Nada se ve, nada se dice, nada se oye, nada se siente.

No puede
decirse que sea una nueva sensación para Helena, porque Helena en este
momento no recibe sensaciones, y la ausencia de
sensaciones es, paradójicamente, la sensación más angustiosa de todas.

Cada
uno de sus dedos ha sido cuidadosamente cubierto de algodón y envuelto
en esparadrapo. Por eso sus yemas no llegan ni siquiera a rozarse entre
ellas. Y lo tendrían fácil, dado que están cerca las unas de las otras.
Una cercanía forzosa, a la que obligan los dos nudos y los seis giros
de cuerda que mantienen sus muñecas atadas entre sí, a la espalda. Otra
cuerda repite el mismo ritual a mitad del antebrazo, y otra más, por
encima de la articulación del codo, mantiene los brazos bastante
unidos, aunque sin forzar en exceso la unión de los codos. Sujetan
firmemente, sin más, y dejarán sin duda una señal en la piel desnuda de
Helena. Como lo hará la cuarta cuerda que mantiene pegados los brazos
al tronco.

Helena, sin embargo, no lo ve.

No está
fatigada, y el asiento del taburete en el que se sienta no es ni cómodo
ni incómodo. Sin embargo, Helena preferiría que el taburete tuviera
travesaños en los que poder apoyar las piernas. No lo consigue; o bien
están muy bajos o bien están dispuestos en cruz bajo el asiento, de
modo que las piernas no pueden hallar en ellos un apoyo, y están
condenadas a colgar del asiento. A Helena le parece que sus piernas le
pesan más que de costumbre. Sin duda, el tiempo que ha pasado ha
acumulado el cansancio en ellas. Y además, no contribuyen a relajarlas
los nudos que las mantienen sujetas. Dos vueltas de cuerda sobre la
rodilla y otras dos por debajo. Ni siquiera están demasiado apretadas,
porque de ser así le harían daño en la articulación. Lo justo para
mantenerlas unidas. La que aprieta un poco más es la cuerda de los
tobillos, que sí tiene un par de nudos más fuertes. O puede que también
influya que esa última cuerda no ata sus pies en paralelo, como pasaba
con las rodillas, sino que el tobillo izquierdo de Helena monta sobre
el derecho.

A pesar de que Helena no puede verlo, le parece que
ese detalle rompe la simetría de sus piernas atadas. Y sobre todo, le
parece que de esta manera no podría tenerse en pie sobre sus tobillos
atados, si decidiera escurrirse del taburete al suelo. Suponiendo que
se atreviera a saltar a lo desconocido, porque ignora a qué distancia
está el suelo. No puede calcularlo. Y suponiendo aún que saltara a un
eventual suelo, no sabría qué le estaba esperando debajo. Y ya puestos
no sabría que hacer ni a dónde ir, en su actual situación.

Helena
no puede hacer ningún tipo de planes. Sus ojos han sido cubiertos con
una espesa gasa médica cada uno, a la que dos tiras de esparadrapo
cruzadas mantienen en su sitio. Y por encima, una pieza de tela oscura
está anudada alrededor de sus ojos. Helena no ve.

Helena no
puede percibir ningún sonido. Además de los tapones que tiene
cuidadosamente insertados en los oidos, el resto de cada pabellón
auditivo está recubierto de algodón y la oportuna gasa sujeta con
esparadrapo. Helena no oye.

Helena tampoco puede emitir ningún
sonido. Nunca se imaginó que su boca podía quedar tan perfectamente
sellada con varias piezas de cinta adhesiva colocadas, paralelas y
atravesadas. Por encima, otra pieza de tela la cubre y va a anudarse
fuertemente en su nuca. Helena no habla.

La noción del tiempo hace ya
rato que la ha perdido. Sabe que ha pasado mucho, o eso le parece. Su
inmovilidad no es incómoda, pero sí es total. Y la ausencia total de
sensaciones le hace pensar en alguien que flota en el vacio. Una
sensación relajante y nerviosa a la vez. Casi la única que Helena puede
percibir en este momento. Junto a la de la interminable espera por
saber qué sucederá después. Qué tratamiento le espera. Qué le será
exigido. Por quién. Cuántas veces. Ni siquiera sabe si todo esto es un
largo preámbulo o si todo ya ha empezado, sea lo que sea. Si nadie es
testigo de su aislamiento, o si hay quien lo registra. Si, en
definitiva, hay alguien ahí.

(relato original de Getnet, foro de Alden)