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justozamarro

4 Mayo 2008

Lo contrario de lo contrario: Tipical Spanisch

He vivido toda mi vida en Madrid, en una ciudad de las llamadas “dormitorio” situada en el extrarradio. Me ha costado algún tiempo entender de dónde provenía y la diferencia entre ese extrarradio, más parecido a un pueblo venido a más que a cualquier otra cosa, y una capital. Después abandoné mi infancia, y a otra cosa. La infancia realmente se acaba cuando uno tiene que comprarse sus propias sábanas y pensar en la compra semanal. Me piré, me autoexilié entre otras cosas porque quería vivir que había más allá de nuestra península. Entonces empezó todo. Aquí la revolución. Viví en una capital dónde los jóvenes se independizaban sin demasiados problemas, yo entre ellos que me independicé sin darme cuenta de lo que hacía, benditos sean esos cambios que nos haces comprender que la vida es un fenómeno que aún a nuestro pesar sucede. Teníamos problemas para pagar el alquiler y no teníamos dinero para comprar muebles en Ikea así que los comprábamos en mercadillos de segunda mano dónde uno encontraba cosas muy viejas a precios muy razonables. Las casas, las habitaciones con estos muebles de antaño decoradas, cobraban una atmósfera particular, nueva pese a los lustros que escondían las esquinas de sus cajones. Ningún mueble combinaba adecuadamente ni en colores o estilo con el contiguo, pero nos daban su eficacia, nos cuidaban como hacen las cosas auténticas con las personas que las rodean. Vivíamos en pisos compartidos, dónde en cada habitación uno podía encontrar una vida independiente, un intento de ir hacia delante, una apuesta por cierta libertad frente a un mundo que parecía estar hecho para las generaciones asentadas ya en el mercado laboral, ésos que ya había comprado una casa, o estaban por la labor. Malditos sean quienes creen que para ser adulto, para atravesar ese umbral hay que estar hipotecado, me reitero, malditos sean los que no se conforman simplemente con vivir. Por otro lado, los medios de comunicación comenzaban a preocuparse por los problemas que los jóvenes tenían para independizarse en otros países como en España o Italia debido a lo caras que eran las viviendas, y con todos esos mensajes en cierto modo catastrofistas y muy latinos, siempre con el drama por delante en lugar de las soluciones alternativas –mentalidad mediterránea a todas luces-, nos parecían decir: está todo perdido, no hay posibilidades, uno no es persona hasta que no se compra una casa, hasta que uno no está dispuesto a pagar cerca de mil euros mensuales durante la friolera de 25 ó 40 años, es decir hasta que no tengas una hipoteca (bautismo inicial para entrar en la madurez de un mundo económico) uno no es lo suficientemente adulto. Estupideces de quienes formulan los valores que a su vez son el patrón, la vara de medir de quienes desean compararse continuamente en la denuncia reiterativa de lo que los demás carecen. Que se vayan a la mierda con esos mensajes, perdónenme la expresión, pero Malditos sean quienes creen que la felicidad, el desarrollo personal y el disfrute de la juventud se miden por cantidades mensuales extrapoladas en cuartos de siglo. Aquí como quien se siente en el centro de un laberinto y sabe cómo salir de él yo me aproximo a mi máxima: Digan NO a la compra de una vivienda hasta que el precio sea realmente asequible y controlada por los medios estatales y no algo proveniente de inflaciones burbuja provocadas entre otras cosas por el cambio de moneda que trajo consigo no sólo una inflación normal y previsible sino una abundancia de dinero negro que se blanqueó en el sector de la construcción como moneda de cambio. Esta inyección de dinero