Dos por uno.
Estuve en un recital de rock repleto de pendejos (o sea, muchos jóvenes de menos de 20 años). A ratos pensaba en que ya no soy parte del público objetivo, pero qué mierda si todavía me gusta escuchar rock, y no bossa nova.
Así que vamos.
Mientras escucho a “Los Bunkers” veo a una señora, que bien podría ser mi madre, vestida con una chaqueta gruesa, un bolso grande y un gorro. Luego aparece un niño de no más de 15 años y ella le olfatea las manos, como si fuera un perro, para saber si fumó, y después le da un beso para saber si estuvo tomando. El pendejo parece que está bien mareado porque después le pide a la señora que lo acompañe a tirarse en el pasto. Y ella parte detrás de su hijo junto a otro pendejo más chico aún.
Yo no sé qué hacen todos ellos metido ahí en el recital, pero la escena me enternece. Pienso en el esfuerzo de la vieja por acompañar a su hijo. Y también pienso en el hijo, al que no le molesta que su madre lo vea borracho, o mareado después de fumarse un buen pito de marihuana. Más encima ella lo abrazaba y él le responde los besos. Puro cariño rockero.
Después la señora le pasó 500 pesos para que se fuera a comprar unas papas fritas.
Eso me motivó.
A comprar papas fritas.
También estuve mirando a una pareja de novios sacándose fotos. Ella era la modelo y el gil era el fotógrafo. Digo “el gil”, porque el tipo no tenía idea de cómo sacar una foto digital. La escena era la siguiente: ella bailaba, y movía el culo, muy sonriente para la cámara, y él sacaba la foto, pero sin flash. Después se la mostraba a ella, y ella le pedía que la sacara de nuevo, pero esta vez con flash. Y vuelta a mover el culo sonriente, y el tipo a sacar la foto. Y otra vez la foto salía mal, y por supuesto había que hacer el show nuevamente. Y ahí estaba la mina -otra vez- moviendo el culo, y el weón sacando la foto sin flash.
Deben haber estado haciendo esto como nueve veces hasta que por fin “el gil” sacó la foto con flash. Yo los miré todo el rato pensando en que en algún momento se iban a aburrir de la escenita, pero no.
La perseverancia es la madre del éxito.
A todo esto, “Los Bunkers” demostraron lo que significa ser una banda de rock consolidada. Yo diría que nos pusieron la pata encima desde el principio. Era como ver un enorme zapato, una enorme suela de zapato colocándose sobre nosotros convertidos en hormigas sobre el césped del Sporting Club de Viña del Mar. Secos los weones.
"Los Miserables" actuaron antes. Según un amigo el vocalista tiene esa enfermedad en que los tipos envejecen con rapidez. Ahí entendí la extraña forma de su cara. Es como una vieja flaca y fea, pero punk. La primera vez que lo vi pensé en que uno se queja por estupideces. Y después de que se fueron del escenario me puse a pensar en lo curioso que es ver a toda la gente gritar, feliz de la vida, y puño en alto: "MI-SE-RA-BLES, MI-SE-RA-BLES, MI-SE-RA-BLES!!!". Todos felices.
Después de los "Bunkers" actuó “Sinergia” (los de la fotito de arriba) y recordé una historia de hace unos 4 años, en donde fui, junto a un tipo de apellido "Niculcar", a un recital en donde actuaban dos bandas de rock, “Niño problema” (que ya no existen pero que eran una excelente mezcla entre ska, metal y punk) y “Sinergia” (que yo no tenía idea de quiénes eran). Todo eso incluía, además de la entrada, una cervecita helada.
Finalmente aluciné con ver en vivo a “Niño problema”, pero recuerdo claramente cuando Niculcar me dijo “ahora vai a ver la diferencia entre una banda emergente y una banda consolidada”.
Y tenía razón. “Sinergia” era –ya- una banda consolidada. Sonaban a años luz de diferencia con “Niño problema”, y el oficio se les salía por los porros.
Esa historia recordé cuando -4 años después- veo a “Don Rorro" (vocalista de Sinergia) vestido como siempre (pantalones cortos, camisa bien planchada, corbata y gorro) y con un abrigo enorme.
Sinergia ha multiplicado su progreso por 20. Los tipos van como avión. Ahora no sólo tocan rock, y se cagan de la risa de todo (y de todos). Ahora también son: teatro en vivo, performance y humor. Al inicio aparecieron unos tubos fluorescentes que se prendía mientras una voz de robot de los años 80 decía: "y quion ustedez presentiamos al grupo zi-ner-gia". Una weá muy ordinaria pero que al final era para cagarse de la risa.
