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La aurora de Nueva York

Publicación literaria dependiente, exclusiva y de ficción

5 Junio 2006

"Un lago ha nacido en mi cráneo: flotan los peces", por Holly Golightly

M.T. existió por los vapores etílicos y el hambre que vinieron a acoplarse en los baños de un bar de carretera. Dos cuerpos ajenos a la costumbre del conocimiento mutuo avanzaron en perfecta sincronía sobre una pila de grifería oxidada. De puertas para afuera del excusado, el mundo permaneció ajeno a la unión circunstancial de mitades en un todo. La tierra continuó girando alrededor del sol.

Tres semanas antes de la fecha prevista llegó la consecuencia de este breve encuentro: el hijo de la necesidad forzosa salió disparado de un universo amniótico para aterrizar sobre los excrementos de gallina del corral de la casa materna.

La vergüenza de madre soltera se tornó en la desdicha silenciosa de criar a un niño con defecto de fábrica. Sin mención expresa a la naturaleza concreta de su enfermedad mental, la infancia y adolescencia de M.T. transcurrieron como páginas de un libro en blanco salvo por algunas notas al pie. Un anecdotario de pequeños incidentes sin violencia -- en la escuela, las comidas familiares, la misa de 7, las verbenas o la piscina municipal—no bastó, sin embargo, para presagiar ningún tipo de desenlace.

En un mundo de casas bajas, su anomalía fue asimilada con la laxitud propia del entorno. Como contrapunto al devenir soporífero de los días en blanco por los más jóvenes. Como resultado ejemplarizante de la descarga de pasiones impetuosas por los vecinos de mayor edad.

Siempre se le trató con condescendencia. No fue blanco de bromas crueles ni de castigos aleccionadores. Ni siquiera el incendio del confesionario se interpretó como un aviso de lo que vendría después. Un accidente sin daños graves, según la versión oficial, y una breve reseña en el periódico comarcal. Tema zanjado.

Otro ingrediente fundamental en esta fórmula fue su afición enfermiza por las películas de corte bélico, una pasión que despertó en el cine de verano ya superada su mayoría de edad.

- ¿Has visto Traidor en el infierno? ¿Y Doce en el Patíbulo? ¿El puente sobre el río Kwai? ¿Los cañones de Navarone? ¿El día más largo? ¿La gran evasión? ¿La Cruz de Hierro?
Ven conmigo, ven. ¿Sí, vale? ¿Vienes a verlas? Anda...

Cientos de horas de visionado, las más de las veces en soledad, abrieron la puerta a una fantasía demencial que con el paso de los años se tornó en toda una filosofía de vida.

Su abuelo, ex comandante del bando vencedor y aquejado después de una demencia senil, alimentó el delirio de otra mente con tara mediante retazos mutilados de la memoria.

Así pues, ‘El Soldadito’ heredó el uniforme y un simulacro de instrucción militar que comenzaba todas las mañanas con el canto del gallo. Se quedó con la caja de recortes antiguos y las condecoraciones, adquirió cintas y libros de temática bélica por correo y un 17 de julio despertó con la firme convicción de que el pueblo iba a ser atacado por el enemigo. Sin más.

La revelación de este peligro inminente dio un giro a su existencia, suspendida hasta la fecha entre episodios aislados de alucinaciones que no acababan de hilar una secuencia de motivos.

Como era de esperar, nadie tomó en serio la gravedad del anuncio. Su madre fingió escucharle mientras hacía las tareas domésticas y evocaba el recorrido de unos dedos por su nuca bajo el calor sofocante de un mismo mes de julio de hacía 25 años. El abuelo se empeñó en sacarle pegas al relato con apuntes técnicos que no venían al caso. Los vecinos, a su paso, le rieron la gracia y continuaron su camino.

El héroe incomprendido se enfundó el uniforme de batalla y se presentó en el Ayuntamiento. Fue atendido por el alcalde, un hombre joven que todavía no había caído en el descreimiento. Escuchó paciente sus teorías y simuló interesarse por la documentación confidencial que desplegó M.T. sobre la mesa. Un montón de papeles arrugados con dibujos infantiles que pretendían ilustrar posibles estrategias defensivas.

La historia, rocambolesca y profusa en detalles, se sustentaba en el supuesto ataque inminente de una guerrilla, integrada por elementos peligrosos de identidad desconocida.

-No puedo revelar mis fuentes, señor alcalde. Están muy cerca, muy cerca... Una avanzadilla de casi 100 hombres armados... A lo mejor a pie tardan como unos seis días en llegar. Nadie los verá porque son muy sigilosos. Yo le aviso, señor, que empezarán por este pueblo y luego sembrarán el caos general. Usted verá, señor... Se arrepentirá. Lucharé solo si hace falta. Sí, eso haré...

La estrategia secreta acordada entre el primer edil y su recién nombrado brazo militar fue la de que éste recabara toda la información posible en días sucesivos, a la espera de órdenes del Mando Supremo.