en B en las venas del sector constructor produjo un espejismo en el que se jugaba con más dinero que el que realmente existía. Era como comprar algo con un dinero que aún no has recibido. Pasados algunos años esto se desmorona pero no dramaticen, ya le hemos visto las orejas al lobo, así que no caigan en la trampa de los terratenientes, tener algo propio siempre está bien pero llega a ser un ancla que nos ciega e impide disfrutar de pequeñas cosas diarias. El ancla le sirve a los barcos para no derivar momentáneamente y no para dejarlo varado. Recordar siempre que los horizontes siguen estando ahí, mañana será otro día. Además la felicidad es posible en un piso compartido de gente joven, uno puede llegar a ser más feliz que los chicos de Beverly Hills 90210, lo prometo. Los muebles viejos son solo eso, objetos en los que apoyamos nuestra vida ¿Había usted pensado que quizá esos muebles, esas cosas materiales –en las que incluyo el televisor de Plasma, nuevo icono u Oráculo de Golfos en el que buscar respuestas- le darían la felicidad? Permítame la carcajada. Señores, ya lo dice mi aún desconocido Dragó desde su mesa en Castilfrío y entre las telas de su kimono japonés: ¡apaguen y lean! Da igual el qué pero apaguen de una vez los zumbidos que nos inculcan ideas del tipo: cuanto más tienes mejor, la abundancia material hace crecer a las personas, el confort no es un mito sino un anglicismo de los anglocabrones que toman café sentados en sillones de antaño. Los nobles o señores de la guerra que ven siempre con vista de lince dónde meter la viga en el ojo ajeno. Precisamente quienes no sienten la necesidad de lo material, esa recreación en lo superfluo requiere de ocultarles la verdad a los demás, y se acomodan en el sofá de cuero con la pose del éxito. Luego algún infeliz ve en televisión, ¡oh dios! de nuevo el nombrecito (me escondo bajo la mesa), la escena y siente la imperiosa necesidad de comprar ese sofá de cuero intentando imitar al aristócrata de turno. ¡Señores que no! Las virtudes se cultivan no se compran. Compren ustedes sólo cuando el dinero a gastar se ajuste a lo que reciben, no pretendan comprar valores, la cosa nunca funciona. Las viviendas vienen costando cerca de veinte veces más que hace quince años, sus precios están bajando, la burbuja se desinfla, muchos ya han pagado el pato de verse con una deuda económica muy por encima de sus capacidades y, peor aún, por encima del nuevo valor adquirido de la casa que una vez compraron. La deuda se mantiene, pero los precios oscilan. Es un baile dónde sólo hay que esperar a que suene nuestra canción, pero claro la paciencia y la prudencia no están entre las virtudes del respetable, entonces me cabreo de nuevo olvidando todo lo dicho y animándoles a comprar compulsivamente. ¿Realmente leerá alguien este texto? ¿Alguien que razone un poco, que reflexione sobre la situación de los jóvenes españoles de ahora? En España es ley de vida hacer precisamente lo contrario de lo aconsejado por eso y sin esperar un segundo les animo a comprar; sí, sí a comprar como cochinos jabalíes cuánto les venga en gana. Lista de la compra: Compren un lector DVD portátil, un mueble de Ikea, un coche nuevo, una televisión de plasma, tengan ustedes miedo a salir despeinados a la calle, la tele les vigila, compren entonces una camisa de Pedro del Hierro, un portátil con Ventanas sin Vista, un ciclomotor, y por último una Casa que cueste veinte veces más que su valor real, ¡ahí es nada Pedrín!, ¡ja, ja! (Esta vez me río en serio) paga crédito a los señores de la guerra del mundo del ladrillo hasta que te jubiles cuando dicha vivienda cueste la mitad de la mitad…¡Bienvenido Mister Tecnocasa! Suma y sigue, que cada perro se lama su cipote.

