Portada para la revista SHADOWLAND .
Redibujada con Adobe Illustrator.
Blog dedicado a: La Literatura con dos apartados: Relatos de mi cosecha y Homenajes a escritores. Dedicada también al dibujo con Adobe Illustrator, realizado a partir de fotografías de edificios, y de carteles Art Deco de los años veinte.
Portada para la revista SHADOWLAND .
Redibujada con Adobe Illustrator.
Marijó se pluriculturaliza
Presentadora luce su enorme dentadura, si bien sonríe a la cámara equivocada. Cuando se da cuenta gira el cuello, inclinándolo para que su melena se desplace al hombro opuesto.
—Gracias, gracias —palmas que se desvanecen—. Con nosotros, hoy, personas que, bueno, que han sufrido. ¡¡¡Pero han podido perdonar!!! Con nosotros... ¡Un aplauso para Blanca!
Entra una mujer de mediana edad. Camina algo azorada pero pronto se anima gracias al calor del público. Son treinta o cuarenta personas, jubiladas y, en su mayoría, mujeres. Alguien cuchichea: “chica, si parece de lo más normal”
—¡Perdonar! —ahora enfrenta la cámara adecuada— Una vez más nuestro programa quiere sacar del anonimato a personas... ¡que saben hacerlo! ¿Tú supiste, verdad, Blanca?
La aludida asiente con la cabeza mientras juega con las pulseras y balancea un pie.
—¡Sí, sí, ella perdonó a su marido! Y nos lo va a contar... después de la publicidad.
En la televisión de Marijó asoma una modelo de veinte años. Sonríe mientras recomienda crema cosmética. El frasco es maravillosamente azul y la gelatina de su interior retiene burbujas de oxígeno, para que las células...
—Ya, a tus años, cualquiera.
Marijó mira el televisor de refilón mientras prepara la cena. Lo enciende al llegar del bufete para que le haga compañía. A menudo discute con el aparato como si fuera una visita. Le reprocha las malas noticias y se congratula por las buenas, aunque éstas se hacen de rogar últimamente. En el siguiente anuncio un hombre no sabe poner la lavadora. Se trata de un tipo ridículo, que acaba resbalando en la cocina. Cuando Marijó está a punto de echarse a reír, una multinacional de electrodomésticos le propone una lavadora inteligente.
—¡Cabrones de anuncios!
Presentadora:
—Blanca, tú supiste perdonar... tú supiste perdonar lo más duro, quizá, para una mujer. ¿Por qué no decirlo de una vez por todas? Tu marido te engañó.
Se produce un silencio en el estudio. Luego la orquestina del programa emprende un redoble que invita al aplauso general.
—Venga ya —escupe Marijó, francamente estimulada—, ahora nos contarás cómo te ponía los cuernos.
—Me engañaba con una amiga...
Las señoras del público cuchichean y se frotan las manos. La tensión aumenta y Marijó, casi sin querer, se acerca al televisor sujetando la ensaladera.
—... estando yo embarazada del tercero.
—¡Lo que faltaba!
Marijó se gira a medias e intenta concentrarse en la ensalada. La llama “Ensalada Vudú”, y se la enseñó la negra Omara durante una noche borrosa y lejana, cuando estuvo de turista en Cuba. Enciende una vela verde y deja que la ensalada repose encima de un trapo amarillo, sobre todo que sea bien amarillo.
—Sí que me hizo muchísimo daño, —continúa Blanca— no creas. Y yo estoy segura, pero supersegura, de que ella estuvo en mi casa...
Presentadora parece escéptica:
—Pero si era tu amiga, digo yo que sería normal que ella...
—En mi cama, con él, a solas —Blanca asiente tres veces con la cabeza.
—¡A solas!
El programa está encarrilado y el público agita sus abanicos con aprobación. Blanca se pregunta si al final podrá saludar a su madre, que no ha podido venir.
Marijó bate furiosamente una vinagreta.
—¡Plántale cara! Busca una abogada y, al menos, arruínalo de por vida.
—Mi abogado me dijo que le demandara con una querella.
—Con una demanda, que no te enteras. Y como no pague, querella y a la cárcel. Si los jueces no estuvieran vendidos, claro. —Marijó tiene experiencia en ese tipo de pleitos. Sobre todo, que el tipo no se vaya de rositas.
—Él primero lo negó todo —continúa Blanca—. Se enfadó y le dijo a mi abogado que no tenía una peseta a su nombre y que estaba muy a gusto con la joven, o sea con mi amiga.
—Perdona, perdona, —salta Presentadora entre el revuelo general— ¿cuánto más joven?
—Pues ella dice que tiene doce años menos que yo. Pero para mí que miente...
