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La aurora de Nueva York

Publicación literaria dependiente, exclusiva y de ficción

19 Mayo 2006

“Pasata” por Eugenio M. DeLarge

En la ciudad de los ciegos, el tuerto es quien señaliza las obras públicas. 20 años antes todo era cine y polución, y un asqueroso olor a queroseno vegetal refinado cosido a las costuras de las mochilas de los pocos muchachos que sobrevivían a la radiación. Pero eso fue hace 20 años, cuando el último retal de la capa de Ozono desapareció.

Sin escudo para los rayos ultravioletas, el mar avanzó sobre la tierra a una velocidad de cinco metros al día el último año, la temperatura media paso de 35º a 62º grados en poco más de diez años, y en el último instante, llorando de rabia tras el disparo, todo el aceite vegetal e hidrógeno que Ricardo Feijoo y su padre habían almacenado se prendió fuego al pulsar el botón rojo, imprimiendo una fuerza de diez coma dos kilotones sobre el suelo, que le impulso más allá de la órbita terráquea…

Rebajando la potencia de los motores, suspendiéndose en el espacio, Ricardo encendió una vela de neón mientras se adaptaba a la ingravidez y, por el ojo de buey que había en la base de la nave, tumbado, observó que el planeta había dejado de ser azul para adquirir un tono violetaintenso, cromatismo cruzado de la gran cantidad de agua y el calor exterior que soportaba la estratosfera. Un color, no obstante, borroso, ya que el insoportable calor provocaba la evaporación de la gran superficie acuática; siete octavas partes del planeta. Pensó que si estaba alguien todavía ahí abajo, antes de quedarse ciego por mirar al cielo, podía dibujar en las nubes cuantas figuras y formas conociera, como él hizo alguna vez de pequeño. Se le cristalizaron por un momento los ojos recordando un pañuelo violetaintenso de su madre, a la que no conoció, pues murió meses después del alumbramiento. Luego se giró y se durmió en la gravedad cero que le meció por el interior de los seis coma cinco metros cúbicos de los que disponía para el resto de su vida.

_…

En la nave había prácticamente de todo. Cuando Ricardo nació ya sabía que iba a tener que enfrentarse a este momento. Estudió aeronáutica, física y química durante años, preparándose concienzudamente para escapar. Alentado por su padre, catedrático de literatura, construyeron en secreto la nave en el enorme sótano de su casa. Los dos neófitos tuvieron que analizar cada detalle y cada posible inconveniente del día en que tuvieran que despegar. El tamaño fue el primer gran inconveniente. No podían llamar la atención en el vecindario, debían construirla en secreto, además las provisiones ocupaban mucho espacio. Años después del inició del montaje, unos descubrimientos químicos redujeron los alimentos a pequeñas píldoras, resolviendo este problema. Al principio eran un poco caras estas píldoras, y como al padre de Ricardo le habían tirado de la universidad (nadie estudia literatura cuando sabe que llega el fin del mundo) no tenían suficiente dinero para comprarlas, teniendo en cuenta los incalculables gastos en aleaciones de metal y cerámica con las que construían la nave. A los pocos meses se abarataron, ya que el estado subvencionó los proyectos satélite de enviar a militares al espacio, en busca de nuevas rutas y lugares donde sobrevivir. Este efecto comercializador no pasó con el agua, que más bien escaseaba y dependía de instalaciones magnéticas domésticas para su consumo. Ricardo y su padre empezaron un severo plan conductista de racionamiento del agua que consistía en acostumbrar en unos meses al cuerpo, poco a poco, a tomar menos agua. Esto perjudicó, pese a la minuciosidad del tratamiento, la piel de Ricardo, envejeciéndolo, al igual que envejeció su padre.

Hicieron juntos grandes avances en el diseño interior de la nave. Los cuadros de mandos, las estancias compartidas y el aseo, ideado para la ingravidez, tenían unos acabados totalmente fiables para la vida en el interior del vehículo. Entre diseños, planos y noches venidas a días bautizaron el aparato con el único nombre que se les podía ocurrir: “Lucía”, el nombre de su madre, de su esposa; la nueva esperanza de vida.