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10 Marzo 2008

De la selva el Rey de la jauría

Zapatero es de nuevo el Rey de la Selva, todos los esperábamos. Nada de nuevo. Por otro lado no sé si es cierto lo que afirma el diario alemán Spiegel acerca de que “Zapatero ha dejado de ser Bambi para convertirse en el Rey de la Selva” o si, por el contrario, la selva ya no es tal y ha dejado su lado más salvaje rebajando el listón para quienes pretenden gobernarla; quizá Zapatero siga siendo un Bambi con aspiraciones de León que logra el trono de la selva debido a la ausencia de uno verdadero. Rubalcaba sigue por tanto y como siempre tras un cómodo y tupido telón de discreción. Centrémonos en el tema, la noche estuvo concurrida en todos los frentes. Mientras la muchedumbre a las puertas de Ferraz, sede del PSOE, coreaba aquello de que “la niña de Rajoy era socialista”, éste seguiría a lo suyo de quitarse los votos por los despachos de la Calle Génova, sede del PP. Hoy Acebes desviaba las preguntas de los periodistas sobre el futuro del líder de los populares, quizá también porque dichas preguntas se podrían referir de refilón a toda su generación, es decir el gabinete del cuaderno azul, el gabinete de Aznar. La respuesta de Acebes fue clara, “pregúnteselo mañana a él mismo”. Por lo visto nadie sabe si le cambiarán de jaula. Se siente el aire condensado y nadie quiere abrir las ventanas en el PP para que alguien pueda irse o que, aún peor, por miedo a pueda entrar el “coco”, llámese también Gallardón, a la voz de: ¡Os lo advertí! a pretender gobernar la manada y poner un poco de orden en esa jauría alejada de la selva. Las primeras semanas de la recién inaugurada era de la anticrispación se presentan interesantes y convulsas. Esperemos que nadie se crispe o se coma las uñas hasta atragantarse. Un ejemplo lo encontramos en los abismos de Izquierda Unida. Llamazares se va tras el estrepitoso fracaso de su partido. Lo mismo hace Puigcercós con las filas de ERC tras conocer los resultados electorales de anoche. ¿Será verdad eso que decían las pijas de las perlas en Génova acerca de que existen dos Españas? Sólo dos, parece poco para tan basto espacio. ¡Ancha es Castilla! En cualquier caso decir Puta Ezpaña o Putas Ezpañas será lo mismo para el genial Dragó que abandonará el Diario de la noche para darle otra vuelta de tuerca a tanto cambio de panorama y por estar siempre en la onda de todo, que no es poco para su edad. ¿La gente, el pueblo que hace, se va o se queda? Parece que ni lo uno ni lo otro, se mantienen viendo con distancia televisiva y con agitada conversación como el panorama político se balancea calmo sobre una balsa de agua. Muy lejos estamos los ciudadanos mediterráneos de entender la política de un modo leve como sucede en el norte de Europa o en el Japón, lugares dónde la política, sin dejar de ser importante, no llega a ser una representación de las pasiones y vicios del pueblo y dónde los políticos son considerados poco más que funcionarios administradores, casi meros contables encorbatados. La gente toma el café tranquila en los bares viendo como la vivienda privada se abarata y como Zapatero encalomado al más alto monte de la jungla les dice querer gobernar “para todos y, sobre todo para los que no tienen de todo”, sin duda interesante y bien pensada frase para quién sin saber muy bien si está en la selva salvaje o si se trata de un Zoo variopinto de ensayos de probeta pretende no fallarle a un montón de gente que ha depositado en él su ilusión.

                                                           

