ANOCHE ME SUICIDÉ (Angustias)
Nunca tuve el coraje suficiente para dejarla. A veces pienso que tampoco me dio los motivos necesarios para hacerlo. Simplemente, el ciclo se cumplió varias veces y yo no tuve la hombría para cerrarlo.
Vivíamos bien; o mejor, como gente de bien. Teníamos lo básico para ser un matrimonio aparentemente feliz: un buen apartamento, un carro, trabajos estables, familias maternas numerosas, un círculo de amigos ni tan cercanos ni tan lejanos, las deudas normales y una historia como pareja de casi 25 años juntos, ocho de ellos como novios y el resto, una maldita eternidad como esposos.
La verdad, hace rato que perdí la cuenta de las veces que intenté terminar. De joven siempre escuchaba decir que el amor se termina cuando se pierde el respeto, y con Alicia el respeto se perdió desde el primer día y el amor tal vez nunca existió. Por lo menos, amor verdadero; si es que el amor verdadero existe en realidad. Ahora que lo pienso, entre nosotros siempre hubo una atracción extraña: nada pasional, pero tampoco nada sentimental. Sencillamente, atracción extraña.
Recuerdo muy bien la noche que intentó apuñalarme. De no ser porque yo tenía más de una botella de ron en la cabeza y me quedé dormido justo cuando me amenazó, ella estaría en la cárcel y me hubiera evitado a mí este extraño dolor de suicida, que punza el corazón, retumba en el cerebro y castiga el alma completa. Aquella noche comencé a entender que su problema requería tratamiento sicológico; que en cualquier momento, con motivo o sin él, su equilibrio mental se perdía; que su supuesto amor se había transformado en maltrato verbal y físico; y que las amenazas y agresiones eran sus formas preferidas de recordarme su presencia. No sé en qué momento, dejé de ser su esposo para convertirme en su prisionero, tampoco entiendo por qué nunca le sugerí lo del sicólogo. Debe haber sido por lo mismo que nunca la dejé, por física cobardía.
La primera tarde que tuvimos sexo entendí que la nuestra no sería una relación pasional. Nunca hubo deseo intenso, más bien cierta frialdad. En ocasiones hasta fingí los orgasmos para terminar rápido las situaciones.
La conocí por casualidad. Yo tenía mi ruta diaria para ir al trabajo. Caminaba unas 12 cuadras para tomar el Metro, y luego esperaba el último vagón. Me subía, walkman en mano, perdido en mi música. Me bajaba igual, siete estaciones después. Ella tenía un ritual similar, pero un poco más corto. Llegaba caminando a la estación, una más adelante que la mía. Prefería el último vagón, y se bajaba una estación antes que yo. En esa rutina no sólo nos conocimos sino que fue en lo único que en 25 años coordinamos a la perfección.
Al principio creí que me había enamorado. No sé de qué, si de la música de su walkman, de su rutina o de su figura brutalmente femenina. Me bastaron cinco días para darme cuenta que no había amor. Al final, debo reconocer, que fue una extraña dependencia lo que me hizo permanecer con ella durante tanto tiempo. Desde el principio supe que no la amaba, pero también desde un comienzo me di cuenta de que la necesitaba.
En muchas ocasiones fue ella la que me dijo que me fuera, que no me soportaba (yo a ella tampoco). Igual número de veces terminaba llorando, acongojada, en un rincón de la habitación, conmigo a su lado, consolándola en silencio; acompañándola. Una noche que llegué pasado de tragos encontré una carta sobre la mesa en la que me decía que no aguantaba más y que por culpa mía se quitaría la vida. Debo reconocer que un aire de tranquilidad me recorrió todo el cuerpo. Al otro día regresó en la mañana, cuando yo había salido para el trabajo, y se acostó a dormir. En la noche la encontré con los ojos hinchados de llorar, esperándome par recriminarme por el desorden en que había dejado la habitación en la mañana.
Delante de ella, nunca pude ser verdaderamente yo. Me atrevo a pensar que en 25 años nunca me conoció como realmente era. Con ella, perdía la alegría, la jovialidad, el sentido del humor y cierta gracia de imitador que me hizo célebre entre mis amigos. Durante mucho tiempo fui un Álvaro con ella, y otro muy diferente con mis amigos. Al final sólo quedó el Álvaro de Alicia; y ahora, ni siquiera él.
En los últimos dos años, la situación se hizo dramática. Los celos de Alicia la llevaron a ella al desquiciamiento total y a mí me indujeron a tomar la decisión. No fui capaz de dejarla, no fui capaz. Solamente me llené de un valor virilmente extraño, me tomé las pastillas y aquí estoy, mirando hacia mi pasado y tratando de imaginarme un futuro que nunca se llegó a realizar. Nunca me imaginé que los ataúdes fueran tan fríos, pero a la vez tan reservados. Estoy en el único espacio en el que mis secretos, mis caprichos y mis sueños no pueden ser auscultados.
JOSO
Medellín, 19 de enero de 2008
KOM dijo
Totalmente abrumador.... lo mágico de este cuento es que parece ser muy real, muy cercano, muy complice...
25 Febrero 2008 | 08:11 PM