Durante la siguiente tanda de anuncios Marijó quita el sonido y vuelve a la cocina. Omara le dijo entre tragos de ron que lo de la vela y el trapo amarillo atraería sobre la ensalada ciertas vibraciones benéficas, aunque seguramente la negra no empleó esas mismas palabras. Dispone las cosas, enciende la vela y luego observa el efecto preguntándose si habrá puesto la suficiente convicción en todo. Mientras espera, su curiosidad vuelve hacia la pantalla.
Presentadora:
—Claro que tú ya te olías algo.
—Para nada, para nada, para nada. Hasta que un día en unos grandes almacenes los vi besarse. —el público inicia un murmullo satisfecho— Entonces el abogado me dijo que buscara pruebas y documentos por toda la casa.
Al fin algo sensato, piensa Marijó. Papeles, balances, escrituras: la fortaleza patriarcal, la letra pequeña del universo.
—Y yo, busca que te busca, y me encuentro, pues, con unas cartas de ella. Y con esta cosa, escondida debajo de sus calzoncillos.
Presentadora coge con la punta de los dedos un saquito de tela azul. Lo exhibe y luego saca de su interior dos muñecos de trapo, pequeños y de confección tosca. Uno de ellos tiene algo de pelo y una falda.
—...así que allí me planto, en casa de ella, con las cartas y con la bolsita, que a mí me daba repelús. Y va y me suelta, como oyes, que yo parecía tonta, que se lo quiso ligar y que para eso le había hecho un amarre.
—Aclaramos para nuestros miles de espectadores que un amarre es algo así como... —Presentadora se pone unas ligeras gafas y consulta sus notas— una manera de lograr que alguien se enamore de ti, ¿no es así, Blanca?
—Claro, claro, y que me podía guardar el marido donde me quepa —tanda de aplausos—, que menudo coñazo, que un —la ovación impide a Marijó oír la frase— ...en la cama.
—Espera, espera ¿qué me dices?
—Que ya no le gustaba. Y si te fijas —un velo de astucia se extiende sobre los ojos de Blanca— el pelo de la muñeca es castaño como el de ella.
—Es cierto, damos fe para quienes no puedan verlo bien desde sus casas. Es un pelo muy corto y como rizado, ¿no?
—Sí, ya, figúrate.
Si un día quieres tú conseguir un hombre, hases dos muñequitos y al de la mujer le pone’ unos pelos de coño, del tuyo, claro, qué me vas a desir. Él no podrá evitarlo, enamorarse de ti, ya tu verás.
Entonces Marijó era joven y no creía en supersticiones, “alienación” las habría llamado. Y sin embargo en este momento de su vida le parece que Omara, tan negra y robusta, encarna otra especie de sabiduría. Un algo sencillo y a la vez complicado, donde, por ejemplo, elegir el color de una habitación o una fecha propicia se convierte en un embrollo. Pero, ¿no es así el mundo?
Presentadora:
—Hemos querido recoger la opinión de nuestro colaborador habitual, el letrado Pedro Guasp. Hola Pedro, dinos, cuando se ha hecho un amarre en un caso de adulterio, entonces ¿qué pasa? Porque eso mismo se estarán preguntando todos ustedes.
Los invitados al estudio se miran encogiéndose de hombros. Aparece un primer plano del letrado Guasp, algo sudoroso, que sonríe desde su despacho.
—Nuestra legislación, a diferencia de otras, admite el divorcio no culpable, de modo que las razones subjetivas son jurídicamente irrelevantes. No obstante...
—¿Y lo del amarre?
—¿Qué pasa con el amarre?
—Pues, pues... ¿qué otra cosa podía hacer el hombre? —Presentadora pone cara de perplejidad.
—Estaríamos hablando de captación de voluntad, si un juez así lo admite. Anularía la responsabilidad moral del sujeto. El supuesto podría compararse al de la predestinación, aunque yo...
Presentadora:
—Una vez más, el tiempo nos obliga a quemar etapas. Gracias Pedro, lamentamos tener que dejarte.
—Por eso le perdoné enseguida. A ver, qué culpa tenía el pobrecito. —Blanca mira a su alrededor aunque sobre este punto el público parece tan desorientado como la propia Marijó— ¿Puedo saludar ya?
Marijó ha conseguido asiento en el metro, saca una novela del bolso y observa al resto de viajeros con sentimientos fraternales. El libro no acaba de atraparla aunque, según le dijo alguien de fiar, lo había escrito una tía muy maja. El argumento va por el cuarto amor imposible, así que Marijó relaja su espalda y piensa en el baño que se dará en casa. Hace calor y el vagón empieza a llenarse, lo que le trae recuerdos de La Habana: los autobuses repletos, el ron y aquel grupo con la guitarra. También, de cuando todas se sintieron algo manoseadas, aunque nadie llegó a enfadarse por aquello.
Entran un par gitanos. El más bajo exhibe patillas abultadas y empuña una trompeta. El otro, de apariencia seca y curtida, camina abrazando contra su chaleco un breve saxofón.