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27 Febrero 2008

Me rodean

Siempre estuvieron demasiado cerca como para seguirme los pasos con la mirada, como para olerme el cogote sin que me diera cuenta de ello. Todos tenemos algo que nos circunda y acompaña desde la cuna a la tumba dejándose ver tan sólo en ocasiones. Estoy escuchando jazz en una de tantas emisoras on line de algún pueblo perdido de la fría Minesota; seguro que alguien sentado a los pies de una caravana escucha lo mismo mientras limpia su escopeta de caza. Escucho jazz, esa música del demonio que invitaba al genial Cortázar a seguir por la senda de lo literario, eso que le avisaba de que ese endemoniado papel recién parido por la máquina de escribir debía acabar arrugado en el cubo de basura. El mismo jazz que escuchaba cada noche el padre de mi mejor amigo de infancia. Era músico, no paraba demasiado por su casa porque siempre estaba de gira; muchas veces regresaba de Londres así de improviso y nos traía unos chocolates muy sabrosos rellenos de menta que por aquél entonces no sabíamos que se llamaban After eight y que comíamos a eso de las cuatro de la tarde porque no sabíamos inglés. Pero el padre de mi amigo sí sabía hablar inglés y decía palabras muy largas al teléfono, que parecían sacadas de un viejo magnetofón que ocultaba en el estómago, un estómago que estaba, a su vez, oculto dentro de una gran tripa de hombre con barba, por cierto. Lo mirábamos desde abajo, y tanto mi amigo como yo veíamos un poco a un desconocido, un nómada que cuando estaba en casa se pasaba las noches en el salón practicando con el bajo mientras visionaba algún video de jazz americano de los años ochenta. Cuando no estaba, entrábamos en la habitación prohibida, la habitación de música para jugar con nuestros muñecos de plástico entre guitarras, altavoces, y un diapasón inquieto y brillante que hacía las veces de guillotina para nuestros pequeños héroes. Ahora comprendo, al sentir un viejo bajo que palpita, que esos recuerdos me rodean. No sólo rodean a los hombres sus recuerdos sino esas cosas que fraguamos en el presente y que serán los recuerdos del futuro; no se trata tanto de las cosas que hacemos conscientemente sino de aquellas que pasan desapercibidas pero que son constantes. Normalmente algo muy intenso tiende a durar muy poco y a acabar dramáticamente, es decir, de forma intensa como su propia esencia; algo suave permanece y se diluye despacio, sin dolor. Con estos ritmos, siempre endemoniados como el jazz de Cortázar, se van imponiendo en la vida esas cosas que nos rodean y nos rodearán. A mi ahora, creo, que me rodean Ray Loriga con sus frases tan largas sobre adolescentes y sus libros tan cortos como Lo peor de todo que resultó ser también lo mejor de nada. Gracias Ray por darle a la literatura algo de modernidad, ya te cogemos el relevo. También me rodea el maldito Balzac de nuestro siglo, hablo de Houellebecq siempre con su cigarro mal cogido y su mirada de ingeniero escrutando cada milímetro de la realidad que le rodea y Sánchez Dragó con sus consejos diarios tipo web y la música en alemán que me escupe en cara a casa preposición mal entendida. Las cosas que nos rodean, esas discretas referencias, nos cuidan como cuidan las sábanas a quién duerme o las cornisas a los suicidas sin vocación. El padre de mi amigo se fue una buena mañana ligeramente, como las cosas que no son intensas, para no regresar nunca, no se llevó su Bajo plateado bajo el brazo ni tampoco el recuerdo de sus hijos pequeños pero si nos dejó un universo que siempre nos rodearía y lo más importante, el secreto de la habitación de música y la sensación de estar disfrutando de algo que estaba prohibido.

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19 Febrero 2008

Entendiendo a los locos

Entiendo muy bien a los locos,
me gusta observarlos en silencio
como traman sus artimañas
para cometer sus egoistas pasiones
a escondidas del corazón de los justos,
a expensas de lo que digan todos.
Esos locos bajitos, descarados que viven,
y se suben a la vida sin billete
para saltar al vacío
cuando sienten, los locos,
que va más deprisa que su poca paciencia
y sus ganas.
          ¡Qué bendigan los padres de familia
            a los locos desclasados de su edad!
                    A esos locos que se abandonan,
                             los que cambian de casa
             a los que dejan la ciudad
cuando amanece.
               A los que viven de vender artesanía
y aún hablan con desconocidos

Entiendo muy bien a los locos
que son libres de horarios,
a los que deciden ampliar hasta el lunes
la tarde del domingo,
a los que les tira el cuerpo siempre
y no se resisten, a los que lo hacen todo fácil,
a los que cambian de amor sin mirar al cónyuge,
a ésos que saben que una vida ocupa cuatro cajas,
a los que saben que no tienen nombre.

Yo amo a esos locos,
entiendo muy bien a los locos
porque yo soy uno de ellos.

