Un escándalo más en Granada
El obispo de Granada es famoso por escandalizar, pero no a los poderosos, a los políticos, a los empresarios, a los poderes económicos de España...sino por escandalizar a los laicos, a los sacerdotes y a los teólogos. El obispo de Granada ya cometió el gravísimo error de retirar su seminaristas de la universidad de los jesuitas, decisión que fue criticado hasta por sus compañeros obispos de Andalucía.
El arzobispo de Granada a demostrado que la Iglesia Católica funciona como una empresa, un club social de un viejo flatulento. No es eso, no debe ser eso. La Iglesia, pro desgracia, funciona como una empresa en la que los clérigos son los que tienen el deber de administrar y mandar, y los creyentes solo tienen el derecho de creer todo lo que se dice a pies juntillas (y si no, que se monten su chiringuito en otra parte).
Ya si alguien lee los Hechos de los Apóstoles se podrá dar cuenta de que el funcionamiento dictatorial y ortodoxo de la Iglesia no es, ni por asomo, el comportamiento que tenía la Iglesia en sus tiempos primitivos.
Quiero recordar las palabras que decía el arzobispo mártir, Monseñor Romero, sobre la autoridad del obispo, es la opinión que yo tengo. Un católico demuestra que es católico cuando esta con su obispo, alguien que no esta con su obispo no se puede llamar católico, y un obispo es un obispo cuando demuestra estar con su pueblo, no actuando despóticamente diciendo “hagan lo que yo diga” sino escuchando lo que su pueblo le dice, escuchando las criticas (siempre que sean constructivas) que le lanzan, para poder ser mejor obispo.
Y este ejemplo no solo se limita a Monseñor Romero. Monseñor Cipriano, obispo de Cartago, decía a sus fieles que desde el principio de su episcopado determino no tomar ninguna decisión por su cuenta, sin el consejo ni consentimiento de su pueblo. Santo León Magno decía que el que debía estar como cabeza visible de todos (el Papa) debía ser elegido por todos. El Papa Celestino I impuso la norma de que si un obispo no era aceptado por su pueblo no podía ser obispo. La carta 67 de Cipriano dice que el pueblo tiene derecho de nombrar a su obispo, de sustituirlos y que en esto no puede intervenir ni el Papa.
¿Qué pasa con esto?, ¿Es que esa Iglesia era menos cristiana que la de ahora?, ¿Por qué los que defienden que volvamos a las raíces del cristianismo son acusados de rupturitas con el cristianismo?
Una cosa esta clara, el actual modelo va a quebrar (si es que no a quebrado ya). No tiene sentido darle tanto protagonismo al clero cuando esta muy claro que cada vez hay menos, que hay una revolución silenciosa en la Iglesia, la de los laicos. Urge volver a las raíces cristianas de la Iglesia, esa Iglesia menos clerical y más laica, menos empresarial y más colegial.
Si los obispos solo quieren demostrar su autoridad, se encontraran con que falsas normas que se sacan de la manga no valen. Ahí tenemos Vallecas, una chapuza del obispo de Madrid, que apela a los años ochenta para justificar uno de sus graves errores. Ahí tenemos Albuñol, todo un pueblo que ya no tiene servicios religiosos. Se habla mucho de amor, de colegialidad o de comunidad; pero lo que impera es demostrar una autoridad episcopal que no existe, porque no son autoridades son pastores (hay una muy clara diferencia). Y al final acaban haciendo el ridículo, acaban recurriendo al escándalo, desgastan a la Iglesia y la dividen.
No es el primer escándalo de este obispo, y yo por su propio bien lo trasladaría. No digo ya porque su pueblo no este a gusto con él, que esta claro que mucho no lo está, sino que porque claramente el no esta a gusto con su pueblo, intenta cambiarlo como sea, trasladando párrocos, cambiando a los seminaristas, enfadándose porque determinados teólogos dan conferencias, esta claro que o funciona y que estaría mucho mejor y mucho más a gusto en otro lado. Pero esos ya son temas que a mi no me incumben, nadie me a dado autoridad para juzgar en este aspecto y lo que doy es una opinión que perfectamente puede estar equivocada. Eso le incumbe al obispo y a los católicos de Granada.
Pedro Antonio Sánchez Prieto