La trompeta es vieja y herrumbrosa, aunque resuena como un demonio en aquel recinto y soplada por aquel hombrecillo. Se arranca con una rumbita turística que estuvo de moda durante los últimos veranos en familia, cuando a Marijó le despuntaba el pecho y ya no quería jugar entre las olas. Entonces, tumbada en la playa, fumaba y fumaba dándose cremas y mirando, avergonzada, cómo sus paisanos perseguían a mujeres extranjeras, que se reían de manera condescendiente y los trataban como a primates en celo.
El metro se llena de gente sudorosa, como aquel cincuentón que no deja de mirarla. Marijó empieza a ponerse de mal humor, está llegando a su apeadero y piensa que tendrá que pasar junto a él para no interrumpir a los gitanos.
Avanza entre los viajeros y casi nota el aliento del viejo verde, que ahora espía su escote. Una mano le trepa por el muslo. Marijó se revuelve pero el individuo ha desaparecido y, en su lugar, un chaval mulato la mira con excitación y la sonrisa de un buen salvaje
Aun así, Marijó le suelta dos guantazos y alerta a los vigilantes, que llegarán tarde.
Marijó se enroca.
–Que te instalen una como la mía, –¿no estaba mamá gritando más con el paso de los años?– la pago yo. Y me quedo más tranquila.
–No, mamá, me lo puedo permitir de sobra.
Sólo una semana después Marijó recibe la visita del vendedor de alarmas. Ella se había resistido hasta entonces. “¡Me niego!”, exclamaba para luego añadir según el interlocutor: “no tengo nada de valor”, “en mi barrio no roban”, o “yo no tengo miedo”. Con el paso de los años –piensa– las tres excusas han dejado de ser relativamente ciertas.
Cuando llaman al timbre comprueba de una ojeada que todo está recogido. Al descorrer el anticuado cerrojo de resbalón, aparece un hombre de unos cuarenta años, tripudo y armado de una cartera de la que extrae con todo cuidado una tarjeta de visita.
–José Ortiz, asesor de seguridad.
–Entre, tengo un poco de prisa...
El vendedor avanza con una mirada apreciativa mientras balancea el cuerpo. Lleva anillo de casado y a Marijó le parece un tipo satisfecho con su trabajo: he aquí una débil y asustada mujer a la que brindar protección... y cobrársela. Ella menosprecia el comercio de manera instintiva, o más bien a quienes lo practican. Recuerda que al acabar la carrera tenía pesadillas en las que se ganaba la vida vendiendo libros a domicilio; desde entonces los vendedores le provocan mala conciencia.
–Bonita casa, como la de su madre aunque de otro estilo.
Marijó recuerda el salón de recibir de su madre, jamás en uso y colmado por un tresillo rococó de raso blanco. Y lo que ella llama “mi colección de cerámica”, repartida en vitrinas y aparadores.
–Bueno, yo no tengo nada de valor.
–Esa no es la cuestión. ¿Sabe qué es lo peor de que te entren?
–¿Mmmm?
–Que violan tu intimidad, –la cara brillante de Ortiz se ensancha ante ella y por un momento parece que va a llorar– ese cofrecillo reventado que tenía un valor sentimental. El juguete despanzurrado por el suelo.
Marijó guarda un cofrecillo con viejas cartas. En ellas se dicen algunas cosas atrevidas, o que a ella se lo parecían cuando fueron escritas a finales de los ochenta. También guarda una vieja pepona, por la que ahora descubre más apego que por las cartas.
–Buena madera, se nota que es antigua, –Ortiz empieza por husmear la puerta– claro que con una palanqueta lo que salta es el marco, casi peor. Los balcones, normal, ¿le han intentado subir por aquí? A veces lo hacen, como le pasó a su madre.
Aquel fin de semana prometedor en que mamá la telefoneó seis veces porque distinguía pisadas sobre una marquesina, dos pisos más abajo.
Ortiz recorre el apartamento detenidamente.
–¿Queda algún punto de acceso, ventanas, puerta de servicio?
–No.
–¿Y cómo tiende la ropa?
–Desde el baño, pero está muy difícil de...–dice Marijó un poco mortificada.
Ortiz se mete por detrás del inodoro y consigue asomar al patio a través de un ventanuco.
–Ya veo, ya veo.
El viento agita unas bragas y un sostén frente al congestionado asesor de seguridad.
Media hora después Marijó ya sabe todo sobre alarmas, infrarrojos y precauciones. Lee la letra pequeña con parsimonia, pero no encuentra nada por lo que merezca la pena pelearse. A todas sus preguntas: ¿y si no llegan? ¿y si me olvido? ¿y si cortan el hilo? contesta Ortiz mecánicamente mientras va rellenando el contrato.