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17 Febrero 2008

Vida radioactiva en Europa

Siete de la mañana, el frío de Viena se hace más real que a ninguna otra hora, entumece los huesos como si estuviéramos en Burgos. Para los que no lo sepan vivo en Viena, para los que no sepan dónde está Viena diré que es la capital de Austria, no Australia como tienden a confundir algunos periódicos italianos de baja calidad. Sobre la locura de esta gente, entendiendo el término seriamente, no diré más que cada loco con su tema y que hay que vivirlo para entenderlo. Hablaré de otra locura, la de nuestras vidas diarias, por eso escribo en domingo riéndome un poco de todo orden posible con números en rojo y fechas señaladas. A los austriacos como a todo hijo de vecino les gusta bailar, al principio se hacen los remolones apoyados en la barra con maneras casi de gangster pero al final de la noche, cuando casi todos los locales están por cerrar, la pista de baile parece una lata de sardinas sin aceite que haga resbalar las intentonas de quién busca mujer u hombre casi al final de la fiesta; y digo casi al final porque muchos como yo siguen la fiesta en casa. Vaya por adelantado. Suena mucha y buena música, incluso algún viejo éxito de esa banda tan ruidosa que lideró el siempre actual Enrique Bunbury –le veo vestido de violeta o de rojo, uñas pintadas de negro y mucho más dentro que fuera, como les pasa a los buenos artistas como Rocío Jurado o Rafael- pero volvamos a Austria, con el frío de la mañana que clarea con tintes góticos; volvamos a la discoteca barucho porque hace frío: un turko despistado se dedica a rondar por el cuello de cada fémina creyendo que está en Estambul, que se llama Soleimán y, más peligrosamente que con esas maneras de troglodita venido a menos, las rubias y firmes austriacas desearán tomarlo en matrimonio, se equivoca el chaval y seguirá sin tocar pelo; y mientras todo esto va y viene otras mil cosas suceden en esta ciudad del demonio, Europa se mezcla una y otra vez en la pista de baile porque Viena es precisamente eso, la mezcla, el punto desde el que se puede plegar el mapa de Europa en dos mitades perfectas, por eso a mucha gente le da por el lado flojo, como dirían en mi barrio y se vuelven majaras como rajados por la mitad, hablo estrictamente de algunos austríacos que se divisan en cualquier metro. Luces, gente sentada en las mesas, chicas gordas que dan cabezadas sobro hombros ajenos. Las polacas bailan a dúo con el mestizo francés de las gafas grandes. Articulo la frase anterior así porque tanto las polacas como el francés son conocidos por todos; o acaso no los ha visto nunca, hagan memoria. Un español, mira todo eso desde la barra, y vuelvo a articular de este modo para decir que yo soy uno más de tantos, que no tontos. Europa parece una fiera radioactiva que se llena de pulgas, y se sacude y se sacude cuando debería tomar un baño caliente. No hablo de inmigración sino de malas costumbres y valores inexplicables que tendemos a creer como base de nuestra existencia y sin los cuales seremos infelices. Necesitamos meditar.¿Hace cuanto tiempo no se toman un respiro? Me refiero a sentarse en un sofá, cerrar los ojos, analizar nuestro interior, trabajar los pensamientos llegando a vaciar la mente, pues no señor, parece pecado. Acercarse una milésima al vacío, alargar el leotardo de guepardo en esa línea se ha convertido en algo impensable, casi en pecado para los que viven bajo el credo de la carne, digámoslo claro, algo señalado con aspas amarillas y negras, algo radioactivo. Equivocado. Es precisamente lo que necesita occidente, lo que necesitamos cada uno de nosotros para comprender aquello que el viejo Confucio –le veo con barba de chino y uña meñique larguísima- llamó, lo móviles de las acciones, es decir, el por qué de las cosas que hacemos. La mayoría baila, trabaja, se divierte, llora, folla, sin implicarse sanamente, sin comprender realmente qué lleva en juego o qué no, no son verdaderos toreros de su propia vida, la miran desde la barrera como si fuera la de otro como si quemara al tocarla. ¡Qué pasa! Hay que vivir, tomar la vida aunque sea radioactiva, comprender que estamos construyendo Europa sin ser demasiado conscientes de ello, que bailamos y vivimos junto a un monto de gente que viene de un montón de sitios diferentes e interesantes y no nos interesamos lo más mínimo en preguntar algo sino que pensamos desconfiadamente quedándonos en casita con la estufa encendida cuando la vida está en la calle a menos cuatro grados centígrados a las siete de la mañana que es cuando más radioactiva puede ser la vida.