Ese fue el inicio. Todo lo demás fue puro "rock metal-pájaro", como se definen los mismos Sinergia.
Después vinieron "Babasónicos" con una propuesta tan hermética que a ratos me dieron la impresión que nunca se dieron cuenta que estuvimos ahí mirándolos.
Y la cara del vocalista era muy extraña. Parecía una vieja con peluca y barba.
De los "Attaque77" sólo puedo decir lo siguiente: si "Los Bunkers" fueron un zapato gigante, los "Attaque" fueron una gigante, e impecable, bola de acero blanca que que cayó sobre nosotros, sin avisar.
Eso se llama un ataque.
Bueno, todo este show lo vi gracias a un post que mandé a un concurso de la "Zona de Contacto", y que me hizo ser uno de los tres ganadores de entradas para ver el recital. Así que acá va el culpable de todo esto.
Léanlo con música de fondo de cualquiera de los grupos que estuvieron ese día.
Yo invito.
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"Cuando pase el temblor"
Cuando tenía 15 años mis padres decidieron volver a hacer el mismo tour de un par de años antes. Esto quiere decir: Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil.
Todo en 22 días, pero en bus.
El comienzo no fue de los mejores. El bus que llegó a recogernos parecía sacado de la sección de autos usados, pero de los más usados. Se notaba que le habían hecho un “fashion emergency”, pero se notaba demasiado. Con suerte tenía baño.
Ya arriba del armatoste nos dimos cuenta que “la empresa” había vendido 47 asientos en circunstancias que el bus tenía sólo 45 asientos. Mi hermano (de 13 años) fue uno de los que quedó sobrando, y no encontraron mejor solución que ofrecerle una silla de playa, ubicada en el pasillo, para que se sentara. Así tal cual “una silla de playa”, pero en miniatura.
No alcanzamos a entrar a Argentina cuando nos quedamos en pana. Todo mal.
Cambio de bus entonces, ahora todos a subirse a un bus de una empresa argentina llamada “Rojas”. Eso nos mantuvo felices hasta que, ingresando a Mendoza, saltó una piedrecilla y páf, se quebró todo el vidrio delantero. Y nos pidieron abrir todas las ventanas del bus para evitar que la fuerza del viento dejara de cachetearle la cara al chofer.
Repito, todo mal.
En Mendoza recuperamos el bus original, lo que no nos alegró tanto.
En Paraguay volvimos a quedar en pana en medio del desierto o algo así. El calor era de los mil demonios, así que dejamos el bus botado y nos fuimos a buscar un lugar donde tomar agua. Llegamos a un bar de mala muerte al que sólo iban las moscas, pero logramos refrescarnos algo.
Después pasó lo mismo de siempre: apareció otro bus (esta vez de una empresa paraguaya) mientras reparaban la chatarra nuestra, que después volvía a quedar en pana. De hecho, creo que no hubo país, o ciudad, en donde no quedamos en pana.
Hasta chocamos con unos tambores que había a un costado de la carretera.
Para colmo, después de tantas panas, tuvimos que hacer una “colecta” para poder sacar la chatarra del taller mecánico, ya que los encargados del tour se habían quedado sin dinero en efectivo.
Pero eso no fue todo. En la frontera con Brasil quedamos atrapados porque no teníamos no se qué permiso, así que tuvimos que pasar la noche encerrados en el bus ya que no teníamos a dónde ir. Con mi hermano nos entretuvimos mirando sapos, me refiero a sapos de verdad, cientos de sapos que andaban por ahí afuera saltando, pero al poco rato tuvimos que devolvernos al bus-hotel porque los zancudos nos estaban comiendo vivos.
Adentro del bus el calor era insoportable. Y el olor también.
Fue tanto el suplicio que al rato una de las pasajeras despertó con un ataque de histeria, sudada completamente, llorando y pidiendo a gritos que la sacáramos de ahí, así que se la llevaron hasta una oficina cercana para que descansara un rato. El resto de los pasajeros seguimos en el sauna, perdón, en el bus hasta el otro día.
En Brasil llegamos a Florianópolis, hermosa ciudad pero llena de bicharracos. Y el grupo se dividió en dos, unos se fueron en el bus y alojaron en un hotel, y nosotros alojamos en el otro extremo de la ciudad en unos de esos departamentos que se arriendan por día.
Se suponía que íbamos a descansar pero no dormimos casi nada, el suelo estaba lleno de cucarachas y los zancudos nos dejaron la piel anestesiada de tanto picarnos (mi abuela era un aeropuerto de zancudos por ejemplo). Finalmente, sudados y con sueño, nos levantamos como a las 6 de la mañana a “descansar”.
