Otra vez el verso (III)
2 dic 05![]()
Elena se amarra como puede al recuerdo vago, borroso, impreciso, de un tipo con el que apenas habló cinco minutos. Luego, a su primer novio, el único que la dejó a ella. Desconcertada ante la repentina falta de efectividad de los dos muchachos, decide imitar a Dorotea y nostalgiar a su madre, a su casa, a la leche y las tostadas por la mañana. El problema viene, tras un primer momento exitoso, cuando cae en la cuenta de que ella no tomaba tostadas cuando era pequeña. No podía comer nada y su madre se hartó de intentarlo en torno a los 8 años. No se le ha ocurrido nada mejor en que pensar, y al ver que el suelo del metro comenzaba a humedecerse de verdad, comenzó a intentar concentrarse únicamente en dejar la mente en blanco. Un chapoteo, el miedo atenazándole los hombros y, acto seguido, la confirmación: todo el suelo brillaba en charquitos. No se lo esperaba a estas horas. Mierda.
Queda casi media hora para llegar a casa y parece demasiado si tenemos en cuenta la velocidad a la que normalmente sube el nivel del agua. En pocos minutos le llegará a las rodillas, esté de pie o esté sentada. Ya tiene práctica; al menos el ritmo no la pilla de sorpresa.
Esconde la cabeza entre las palmas de las manos y respira hondo. Por momentos se sostiene la cabeza con ellas y mira en torno a sí intentando sonreir y buscando la calma en sus caras. Nadie está asustado, ni tampoco ha levantado nadie los pies del suelo. Nadie se balancea temeroso, ni la mira simpáticamente, como diciendo sí, vamos a morir, pero Alá es grande, misericordioso, sapiente. Ni Dios.
Pasan un par de minutos. Siente el frío por todo el zapato. El agua le está cubriendo los dedos. Se encoge. Se encoge y gimotea.
No alcanza a comprender porqué esto le tiene que pasar precisamente a ella. Ni termina de aceptar que sólo le esté pasando a ella, que es lo peor en un sitio público.
Tiene mucho frío en los pies. Ya está hundida hasta los tobillos. La cabeza le va a estallar. Estalla en un llanto rabioso, pero todavía callado, cubriéndose la cara con las manos. Y está a punto de suplicar ayuda: quiere gritar que por favor alguien la agarre y la proteja del agua que sube y sube sin parar. Desea hundir la cara en un cuello fuerte seguido de dos poderosos brazos que la sostengan, sostenidos todos por dos piernas ágiles y potentes que la saque de allí de un salto, hacia el andén y luego hacia la luz.
Levanta las piernas y se encoge sobre sí misma, pisando el asiento. Alguien le toca el hombro, señorita, ¿se encuentra mal?
- Vete en metro, que ya estás mejor.
- Sí, me voy en metro, que ya estoy mejor.
Error.
Mil veces ha creído que unas pocas líneas ligeramente afortunadas, leídas en un libro y en una carpeta, memorizadas a salto de mata, quizá mal recordadas... mil veces ha creído que podían salvarla. La repetía y la repetía, una y otra vez, su muy propia y curiosa Letanía Contra el Miedo. Pronto las palabras dejaban de tener significado y se convertían en sonidos sordos en su cabeza. La repetía, su Letanía, aunque nunca la hubiera salvado.
Porque los versos no te cogen y te sacan del metro ni te matan.
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