                                       Casi las siete de la mañana 17 febrero

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16 Febrero 2008

Tailandia multicolor

Estoy de regreso, no de vuelta. El caos de Asia cautiva tanto a quien allí llega por primera vez con la mirada de occidente que, una vez aprendida la lección y sentido como el caos ambulante de cualquier calle tailandesa se impregna en las ropas, uno se da feliz cuenta de que los valores occidentales en muchas ocasiones tienen los pies de barro, por no decir de mierda; dejemos en paz Oriente. Hablo de Asia, pero más concretamente de Tailandia; país que fruto de casualidades e infortunios he tenido ocasión de conocer de cabo a rabo, de norte a sur y de este a oeste. Sus gentes, qué decir, todo simpatía y es que no es casualidad que las tierras del Ex – Siam sean conocidas como las de las sonrisas. Nada que ver con los empujones del metro, la mirada desconfiada y el mal pensar frecuente del mundo occidental. Por el contrario, allí, amén de alguna que otra cosa como es lógico, la mayoría de la población está educada. No saben quién era Aristóteles, ni tampoco en muchos casos qué es la fuerza de la gravedad, pero tienen la educación de las buenas costumbres, el saludo matutino, la ayuda desinteresada y la sonrisa abierta como el puente de un río. Los monjes salen por las mañanas de sus templos, envueltos en sus túnicas, para realizar la ronda ambulante en busca de alimentos diarios, la gente ya haya empezado a trabajar o no, incluso aún con la puerta del negocio cerrada, se desvive en darles algo de arroz, legumbres o cualquier otro alimento a los monjes de mirada humilde. En contraste, basta con plantarse en pleno Khao San Road, puro centro de Bangkok, para comprobar como estas escenas cotidianas se ven interrumpidas por el escándalo de los turistas, principalmente alemanes, australianos, e ingleses que continúan la juerga a primeras horas de la mañana bebiendo cervezas Shinga a la puerta de cualquier tienda 24 horas. Como digo, Tailandia es una tierra de contrastes. Los olores de cualquier mercado, los sonidos de las motocicletas a escape libre y los Tuk tuk así como los colores de cada cosa se mezclan una y otra vez creando un mosaico rico y bullente que sólo se puede resumir en una sola palabra: Asia.
Empecé mi viaje hacia mediados del pasado diciembre en el extremo sur del país, Phuket. Pude comprobar, después de hablar con mucha gente del lugar, cómo el miedo al Tsunami todavía reaparece cuando el calendario se acerca a esos fatídicos días de hace cuatro años, cuando todo, en apenas horas y de sopetón, se vio inundado de agua, un mar cabreado que no dudó en llevarse por delante a justos por pecadores, coches y casas de cemento barato. Pero esta vez, pese a la cabeza baja de algunos, no llegó y las gentes pudieron disfrutar de un mes de diciembre tranquilo. Phuket estaba por tanto curado y recompuesto en cuanto a estructuras, organización y demás enseres, la gente como digo todavía necesitará algo de tiempo, aunque éste no sea ningún médico y lo único que proporcione sean algunas dosis de olvido, sin duda necesarias. Tras peripecias de todo tipo en minibús, taxi rudimentario, motocicleta y algún trenecito de provincias me ví perdido de la mano de dios en las fantásticas islas del Golfo de Tailandia, aunque hay un número indeterminado de islas, las más cotizadas e importantes de este archipiélago son tres, Ko Samui, Ko Pha-Ngan y Ko Tao, según vamos de sur a norte. Si bien la primera de ellas está abarrotada de turistas y todo, y digo todo, está ultrapensado para el disfrute del turista medio, las otras dos dejan espacio y playas desiertas para los pequeños complejos turísticos a base de bungalows de bambú que acogen a los turistas que buscan otra cosa de su estancia en Tailandia, allí se dan cita tanto exhippies de los setenta venidos a menos, jóvenes de la nueva europa que se dejan tatuar el cuerpo según la técnica del bambú y que se hacen rastas en el pelo buscando algo que, como diría buda o cualquier monje de por allí, sólo encontrarán en su propio interior. Pero en estas dos islas no todo es tranquilidad de playas desiertas y un sol que