Luego, al despedirse, el asesor de seguridad se gira en redondo con soltura y cuando estrecha la mano de Marijó casi se la lleva hasta los labios para comentar:
–Un placer. Es usted igualita a su señora madre, se lo dice un comercial.
–¿Y no cree usted, caballero, que las mujeres, nosotras ‑aclaró– somos distintas de los hombres?
La brisa templada, que a esa hora de la tarde trae desde el jardín el rumor de los coches de caballos, no invita a cavilar. Coleman prepara el velador, la bola de cristal y las cartas, al tiempo que repasa mentalmente: Nicte (seudónimo) treinta y muchos, adinerada, turbadora, finge ingenuidad y elige mal a los hombres (esto está resultando una cláusula de estilo). Pero la pregunta sigue en el aire, de modo que introduce los pulgares en los bolsillos del chaleco y examina a la dama con medio párpado.
–¿Acaso diría usted, que todos los escoceses son tacaños o todos los mestizos, según se opina, lascivos? ¿no sería tal parecer un agravio para con los escoceses desprendidos, y para los mestizos… vírgenes?
–Castos. –A ella la brisa parece darle ánimos.
–Bueno, castos. ¿Y no sería injusto atribuir a hombres y mujeres conductas hasta tal punto gregarias? –aquí el medio párpado contiguo observa con oficio el efecto de sus palabras–. Claro que si se trata de simples pautas de comportamiento, quizá indiquen…
–…por qué nosotras sufrimos más.
De eso vivo yo, señora mía; demasiado sé que el sufrimiento acompaña al amor; las mujeres coquetas se rehacen pronto. Tres respuestas que no dará.
–…que uno y otro género no compartimos los mismos valores. –Contesta el vidente, atajando el suspiro de ella.
–Ay, querido Coleman, qué claridad de juicio el suyo, a cuántos corazones femeninos se habrá asomado usted
Coleman ha pasado al gabinete, donde se sirve con sigilo un trago, su voz llega impersonal:
–Otras amigas, todas ellas respetables, me consultan su porvenir, a veces me piden encantamientos y conjuros. Francamente pienso que es usted la mujer más sensata que conozco, ¿de verdad no preferiría repasar su carta astral, quizás el tarot?
–Me temo horribles presagios, ¿sabe del caballero que le dije, el que me explicaba las óperas y era tan atento conmigo?, pues no volvió a escribirme.
–¿Y no sabe más de él?
–Sí, claro, porque hice por encontrarle, ya ve que no soy sensata. Fue bastante evasivo. Claro que usted me había advertido sobre el arcano de la Torre alcanzada por el rayo, o quizá fuera El Ahorcado. No entiendo como algo que parecía tan especial pueda acabar así.
–El caballero en cuestión algo diría respecto a sus proyectos a… más largo plazo. ¿Insinuó acaso cierta continuidad en su interés por usted?
La dama adopta un aire entre soñador y práctico: –¿Qué promesa mayor que el de tu cuerpo reconciliado con la vida, sentirse como un instrumento afinado? La verdad es que no dijo gran cosa.
Un Coleman aturdido imagina cabalmente esas imágenes, pero el deber acaba por imponerse:
–Era mucha responsabilidad la que pendía sobre los hombros de su amigo, si tenemos en cuenta que la acompañaba a actos sociales, llevaba sus asuntos financieros, y ocasionalmente le servía de chauffeur. Pero podemos interrogar a los espíritus sobre el futuro de esta historia.
–No gracias, prefiero charlar. Explíqueme en qué somos distintos.
–Bueno, nos atraen cosas diferentes, aunque –se excusó con rapidez– viene ocurriendo desde el Paleolítico. Hágame caso si le digo que en aquellos tiempos las hijas de Eva no eran tratadas con la cortesía que las féminas modernas han sabido granjearse. Eran siglos y aún milenios –aquí Coleman estiró el cuello– en los que desdichadamente a las mujeres como usted las golpeaban antes…o después de violarlas, mientras las infelices debían ocupar el resto de su muy breve vida en trabajar y parir. Oh, espero no haberla escandalizado con detalles de épocas tan afines al estado animal.
–Caballero, cuánto se aprende con usted, aunque sea sobre esos hombres primitivos, ¿cree usted a pesar de todo que ellos conocían el Amor?
–¿Quiénes? –Coleman iba por el tercer brandy, ¿quiénes podrían ufanarse de conocerlo?
–Los paleolíticos violadores, porque dígame ¿qué mujer no afrontaría por Amor tempestades, ciénagas y alimañas? ¿Sabe?, jamás me ha importado que mis hombres ronquen, como hicieron sus ancestros, quizá para alejar a las fieras de sus cavernas: yo me siento protegida.
