LA VENGANZA DE LOS DIOSES III
A nuestra protagonista le quedaba aún como una especie de barniz de clase, como de tiempos pasados, un poco ridículo y desfasado, que ella pretendía hacer visible a su hora del baño.
Bajaba a la playa alrededor de la una del mediodía, con un ridículo, por lo exiguo, bikini tapado por un pareo que haría envidiar a cualquier mujer de la isla de Bali, por su multicolor diseño. Con una pamela más digna de un Derby en Asscott. Con un voluminoso bolso de bandolera, siempre lleno de aceites, cremas, aerosoles, perfumes, estuches, pañuelos, gafas y me supongo que otros cachivaches y artilugios que se apelotonaban en el fondo del bolso y del tiempo.
Portando una tumbona doblada que solía abrir, invariablemente, al borde mismo de la playa, sin importarle en absoluto los ocupantes de las sombrillas, que educadamente se habían abierto a una distancia prudente del mar , para permitir el paso de los que gustaban pasear por la orilla de la playa.
Después empezaba el rito diario y casi sagrado de ponerse en todas las partes de su ajamonado cuerpo que no tapaban su exiguo bikini, toda clase de cremas y ungüentos, como si se adobara preparándose para una lenta maceración.
Se me olvidaba: la desnudez excesiva que le propiciaba el mini bikini era paliada someramente por pulseras varias, cantidad de anillos en todos sus dedos, diversos collares y abalorios y unas enormes gafas de sol con remates dorados.
Una vez terminado su diario preparativo, se tumbaba al sol sin mover ni un solo musculo de su cara. A no ser que algún muchacho entrara o saliera corriendo del mar y la salpicara sin querer, en cuyo caso se levantaba como un resorte, para afear con su voz aflautada y chillona, la conducta del, según ella, ineducado.
Nunca la vi meterse en el mar, de la misma manera que tampoco la vi sonreír. Cuando la voracidad caliente del sol del mediodía se hacía insoportable, sacaba de su bolso –baúl un frasco con espray y se rociaba con un liquido, que dejaba en su cuerpo de arruga y cuero, unas gotas brillantes que rápidamente desaparecían, como si las absorbieran las ávida voracidad del reseco organismo.
Cada día, cuando el reloj marcaba las tres de la tarde, recogía todos sus bártulos, se ceñía su pareo y cruzaba la torridez desértica de la playa camino de su pequeño apartamento.
(Continuará)











isabel61 dijo
¡Hala! dí que sí. Tomando el sol de 13 a 15 ¡muy sano! como todos los mejunjes que llevaría en el bolso y en primerísima línea de playa no fuera nadie a taparle el astro rey o le hicieran sombra.
Besotes
5 Octubre 2008 | 09:15 PM