se pone con dulzura de tonos anaranjados, también hay espacio para las fiesta de la luna llena, también llamadas Full Moon Party, dónde para festejar la llegada plena del astro los turistas, así como algunos tailandeses, se acicalan y se acompañan de litros de Samson -whisky típico tailandés no demasiado recomendable por las resacas posteriores- para bailar al son de música Trance con algún que otro espectáculo con fuego de fondo. La oferta de ocio en las islas en muy variada y va desde cursos de cocina de tres días, a excursiones de una jornada para bucear entre preciosos corales. En realidad, el sur de Tailandia es bastante homogéneo en lo que se refiere a lo puramente turístico, la cosa se reparte entre playa, masaje tailandés por algo más de tres euros, cena y copa solo o en compañía de alguna damisela tailandesa que busca novio temporal en alguno de los muchos bares de cada ciudad; sin embargo algo, en esencia y bajo mi propia experiencia, cambia a medida que nos desplazamos hacia el norte.
Así en los cerca de ochocientos kilómetros las playas de Krabi del bullicio de Bangkok se va asimilando cierto cambio de costumbres en los tailandeses que a kilómetro a kilómetro parecen olvidarse del inglés y de la rutina de tener al turista delante. Antes de dirigirse hacia el norte, una escala en Pattaya –territorio de alto octanaje en cuanto al sexo fácil, sin discreción y de pago, dónde Buda no parece que puso pie tras la llegada de los recios americanos del infierno vietnamita- me permitió comprobar con mis propios ojos lo que el escritor Michel Houellebecq describe como cloaca occidental; ciertamente era peor que en la novela. Vuelta a la capital y desde allí salto a la tranquilidad de las ruinas de Ayutthaya con dirección a Chiang Mai en autobús local, hacia el encuentro con los tailandeses del norte, tranquilos, simpáticos, plenos, respetables y humildes como los budas que coronan cada estantería o autobús en compañía de la fotografía del rey tailandés.
Todos cojeamos de los mismos lados, es lo que se piensa al ver de nuevo en acción a la trepidante Bangkok cuál bailarina nocturna enseñando las piernas mientras los siempre amigables taxistas se ofrecen a ser nuestros guías nocturnos. Los tailandeses de siempre duermen tranquilos tras su jornada, esos que todavía viven alejados de las luces de colores de la noche, esos a los que occidente todavía no ha tomado por el cuello con sus maneras de medir el tiempo, tan estrictas, tan imposibles de vivir. Por suerte ésos son aún, en Tailandia la mayoría. Para cerrar una anécdota acaecida en un punto perdido del país: un monje budista en un autobús en un perfecto inglés hacia un americano medio borracho con mochila: “el hombre camina y vive más ligero sin peso”. Moraleja, olvidémonos de imponer valores, los suyos son mejores, dejemos en paz a Oriente.

Febrero, fecha imprecisa,
tras un viaje uno no debe saber nada.
Justo Zamarro

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16 Febrero 2008

Siempre de ida

Así empieza, así terminará, sin más pena ni gloria que la que los demás quieran otorgarle. Siempre es la misma historia. Por eso la creación de este modesto blog que no pienso nunca justificar ya que rompería con ello sus más profundas raíces. ¡Está abierto! ¡Qué entre quién quiera! No seré yo, que no soy ni el director, quien deniegue entradas o corte ciertos textos; no se vetará a nadie que venga, que se aproxime con algo ingenioso entre las manos, este es el único requisito. Ya tenemos demasiadas y molestas trabas que nos ciegan y nos impiden ver más allá de nuestros horizontes más cercanos, más cotidianos. Nos hacen falta miras, ampliar visiones, ser más ricos, más plurales en un mundo que nos dice que la unicidad y la prisa son caminos hacia la autenticidad. Cada texto es un hecho solitario que tarde o temprano se abandona para que alguien lo recoja, alguien atraído por su color, como si se tratara de una naranja abandonada en la nieve; y es que, hablando de abandono y de olores que recuerdan a colores, la vida se abandona o se toma siempre dependiendo del olor, como una naranja olvidada en la nieve.

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