Otra vez el verso (II)
26 nov 05Curioso. Lo hace como si quisiera darse pruebas empíricas, en medio de una enconada discusión consigo misma. Cuanto más estúpida se siente, más estúpidamente piensa. Esta tarde anduvo por la calle, hacia la redacción, obsesionada con la textura de la superficie de los edificios. Casi podía sentir en la yema de los dedos la arenilla del ladrillo desnudo, o la aceitosidad de las piedras que brillan, mientras iba dándose golpecitos con los cambios de nivel de las diversas superficies.
Salió por el portal como quien resucita de una fosa marina, de las abisales profundidades buceando a pulmón, para encontrarse con el cielo limpio y claro y la mar en calma. Le duró un milisegundo, porque estaba nublado. Enseguida la amargaron las mismas asquerosas y sucias nubes que, como a todo el mundo, en alguna ocasión la habían hecho sentir ligéramente melancólica, pero feliz. Ahora estaban marrones, parecían llevar tropezones y resultaban repugnantes; frunció el ceño y miró al suelo, calculando cuánto tardaría esta vez en llegar. Más de lo normal, que no quiero agobiarme corriendo: lo que tengo son ganas de estar en la calle.
Se tropezó dos veces antes de cruzar el primer paso de cebra. Andaba sin estabilidad, lentamente, dejando caer los pies en el suelo para apoyarse, balancearse y así avanzar; la cabeza gacha, porque era muy guapa y no le apetecía ver las miradas de los hombres ni de la bollera del quiosco; le hubieran parecido tontas esta tarde, y gustaba de degustar el mundo. Andaba sin cuidado, pero si la hubieras visto te hubiera gustado, porque el resultado era armonioso y grácil. Cuestión de suerte, de constitución.
Si te descuidas se te escapan las lágrimas, tontacapullo. Sacó la muy, pero que muy fea pitillera que le regaló su marido, y se encendió el enésimo de la tarde. El café le golpeaba la teta izquierda con latidos que, de haber estado acostada en la cama, hubiesen hecho ruiditos en el colchón. Seguro que si me tomo otro rompo el sujetador.
Los edificios no cambiaban mucho por la Avenida. Casi todo era de un ladrillo sobrio y clarito, muy similar. Poco tiempo, poca polución, muy feo todo. No soportaría meterme en una linda casita blanca andaluza. Qué horror. Así que se aburrió de tocar ladrillos.
Error. Apareció Eduardo Manostijeras y deseó tener sus manos para ir rayando los coches. El camino hacia la redacción iba a ser una puñetera mierda. Se puso a recitar y acabó por llorar. Todos se preocuparon por ella cuando llegó a la redacción, por mucho que procuró que no se notase.
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