–Nunca había considerado ese punto de vista. Pero, amiga mía, regresemos a este civilizado presente en el que cada mujer es la orilla de nuestros más dulces sueños; le cedemos el paso, daríamos la vida por ella en cualquier callejón, y nadie en nuestra presencia pronunciará su nombre sino con respeto. –Coleman notó una punzada de legítimo orgullo, aunque se trate de una cliente, nunca utilices palabras huecas.
–¿Lo ve?, siempre ha existido la gentileza, hasta en aquellas horribles épocas.
–Si se refiere a la Antigüedad más remota, me temo que el tiempo para la galantería debía compartirse con actividades de ataque y defensa, homo hominis lupus, durante las que el macho de la especie, alejado de la tibieza del hogar, escalaba montañas, acechaba empalizadas hostiles, quizá robaba otras hembras para su tribu. –Maldito brandy–.
–¿Y no podrían los hombres conformarse con las suyas propias?
Conformarse, piensa Coleman, ¿podría el homo sapiens conformarse y no aventar la semilla frenética de su especie? ¿puede conformarse el amor?
–Pero, señora mía, la vida es un todo. El varón está condenado a otear el exterior, la hembra mira hacia sí misma, los hijos, su cabaña, la tierra fértil. El hombre busca sentirse vivo y la mujer, querida. Es el Destino; el hombre es romántico porque lo asume, mientras que la mujer, dependiente por tradición, es sentimental.
La dama parece haber oído lo más importante.
–De modo que también usted es un romántico. Bien, ya somos almas gemelas aunque sé poco sobre usted, hábleme de su trabajo ¿cree realmente en todas esas cosas –mira hacia el velador con desdén–; o mejor dicho, cómo funcionan esas adivinaciones, cómo se hace?
–Señora, los que hablan no saben, y los que saben no hablan.
–Oh, desde luego, es usted un profesional, o mejor, un iluminado. ¿Tiene esposa?, su mujer debe ser alguien muy especial para estar unida a un hombre de sus cualidades.
Coleman recordó a su padre: sabes, jovencito, he mejorado, antes sólo gustaba a las feas, ahora también a las maniáticas. Pero dijo:
–Ya no convivimos.
Su memoria se obstina en traer a ese mismo jardín las imágenes de una última disputa. De súbito la brisa ha refrescado.
–Lo siento, no debe ser fácil llevarse bien con quien es capaz de adivinar el futuro. Supongo que un hombre no comprometido y sensible a veces…se encariñará con alguna de sus confidentes.
–Jamás, bueno, alguna vez. Naturalmente es la excepción, ya sabe, no mezclar amor y trabajo. El equilibrio y aun la felicidad de esas personas depende de mí.
–¿Y las hace felices?
El sol se acaba de poner al otro lado de la empalizada.
–Hago lo que puedo.
–Continúe en ello, amigo mío. Bien, ahora debo retirarme, aunque espero proseguir estas charlas, ¿o se dice sesiones? durante todo el invierno.
Coleman la sigue por el largo corredor hacia la última luz que viene del porche; va cabizbajo, mirándose los botines; de repente palidece y con un impulso toma a la mujer del brazo.
–Quiero confesarle algo: todo lo que ha visto los naipes, la bola, todo eso lo heredé de mi padre, que era un farsante. Yo…también lo soy. Me gano la vida explotando la credulidad de las mujeres; nunca adiviné nada que no pudiera presagiar cualquier persona imparcial.
Una sonrisa blanca se abre camino en el rostro de ella, su boca abandona un rictus de asombro y pregunta con inocencia:
–¿Por qué esta confesión?¿qué le hace pensar que yo no quiero ser embaucada?
–Es usted distinta, es capaz de sobrevivir, es alegre, es…
La mano de Nicte sobre sus labios le interrumpe. Ella se gira del todo y lo mira cara a cara, los ojos le brillan de tal forma que Coleman recuerda el destello de su bola heredada; esta vez habría podido adivinar la respuesta.
–¡Qué decepción! Yo me enamoraría del cínico bebedor cuentista, del astuto manipulador de voluntades, del gigoló de conciencias, pero jamás de un pusilánime. –Le sonríe y acaricia la frente del hombre con una mano enguantada– ¿Es a mí o es a usted mismo a quien protege? No es tan mentiroso, créame, sólo es un fabulador lleno de manías adorables, por eso le escuchan. Seremos buenos amigos, pero no ronca usted lo suficiente para mí.
He nacido en un tiempo en que la mayoría de los jóvenes
había perdido la creencia en Dios,
por la misma razón que sus mayores la habían tenido:
sin saber por qué.
Fernando Pessoa, Libro del desasosiego.
Aquella mañana de domingo, asomado al balcón de su casa y mientras los pájaros lanzaban su mejor repertorio, Pablo perdió la Fe de sus mayores. Por el momento nada ocurrió, o, a lo sumo, un breve apunte en el padrón celestial. Se dijo “¡coño, no hay Dios!”; en el acto pudo sentir el calado de su apostasía pues nunca hasta entonces había proferido tacos en solitario.