Nada más estuvo lista Lucía, el padre de Ricardo insistió en partir cuanto antes. Se eligió un día y hora exactos: las 6 de la tarde del 17 de mayo de 2232, d.S., lo cual les dejaba unos días de margen para ultimar algunos detalles. Una vez programado en los comandos de Lucía ya no había vuelta atrás. Los sistemas hidráulicos de descompresión de la nave, los compresores de la cerámica exterior y otros elementos estarían a punto justo en ese momento, unos minutos antes sería imposible el despegue, también sería inútil el esfuerzo de dos décadas unos minutos después. Todo estaba listo y eran las 11 de la mañana del 10 de mayo de 2232, d.S.

El primero de esos siete días, el propio diez de mayo, se acercaron al Depósito Documental Municipal los dos. Hacía más de doscientos años que los libros habían pasado a publicarse en soporte digital, ya fuera en plástico flexible o plasma retractilado. Cuando fueron a entrar, comprobaron que ya nadie trabajaba allí. En el pasillo que confunde la narrativa de autor con la novela en lengua sajona, encontraron a un viejo Decano de la universidad a quien el padre de Ricardo se abrazó llorando. Ricardo, que no sabía como reaccionar ante la situación, empezó a ojear libros. Ricardo nunca había leído un libro que no contuviera fórmulas, números y que no imprimiera en él un conocimiento útil sobre su propia huida. De hecho nunca había leído un libro en soporte papel, sólo había oído a su padre hablar de ellos y eso le llenaba de curiosidad. El amigo de su padre se acercó y le dijo:

-Llevas toda la vida estudiando como salir de esta vida. En estos libros encontrarás el por qué de tu huida-dijo el anciano profesor con esquirlas en los ojos.

Ricardo sonrió afablemente, mientras su padre acercaba un par de camareras vacías. En ese par de camareras el antiguo Decano y su padre fueron depositando con tranquilidad, uno a uno, decenas de libros. De cada uno hacían, al menos, un comentario de unos cinco minutos , por vocal, de sus virtudes, verdades, falsas leyes y mencionaban otro relacionado con la temática de su conclusión. Entonces lo buscaban, y vuelta a empezar.

Al caer la tarde se despidieron los dos amigos. Su padre empujó una de las dos camareras calle arriba y Ricardo empujó la otra hasta su casa. Ricardo no entendía porque tenían que meter todos esos libros en soporte papel en el vehículo, ya que todos (o casi todos) estaban en el ordenador central que su padre también había preparado.

-Podremos prescindir del agua, pero no del conocimiento. Ante cualquier fallo electrónico irreversible nos quedaremos sin ordenador.

Los siguientes días se encerraron en el sótano, sin llamar la atención. Ricardo empezó a leer aquellos extraños libros. Su padre hizo un listado de todos ellos, por época, autor y con algunos comentarios sobre cuando leer cada libro:

