A todos aquellos que aprendieron de la vida en la lentitud de un pedal

AHORA que ya casi no me queda tiempo, ahora que aún conservo un soplo de vida, - de esa vida que tuve antaño-, antes de ser pieza de museo o simple materia de chatarra, quisiera dejar aquí retazos de existencia que mi olvidadiza memoria alcance. No ha sido la mía una existencia singular ¡oh no!, soy tan corriente como la vida misma. ¿Qué afán es este entonces -diréis- de contar mis memorias?. No sé, quizá por llenar el vacío de este rincón donde parecen haberme olvidado , quizá para que alguien recuerde que una vez fui joven, hermosa, envidiada por la elegancia de mi porte, sencilla y única en el trato, fiel amiga de mis dueños, solidaria en el esfuerzo, siempre dispuesta.

NO recuerdo mi edad pero me veo nueva, recién adquirida, diría yo; una niña de largas trenzas azabache me conduce, le quedo grande y aun así me mueve con firmeza, segura de mí como si me hubiera soñado largas horas en su alcoba estudiando cada movimiento. No hay coches a mi alrededor, la tierra mece mis ruedas, los radios se deslizan silenciosos, ¡qué bien sienta este frescor de la tierra en la mañana!, ese olor que penetra por mi cámara, que sube y sube y me impregna haciéndome que me deslice a mis anchas por este sendero virgen de ruidos enemigos, ¡soy feliz, recién estrenada inocencia! La hierba me hace cosquillas cuando la niña me deja allí echada mientras ella corre sin parar. No sé qué busca esta niña, mis ojos no llegan a alcanzarla en esta posición. La hierba me gusta, entonces no tenía esta pata de cabra que ahora me mantiene erguida y vigilante, altiva y cansada; entonces, pasaba mucho tiempo echada escuchando el latido de la tierra, soy camino predilecto de hormigas juguetonas que investigan curiosas mi frío esqueleto.

CRISTINA GONZALEZ