Ig-Shid Alham cuando no tenía claro cuánto tiempo iba a durar la empresa o si la mezquita, el jardín o el palacio iban a ocupar suficiente espacio lo hacía todo de tamaño diminuto. Cuanto mayor era su inseguridad, más pequeñitas eran las construcciones. En el reino era más alta una silla que el mayor de los minaretes. En el baño público más extenso de la región (el último construido, con el mayor número de lujos y salas) sólo cabía una persona y estaba, casi siempre, ocupado por el Ig-Shid.
Una vez ordenó construir un palomar tan pequeño que cabía dentro de la cabeza de su administrador que, a su vez, había mandado matar a todas las aves del reino para evitar cualquier tipo de consejo cabal.
El reino quedó sin lo que terminaba de hacer grande al cielo. Los alquimistas, ancianos y joyeros decidieron construir, entre todos, el patio de cárcel más pequeño del reino. Y se empeñaron en pintar las paredes, en levantar muros que sobrepasaban las proporciones de las puertas en más de cien veces. Escribieron en la piedra del interior las cartas de sus esposas y dejaron sembrados árboles frutales para que anidasen las aves que estaban por llegar a la primavera. Entonces, desde ese centro, los territorios de Ig-Shid se convirtieron en una cárcel que daba tres veces la vuelta al planeta y como el patio sólo se sostenía en la punta de un alfiler Ig-Shid Alham nunca más pudo ser libre, encerrado, como estaba, entre sus súbditos.
1 comentario
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Sobre Mutas, muto, muta..
Sólo díganle que se ponga a un lado, más allá. El horizonte está bien, la mirada no descansa, pero se restituye, gracias por preguntar.
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autorrelatos
18 May 2008 | 11:44 AM
Sigue, sigue mutando. Mola.