus compañeros, que disfrutes de la vida que este abril nos va colando por los rincones mojados de la ciudad en obras, de la vida que reverdece los campos y florece en las manos de Naiaria.
servido por Jesús Andrés
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Acabo de enterarme que estos diez sonetos agrupados bajo el título de "Cabellera de trenes", tomado del poema "Viaje", de Dámaso Alonso, han obtenido una mención especial en el IV Certamen de Poesía "Sant Jordi", 2008, organizado por el Grupo Plomes Poètiques, de Girona, al que se han presentado 745 poemas en la modalidad de Poesía en Castellano.
El próximo día 27, tendrá lugar la entrega de premios.
CABELLERA DE TRENES
Cabellera era de trenes
la tarde
(Dámaso Alonso)
I
Primos del aire, de la tarde primos,
de los pinos y el roble corpulento,
instalados en un verano lento
asombro y juego, como todos, fuimos.
Mirábamos sentados en racimos
pasar los vagos trenes: humo al viento,
carbonilla, sol, cierto desaliento
con que luego a vestirnos aprendimos.
Larga tarde de larga simetría,
temblorosa de azul y primavera
el corazón de Dios adormecía.
Niños de entonces: lenta enredadera
de estacionado tiempo nos cubría
viendo peinar de trenes la ladera.
II
Vinieron y se fueron las edades
en el murmullo oscuro de los trenes.
Relámpago nacido en los andenes
pasaron y quedaron las ciudades.
Horadando en el alma cavidades
gotearon los años sus vaivenes.
Vistiéndose de roca y de desdenes
nos legaron los días realidades.
Con el recuerdo al viento aún miramos
como pasan los campos y la vida,
como apaga la noche sus reclamos.
Y la tarde que fuimos consumida
portamos inseguros en las manos
como un billete gris sólo de ida.
III
Un balasto de penas me sustenta,
absorve vibraciones de mis años
y corta, horizontal, por aledaños
miradores de sol y de tormenta.
Camina pesarosa mi osamenta
vestida con los últimos engaños
por raíles de luna y desengaños
hacia un fanal de sombra descontenta.
Vago vapor en viento detenido
sobrevuela la noche del ayer
entre las nubes negras del olvido.
Olvidar es morir y envejecer
es recordar a veces lo vivido
y el tren aquel que nunca ha de volver.
IV
Capital infantil te rememoro
en asombro de luces y estaciones,
Delicias, Campo Grande, admoniciones
de aquel mundo tan nuevo y tan sonoro.
Capital de la niebla donde un oro
deposita en la piedra admiraciones
y tu Plaza mayor de procesiones
agranda en soportales su decoro.
Capital castellana, fin de viaje
desde el pueblo cercano. Era una fiesta
pasear por tus calles mi bagaje
campesino de polvo y de ginesta
con semblante mudado, nuevo traje
y aquel tren esperando en la floresta.
V
El agua de mi infancia clarioscura
espejea en los charcos sin memoria,
rebosa cangilones de la noria
detenida por siempre en su angostura.
El agua que pasaba en derechura
por el río y los campos transitoria
se ha llevado hasta el mar mi gris historia
dejándome en barbecho y desventura.
Y ya no queda nada de aquel niño
en el hombre que habita estos secanos,
en el mirar de espuma con que ciño
esta isla circundada de veranos.
Aquel agua con sol en claro guiño
es un polvo cansado entre mis manos.
VI
El luto es amarillo cual la pena
de un otoño cruel y del ocaso,
amarilla de andenes y retraso
languidece la vida su azucena.
Amarillo es el sol y su condena,
el veneno en el fondo de aquel vaso
apurada la bilis del fracaso,
amarilla la cera sin colmena.
Amarilla de espera la bandera
que nunca vio cumplida su victoria,
la pálida y temida mensajera,
amarillo es el oro en vanagloria,
el membrillo que aroma la madera
y este punto final de toda historia.
VII
En la tarde pasaban lentos trenes
y nosotros contábamos vagones,
cumpleaños, cigarros, ilusiones,
con el viento ciñéndonos las sienes.
Pasaban lentos trenes en vaivenes
sobre los encogidos corazones
sintiendo trepidantes vibraciones
lejos de la estación y los andenes.
Tornábamos un punto silenciosos
saltando las traviesas de la vida,
caminando raíles tormentosos,
buscado entre la escoria fenecida
oscuros corazones afanosos
por arder en la noche estremecida.
VIII
Cuando todos los trenes se detengan
y deje de llevar besos el viento,
y las aves de un cielo descontento
sobre tanto desdén nos reconvengan,
y ya de tanta prisa nada obtengan
quienes viven de modo truculento,
y quede de la vida un polvoriento
pecio donde los sueños sobrevengan,
podré decir, ya muerto, que estoy vivo,
podré pisar de nuevo los andenes,
beber agua del pozo sensitivo,
desde la sombra azul mirar los trenes,
cabellera del humo genitivo
que me trajo por siempre estos belenes.
IX
Por el talud derraman luz nocturna
mariposas de viento iluminado,
van rompiendo la noche taciturna
como rompe los campos manso arado.
Van buscando la muerte más diurna
en los ojos de un sol cuadriculado
que viene de la noche y se embadurna
de polvo por sentirse más amado.
Amanece en las vías aún con vida,
entran en la ciudad, nuevos, los trenes,
la ciudad que en el campo se convida.
Y amanece la vida sus rehenes,
sus muertos, sus olvidos, su furtiva
mirada por vacíos almacenes.
X
Cambian los tiempos, los hombres, sus obras,
hasta el planeta cambia y el universo.
Echo la vista atrás desde este verso
hecho todo vaivenes y zozobras,
cabellera de trenes, maniobras
en grisácea tarde sin reverso,
concéntrico ondular donde disperso
ilusión como sal, algunas sobras
de lo que fui, de aquello que aún anhelo
ser, le pese al tiempo o a Dios le pese,
un poco de fe, mucho desconsuelo.
Cenizas por cabellos tiene el día,
como cinta las sienes le ciñese
este pasar de trenes y agonía.

servido por Jesús Andrés
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