La Naturaleza continuaba su curso indiferente, así que un nuevo Pablo, emancipado del pensamiento teocrático, entró al cuarto de baño para afeitarse. Sin las gafas y mientras rasuraba a un desenfocado Prometeo, iba discurriendo qué cambios eran pertinentes a su nuevo modo de pensar; ya sus mejillas brillaban, pero no acudía a su mente nada que corriera prisa. Como siempre que planeaba algo, lo consultaría con Carmen.
Una hora más tarde Carmen y Pablo pasean por el Retiro. Ella siente que la dulzura del aire, la carnicería soterrada de los insectos, la sombra del arbolado, las tímidas ardillas, todo es obra de… bueno, es nuestro planeta, la Madre Tierra. ¡Y qué desagradecidos le somos! –suspira Carmen, que a partir de mañana mismo reciclará las botellas y tal vez abandone el tabaco–. Se imagina compartiendo con Pablo un futuro sin conservantes, y nota cómo crece su amor por él.
Llegan ante un hombre subido a un cajón. Es un mimo con botas, pantalones arrugados y un chaquetón rematado por un cuello duro con pajarita. Usa guantes, chistera y gafas de soldador. Todo el vestuario, así como las gafas y el propio rostro, están pintados de un oro acartonado y brillante. Los paseantes dejan monedas ante él y algunos niños le lanzan cacahuetes, pero su parálisis es insobornable. A Carmen y Pablo, que acaban de contemplar un curandero malayo, tres músicos andinos y una contorsionista india, el personaje casi les resulta normal; sí en cambio llama atención de Carmen un vendedor de barquillos, venido de no se sabe dónde. –¿A que es mágico? –opina.
Antes, Pablo hubiera dicho: “sí, cariño” y sus almas revolotearían juntas durante unos instantes. Hoy, sin embargo, asocia “mágico” a “superstición”, y sólo puede imaginar un grupo de indígenas ebrios degollando rítmicamente aves de corral en una sudorosa cabaña.
Poco después bogan en el estanque. Pablo rema mientras Carmen, recostada a popa con un sombrero de paja, peina el agua con los dedos… ¿Cómo hablar de ateísmo en este entorno idílico, tan lleno de echadores de cartas, además?
– Carmen, eres la primera en saberlo, ya no creo en Dios.
Carmen retira la mano con brusquedad y la olfatea arrugando la nariz, luego mira a su novio por debajo de la visera, lo hace a contrasol, estirando el cuello con ese aire campesino que tanto le gusta a Pablo.
– Esto está cada vez más guarro. –y luego, cambiando de tono– ¿Y qué me quieres decir con eso? Cuando tú y yo nos conocimos, ya no íbamos a misa. –dice Carmen, que a su modo es una mujer de ideas avanzadas, una mujer que maldice al municipio conservador cuando pisa una porquería.
– La práctica religiosa es un formalismo sin importancia, –dice Pablo– lo de ahora es un convencimiento filosófico.
Carmen intuye una vía de agua en su futuro: qué puede esperarse de un hombre capaz de tirar por la borda siglos y siglos… de lo que sea.
– ¿Pero es que no te importa mi opinión? Ser ateo es… amoral. ¿Qué me dices de los diez mandamientos?
Pablo suspira y encuentra la respuesta precisa:
– Ve enumerándolos, y yo te contestaré.
Carmen abre la boca, pero opta por quitarse el sombrero. Hace calor, y sube cierto bochorno desde aquel agua marrón. La “vibraciones” del cosmos no deben estar en su mejor momento. El bote ha empezado a oscilar y los remos quedan suspendidos en plena confesión como dos alitas desplumadas.
– No me sé todos los Mandamientos; quiero decir, de carrerilla.
– ¡Ajá, así es la superstición! ¿Cómo puedes cumplir si no los conoces? –se pone de pie y agita los brazos; en ese momento echa de menos un público– ¡Soy ateo, soy… librepensador!
Como si el Todopoderoso acusara recibo, el bote escora peligrosamente. Allá en la orilla la estatua dorada se convulsiona con espasmos que asustan o hacen reír a los niños; se diría que le han dado cuerda.
– ¡Ni Dios, ni amo!
Carmen lo mira tan asombrada que sólo acierta a preguntar:
–¿Y me lo dices ahora, cuando falta una semana para las vacaciones?
Ahora ambos enmudecen. Una nube ha ocultado el sol, y el agua, cada vez más parda, acuna pesadamente la embarcación. Al rato, los sobresalta un golpe a proa: acaban de ser abordados por otro bote, que rema una mulata fornida y bajita, vestida como una macedonia de frutas. Le acompaña un sacerdote anciano, flaco y de mirada brillante, que se recompone la sotana pues el choque lo ha arrojado del banco.
– ¡Jesús, María y José!