Walden Dos (B.F.Skinner), Las partículas elementales (Houellebecq), Diario (Palahniuk), Factotum-Pulp-La máquina de follar-El Capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco-Mujeres-Peleando a la contra-Escrutaba la locura...-Hollywood-Hijo de Satanás-Música de cañerías-El cartero (Bukowski), Martín Fierro (Hernández), La Vorágine (Rivera), Rinconete y Cortadillo (Cervantes), Lámpara azul (Panero), El súperzorro (Dahl), Nada (Laforet), Retahílas (Gaite), El Señor Presidente (Asturias), Residencia en la Tierra (Neruda), Madame Bovary (Flaubert), Una temporada en el infierno (Rimbaud), Rayuela (Cortazar), La Odisea (Homero), De la brevedad de la vida (Séneca), La historia de Genji (Shikibu), Blanquerna (Llul), La divina comedia (Alighieri), El Decamerón (Boccaccio), Coplas a la muerte del maestre de Santiago don Rodrigo Manrique (manrique), La conjura de los necios (Toole), Porno (Welsh), Ensayo sobre la ceguera (Saramago), Disquisición acerca del libre albedrío (Erasmo), El Principe (Machiavelli), La fábula de Polifemo y Galatea (Góngora), El rey Lear (Shakespeare), La Gatomaquia (Lope de Vega), La vida es sueño (Calderón), El enfermo imaginario (Moliere), Pensamientos sobre la educación (Locke), Pulgarcito (Perrault), Confesiones (Rousseau), La paz perpétua (Kant), Las 120 jornadas de Sodoma (Sade), Fausto (Goethe), Atala (Chateaubriand), La convención de Cindra (Wordsworth), Orgullo y prejuicio (Austen), Piezas fantásticas (E.T.A. Hoffmann), Don Juan (Byron), El arte de insultar (Schopenhauer), Frankenstein o el moderno Prometeo (Shelley), La aproximación de la muerte (Leopardi), Las ilusiones perdidas (Balzac), Antonio (Dumas), Último día de un condenado a muerte (Hugo), La esencia del cristianismo (Feuerbach), El doncel de Don Enrique el Doliente (Larra), El Pozo y el Péndulo/Cuentos (Poe), Las almas muerta (Gogol), David Copperfield (Dickens), Jane Eyre (Bronte, C.), Traidor, incofeso y mártir (Zorrilla), Cumbres borrascosas (Bronte, E.), El capital (Marx), Las encantadas (Melville), Los paraisos artificiales (Baudelaire), El idiota (Dostoievski), ¿Qué es el arte? (Tolstoi), De la Tierra a la Luna (Verne), En las orillas del Sar (de Castro), María (Isaacs), Yo acuso (Zola), Diccionario del diablo (Bierce), La edad ingrata (James), El Anticristo (Nietzsche), Los poetas malditos (Verlaine), Al cor de la nit (Guimerà), Drácula (Stoker), Bola de sebo (Maupassant), El extraño caso del doctor Jeckyll y mister Hyde (Stevenson), Los pazos de Ulloa (Pardo Bazán), Un marido ideal (Wilde), Psicología de masas (Freud), La rebelión de las masas (Ortega y Gasset), Lolita (Nabokov), Los placeres y los días (Proust), Demian (Hesse), Un poeta en Nueva York (Lorca), Gatopardo (Lampedusa), Para hacer un poema dadaista (Tzara), Altazor o el viaje en paracaídas (Huidobro), Languidez (Storni), Relatos incompletos (Tolkien), Crímenes ejemplares (Aub), Azul... (Darío), Trópico de Capricornio (Miller), El maestro y Margarita (Bulgakov), En las montañas de la locura (Lovecraft), Desolación (Mistral), Automoribundia (de la Serna), La metamorfosis (Kafka), Retrato del artista adolescente (Joyce), El juego real (Zweig), Don Quijote del engaño (Papini), Glosari (D'Ors), El desierto (Quiroga), Soledades (Machado), La montaña mágica (Mann), El hombre que fue jueves (Chesterton) y unos cuantos más.

Ricardo bostezaba y se aburría con aquella literatura… no la entendía. Su padre se entristeció y se inquietó ante esta idea. Quizá a Ricardo no le atrajera la literatura, …si la literatura es vida ¿qué sentido tendría la literatura para Ricardo fuera de la vida? Más tarde se alivió, y pensó que la literatura no es la vida, sino la respuesta a la existencia humana más allá del espacio, refiriéndose sólo al ente físico y afectable. Ricardo se iba a dedicar a existir en el espacio… entonces, allí arriba necesitaría las respuestas.

Con los días Ricardo empezó a acostarse cada día más tarde, leyendo, atraído repentinamente por las hojas que había dejado de leer en su vida. Y… 13, 14, 15, 16…
6 menos diez de la tarde del 17 de mayo de 2232, d.S.

Ricardo se puso el traje de mercurio plástico negro que habían construido con las termofijadoras. El traje les ayudaría a mantener refrigerada la piel con tal de evitar la perdida innecesaria de agua en la higiene personal. También se puso el traje su padre.

Desde el sótano habían construido unos carriles que se convertían en la propia estructura de lanzamiento. Tenían que evitar saqueos de última hora, no sabían a qué se podrían enfrentar. Pensaron, durante la construcción que las maniobras debían ser rápidas y perfectas. No obstante, la población huyó de todas las ciudades costeras y dichas maniobras de lanzamiento pudieron ejecutarse con total tranquilidad; a la perfección.

