Llegado el verano...
Ahora no queda marcha atrás, el nuevo horario, me ha arrebatado de alguna manera el descanso de mi mente que proporcionaba la hora de comida y también, aunque de manera indirecta, el azucarillo en el que se convertía ese momento para mi corazón.
En realidad, es una contradicción de lo humano. Me encanta llegar al recreo cuanto antes y disfrutar del día. Acabar con esta condena, socialmente auto-impuesta, lo antes posible, y saludar el día, o la vida que es lo mismo, cuanto antes.
Sin embargo, me quedo sin saber por qué me falta ese tiempo de comida, y me quedo con ganas de compartir más cosas de ese momento. A veces me sorprendo a mi mismo, ansioso, anhelante de más rato de comida al día siguiente, como si me quedara algo pendiente. También me asalta la necesidad de volver a septiembre para recuperar esas sensaciones perdidas....