–¿Se encuentra bien, padre? Acérquese. –Juntan los botes. Este encuentro es propicio, piensa Carmen– Dígame, por favor: ¿qué le aconsejaría usted a un ateo?
– No te mole’te, mi amol, qu’el padresito etá mu mayó. Por eso le acompaño.
– Sacerdos in æternum –el cura parece en plena forma–, rema, muchacha, que yo te haré pescadora de hombres.
– Aaay no, que eso ya lo hise allá, pa podé vení p’acá.
El viejo rebusca en el bote hasta que encuentra un bocadillo y una botella de vino; con toda tranquilidad toma otra, ya vacía, y se dispone a arrojarla al estanque, pero la mulata se lo impide. Entonces la mira sorprendido, y le pregunta:
– ¿Estás bautizada, hija mía?
– Sí, padresito, al meno una vé, que yo sepa.
El cura se persigna como si espantara una mosca, luego muerde el bocadillo y un aroma a chorizo se extiende sobre los navegantes. Cuando empina la botella y eructa, la cubana mira a su alrededor con embarazo. Luego canturrea el Tantum ergo.
–¿De dónde eres? ¿cómo te llamas? –le preguntan Pablo y Carmen, respectivamente.
– Odette Brindis, y soy de Santiago de Cuba. Cuando nasí era má blanquita, pero el sol de la isla me hiso así.
Para Carmen la chica empieza a tener más karma –¿o será chakra?– que el ministro de la fe, de modo que se dirige a ella.
– Debe de ser un lugar delicioso. Y dime, ¿tenéis muchas iglesias?
– Sí, señorita, creo que sí. –parlotea moviendo todo su cuerpo.
– Estoy segura de que en tu país la gente, quiero decir la gente… en general, cree en Dios.
Odette suspira y contesta bajando la voz.
– Bueno mira, hermana, creemo’ en Dio’, la Virgen del Cobre, el Che, Changó y Yema’a.
Pablo, que ya comparte la botella de vino, empieza a reírse por lo bajo, pero es el cura quien interviene con brava entonación de homilía:
– ¡No adorarás al becerro de oro, dijo Jehová!
– Allá no tenemos beserro, padresito, hay puelco una ves al me’, y no siempre. ¡Hombre de Dio’, no tire la botella que nos van a multa’!
Pablo y el cura, un tanto enrojecidos, cantan a coro. Pablo no conoce el Tantum ergo, pero sobre la misma tonadilla encadena El crucifijo de piedra. Todos parecen contentos, excepto Carmen, que intenta su última oportunidad.
– Bueno, Odette, mira: ¿tú no crees que todo esto, me refiero a la ciudad, el estanque, –su dedo va señalando– el bote, nosotros mismos… en fin, ha tenido que crearlo alguien?
La chica entorna los párpados, mira por encima del hombro a derecha e izquierda, pero a su espalda sólo vigila Alfonso XII a caballo, respaldado por una columnata semicircular que recuerda una vieja máquina de escribir.
– Ya sé, ¿el gobierno de ustede’?
Pablo suelta una carcajada que se contagia a Odette y al cura. Los botes se columpian desfasadamente. Ahora varios patos rodean las embarcaciones, atraídos por los trozos de pan y chorizo que el cura ha empezado a arrojar.
–Apacienta mis corderos –el anciano se pone en pie–, cantemos la Salve Marinera.
Pablo, contagiado por el sacerdote, también se levanta. Ambos se toman de los hombros. Cuando las barcas comienzan a separarse las mujeres gritan, se cogen de las manos e intentan que los dos hombres, mutuamente apuntalados, no caigan al agua. Los patos se alejan un poco: el naufragio de una barca, cargada con pan y chorizo, les resulta sugestivo.
– ¡Sálvanos, Señor, que perecemos!
– ¡No empuje, coño, que se apartan los botes!
En su pedestal el mimo agita todo el cuerpo y señala hacia ellos; sube y baja un brazo con el codo doblado: ¡toca una sirena!; luego ciñe un fingido salvavidas y junta las manos, doblando las rodillas como si saltara desde un trampolín; los niños se retuercen de risa.
Pablo y el cura caen despacio, sin dejar de abrazarse.
Querida:
El perro habla.
Durante el paseo, mirándome a los ojos, ha dicho “hola”. Desde entonces charla con toda franqueza. Cuenta cosas terribles sobre nosotros; más bien, sobre ti.
De momento prefiere venirse conmigo. Por favor, no nos olvides. Seguro que sigue queriéndote y se le pasará.
Manolo
No se vive mal siendo vaca, incluso voy a mejor según pasan las estaciones. Por lo que yo entiendo, a cambio de ordeñarme mediante unos tubos, estas personas me darán pienso y buenos terrones de sal hasta... ¿hasta cuándo? Ése es el asunto.