Una solución provisional a un quebradero de cabeza más en la lista de asuntos pendientes. Entre proyectos de aprobación de los presupuestos municipales, litigios por la puesta en marcha de un PAI, informes del secretario municipal sobre la irregularidad de pactos entre grupos de la oposición y firmas de convenios, el freno al delirio de M.T. no era más que un mal menor que pasaba por una conversación con su madre y quizá un internamiento cautelar.

Durante los días siguientes, el responsable secreto de la seguridad de 7.120 vecinos anduvo atareado. Todas las mañanas hacía inspecciones exhaustivas de los accesos al municipio. Subía al monte y exploraba cuevas y posibles escondites. Tomaba notas del parte meteorológico. Preparaba informes que luego presentaba por registro de entrada en el Consistorio a la espera de nuevas órdenes.

La indiscreción del alcalde provocó que la dedicación en cuerpo y alma de M.T. a esta empresa acaparara las conversaciones de pasillos en el Ayuntamiento, las charlas en el bar y los cotilleos en los comercios. Una irrupción jocosa en el orden del día de un pueblo sin demasiados sobresaltos y al tonto del pueblo se le concedió el estatus de bufón de la Corte a sus espaldas.

La mañana del quinto día los nervios de M.T. estaban a flor de piel. Sin noticias del Mando Supremo, sin estrategia definida y sin ejército, decidió presentarse de nuevo en la Casa Consistorial. Estaba en esos momentos el señor alcalde discutiendo con el edil de Urbanismo sobre la polémica expropiación de unos terrenos cuando el iluminado irrumpió sin miramientos en la reunión. Más incoherente de lo habitual, advirtió del desastre inmediato y exigió autorización para desplegar una ofensiva terrestre.

Como era de esperar, la comicidad del momento, con un loco inofensivo vestido de militar y graznando pasillo arriba y abajo, jugó la baza definitiva. Fue el responsable municipal de Urbanismo, un hombre de talante socarrón sin demasiada mano izquierda, el que zanjó su acalorada diatriba. Entre risas ahogadas, el edil le informó de que en unas horas el alzamiento iba a ser sofocado, ya que habían descubierto al cerebro de toda esta trama entre los miembros del propio equipo de Gobierno. Si bien había huido, según explicó, la Guardia Civil seguía su pista muy de cerca y en breve sería detenido. La identidad del traidor: el concejal de Educación, un chupatintas que no gozaba de las simpatías de sus compañeros de filas.

El anuncio desinfló a M.T., que se marchó con la cabeza gacha a casa. Pero quiso la mala suerte o el destino que se topara en su trayecto con el concejal acusado.

En este punto, como ocurre casi siempre, la historia se confunde con la leyenda. Los datos se difuman y la imaginación de quienes no estuvieron allí se dispara. Imposible saber en realidad que pasó por la mente de nuestro protagonista en esa fracción de segundo y en minutos posteriores. Nadie vio, escucho o presintió nada. Este mundo rural permaneció ajeno al encuentro desafortunado de mitades en un todo. La tierra continuó girando alrededor del sol.

El orden del día del pleno de esa misma tarde se abrió con la inusual ausencia del regidor de Educación. Se preveía una sesión tranquila y rápida. Hacía calor y la selección jugaba los cuartos de final. A las 18.23 minutos de ese 21 de julio ‘El Soldadito’ marcó el punto de inflexión en el devenir tranquilo de un pueblo de interior cualquiera.

Durante la ronda de Ruegos y Preguntas, justo en el momento en el que portavoz del principal partido de la oposición denunciaba la desmesurada subida de impuestos municipales, mientras el secretario pasaba por debajo de la mesa una nota personal a la regidora de Bienestar Social, en el preciso instante en el que el alcalde miraba su reloj con impaciencia, M.T. hizo acto de presencia en la sala mostrando orgulloso la cabeza degollada del conspirador.

-¡Aquí está! Ya no hay que preocuparse de nada. Todo está bien, todo está bien…Señor alcalde, avise a la Guardia civil. Lo he hecho yo solo, sin ayuda de nadie, señor…Ha sido muy fácil…Estén tranquilos. Todo vuelve a estar bien…

servido por laauroradenuevayork 3 comentarios compártelo favorito

3 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Nacho

Nacho dijo

Como cada Lunes vengo hasta este log comunitario para disfrutar de tus textos.Llego hasta aqui a sabiendas que las palabras bailaran al son del ritmo que tu le marques!!!!!!!!!!

Muchos muackss

5 Junio 2006 | 01:53 PM

Dos

Dos dijo

Te he visto alli y te leo aqui.Sin palabras. ¿Podria ser alguna vez allá?

Uno.

6 Junio 2006 | 05:44 PM

nacho sábado

nacho sábado dijo

He empezado a leerlo con la modorra de las seis de la tarde de junio.

Lo he terminado con la avidez de las once de la noche noviembre (esto quiere decir MUCHA avidez, los meses fríos suelen ser mis fuertes en lectura).

Una exploración del desmadre psicótico más que buena.

6 Junio 2006 | 06:02 PM

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