Lucía fue impulsada a su posición vertical por dos grandes pistones hidráulicos que tenían cientos de números escritos con rotulador de pasata, se irguió ante la mirada de sus creadores. Eran días muy intensos para los dos. Toda una vida de construcción. Lloraron tanto juntos, abrazados ante la nave, que se hizo un charquito alrededor de su pies. Miró Ricardo Feijoo el charquito y vio reflejado a su padre y a Lucía… nunca antes les había visto juntos. Entonces, mientras miraba el charquito vio reflejado como su padre le abrazaba más fuerte, luego la pistola en la boca y luego el estallido…

…el silencio posterior a la deflagración fue a eso de las 6 menos un minuto y la rabia contenida de Ricardo se expresó en un grito mayor del que un ser humano fuera capaz de entender o describir nunca.

En un minuto paseó su mente por los recuerdos que tenía de la construcción codo con codo con su padre. Mientras vio sus sesos en el césped amarillo, quemado por el Sol. Pensó todo, y lo volvió a pensar. Todo las fuerzas utilizadas durante todos estos años por su padre para regalárselo a él, sin más. La esperanza de vida para ambos, tras los últimos cálculos hechos por el propio Ricardo, era de unos cuarenta años para ambos. Ahora dispondría de el doble de recursos para él…

...gritando, llorando y corriendo entró en la nave. La cerró y sin mirar a su padre una última vez, comprobó todos los niveles y apretó todos los botones verdes que correspondían al cuadro de despegue. Estaba tan preparado para ese momento que ni siquiera lo que acababa de suceder le hizo titubear ante la idea de abortar la salida.

Un estruendo y despegó.

_…

Durante meses, en la soledad del espacio, rechazó los libros. Escuchó mucha música de todo tipo y vio películas a centenares. Disfrutó en cierta medida de la soledad, también añoró a su padre. No dejaba de pensar en cuanto espacio ocupaban los libros y se maldijo por verse obligado a convivir con ellos.

Pasado casi un año, poco a poco, inevitablemente al pensar en su padre, empezó a aficionarse a ellos. Leyó uno, luego otro… justo en el orden que su padre le había indicado en el listado. Y así, uno a uno, leyó los libros hasta comprender el sentido de la vida. Y fue feliz durante muchos años, en santa alianza con la literatura, como en equilibrio con sus padres, pleno de placer al disfrutar de tantas líneas y recreaciones sobre la humanidad, que le acompañaban en una oscuridad absoluta. Creyó subir en una montaña rusa, cabalgar negros caballos por prados infinitos, degustar manjares asiáticos, navegar con una mujer de su agrado, pasear y jugar con niños, construir una maqueta, enfadarse con un amigo, llorar por una mascota, reírse de si mismo y comprender la historia de los que le obligaron a huir.

Finalmente, como una moraleja, no llegó a consumir todos los libros, ni siquiera todas las existencias de alimentos, ni de agua y murió en la ingravidez, flotando entre literatura de las entrañas, suspendido en la oscuridad y los libros en órbita, girando alrededor de su cuerpo.

servido por laauroradenuevayork 4 comentarios compártelo favorito

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Vincentferré

Vincentferré dijo

Me ha encantado.

21 Mayo 2006 | 06:40 PM

Smuirnick

Smuirnick dijo

Y a mí.

21 Mayo 2006 | 09:37 PM

Carfante

Carfante dijo

Con tus textos enternece hasta el día del fin del mundo.

Pero por favor...una píldora insípida como sustituyente de empanadillas congeladas de atún nunca.
Un beso ;o)

22 Mayo 2006 | 10:24 PM

Marisera

Marisera dijo

Vaya, chico... ¡¡Creo que aquí te has superado!! Me ha gustado mucho, de verdad.

Y mucho más los símbolos que utilizas. Siempre he pensado que las personas somos naves flotando a la deriva, pero no siempre tenemos tantos recursos como tu personaje, a veces nos falta el agua...

En fin... Y sin que se me olvide, me alegro de que pongas en la lista "La montaña mágica" que es mi libro prefe de todos los libros del mundo mundial...

Besos

25 Mayo 2006 | 08:18 PM

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