Algo recuerdo de mi llegada a este sitio, ¿desde dónde? Vete a saber. Empecé muy al fondo pero, según aumenté en tamaño, me fueron desplazando hasta aquí, ya cerca de las últimas.
¿Y qué ocurre con las últimas? Que un buen día desaparecen. Sin más: vuelves del paseo y has avanzado un puesto. No es que me preocupe demasiado, vaya, me preocupa lo justo. Por mí, que todo siga igual.
Pero ayer pasó algo raro: la mujer que limpia esto andaba lloriqueando. Se diría que está preñada, casi puedo olerlo. No querrá que la ordeñen. Buena cuestión: ¿dan leche los humanos? Bien, pues andaba lloriqueando cuando soltó de golpe: “¡Dios mío! ¿Qué será de mí?”
Me quedé muy quieta, curioseando unas pajitas. De reojo vi que la chica iba tranquilizándose y que al rato canturreaba. Casi parecía feliz.
Quise probarlo en cuanto se marchó. Primero diría: “¡Dios mío!”, después, la pregunta y, zas, una respuesta brotaría en mi interior.
¡La pregunta! Algo concreto, sin escapatoria. Ya está:
“¿Existe el Más Allá?” Bien mirado, eso me trae al fresco. Mejor ésta: “¿A dónde van a parar las últimas?” Directa como una coz.
Me preparé y dije: “Esto... ¿Dios mío?”
Me habló una luz, me habló una luz, lo juro. Sonaba profunda como un mugido de bronce: “¿Qué quieres saber?”. Yo me cagué en el sitio, como a diario, aunque esta vez de puro susto. Sólo dije:
“¿Dan leche los humanos?”
Caminaban juntos cuatro amigos por el campo cuando dieron con un anciano de apariencia estrafalaria, quien les pidió de comer. Le dijeron que fuera con ellos a una cercana taberna y que allí sería su invitado. Así que el anciano hubo saciado el hambre, les habló de esta forma: Habéis de saber que soy un poderoso Mago y que recompensaré vuestra buena acción. Os veo jóvenes, ambiciosos y aburridos, condiciones que a menudo se juntan, de modo que os concederé un día de absoluta invisibilidad para que, mientras dure, hagáis lo que os venga en gana.
Asintieron los jóvenes entre maravillados e incrédulos, con lo que el Mago se despidió de ellos con estas palabras: mañana seréis invisibles de sol a sol, pero a la noche nos encontraremos aquí de nuevo, y me diréis cómo habéis utilizado el don que os hago.
A la noche siguiente se reunieron en la misma taberna. Los cuatro jóvenes hablaron así por turno, y cada uno de ellos hubo de oír la respuesta del Mago:
– Yo me introduje en los sótanos del más poderoso Banco. Allí, no me avergüenza decirlo, robé cuanto pude pero, cargado de tal forma, mi salida no podía pasar inadvertida.
– Aprende que la verdadera riqueza no es ostentosa, ni está donde parece.
– Yo –dijo el segundo– me deslicé en la sala del Consejo de Ministros para conocer cómo se dicta el destino de los pueblos. Allí no escuché otra cosa que complejos reglamentos y arduas estadísticas, cosas ambas que parecen gobernar cuanto ocurre a los hombres. No entendí ni la cuarta parte, y aun esto dudo que me sea de provecho alguno.
– Aprende que el poder nunca se manifiesta tal cual es –le contestó el anciano.
– Yo acudí a la alcoba de la mujer que amo –dijo el tercero, que era el más impetuoso. Esperaba allí agazapado para verla al fin desnuda, pero la espera fue mi única ilusión y mi única dicha. La vi en efecto, pero para mi desgracia yació con otro hombre.
– Aprende, hijo mío, que el amor necesita de conjuros más poderosos que los míos.
– Yo hice travesuras —dijo el último—, palmeaba el hombro de los paseantes, emborroné sentencias de jueces, liberé animales cautivos, trastoqué loterías y en galeradas de prensa interpolé noticias falsas. En suma, me lo pasaba muy bien...
– Dichoso tú –interrumpió el anciano– porque has obtenido placer de lo que se te ofrecía. Al limitar tu ambición has sido más feliz que el resto.
– ...pero me acaeció algo terrible. Escalé el minarete de la iglesia más alta para tañer las campanas, pero caí al vacío y hallé la muerte de mi yo invisible.
Al oír tal cosa el Mago lo abrazó emocionado, luego con un suspiro secó sus lágrimas y dijo:
– Hace tiempo yo era como tú y pasé por el mismo trance; mi media muerte dio lugar en aquel entonces a oscuras leyendas que no vienen al caso. Desde ese lejano día he vivido a medias en busca de quien deba relevarme.
Dicho lo anterior hizo el Mago una apresurada reverencia, entregó al joven lo que parecía un ajado manual de instrucciones y se esfumó.