Se suponía que el bus, junto al otro grupo de gente, nos pasaría a buscar a las 8 de la mañana, a una plaza cercana a los departamentos. Y ahí estuvimos: a las ocho, a las nueve, a las diez, a las once, a las doce…y a las ¡dos! de la tarde esperando que aparecieran estos desgraciados que se llevaron el bus.
Hasta que apareció uno de los choferes vestido como jeque árabe pero bronceado. Venían de la playa porque –adivinen qué-, el bus se había quedado en pana y lo llevaron a reparar.
A nosotros nadie nos avisó lo que pasaba, y estuvimos como santos giles esperando que llegara la chatarra panera. En cambio, al otro grupo les avisaron del desperfecto con anticipación y aprovecharon de pasarlo rico en la playa.
Recuerdo que todos los viejos de nuestro grupo estaban tan enojados que cuando supieron lo bien que lo habían pasado los demás empezaron a empapelar a chuchadas al chofer del bus, y más encima se tiraron arriba de él para golpearlo. Mi viejo, que no es muy bueno para los combos, estaba listo para agarrarle el cuello al jeque árabe, pero el tipo zafó de la golpiza gracias a la intervención de las mujeres.
Partimos de vuelta a Chile con la cara más larga que he visto hasta que pasó lo insólito (si es que puede haber algo más insólito en este viaje): otra maldita piedra saltó y rompió –otra maldita vez- todo el parabrisas delantero del bus, pero esta vez, producto del viento que había en la cordillera, se fueron volando todos los papeles que nos permitían salir de Argentina, y entrar a Chile.
La imagen que tengo es nítida: todos los adultos, con notable sobrepeso, corriendo por la cordillera detrás de las hojas que volaban y volaban. En un momento nos dio risa pero ahora que lo pienso bien, el espectáculo era patético. Desde el chofer hasta mis padres, corriendo detrás de las hojas que finalmente rescataron.
Con eso ya nada más nos podía suceder, pero a esa altura el rumor de que “alguien” dentro del bus era “yeta” había agarrado fuerte, y mi madre se encargó de decirme al oído que, “dicen que tu papá es yeta”. ¿Qué es yeta? Le pregunté.
-Alguien que trae mala suerte, me dijo.
-Chanfle.
Cuando estábamos a punto de entrar a nuestro país, un compatriota nos contó que en Chile “han habido como mil temblores”.
-Sale “pallá”, ¿mil temblores?. A dónde la viste.
Cree que somos giles, pensamos todos.
Pero bueno, al fin y al cabo llegamos de vuelta a Chile.
Habían pasado un par de días y yo me encontraba arreglando mi bicicleta encima de mi cama. Una flojera más de las tantas que uno comete a los 15 años, pero en eso estaba cuando empezó a temblar. Y el temblor se transformó en algo más fuerte, y finalmente quedó la tremenda cagada en casi todo el país.
Eso fue el 3 de marzo de 1985: el famoso “terremoto del 85”.
Y mientras miraba, con mi padre, como se caían algunos muros de casas cercanas recordé eso que nos dijo el chileno (“han habido como mil temblores”).
También recordé todo lo que nos pasó en el tour.
Ese fue el final de mis vacaciones del año 1985.

Tengo 35 años pero utilizo sólo el 70% de mi capacidad total (el resto se almacena para la vejez).
El origen de todo está en Valparaíso eso sí. Ahí nací y viví toda mi vida. Por un tiempo estuve estudiando Ingeniería en Serena en donde me metí con todo lo que NO tenía que ver con mi carrera: pinté murales, participé en movimientos de arte y trabajé de payaso por ejemplo. Luego de eso entré a estudiar Diseño en Valparaíso en donde desarrollé mi capacidad de almacenamiento visual la que actualmente se desarrolla de manera bastante óptima, según mis últimas mediciones.
Por muchos años trabajé en imprentas y como independiente, hasta que llegó diciembre 2004.
Y todo se dió vuelta (entiéndase esto en términos positivos por favor).
Actualmente distribuyo mi tiempo de lunes a viernes, en partes iguales, entre la ciudad de Viña del Mar y Santiago (Chile). Duermo y me levanto en Viña, y después parto a Santiago a trabajar.
Y en eso estamos.

marta drooker dijo
Hola Juan
Realmente, escuchar y ver a cientos de personas bricando alegres y a la par coreando
mi-se-ra-bles, (me he divertido con este relato) demuestra que el contexto es lo que determina que un palabra cambie su connotación en fracción de segundos en nuestra mente. Vos lo dijiste, la llave maestra está en la cabeza.
Qué duda cabe.
Un gran abrazo
14 Febrero 2006 | 06:26